FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 36
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Capítulo 36: Capítulo 36 – Noche de caza ( final )
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 36 – Noche de caza ( final )
Kairós cruzó lo que había sido una puerta—ahora solo un hueco irregular en la piedra, con bordes desgarrados como papel mojado—y salió al exterior.
La ciudad fantasma estaba destruida.
No recordaba que fuera así cuando entró. Los edificios, antes enteros, ahora eran esqueletos de piedra. Las calles, antes vacías, estaban cubiertas de escombros. El cielo gris, antes estático, ahora parecía hervir.
Y en medio de todo, las ratas.
Cientos.
No era una exageración. El espacio frente a él—lo que había sido una plaza—estaba literalmente cubierto de esas criaturas. Sus cuerpos esféricos se movían en oleadas, sus patas de aguja arañaban la piedra, sus cientos de ojos diminutos brillaban en la penumbra.
Un ejército.
Kairós se quedó quieto un instante. Solo un instante. El tiempo justo para procesar el horror.
Detrás, las moles. Su risa—ese JIJIJIJIJIJI infernal—se acercaba.
Delante, las ratas. Esperando.
No había salida.
Pero Kairós ya no pensaba. Ya no calculaba. Ya no planeaba.
La vergüenza. La humillación. El ataque fallido. El aura desperdiciada. Las risas—de las moles, del Diario, de su propia puta suerte.
Todo eso se condensó en su pecho como una bola de fuego.
Y explotó.
—¡AAAAAAH! —gritó. No era un grito de guerra. Era un alarido de frustración, de rabia, de todo lo que llevaba dentro.
Y se lanzó contra las ratas.
La primera murió antes de que pudiera mover una pata. La espada, aún caliente por el aura gastada, la partió en dos. La segunda, también. La tercera, también.
No había técnica. No había elegancia. Solo furia.
Golpeaba. Una y otra vez. Sin parar. Sin respirar. Las ratas caían a su alrededor como mies bajo la hoz. El líquido negro salpicaba su ropa, su cara, sus brazos. No le importaba.
Una. Dos. Tres. Cuatro.
El juego de pies—ese entrenamiento tedioso, esas horas moviéndose en el Campo—funcionaba solo. Su cuerpo sabía dónde poner los pies incluso cuando su mente estaba en blanco. Esquivaba ataques sin mirar. Se desplazaba entre las criaturas como si hubiera hecho eso toda la vida.
Cinco. Seis. Siete. Ocho.
Las ratas no eran rivales. Un golpe y morían. El problema era la cantidad. Siempre la cantidad.
Pero Kairós no pensaba en eso. Solo golpeaba.
Nueve. Diez. Once. Doce.
Un destello. Entre los restos de la duodécima rata, algo brilló. Un fragmento. Pequeño, pero real.
Kairós lo cogió sin detenerse. Al bolsillo. Sin mirar.
Trece. Catorce. Quince.
Otro fragmento. Otro destello. Otro al bolsillo.
Dieciséis. Diecisiete. Dieciocho.
La tercera rata en morir—o la decimoctava, ya había perdido la cuenta—soltó otro. Tres fragmentos. Tres pequeñas gemas de poder en menos de un minuto.
Las ratas, por un instante, dudaron.
Kairós se quedó quieto, jadeando. La espada goteaba negro. El cuerpo le temblaba. Pero estaba vivo. Seguía vivo.
Y entonces, en el cielo oscuro—ese cielo que no era cielo, esa bóveda inexistente—algo brilló.
Un punto de luz.
Pequeño. Lejano. Pero real.
Kairós lo vio. Y supo, con una certeza que no podía explicar, que era la salida.
No lo dudó.
Corrió.
Las ratas se lanzaron tras él, pero era más rápido. Las moles, detrás, rugieron—esta vez sin risa, con furia—y también se lanzaron.
Pero Kairós corría.
Las piernas le ardían. Los pulmones le quemaban. Las heridas le gritaban. Pero no paraba.
El reloj de su padre, en el bolsillo, estaba helado. Más frío que nunca. Tan frío que lo sentía a través de la tela.
Más cerca, pensó. Cuanto más cerca, más frío. Así sé que voy bien.
La luz crecía. Ya no era un punto. Era un círculo. Un portal. Como el de la entrada, pero más brillante. Más estable.
Cien metros. Cincuenta. Veinte.
Las moles estaban a punto de alcanzarlo. Sentía su aliento—ese olor a podredumbre y muerte—en la nuca.
Diez metros.
Y entonces, de la luz, surgió una figura.
Negra. Ágil. Máscara diferente a la suya—más angular, con rasgos de ave, dos plumas metálicas que sobresalían de las sienes. Una lanza corta en la mano, goteando sangre negra. No dudó. No miró atrás. Se plantó entre Kairós y las moles como si llevara toda la vida esperando ese momento.
—¡Corre! —gritó. La voz era ronca, desconocida, pero firme—. ¡Yo cubro la salida!
Kairós dudó un instante. Solo un instante. Vio los ojos de la figura—brillantes tras la máscara—. Vio la lanza, preparada. Vio la postura, firme, de alguien que sabía lo que hacía.
—Pero…
—¡CORRE, IDIOTA! —El desconocido ya se lanzaba contra la primera mole—. ¡NO TENGO TODO EL DÍA!
Kairós obedeció.
Saltó hacia la luz.
El mundo se distorsionó. La ciudad fantasma, las ratas, las moles, el desconocido de la lanza… todo se desvaneció en un remolino de colores y sombras.
Y luego, el frío.
El aire de Ferren.
El callejón.
La noche.
Kairós cayó al suelo, jadeando, temblando, vivo.
Miró atrás. La grieta—esa herida en la realidad—seguía ahí. Brillaba tenuemente en la pared del callejón.
Y de ella, un segundo después, salió la figura.
La lanza corta seguía goteando. La máscara de ave estaba manchada, pero los ojos… los ojos brillaban igual. No se fue. Se quedó allí, de pie, mirándolo.
Kairós se incorporó lentamente. Ambos estaban de negro. Ambos con máscaras. Ambos vivos.
Un minuto de silencio. Largo. Pesado. Solo roto por la respiración agitada de los dos.
—¿Quién…? —empezó Kairós.
La figura no respondió. Solo lo miró.
Luego, preguntó:
—¿Cuál es tu número?
Kairós parpadeó.
—¿Mi… qué?
La figura inclinó la cabeza. Un gesto de sorpresa, o tal vez de resignación.
—Vaya —dijo—. Un novato. Perfecto.
Hizo una pausa. La lanza, ahora en reposo, apuntaba al suelo.
—Tu número. Está en tu ficha. En el Diario. Abajo de tus estadísticas. La última línea. Letra muy pequeña. —Se encogió de hombros—. Es un número para identificar a los Iluminados. Lo usamos para hablar entre nosotros sin saber nuestras verdaderas identidades.
Kairós frunció el ceño. Metió la mano en el bolsillo, sacó el Diario. Lo abrió. Buscó. Y allí, al final de la página, en una letra tan diminuta que apenas se veía, encontró un número.
—33-33 —leyó en voz alta.
La figura se quedó quieta un momento. Luego soltó una risa corta.
—Vaya. Ya vamos por el 33. Increíble.
Kairós lo miró.
—¿Y tú?
—15-17 —respondió—. Pero se dice quince-diecisiete. El guión es para aprenderlo.
Kairós asintió. Se lo guardó en la memoria.
—¿Por qué me ayudaste? —preguntó.
15-17 no respondió inmediatamente. Miró hacia la grieta, que parpadeó una última vez antes de cerrarse del todo.
—Porque alguien me ayudó a mí. Una vez. —Se giró hacia Kairós—. Y porque los novatos que entran solos a las Fisuras suelen morir. Tú tuviste suerte.
Kairós sonrió. Una sonrisa amarga.
—Mi suerte es negativa.
—Pues imagínate si fuera positiva. —15-17 se ajustó la máscara—. Nos vemos, 33-33. Cuídate. Y no entres solo a una Fisura otra vez. No hasta que sepas lo que haces.
—Espera —dijo Kairós—. ¿Dónde te encuentro? ¿Cómo…?
Pero 15-17 ya corría calle abajo. En segundos, desapareció en la noche.
Kairós se quedó solo en el callejón.
—33-33 —murmuró—. 15-17.
El Diario, desde el bolsillo, escribió:
Bienvenido al club, 33-33. Ahora tienes un número. Como un puto robot.
Kairós sonrió.
—Cállate.
Se levantó. Las piernas le temblaban. Las heridas le dolían. Pero estaba vivo.
La figura desapareció en la noche.
Kairós se quedó solo en el callejón, jadeando, temblando, intentando procesar todo lo que acababa de pasar. Las moles. Las ratas. El ataque fallido. La risa. La huida. El desconocido de la máscara de ave.
Su mano temblorosa buscó el reloj en el bolsillo. El de su padre. El que siempre marcaba las 3:07. Lo sacó.
7:32 PM.
Parpadeó.
Había entrado a las 7:32. Lo recordaba perfectamente porque había mirado la hora justo antes de meterse en el callejón, antes de ponerse la máscara, antes de todo.
7:32.
Y ahora eran las…
Volvió a mirar. La manecilla de los minutos se movió. 7:33.
—No —susurró—. No puede ser.
Habían pasado diez minutos. Solo diez minutos. Pero él había estado dentro horas. Había peleado, había huido, había visto la historia del Reflejo, había fallado el ataque más importante de su vida, había matado ratas, había corrido de las moles…
Todo eso… ¿en diez minutos?
El tiempo ahí dentro no es el mismo que aquí —dijo el Diario—. Las Fisuras funcionan así. A veces pasan horas y aquí solo minutos. A veces al revés.
Kairós se dejó caer contra la pared. La piedra estaba fría. Real. Sólida.
—Diez minutos —murmuró—. Solo diez minutos.
Se quedó así un momento, procesando. Luego sintió algo en el bolsillo. Algo que no había puesto ahí.
Un papel.
Lo sacó. Era una nota, escrita con una letra firme y clara. No tenía nombre, no tenía número. Solo instrucciones:
—
Has sido convocado.
Lugar: Almacén 7, distrito sur.
Hora: 11:47 PM.
Vestimenta: Oscura, con máscara.
Duración: 15 minutos exactos.
Asunto: Reunión informativa.
Asistentes: 5/5.
Día 31 de Umbral.
No faltes.
—
Kairós leyó la nota una vez. Dos veces. Tres veces.
—¿Qué… qué es esto? —susurró.
Parece una invitación —respondió el Diario—. A una reunión de Iluminados. Cinco personas. Información general. En una semana.
—¿Cómo sabían…? ¿Cómo saben que existo?
El tipo de la máscara de ave. Quince-diecisiete. Te lo dejó cuando te cubrió la salida. Debió deslizarlo en tu bolsillo sin que lo sintieras.
Kairós apretó la nota en la mano. Una mezcla de emociones le recorrió el pecho. Miedo. Curiosidad. Emoción. ¿Había otros como él? ¿Una red? ¿Una comunidad?
—¿Voy? —preguntó en voz alta.
Eso tendrás que decidirlo tú. Pero si vas, no digas que no te advertí.
Kairós guardó la nota con cuidado, en el bolsillo más interno de su ropa de combate. Luego cogió los fragmentos. Tres pequeñas gemas que brillaban en la penumbra.
—Guárdalos —dijo, abriendo el Diario.
Los dejó caer en las páginas. El libro se los tragó sin ceremonias.
Tres fragmentos de Grado I. Nada especial. Pero suman.
Kairós se quedó quieto un momento. La ropa de combate—la camisa negra, el pantalón elástico—estaba manchada de sangre, de líquido negro, de tierra de otro mundo. Pero era lo que llevaba puesto desde que salió de casa. No había nada raro en ello.
Necesitaba moverse. Necesitaba pensar. Necesitaba… despejar la mente.
Echó a andar. No hacia casa. Hacia otra dirección.
El Campo.
—¿A dónde vas? —preguntó el Diario.
—Al Campo.
¿Ahora? ¿Después de todo eso? ¿Después de que casi te matan, de que fallaras el ataque más épico de tu vida, de que te rieran en la cara unas moles y YO ME RIERA DE TI? ¿Y VAS AL CAMPO?
—Sí. —Kairós siguió caminando, la mirada perdida en el horizonte nocturno—. Necesito hacer algo normal. Algo que me recuerde quién soy. Necesito moverme, sudar, cansarme. Necesito que los músculos trabajen para que la cabeza deje de dar vueltas.
¿Y crees que va a funcionar?
—No. Pero es mejor que quedarme quieto pensando en todo lo que pasó.
Silencio. Luego, el Diario escribió con una letra más pequeña, casi comprensiva:
Vale. Pero cuando llegues a casa, aunque sea de madrugada, avísame. Tengo que mostrarte unas cosas curiosas en tu ficha. Han pasado cosas mientras no miraba.
Kairós asintió. No preguntó qué cosas. No le importaba ahora.
Solo quería llegar al Campo.
—
Las farolas de Ferren parpadeaban con su luz naranja mientras Kairós caminaba. La ciudad seguía su curso, ajena a lo que acababa de pasar en ese callejón, ajena a las Fisuras y las moles y los fragmentos.
Cuando llegó al Campo, la noche estaba en calma. Algunos conocidos lo saludaron. Yet, el eterno aprendiz, practicaba en una esquina, moviendo la espada de madera con esa torpeza que solo años de práctica podían producir. El chico silencioso, en su rincón habitual, ejecutaba movimientos precisos, quirúrgicos, como siempre.
Kairós se buscó un espacio apartado. Desenvainó la espada—la de verdad, la de metal—y empezó a practicar.
Los movimientos básicos. Las posturas. El juego de pies.
Una y otra vez.
La mente, al principio, no paraba. Las imágenes de la Fisura se repetían en bucle: la mole pequeña moviéndose en el último segundo, su espada clavándose en el suelo, las risas, las risas, las risas…
Pero poco a poco, con cada repetición, con cada golpe, con cada gota de sudor, las imágenes se fueron difuminando.
Solo quedaba el movimiento.
La espada.
El cuerpo.
El ahora.
Cuando por fin se detuvo, jadeando, los brazos temblando, el cielo seguía siendo el mismo cielo gris de siempre. Pero él se sentía diferente.
Se quedó allí, de pie, mirando hacia arriba.
La luna asomaba entre las nubes, pálida y distante, como si ella también estuviera cansada de todo.
Kairós la contempló en silencio. Por un momento, solo por un momento, no pensó en nada. Solo existió.
Y entonces, de reojo, lo vio.
Una sombra. Entre los edificios derruidos que bordeaban el Campo. Una silueta. Humana. Quieta. Mirándolo.
Kairós no se movió. Su cuerpo se tensó automáticamente, la mano buscando la espada. Pero no era una mole. No era un Disonante. Era una persona.
Parpadeó. Quiso enfocar mejor.
La sombra ya no estaba.
Había desaparecido.
Kairós se quedó mirando el lugar vacío. El corazón le latía con fuerza otra vez. La paranoia de la Fisura, pensó. Los nervios. La imaginación.
O no.
La voz del Diario llegó clara a su mente. Fría. Seria.
Ahí está. Eso es lo que te llevo días diciendo. Eso que no querías ver.
Se tocó el pecho, se sentía como una estrella que atrae miradas. Incluso las que no deberían.
Kairós apretó la mandíbula.
—¿Estás seguro?
Sí. Y no es la primera vez que aparece. Lleva días ahí, observando. Solo que hoy… hoy lo has visto.
—¿Quién es?
No lo sé. Pero no es un amigo. Y no es un Disonante. Es algo peor.
Kairós tragó saliva. La noche, de repente, se había vuelto más fría.
—Los Galenos —susurró.
Puede ser. O puede ser otra cosa. Pero tienes que estar preparado.
Kairós asintió. Se guardó la espada. Sin mirar atrás, sin correr, sin mostrar miedo, empezó a caminar hacia casa.
La luna seguía ahí, impasible.
Pero abajo, en las sombras, algo se movía.
Y Kairós ya lo sabía.
Por : Hanzonex
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