FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 34
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Capítulo 34: Capítulo 34 – Noche de Caza ( parte 4 )
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 34 – Noche de Caza ( parte 4 )
La oscuridad lo envolvió.
Kairós dio un paso. Luego otro. No sentía el suelo bajo sus pies, pero avanzaba. La puerta a sus espaldas había desaparecido—solo negro, infinito, absoluto.
Y entonces, la luz llegó.
No era una luz fuerte. Era tenue, cálida, como la de un atardecer de verano. Y en medio de la oscuridad, empezaron a formarse imágenes. Sombras que tomaban forma. Árboles. Plantas. Un camino de tierra.
Una casa.
Pequeña, de campo, con techo de paja y una chimenea humeante. A su alrededor, un jardín descuidado pero hermoso, con flores silvestres y un columpio de madera colgado de una rama.
Kairós se acercó. No podía evitarlo. Algo lo atraía hacia esa escena, hacia esa casa, hacia esa vida.
Un niño salió por la puerta.
Tendría seis o siete años. Pelo revuelto, ropa sencilla, una sonrisa enorme. Corrió hacia el jardín, hacia un hombre y una mujer que lo esperaban. Los padres. El hombre, alto y fuerte, con manos de trabajador. La mujer, delgada, de mirada dulce, el pelo recogido en una trenza.
—¡Papá! ¡Mamá! —gritó el niño, lanzándose a sus brazos.
Ellos rieron. Lo abrazaron. Lo levantaron en vilo.
Una familia. Una familia feliz.
Kairós observó la escena como quien mira a través de un cristal. Las imágenes pasaban rápidas, como recuerdos acelerados. El niño crecía un poco. Aprendía a leer. Ayudaba a su padre en el campo. Reía con su madre mientras cocinaban.
Días felices. Días simples. Días que parecían eternos.
Hasta que una noche, todo cambió.
La escena se ralentizó. La casa, ahora a oscuras. Una habitación pequeña. El niño en su cama, durmiendo. Los padres, en la suya, también dormidos.
Y entonces, el niño empezó a moverse.
No era un movimiento normal. Era una convulsión. Su cuerpo se arqueó en la cama, los brazos y las piernas agitándose sin control. La boca se le abrió, pero no salió ningún sonido. Los ojos—abiertos de par en par—miraban sin ver.
Los padres se despertaron. Corrieron hacia él.
—¿Qué pasa? —gritó la madre—. ¿Qué le pasa?
—No sé, no sé —respondió el padre, intentando sujetarlo.
El niño los miró. Sus ojos, antes normales, ahora brillaban con una luz tenue y enfermiza.
—Mami —dijo, con una voz que no era la suya—. Mami, tengo miedo.
Y entonces, su cuerpo empezó a abrirse.
No fue una herida. Fue una transformación. La piel se estiró, se desgarró, se reconfiguró. Los huesos crujieron al alargarse. Los músculos se retorcieron bajo la carne. El niño creció, creció, creció, hasta medir dos metros. Su cabeza se deformó, volviéndose una masa oscura de la que solo emergía una boca. Una boca humana. Demasiado humana.
Y esa boca sonrió.
Los padres retrocedieron, horrorizados. La madre gritó. El padre intentó protegerla, alzando los brazos como si pudiera detener lo que venía.
No pudo.
La criatura—lo que había sido su hijo—se abalanzó sobre ellos. Los devoró. No con prisa. Con calma. Con esa misma sonrisa en la boca.
La sangre salpicó las paredes. Los huesos crujieron. Los gritos se apagaron.
Y luego, silencio.
La criatura se giró. Su cabeza oscura, su boca manchada de rojo, sus ojos—si es que tenía ojos—miraron hacia algún lugar. Hacia ningún lugar. Hacia Kairós.
—Mami —dijo, con esa voz infantil que ya no era infantil—. Tengo miedo. Ayúdame.
Una pausa.
Y entonces, una risa.
No era una risa humana. Era un sonido roto, mecánico, imposible. Como mil engranajes patinando al mismo tiempo.
JIJIJIJIJIJI.
Kairós quiso retroceder. Quiso apartar la mirada. No pudo.
La criatura lo miró directamente. Sus ojos—dos puntos brillantes en esa masa oscura—se clavaron en los suyos.
—Kairós —dijo—. Kairós, chico malo.
El nombre le atravesó el pecho como un cuchillo.
—No deberías ver recuerdos ajenos. No deberías meterte en las mentes de los demás. —La criatura inclinó la cabeza—. ¿No te lo habían dicho ya?
Kairós no podía hablar. No podía moverse.
La criatura—esa misma criatura—esa que había matado en el claro—esa que había sido un niño, una vez—lo miraba desde el otro lado de la escena.
—¿Te gustó? —preguntó—. ¿Mi historia? ¿Mi dolor? ¿Mi… transformación?
Kairós apretó los puños. Encontró la voz.
—Tú… tú mataste a tus padres.
—Yo era un niño. —La criatura negó con la cabeza—. Yo no elegí esto. Nadie elige esto. Los Galenos… ellos lo hicieron. Ellos crearon esto. Ellos… me crearon a mí.
Una pausa. La risa volvió. Más baja. Más triste.
—Y tú me mataste.
Kairós sintió que el suelo se inclinaba.
—Tú… tú eres…
—El Reflejo. El de Grado III. El que te robó un día. El que casi te mata. —La criatura sonrió—. El que fue un niño, una vez. Con una mamá. Un papá. Una vida.
La imagen empezó a desvanecerse. La casa, los árboles, la sangre… todo se volvió borroso.
—Pero eso ya no importa, ¿verdad? —dijo la criatura, mientras se desvanecía—. Tú me mataste. Yo ya no existo. Solo queda esto… este eco… este recuerdo…
—Espera —dijo Kairós.
Pero ya era tarde.
La criatura desapareció.
Y la oscuridad volvió.
—
Kairós se quedó solo en la nada.
Respirando hondo. Temblando. Con una pregunta clavada en el pecho.
¿Cuántos de ellos fueron niños? ¿Cuántos tuvieron padres que los amaron?
El Diario, desde el bolsillo, no dijo nada.
Pero Kairós sintió su calor. Su presencia. Su… ¿compasión?
—Diario —susurró.
¿Mmm?
—¿Todos los Disonantes… fueron personas? ¿Alguna vez?
Un silencio largo. Muy largo.
Luego, la respuesta:
No lo sé. Algunos sí. Otros… otros son solo ecos. Hambre. Instinto. Pero algunos… algunos fueron como ese.
Kairós cerró los ojos.
—Lo maté.
Sí.
—Y era un niño.
Sí. Pero también era un monstruo. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez.
Kairós no respondió.
Solo se quedó allí, en la oscuridad, con el peso de lo que había visto.
Afuera, en algún lugar, la noche seguía.
Pero dentro de él, algo había cambiado.
—
La oscuridad tembló.
No fue un temblor suave. Fue un golpe seco, violento, como si algo enorme estuviera golpeando las paredes de una caja de metal desde fuera.
BOOM.
Kairós dio un paso atrás. El corazón se le aceleró. Sintió el latido en la garganta, en las sienes, en la punta de los dedos.
BOOM. BOOM.
Los golpes eran rítmicos. Constantes. Cada vez más fuertes. Y detrás de ellos, un sonido que reconocería en cualquier parte. El rugido de la mole. Esa cosa de seis metros de músculo y sombras que había estado persiguiéndolo por la ciudad fantasma.
Pero no era solo una. Eran dos.
El rugido de la primera—profundo, atronador, como un terremoto con voz—se unió a otro. Más agudo. Más frenético. Como el de un animal herido pero igual de peligroso. El hermano pequeño. Esa mole de cuatro metros que le había cortado el paso en la calle estrecha.
Estaban ahí. Fuera de este espacio. Golpeando. Buscando entrar.
BOOM. BOOM. BOOM.
Kairós sintió que las piernas le flaqueaban. No era el miedo de antes. No era ese temor calculado que te mantiene alerta. Era pánico. Pánico frío, húmedo, pegajoso. El que te paraliza. El que te nubla la mente. El que te hace olvidar hasta cómo respirar.
—No —susurró. La voz le salió tan débil que apenas la reconoció—. No, no, no.
Miró a su alrededor. Oscuridad. Nada. Solo oscuridad. Un vacío infinito sin principio ni fin.
BOOM.
El espacio vibró. Una grieta diminuta apareció en la nada. Como un cristal que empieza a romperse. Delgada, fina, pero ahí. Una línea de luz tenue que se abría paso entre la negrura.
—Diario —jadeó. La mano le temblaba al buscar el libro en el bolsillo—. Diario, ¿qué hago?
El libro, desde su bolsillo, respondió con una calma que resultaba insultante. Como si estuviera comentando el tiempo.
El fragmento.
—¿Qué?
El fragmento del Reflejo. El que tienes en la mano. El que no te comiste. Es un recuerdo de ese ser. Su esencia. Su historia. Contiene algo. Algo que puede ayudarte.
Kairós miró su mano. El fragmento seguía ahí. Pequeño. Brillante. Palpitando con una luz tenue en medio de la oscuridad. Caliente. Vivo.
—¿Cómo? —preguntó, la voz quebrada—. ¿Cómo lo uso?
No lo sé. Es tu fragmento. Tú tienes que descubrirlo. Busca. Siente. Algo debe estar ahí para ti. Una habilidad. Una llave. Una puta idea de cómo salir de esta mierda. Pero date prisa.
BOOM. BOOM.
Otra grieta. Más grande. La luz del otro lado—esa luz enfermiza de la ciudad fantasma—se filtraba ahora en hilos delgados, iluminando tenuemente el rostro de Kairós.
Kairós cerró los ojos.
Buscó dentro del fragmento. Lo sintió en su mano, caliente, palpitante. Y entonces, como cuando había absorbido los recuerdos de la señora Elara, algo se abrió. No fue un acto consciente. Fue como si una puerta dentro de él cediera.
Imágenes. Fragmentos. La vida del Reflejo.
El niño. Ese niño de pelo revuelto y sonrisa enorme. Corriendo por el campo. Riendo con sus padres. Sintiendo el calor del sol, el amor de su madre, la fuerza de los brazos de su padre.
Luego, la noche. Las convulsiones. El dolor. El miedo.
“Mami, tengo miedo.”
La transformación. La pérdida. El horror de convertirse en algo que no reconoces, de ver el terror en los ojos de quienes más te querían.
Y luego… el hambre. El vacío. La soledad eterna de ser un monstruo que la gente teme y caza.
Kairós sintió todo eso. No como un espectador. Lo sintió en su propia carne. El dolor de los huesos al alargarse. El ardor de la piel al desgarrarse. La desesperación de dejar de ser quien eras.
Y también sintió otra cosa. Al final de todo, después del horror, después del hambre, después de la muerte… un eco. Un susurro. Una pregunta que el Reflejo se había hecho a sí mismo durante los años que pasó devorando y siendo devorado:
“¿Alguien me recordará? ¿Alguien sabrá que fui un niño?”
Kairós abrió los ojos.
Las lágrimas le corrían por las mejillas. No sabía cuándo habían empezado.
Las grietas en la oscuridad eran ya decenas. Los rugidos, ensordecedores. Las moles estaban a punto de entrar.
Pero él ya no sentía pánico.
Sentía otra cosa.
Comprensión.
Saber cómo se siente ser un monstruo.
No era una habilidad de combate. No era un poder destructivo. Era algo más sutil. Más extraño. Más humano.
Era saber que las cosas que te persiguen, las que quieren matarte, también fueron alguien. También tuvieron una historia. También, en algún momento, tuvieron miedo.
Eso no las hacía menos peligrosas. No las hacía menos mortales. Pero las hacía… comprensibles.
Y lo comprensible, se puede anticipar. Se puede entender. Se puede, quizás, sobrevivir.
Kairós respiró hondo. Una vez. Dos veces. El temblor de sus manos se aquietó. El latido de su corazón se ralentizó.
—Vale —dijo en voz baja. La voz, ahora, era firme—. Vale.
Guardó el fragmento en el bolsillo. No lo había absorbido. No lo había usado como el Diario sugería. Pero algo había cambiado. Algo en su interior se había desplazado.
Miró hacia las grietas. Hacia las moles que estaban al otro lado. Sus siluetas se adivinaban a través de las fisuras—enormes, deformes, hambrientas.
Pero ya no eran solo monstruos.
Eran algo más.
Y él… él podía usar eso.
El Diario, desde el bolsillo, susurró:
¿Qué vas a hacer?
Kairós no respondió.
Dio un paso hacia las grietas. Luego otro.
Las moles rugieron.
Él sonrió. Una sonrisa tensa, forzada, de alguien que sabe que va a doler.
—Vamos —dijo.
Y esperó.
Por : Hanzonex
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