FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 35
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Capítulo 35: Capítulo 35 – Noche de Caza ( parte 5 )
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 35 – Noche de Caza ( parte 5 )
El silencio.
Era lo primero que Kairós notó después de que las moles atravesaran las grietas. Los rugidos cesaron. Los golpes se detuvieron. Solo quedó el eco de su entrada y luego… nada.
Un silencio denso, pesado, que se pegaba a la piel como una segunda capa.
Kairós no se movió.
Estaba acurrucado en un rincón de la oscuridad—si es que este lugar tenía rincones. Había descubierto algo raro hacía unos minutos, cuando las sombras empezaron a agitarse con los golpes. No era una habilidad. No era algo que supiera hacer. Era más como… como levantar una sábana.
Las sombras eran una tela. Y él podía meterse debajo.
No sabía cómo lo hacía. Solo que cuando lo intentó, la oscuridad lo envolvió, lo cubrió, lo hizo parte de ella. Como cuando el Reflejo lo había atrapado en sueños, pero al revés. Él era ahora el que se escondía en las sombras, no el que era cazado en ellas.
Quizás era el eco de lo que había sentido en el fragmento. Aprender a ser monstruo también era aprender a esconderse en su propio territorio.
Las dos moles estaban ahí. Podía sentirlas. No verlas—la oscuridad era demasiado densa incluso para sus ojos—pero sentirlas. Su peso. Su respiración. Su hambre.
La más grande—la de seis metros—se movía con pasos lentos pero seguros. Cada pisada hacía vibrar el suelo. Kairós sintió esas vibraciones en los huesos, en los dientes, en el pecho.
Pum. Pum. Pum.
La más pequeña—cuatro metros, pero igual de mortal—se movía diferente. Más rápida. Más errática. Como un perro que olfatea el suelo, que gira, que busca, que no se cansa.
Kairós contuvo la respiración.
Los músculos le ardían. Llevaba demasiado tiempo en la misma posición, encogido, tenso, esperando. Las heridas de las ratas—esos pequeños agujeros en brazos y piernas—le latían con cada latido del corazón. La sangre se había secado, pero la carne alrededor estaba inflamada, caliente, dolorida.
Pero no podía moverse. No aún.
La mole pequeña pasó a dos metros de él.
Kairós vio su silueta—una masa informe de músculo y sombras, con brazos que casi arrastraban por el suelo y una cabeza que giraba lentamente, buscando. No tenía ojos. No los necesitaba. Olía. Sentía. Sabía.
Pasó. Siguió de largo.
Kairós exhaló. Muy despacio. Muy bajito.
No puedo huir siempre, pensó. Si salgo de aquí, me van a encontrar. Me van a perseguir. Y esta vez no hay portal al otro lado.
Pero si mataba a una… si lograba matar a una de ellas… la otra sería más fácil de esquivar. De una se puede huir. De dos, no.
El problema era cómo.
La grande era un problema. Demasiado grande. Demasiado fuerte. Un solo golpe de esos brazos lo partiría en dos. La pequeña era más rápida, más ágil, pero quizás también más débil. Quizás podía…
Se movió.
Solo un poco. Un deslizamiento mínimo, para cambiar de posición, para buscar un ángulo mejor. Las sombras—esa sábana oscura—se movieron con él.
La mole pequeña se detuvo.
Giró la cabeza. Lentamente. Sus fosas nasales—si es que tenía—se dilataron. Olfateó el aire.
Kairós se quedó inmóvil. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que temió que pudiera oírlo.
La mole pequeña dio un paso hacia él.
Otro.
Estaba a un metro.
Kairós apretó la espada en la mano. El sudor le corría por la nuca. Los músculos, tensos como cuerdas de violín, estaban listos para explotar.
Y entonces, algo cambió.
Recordó lo que había sentido con el fragmento. Ese momento de comprensión. Saber cómo se siente ser un monstruo. No era una habilidad de combate. No era un poder. Pero en ese instante, mientras la mole pequeña lo buscaba a un metro de distancia, Kairós entendió algo.
Tiene miedo.
No miedo de él. Miedo de otra cosa. Miedo de la mole grande. Miedo de ser la más débil. Miedo de fallar.
Los monstruos también sienten miedo.
Y el miedo… el miedo se puede usar.
La mole pequeña dio otro paso. Estaba tan cerca que Kairós podía ver los pliegues de su piel, la baba que goteaba de su boca, el temblor casi imperceptible de sus patas.
No lo había visto. No lo había olido. Pero dudaba.
Kairós esperó.
Un segundo. Dos. Tres.
La mole pequeña se giró. Se alejó. Siguió buscando en otra dirección.
Kairós exhaló. Muy despacio. Muy bajito.
Ahora sabía. Ahora tenía un plan.
Esperaría a que se separaran. Atacaría a la pequeña primero. Rápido. Mortal. Y luego, con la grande, ya vería.
Pero primero, tenía que esperar.
La noche—o lo que fuera esto—era larga.
Y él era paciente.
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 35: Cazador y presa (Parte 2)
Las moles se separaron.
La grande se alejó hacia la izquierda, sus pasos pesados haciendo vibrar el suelo. La pequeña, más nerviosa, más errática, se movía en círculos a la derecha, olfateando, buscando, sin encontrar.
Kairós esperó. Contó sus respiraciones. Una. Dos. Tres. Hasta que la distancia entre ellas fue suficiente para que la pequeña quedara aislada, vulnerable.
Entonces se movió.
No hacia un lado. Hacia arriba.
Descubrió que podía hacerlo cuando intentó cambiar de posición por enésima vez. En lugar de deslizarse por el suelo, puso un pie contra lo que parecía una pared—si es que este espacio tenía paredes—y en lugar de caer, ascendió. Como si estuviera nadando. Como si la gravedad fuera una sugerencia y no una ley.
Era extraño. Muy extraño. Pero en ese momento, no iba a cuestionarlo.
Subió. Pegado a la superficie como una araña, moviéndose en silencio, sintiendo cómo las sombras lo cubrían y lo protegían. La mole pequeña, abajo, seguía buscando. No miraba arriba. No miraba arriba porque los monstruos—Kairós lo sabía ahora, lo había sentido en el fragmento—no esperaban que sus presas volaran.
Llegó al techo—si es que esto tenía techo. Una superficie sólida, fría, que se extendía en la oscuridad. Se pegó a ella, boca abajo, y observó.
La mole pequeña estaba justo debajo. A cuatro metros. Tal vez menos.
Kairós la estudió. Su cuello. Era lo único que parecía vulnerable. Grueso, sí, pero menos que el resto del cuerpo. Menos musculoso. Menos protegido. Si podía clavar la espada ahí, si podía atravesarlo…
Recordó.
Yet, con su paciencia infinita, repitiéndole una y otra vez en el Campo: “El secreto no está en la fuerza, está en la técnica. Un buen tajo con la forma correcta corta más que un hachazo con toda tu alma.”
El chico prodigio, ese adolescente silencioso que nunca decía su nombre. Kairós lo recordaba en su rincón, practicando el mismo movimiento una y otra vez, sin descanso, sin queja. Hasta que la espada era una extensión de su brazo. Hasta que el movimiento era perfecto.
Las horas en el Campo. Cuando ya no había nadie. Cuando solo quedaban él y la espada. Repitiendo tajos una y otra vez. Sintiendo cómo el brazo temblaba. Cómo los músculos ardían. Cómo la respiración se entrecortaba. Hasta caer al suelo, jadeando, mirando el cielo gris de Ferren. Y al día siguiente, levantarse y volver a empezar.
Yet, el de los seis años de práctica sin talento, pero con una terquedad infinita. “No importa lo que tardes. Lo importante es no parar.”
Todo eso. Todo ese dolor, ese esfuerzo, esa terquedad. Todo había sido para este momento.
Kairós empuñó la espada con ambas manos. La empuñadura, gastada ya por el uso, se ajustó a sus palmas como una extensión de su cuerpo.
El aura—ese 25% que había acumulado sin saber cómo—empezó a fluir hacia el metal.
No lo forzó. Esta vez no. Esta vez fue natural. Como si la espada supiera lo que tenía que hacer. Como si él supiera. La energía recorrió su brazo, su muñeca, sus dedos, y se derramó sobre la hoja como agua sobre una superficie sedienta.
La espada brilló.
No era un brillo tenue como antes. Era una luz blanca, intensa, cegadora. Iluminó todo a su alrededor—las sombras, el techo, la mole pequeña abajo. La criatura se quedó quieta, deslumbrada, sin entender qué pasaba.
Kairós la vio. Vio su confusión. Su miedo. Y supo que era el momento.
—¡AHORA! —gritó.
Y se dejó caer.
No fue una caída normal. Fue un lanzamiento. Un misil. Un puño de Dios. El cuerpo, impulsado por la gravedad ausente, se convirtió en proyectil. La espada, delante, apuntando al cuello. Toda su fuerza. Toda su técnica. Todo su aura.
Los segundos se estiraron como chicle.
Kairós veía acercarse el cuello de la mole. Veía cada pliegue de su piel. Cada gota de baba. Cada pequeño movimiento.
El tajo sería perfecto.
La hoja silbaba en el aire.
Y entonces, la mole se movió.
No fue un movimiento grande. Fue un pequeño paso. Un desplazamiento mínimo de unos pocos centímetros. La criatura, sin saber por qué, sin ser consciente, había cambiado ligeramente de posición.
Kairós lo vio. Lo vio en el último instante. La hoja, que iba directa al cuello, pasó rozando la piel. Sintió el contacto, sintió cómo el filo abría un pequeño corte superficial, pero no fue suficiente. No fue la muerte.
La espada se clavó en el suelo.
CRASH.
El impacto fue brutal. Toda la energía acumulada—el aura, la fuerza, la velocidad—se descargó contra la piedra. La hoja se hundió hasta la mitad. El suelo se resquebrajó en un radio de varios metros.
Y Kairós, con los brazos aún extendidos, con el cuerpo aún vibrando por el esfuerzo, se quedó ahí.
Silencio.
Un silencio absoluto.
La mole pequeña lo miró. Sus ojos—esos puntos brillantes en la masa oscura—parpadearon. Luego miró el suelo. Luego la espada. Luego a él otra vez.
Kairós la miró a ella.
Un segundo. Dos.
—Mierda —susurró.
“No es solo mierda” —la voz del Diario llegó más seria de lo habitual—. “Es la -2. Pero escucha, idiota: cada puto punto cuenta. En fuerza, en agilidad, en suerte… un punto no es un número. Es un mundo. Pasar de 1 a 2 por ejemplo, no es ‘un poquito menos malo’. Es otra categoría. Otra forma de existir. Tú aún no lo sabes, pero cuando lo sientas, lo entenderás.”
—¡MIERDAAAA PODRÍAS CALLARTE! —gritó Kairós mientras arrancaba la espada del suelo de un tirón. El metal, aún brillando con los últimos rescoldos del aura, tembló en su mano. Dio media vuelta y corrió.
No pensó. No planeó. Solo corrió.
Detrás, la mole pequeña rugió. No era un rugido de dolor. Era un rugido de… ¿sorpresa? ¿IRA? ¿Y si era… risa?
JIJIJIJIJIJI.
El sonido heló la sangre de Kairós. Era esa risa. La misma del Reflejo. La misma del niño convertido en monstruo. Pero ahora venía de dos gargantas.
La mole pequeña se unió a la grande. Las dos, juntas, lo perseguían. Y ambas reían.
JIJIJIJIJIJI. JIJIJIJIJIJI.
Un coro de pesadilla.
Kairós corrió. Las piernas le ardían. Las heridas le gritaban. El aura—0%. No le quedaba nada. Solo músculo. Solo voluntad. Solo ese instinto de supervivencia que lo había mantenido vivo hasta ahora.
—¡Diario! —gritó mientras corría—. ¡Diario, di algo!
Desde el bolsillo, la respuesta llegó. Pero no era lo que esperaba.
JIJIJIJIJIJI.
El libro se reía. El maldito libro también se reía.
—¡¿TÚ TAMBIÉN?!
JIJI… perdón… JIJIJI… no puedo evitarlo… ha sido tan… tan patético… JIJIJIJI.
Kairós quiso insultarlo. Quiso tirarlo al suelo. Pero no tenía tiempo. Las moles estaban cada vez más cerca. Su risa llenaba el espacio, rebotaba en las paredes invisibles, se metía en su cabeza.
Corrió. Sin dirección. Sin esperanza. Solo correr.
Maldita suerte, pensó. Maldita suerte de mierda.
-2.
Siempre -2.
Y mientras corría, mientras las moles reían y el Diario también, Kairós entendió algo: a veces, no importa lo mucho que entrenes. No importa lo mucho que aprendas. No importa lo mucho que te esfuerces.
A veces, la suerte es una puta.
Y la suya era negativa.
Por : Hanzonex
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