FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 33
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Capítulo 33: Capítulo 33 – Noche de Caza ( parte 3 )
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 33 – Noche de Caza ( parte 3 )
El portal estaba a un metro.
Kairós ya se imaginaba el otro lado—el callejón sucio de Ferren, el aire frío, la libertad. Un paso más. Solo uno.
Y entonces lo vio.
De reojo. Un movimiento. La mole de seis metros, esa cosa de toneladas de músculo y sombras, había dejado de correr. Se había plantado. Y con un movimiento casi casual, como quien aparta una piedra del camino, había cogido un bloque de piedra del tamaño de un niño y lo había lanzado.
Directamente hacia él.
Pero no hacia él. Kairós lo entendió en una fracción de segundo. La trayectoria era clara. La piedra no iba a impactarle a él. Iba a impactar en el portal.
Si saltaba ahora, si intentaba cruzar, la piedra le alcanzaría en el aire. Le volaría la mitad del cuerpo. Sería una muerte instantánea, grotesca, definitiva.
No tuvo tiempo de pensar. Su cuerpo se movió antes que su mente.
Se lanzó hacia la izquierda. No un salto. Una rodada desesperada, impulsada por ese punto extra de agilidad que había ganado a base de entrenamiento, de caídas, de días enteros moviéndose en el Campo.
La piedra pasó silbando sobre su cabeza. Sintió el viento. Sintió el vértigo.
Y luego, el impacto.
No fue contra él. Fue contra el portal.
El sonido fue… raro. Como cristal rompiéndose, pero más profundo. Como si la realidad misma se hubiera quejado. Kairós rodó, se puso de pie, miró.
El portal se tambaleaba.
Sus bordes, antes firmes, ahora ondulaban como llamas al viento. La luz enfermiza parpadeaba. Por un instante, Kairós vio el otro lado—el callejón, las paredes de ladrillo, la noche de Ferren—pero era una imagen distorsionada, como a través de un cristal mojado.
Luego, el portal se estabilizó.
Pero no del todo. Seguía ahí. Seguía abierto. Pero temblaba. Como si cualquier cosa pudiera hacerlo colapsar.
Kairós se giró hacia la mole.
La mole no se había movido. Estaba ahí, a treinta metros, mirándolo. Sus ojos—si es que tenía ojos—brillaban en la penumbra. Y en su cara… en su cara había algo que Kairós no había visto antes en ninguna criatura.
Una sonrisa.
No una sonrisa bestial. No una mueca de hambre. Una sonrisa inteligente. Calculadora. Como la de alguien que acaba de hacer una jugada maestra.
No me apuntaba a mí, pensó Kairós. Nunca me apuntó a mí. Apuntaba al portal. Quería…
Quería atraparlo.
Quería que se quedara aquí.
Los lanzadores, desde las azoteas, dejaron de lanzar piedras. Las ratas, las que quedaban, se apartaron. Todo en ese mundo—esa ciudad fantasma, esa realidad rota—se quedó en silencio.
La mole dio un paso adelante.
Kairós sintió que las piernas le temblaban. No de frío. No de cansancio. De algo peor. De la certeza de que estaba atrapado.
—Mierda —susurró—. Mierda, mierda, mierda.
La mole dio otro paso.
El portal, detrás de él, seguía tambaleándose. Podía cruzarlo. Podía intentarlo. Pero si lo hacía, si la mole lo seguía… si esa cosa podía cruzar…
No lo sabía. No podía saberlo.
Pero no iba a arriesgarse a traer eso a Ferren.
—Vale —dijo, más para sí mismo que para nadie—. Vale. Peleamos.
Empuñó la espada. La hoja temblaba en su mano.
La mole sonrió más.
Y entonces, desde el bolsillo, el Diario habló.
Kairós. No pelees. No puedes.
—¿Y qué hago?
Corre. Sobrevive. Busca otro camino.
—¿Otro camino? ¿Qué otro camino?
La mole se abalanzó.
Kairós no esperó más.
Corrió.
Hacia el interior de la ciudad fantasma. Hacia lo desconocido. Hacia cualquier sitio que no fuera esa mole de seis metros de músculo y maldad.
Detrás, el rugido.
Delante, la oscuridad.
Y en medio, un hombre con una espada y una pregunta: ¿cómo se sale de un sueño cuando el monstruo no quiere que despiertes?
—-
Kairós corrió.
Las piernas le ardían, los pulmones le quemaban, pero no podía parar. La mole de seis metros estaba detrás de él—no la oía, pero la sentía. Cada paso suyo hacía temblar el suelo, y ese temblor le llegaba a través de las suelas de los zapatos, recorriéndole el cuerpo como una advertencia constante.
Miró atrás un instante. Solo un instante.
El portal… el portal ya no brillaba.
Donde antes había una grieta de luz enfermiza, ahora solo había piedra. Piedra antigua, como la de los edificios. Como si nunca hubiera existido.
—No —susurró Kairós—. No, no, no.
Si hubiera entrado. Si hubiera saltado en ese momento. ¿Dónde habría terminado? ¿En el vacío? ¿En la nada? ¿Muerto, atrapado entre dimensiones?
No quería pensarlo.
—Tiene que haber otra salida —dijo en voz alta, como si repetirlo pudiera hacerlo real—. Si este mundo lleva abierto tanto tiempo… si hay tantas criaturas aquí… tiene que haber otra salida. Tiene que.
Buena lógica —respondió el Diario en su mente—. Ojalá sea cierta.
—Cállate. No ahora.
La mole rugió detrás de él. No era un rugido bestial. Era otra cosa. Un sonido profundo, organizado, como si estuviera dando órdenes.
Y entonces, Kairós lo vio.
Los lanzadores. Desde las azoteas, desde los tejados, desde las ventanas de los edificios antiguos. Ya no lanzaban piedras.
Lanzaban ratas.
Las cogían con sus brazos largos y las lanzaban por los aires como si fueran proyectiles vivientes. Las ratas volaban, describían arcos imposibles, y caían delante de él, detrás de él, a los lados. Y cada vez que una caía, se incorporaba inmediatamente y se unía a la persecución.
—¡JODER! —gritó Kairós, esquivando una que cayó a un metro—. ¡¿AHORA TIRAN RATAS VOLADORAS?!
Parece que sí —respondió el Diario, con una calma que resultaba insultante—. Son creativos, hay que reconocerlo.
Una rata le alcanzó la espalda. Las patas de aguja se clavaron en su carne, justo entre los omóplatos. Kairós gritó, se giró, la aplastó contra una pared. La criatura reventó, dejando un charco negro en la piedra.
Pero otra ya venía. Y otra. Y otra.
Corrió de nuevo. Ahora esquivando no solo los ataques de la mole, sino las ratas que caían del cielo como lluvia podrida. Sus brazos, su espalda, sus piernas—todo le dolía. Todo sangraba.
—¿Cuánto… cuánto aura tengo? —jadeó.
25%.
—¿VEINTICINCO? —Casi se tropieza de la sorpresa—. ¿Cómo he ganado tanto?
Mataste ratas. Esquivaste ataques de esa mole. El aura se gana así, enfrentándote a cosas, sobreviviendo. ¿Creías que solo se obtenía de los fragmentos?
Kairós no respondió. Esquivó otra rata. Y otra. Y otra.
Veinticinco por ciento. Podía usarlo. Podía potenciar sus golpes, sus movimientos. Pero si lo gastaba todo, estaría indefenso.
—Tengo que… tengo que guardarlo —murmuró—. Para cuando realmente lo necesite.
Buena idea. Porque esto no ha hecho más que empezar.
La mole seguía detrás. No se cansaba. No disminuía la velocidad. Solo avanzaba, implacable, mientras los lanzadores cubrían el cielo de ratas vivas.
Kairós dobló una esquina. Una calle estrecha, flanqueada por edificios altos. Tal vez podría perderlos aquí, tal vez…
Al fondo, otra mole.
No tan grande como la primera. Pero grande. Tres metros. Cuatro. Bloqueando el paso.
Kairós frenó en seco.
—No —susurró—. No, no, no.
La mole de delante se movió. Lentamente. Pesadamente. Pero con la misma inteligencia en sus ojos.
La de detrás rugió.
Y los lanzadores, arriba, rieron.
Sí, rieron. Un sonido horrible, como piedras frotándose, pero con un tono de burla que no podía ser casual.
—Esto es una puta trampa —dijo Kairós—. Todo esto es una puta trampa.
Bienvenido a la realidad. Ahora, ¿qué vas a hacer?
Miró a un lado. Otro callejón. Más estrecho. Más oscuro.
No había elección.
Corrió hacia él.
Las moles no lo siguieron. Demasiado grandes para ese espacio. Pero los lanzadores sí. Desde arriba, desde las azoteas, moviéndose con una agilidad que no deberían tener, lo seguían. Y las ratas seguían cayendo.
Kairós corrió.
Sin mirar atrás. Sin pensar. Solo correr.
Hasta que el callejón terminó.
En una puerta.
Una puerta de madera, vieja, carcomida, en medio de un muro de piedra. Sin ventanas. Sin salida.
Kairós se quedó quieto un momento, mirándola.
—No —susurró—. No puede ser.
Detrás, los lanzadores se acercaban. Las ratas, también. Y a lo lejos, el temblor de las moles.
—No puede ser.
La puerta.
Era lo único que quedaba.
Kairós extendió la mano.
Y la empujó.
—
La puerta.
Kairós la empujó con una mano, la espada en la otra, el cuerpo tenso, esperando cualquier cosa.
La madera cedió con un gemido antiguo. Del otro lado, solo oscuridad. Una oscuridad densa, palpable, que parecía respirar.
Pero antes de que pudiera dar un paso, sintió un golpe en el costado. Algo cayó al suelo. Miró.
El Diario.
Había saltado—o se había caído—de su bolsillo y yacía en el suelo de piedra, abierto por una página que Kairós conocía bien. La del inventario. La de los fragmentos.
Y allí, brillando con una luz tenue en medio de la página, estaba el fragmento de Grado III. El que había obtenido del Reflejo. El que el Diario había guardado todo este tiempo.
—¿Qué…? —empezó Kairós.
El Diario no esperó. La tinta apareció rápida, urgente.
Cómetelo.
Kairós parpadeó.
—¿Qué?
Que te lo comas. Ahora.
Miró el fragmento. Pequeño. Brillante. Palpitaba con una luz propia, como un corazón diminuto.
—¿Las consecuencias? —preguntó, la voz tensa—. ¿Qué pasa si me lo como?
El Diario escribió rápido, sin pausa:
Puede pasar cualquier cosa. Tus estadísticas pueden aumentar. Pueden bajar temporalmente. Puedes ganar una habilidad nueva. Puedes perder una. Puede que no pase nada. Es aleatorio. Depende de la suerte.
Kairós sintió que la sangre se le helaba.
—Mi suerte es negativa, libro de mierda. NEGATIVA. ¿Y me dices que esto es aleatorio?
El Diario no respondió. En su lugar, sus páginas se cerraron. Y el libro… desapareció.
No literalmente. Pero se metió en el bolsillo del abrigo de Kairós con una velocidad sospechosa, como si no quisiera seguir siendo parte de la conversación.
—¡Oye! —gritó Kairós—. ¡No me dejes solo con esto!
Silencio.
El Diario no respondía.
Y detrás de él, los sonidos de los lanzadores y las ratas se acercaban.
Kairós miró el fragmento en el suelo. Luego la puerta abierta, la oscuridad. Luego el fragmento otra vez.
—Vale —susurró—. Vale. Tengo que decidir. Rápido.
Se agachó. Cogió el fragmento. Estaba caliente. Casi ardiente. Latía en su mano con un pulso propio.
Iba a llevárselo a la boca. Iba a hacerlo. Iba a arriesgarse.
Y entonces, la pared.
La pared que tenía al lado—la que hasta hace un segundo era solo piedra antigua y gastada—empezó a brillar.
No era un brillo fuerte. Era tenue. Como si alguien hubiera encendido una vela al otro lado de un cristal muy grueso. Pero estaba ahí. Y no había nada que pudiera explicarlo.
Kairós se quedó quieto, mirando.
El brillo creció. Se extendió. Y en la piedra, empezaron a formarse líneas. Símbolos. Los mismos símbolos que había visto en los grabados del templo. Los mismos que no había podido entender.
Y entonces, sin saber por qué, sin pensarlo, sin decidirlo, Kairós alargó la mano.
Puso el fragmento contra la pared.
Un segundo.
Solo un segundo.
La piedra se abrió.
No como una puerta normal. Se abrió como un ojo, como una flor, como algo que había estado esperando ser despertado. Los bordes se curvaron hacia afuera, y del otro lado…
Oscuridad.
Pero no una oscuridad vacía. Una oscuridad familiar. La misma oscuridad que había visto en sueños. La misma que había sentido en el pecho cuando el reloj de su padre se convirtió en brújula.
Kairós tragó saliva.
—¿Diario? —susurró.
Silencio.
—¿Ves esto?
Nada.
Pero del otro lado de esa nueva puerta, algo lo llamaba. No con palabras. Con una sensación. Con un recuerdo.
Kairós apretó el fragmento en la mano. Luego, sin mirar atrás, cruzó el umbral.
La puerta se cerró tras él.
Y la ciudad fantasma, con sus moles y sus lanzadores y sus ratas, se quedó vacía otra vez.
Esperando.
Por : Hanzonex
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 34 – Noche de Caza ( parte 4 )
La oscuridad lo envolvió.
Kairós dio un paso. Luego otro. No sentía el suelo bajo sus pies, pero avanzaba. La puerta a sus espaldas había desaparecido—solo negro, infinito, absoluto.
Y entonces, la luz llegó.
No era una luz fuerte. Era tenue, cálida, como la de un atardecer de verano. Y en medio de la oscuridad, empezaron a formarse imágenes. Sombras que tomaban forma. Árboles. Plantas. Un camino de tierra.
Una casa.
Pequeña, de campo, con techo de paja y una chimenea humeante. A su alrededor, un jardín descuidado pero hermoso, con flores silvestres y un columpio de madera colgado de una rama.
Kairós se acercó. No podía evitarlo. Algo lo atraía hacia esa escena, hacia esa casa, hacia esa vida.
Un niño salió por la puerta.
Tendría seis o siete años. Pelo revuelto, ropa sencilla, una sonrisa enorme. Corrió hacia el jardín, hacia un hombre y una mujer que lo esperaban. Los padres. El hombre, alto y fuerte, con manos de trabajador. La mujer, delgada, de mirada dulce, el pelo recogido en una trenza.
—¡Papá! ¡Mamá! —gritó el niño, lanzándose a sus brazos.
Ellos rieron. Lo abrazaron. Lo levantaron en vilo.
Una familia. Una familia feliz.
Kairós observó la escena como quien mira a través de un cristal. Las imágenes pasaban rápidas, como recuerdos acelerados. El niño crecía un poco. Aprendía a leer. Ayudaba a su padre en el campo. Reía con su madre mientras cocinaban.
Días felices. Días simples. Días que parecían eternos.
Hasta que una noche, todo cambió.
La escena se ralentizó. La casa, ahora a oscuras. Una habitación pequeña. El niño en su cama, durmiendo. Los padres, en la suya, también dormidos.
Y entonces, el niño empezó a moverse.
No era un movimiento normal. Era una convulsión. Su cuerpo se arqueó en la cama, los brazos y las piernas agitándose sin control. La boca se le abrió, pero no salió ningún sonido. Los ojos—abiertos de par en par—miraban sin ver.
Los padres se despertaron. Corrieron hacia él.
—¿Qué pasa? —gritó la madre—. ¿Qué le pasa?
—No sé, no sé —respondió el padre, intentando sujetarlo.
El niño los miró. Sus ojos, antes normales, ahora brillaban con una luz tenue y enfermiza.
—Mami —dijo, con una voz que no era la suya—. Mami, tengo miedo.
Y entonces, su cuerpo empezó a abrirse.
No fue una herida. Fue una transformación. La piel se estiró, se desgarró, se reconfiguró. Los huesos crujieron al alargarse. Los músculos se retorcieron bajo la carne. El niño creció, creció, creció, hasta medir dos metros. Su cabeza se deformó, volviéndose una masa oscura de la que solo emergía una boca. Una boca humana. Demasiado humana.
Y esa boca sonrió.
Los padres retrocedieron, horrorizados. La madre gritó. El padre intentó protegerla, alzando los brazos como si pudiera detener lo que venía.
No pudo.
La criatura—lo que había sido su hijo—se abalanzó sobre ellos. Los devoró. No con prisa. Con calma. Con esa misma sonrisa en la boca.
La sangre salpicó las paredes. Los huesos crujieron. Los gritos se apagaron.
Y luego, silencio.
La criatura se giró. Su cabeza oscura, su boca manchada de rojo, sus ojos—si es que tenía ojos—miraron hacia algún lugar. Hacia ningún lugar. Hacia Kairós.
—Mami —dijo, con esa voz infantil que ya no era infantil—. Tengo miedo. Ayúdame.
Una pausa.
Y entonces, una risa.
No era una risa humana. Era un sonido roto, mecánico, imposible. Como mil engranajes patinando al mismo tiempo.
JIJIJIJIJIJI.
Kairós quiso retroceder. Quiso apartar la mirada. No pudo.
La criatura lo miró directamente. Sus ojos—dos puntos brillantes en esa masa oscura—se clavaron en los suyos.
—Kairós —dijo—. Kairós, chico malo.
El nombre le atravesó el pecho como un cuchillo.
—No deberías ver recuerdos ajenos. No deberías meterte en las mentes de los demás. —La criatura inclinó la cabeza—. ¿No te lo habían dicho ya?
Kairós no podía hablar. No podía moverse.
La criatura—esa misma criatura—esa que había matado en el claro—esa que había sido un niño, una vez—lo miraba desde el otro lado de la escena.
—¿Te gustó? —preguntó—. ¿Mi historia? ¿Mi dolor? ¿Mi… transformación?
Kairós apretó los puños. Encontró la voz.
—Tú… tú mataste a tus padres.
—Yo era un niño. —La criatura negó con la cabeza—. Yo no elegí esto. Nadie elige esto. Los Galenos… ellos lo hicieron. Ellos crearon esto. Ellos… me crearon a mí.
Una pausa. La risa volvió. Más baja. Más triste.
—Y tú me mataste.
Kairós sintió que el suelo se inclinaba.
—Tú… tú eres…
—El Reflejo. El de Grado III. El que te robó un día. El que casi te mata. —La criatura sonrió—. El que fue un niño, una vez. Con una mamá. Un papá. Una vida.
La imagen empezó a desvanecerse. La casa, los árboles, la sangre… todo se volvió borroso.
—Pero eso ya no importa, ¿verdad? —dijo la criatura, mientras se desvanecía—. Tú me mataste. Yo ya no existo. Solo queda esto… este eco… este recuerdo…
—Espera —dijo Kairós.
Pero ya era tarde.
La criatura desapareció.
Y la oscuridad volvió.
—
Kairós se quedó solo en la nada.
Respirando hondo. Temblando. Con una pregunta clavada en el pecho.
¿Cuántos de ellos fueron niños? ¿Cuántos tuvieron padres que los amaron?
El Diario, desde el bolsillo, no dijo nada.
Pero Kairós sintió su calor. Su presencia. Su… ¿compasión?
—Diario —susurró.
¿Mmm?
—¿Todos los Disonantes… fueron personas? ¿Alguna vez?
Un silencio largo. Muy largo.
Luego, la respuesta:
No lo sé. Algunos sí. Otros… otros son solo ecos. Hambre. Instinto. Pero algunos… algunos fueron como ese.
Kairós cerró los ojos.
—Lo maté.
Sí.
—Y era un niño.
Sí. Pero también era un monstruo. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez.
Kairós no respondió.
Solo se quedó allí, en la oscuridad, con el peso de lo que había visto.
Afuera, en algún lugar, la noche seguía.
Pero dentro de él, algo había cambiado.
—
La oscuridad tembló.
No fue un temblor suave. Fue un golpe seco, violento, como si algo enorme estuviera golpeando las paredes de una caja de metal desde fuera.
BOOM.
Kairós dio un paso atrás. El corazón se le aceleró. Sintió el latido en la garganta, en las sienes, en la punta de los dedos.
BOOM. BOOM.
Los golpes eran rítmicos. Constantes. Cada vez más fuertes. Y detrás de ellos, un sonido que reconocería en cualquier parte. El rugido de la mole. Esa cosa de seis metros de músculo y sombras que había estado persiguiéndolo por la ciudad fantasma.
Pero no era solo una. Eran dos.
El rugido de la primera—profundo, atronador, como un terremoto con voz—se unió a otro. Más agudo. Más frenético. Como el de un animal herido pero igual de peligroso. El hermano pequeño. Esa mole de cuatro metros que le había cortado el paso en la calle estrecha.
Estaban ahí. Fuera de este espacio. Golpeando. Buscando entrar.
BOOM. BOOM. BOOM.
Kairós sintió que las piernas le flaqueaban. No era el miedo de antes. No era ese temor calculado que te mantiene alerta. Era pánico. Pánico frío, húmedo, pegajoso. El que te paraliza. El que te nubla la mente. El que te hace olvidar hasta cómo respirar.
—No —susurró. La voz le salió tan débil que apenas la reconoció—. No, no, no.
Miró a su alrededor. Oscuridad. Nada. Solo oscuridad. Un vacío infinito sin principio ni fin.
BOOM.
El espacio vibró. Una grieta diminuta apareció en la nada. Como un cristal que empieza a romperse. Delgada, fina, pero ahí. Una línea de luz tenue que se abría paso entre la negrura.
—Diario —jadeó. La mano le temblaba al buscar el libro en el bolsillo—. Diario, ¿qué hago?
El libro, desde su bolsillo, respondió con una calma que resultaba insultante. Como si estuviera comentando el tiempo.
El fragmento.
—¿Qué?
El fragmento del Reflejo. El que tienes en la mano. El que no te comiste. Es un recuerdo de ese ser. Su esencia. Su historia. Contiene algo. Algo que puede ayudarte.
Kairós miró su mano. El fragmento seguía ahí. Pequeño. Brillante. Palpitando con una luz tenue en medio de la oscuridad. Caliente. Vivo.
—¿Cómo? —preguntó, la voz quebrada—. ¿Cómo lo uso?
No lo sé. Es tu fragmento. Tú tienes que descubrirlo. Busca. Siente. Algo debe estar ahí para ti. Una habilidad. Una llave. Una puta idea de cómo salir de esta mierda. Pero date prisa.
BOOM. BOOM.
Otra grieta. Más grande. La luz del otro lado—esa luz enfermiza de la ciudad fantasma—se filtraba ahora en hilos delgados, iluminando tenuemente el rostro de Kairós.
Kairós cerró los ojos.
Buscó dentro del fragmento. Lo sintió en su mano, caliente, palpitante. Y entonces, como cuando había absorbido los recuerdos de la señora Elara, algo se abrió. No fue un acto consciente. Fue como si una puerta dentro de él cediera.
Imágenes. Fragmentos. La vida del Reflejo.
El niño. Ese niño de pelo revuelto y sonrisa enorme. Corriendo por el campo. Riendo con sus padres. Sintiendo el calor del sol, el amor de su madre, la fuerza de los brazos de su padre.
Luego, la noche. Las convulsiones. El dolor. El miedo.
“Mami, tengo miedo.”
La transformación. La pérdida. El horror de convertirse en algo que no reconoces, de ver el terror en los ojos de quienes más te querían.
Y luego… el hambre. El vacío. La soledad eterna de ser un monstruo que la gente teme y caza.
Kairós sintió todo eso. No como un espectador. Lo sintió en su propia carne. El dolor de los huesos al alargarse. El ardor de la piel al desgarrarse. La desesperación de dejar de ser quien eras.
Y también sintió otra cosa. Al final de todo, después del horror, después del hambre, después de la muerte… un eco. Un susurro. Una pregunta que el Reflejo se había hecho a sí mismo durante los años que pasó devorando y siendo devorado:
“¿Alguien me recordará? ¿Alguien sabrá que fui un niño?”
Kairós abrió los ojos.
Las lágrimas le corrían por las mejillas. No sabía cuándo habían empezado.
Las grietas en la oscuridad eran ya decenas. Los rugidos, ensordecedores. Las moles estaban a punto de entrar.
Pero él ya no sentía pánico.
Sentía otra cosa.
Comprensión.
Saber cómo se siente ser un monstruo.
No era una habilidad de combate. No era un poder destructivo. Era algo más sutil. Más extraño. Más humano.
Era saber que las cosas que te persiguen, las que quieren matarte, también fueron alguien. También tuvieron una historia. También, en algún momento, tuvieron miedo.
Eso no las hacía menos peligrosas. No las hacía menos mortales. Pero las hacía… comprensibles.
Y lo comprensible, se puede anticipar. Se puede entender. Se puede, quizás, sobrevivir.
Kairós respiró hondo. Una vez. Dos veces. El temblor de sus manos se aquietó. El latido de su corazón se ralentizó.
—Vale —dijo en voz baja. La voz, ahora, era firme—. Vale.
Guardó el fragmento en el bolsillo. No lo había absorbido. No lo había usado como el Diario sugería. Pero algo había cambiado. Algo en su interior se había desplazado.
Miró hacia las grietas. Hacia las moles que estaban al otro lado. Sus siluetas se adivinaban a través de las fisuras—enormes, deformes, hambrientas.
Pero ya no eran solo monstruos.
Eran algo más.
Y él… él podía usar eso.
El Diario, desde el bolsillo, susurró:
¿Qué vas a hacer?
Kairós no respondió.
Dio un paso hacia las grietas. Luego otro.
Las moles rugieron.
Él sonrió. Una sonrisa tensa, forzada, de alguien que sabe que va a doler.
—Vamos —dijo.
Y esperó.
Por : Hanzonex
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