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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 37

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Capítulo 37: Capítulo 36 – Noche de caza ( final )

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 36 – Noche de caza ( final )

Kairós cruzó lo que había sido una puerta—ahora solo un hueco irregular en la piedra, con bordes desgarrados como papel mojado—y salió al exterior.

La ciudad fantasma estaba destruida.

No recordaba que fuera así cuando entró. Los edificios, antes enteros, ahora eran esqueletos de piedra. Las calles, antes vacías, estaban cubiertas de escombros. El cielo gris, antes estático, ahora parecía hervir.

Y en medio de todo, las ratas.

Cientos.

No era una exageración. El espacio frente a él—lo que había sido una plaza—estaba literalmente cubierto de esas criaturas. Sus cuerpos esféricos se movían en oleadas, sus patas de aguja arañaban la piedra, sus cientos de ojos diminutos brillaban en la penumbra.

Un ejército.

Kairós se quedó quieto un instante. Solo un instante. El tiempo justo para procesar el horror.

Detrás, las moles. Su risa—ese JIJIJIJIJIJI infernal—se acercaba.

Delante, las ratas. Esperando.

No había salida.

Pero Kairós ya no pensaba. Ya no calculaba. Ya no planeaba.

La vergüenza. La humillación. El ataque fallido. El aura desperdiciada. Las risas—de las moles, del Diario, de su propia puta suerte.

Todo eso se condensó en su pecho como una bola de fuego.

Y explotó.

—¡AAAAAAH! —gritó. No era un grito de guerra. Era un alarido de frustración, de rabia, de todo lo que llevaba dentro.

Y se lanzó contra las ratas.

La primera murió antes de que pudiera mover una pata. La espada, aún caliente por el aura gastada, la partió en dos. La segunda, también. La tercera, también.

No había técnica. No había elegancia. Solo furia.

Golpeaba. Una y otra vez. Sin parar. Sin respirar. Las ratas caían a su alrededor como mies bajo la hoz. El líquido negro salpicaba su ropa, su cara, sus brazos. No le importaba.

Una. Dos. Tres. Cuatro.

El juego de pies—ese entrenamiento tedioso, esas horas moviéndose en el Campo—funcionaba solo. Su cuerpo sabía dónde poner los pies incluso cuando su mente estaba en blanco. Esquivaba ataques sin mirar. Se desplazaba entre las criaturas como si hubiera hecho eso toda la vida.

Cinco. Seis. Siete. Ocho.

Las ratas no eran rivales. Un golpe y morían. El problema era la cantidad. Siempre la cantidad.

Pero Kairós no pensaba en eso. Solo golpeaba.

Nueve. Diez. Once. Doce.

Un destello. Entre los restos de la duodécima rata, algo brilló. Un fragmento. Pequeño, pero real.

Kairós lo cogió sin detenerse. Al bolsillo. Sin mirar.

Trece. Catorce. Quince.

Otro fragmento. Otro destello. Otro al bolsillo.

Dieciséis. Diecisiete. Dieciocho.

La tercera rata en morir—o la decimoctava, ya había perdido la cuenta—soltó otro. Tres fragmentos. Tres pequeñas gemas de poder en menos de un minuto.

Las ratas, por un instante, dudaron.

Kairós se quedó quieto, jadeando. La espada goteaba negro. El cuerpo le temblaba. Pero estaba vivo. Seguía vivo.

Y entonces, en el cielo oscuro—ese cielo que no era cielo, esa bóveda inexistente—algo brilló.

Un punto de luz.

Pequeño. Lejano. Pero real.

Kairós lo vio. Y supo, con una certeza que no podía explicar, que era la salida.

No lo dudó.

Corrió.

Las ratas se lanzaron tras él, pero era más rápido. Las moles, detrás, rugieron—esta vez sin risa, con furia—y también se lanzaron.

Pero Kairós corría.

Las piernas le ardían. Los pulmones le quemaban. Las heridas le gritaban. Pero no paraba.

El reloj de su padre, en el bolsillo, estaba helado. Más frío que nunca. Tan frío que lo sentía a través de la tela.

Más cerca, pensó. Cuanto más cerca, más frío. Así sé que voy bien.

La luz crecía. Ya no era un punto. Era un círculo. Un portal. Como el de la entrada, pero más brillante. Más estable.

Cien metros. Cincuenta. Veinte.

Las moles estaban a punto de alcanzarlo. Sentía su aliento—ese olor a podredumbre y muerte—en la nuca.

Diez metros.

Y entonces, de la luz, surgió una figura.

Negra. Ágil. Máscara diferente a la suya—más angular, con rasgos de ave, dos plumas metálicas que sobresalían de las sienes. Una lanza corta en la mano, goteando sangre negra. No dudó. No miró atrás. Se plantó entre Kairós y las moles como si llevara toda la vida esperando ese momento.

—¡Corre! —gritó. La voz era ronca, desconocida, pero firme—. ¡Yo cubro la salida!

Kairós dudó un instante. Solo un instante. Vio los ojos de la figura—brillantes tras la máscara—. Vio la lanza, preparada. Vio la postura, firme, de alguien que sabía lo que hacía.

—Pero…

—¡CORRE, IDIOTA! —El desconocido ya se lanzaba contra la primera mole—. ¡NO TENGO TODO EL DÍA!

Kairós obedeció.

Saltó hacia la luz.

El mundo se distorsionó. La ciudad fantasma, las ratas, las moles, el desconocido de la lanza… todo se desvaneció en un remolino de colores y sombras.

Y luego, el frío.

El aire de Ferren.

El callejón.

La noche.

Kairós cayó al suelo, jadeando, temblando, vivo.

Miró atrás. La grieta—esa herida en la realidad—seguía ahí. Brillaba tenuemente en la pared del callejón.

Y de ella, un segundo después, salió la figura.

La lanza corta seguía goteando. La máscara de ave estaba manchada, pero los ojos… los ojos brillaban igual. No se fue. Se quedó allí, de pie, mirándolo.

Kairós se incorporó lentamente. Ambos estaban de negro. Ambos con máscaras. Ambos vivos.

Un minuto de silencio. Largo. Pesado. Solo roto por la respiración agitada de los dos.

—¿Quién…? —empezó Kairós.

La figura no respondió. Solo lo miró.

Luego, preguntó:

—¿Cuál es tu número?

Kairós parpadeó.

—¿Mi… qué?

La figura inclinó la cabeza. Un gesto de sorpresa, o tal vez de resignación.

—Vaya —dijo—. Un novato. Perfecto.

Hizo una pausa. La lanza, ahora en reposo, apuntaba al suelo.

—Tu número. Está en tu ficha. En el Diario. Abajo de tus estadísticas. La última línea. Letra muy pequeña. —Se encogió de hombros—. Es un número para identificar a los Iluminados. Lo usamos para hablar entre nosotros sin saber nuestras verdaderas identidades.

Kairós frunció el ceño. Metió la mano en el bolsillo, sacó el Diario. Lo abrió. Buscó. Y allí, al final de la página, en una letra tan diminuta que apenas se veía, encontró un número.

—33-33 —leyó en voz alta.

La figura se quedó quieta un momento. Luego soltó una risa corta.

—Vaya. Ya vamos por el 33. Increíble.

Kairós lo miró.

—¿Y tú?

—15-17 —respondió—. Pero se dice quince-diecisiete. El guión es para aprenderlo.

Kairós asintió. Se lo guardó en la memoria.

—¿Por qué me ayudaste? —preguntó.

15-17 no respondió inmediatamente. Miró hacia la grieta, que parpadeó una última vez antes de cerrarse del todo.

—Porque alguien me ayudó a mí. Una vez. —Se giró hacia Kairós—. Y porque los novatos que entran solos a las Fisuras suelen morir. Tú tuviste suerte.

Kairós sonrió. Una sonrisa amarga.

—Mi suerte es negativa.

—Pues imagínate si fuera positiva. —15-17 se ajustó la máscara—. Nos vemos, 33-33. Cuídate. Y no entres solo a una Fisura otra vez. No hasta que sepas lo que haces.

—Espera —dijo Kairós—. ¿Dónde te encuentro? ¿Cómo…?

Pero 15-17 ya corría calle abajo. En segundos, desapareció en la noche.

Kairós se quedó solo en el callejón.

—33-33 —murmuró—. 15-17.

El Diario, desde el bolsillo, escribió:

Bienvenido al club, 33-33. Ahora tienes un número. Como un puto robot.

Kairós sonrió.

—Cállate.

Se levantó. Las piernas le temblaban. Las heridas le dolían. Pero estaba vivo.

La figura desapareció en la noche.

Kairós se quedó solo en el callejón, jadeando, temblando, intentando procesar todo lo que acababa de pasar. Las moles. Las ratas. El ataque fallido. La risa. La huida. El desconocido de la máscara de ave.

Su mano temblorosa buscó el reloj en el bolsillo. El de su padre. El que siempre marcaba las 3:07. Lo sacó.

7:32 PM.

Parpadeó.

Había entrado a las 7:32. Lo recordaba perfectamente porque había mirado la hora justo antes de meterse en el callejón, antes de ponerse la máscara, antes de todo.

7:32.

Y ahora eran las…

Volvió a mirar. La manecilla de los minutos se movió. 7:33.

—No —susurró—. No puede ser.

Habían pasado diez minutos. Solo diez minutos. Pero él había estado dentro horas. Había peleado, había huido, había visto la historia del Reflejo, había fallado el ataque más importante de su vida, había matado ratas, había corrido de las moles…

Todo eso… ¿en diez minutos?

El tiempo ahí dentro no es el mismo que aquí —dijo el Diario—. Las Fisuras funcionan así. A veces pasan horas y aquí solo minutos. A veces al revés.

Kairós se dejó caer contra la pared. La piedra estaba fría. Real. Sólida.

—Diez minutos —murmuró—. Solo diez minutos.

Se quedó así un momento, procesando. Luego sintió algo en el bolsillo. Algo que no había puesto ahí.

Un papel.

Lo sacó. Era una nota, escrita con una letra firme y clara. No tenía nombre, no tenía número. Solo instrucciones:

—

Has sido convocado.

Lugar: Almacén 7, distrito sur.

Hora: 11:47 PM.

Vestimenta: Oscura, con máscara.

Duración: 15 minutos exactos.

Asunto: Reunión informativa.

Asistentes: 5/5.

Día 31 de Umbral.

No faltes.

—

Kairós leyó la nota una vez. Dos veces. Tres veces.

—¿Qué… qué es esto? —susurró.

Parece una invitación —respondió el Diario—. A una reunión de Iluminados. Cinco personas. Información general. En una semana.

—¿Cómo sabían…? ¿Cómo saben que existo?

El tipo de la máscara de ave. Quince-diecisiete. Te lo dejó cuando te cubrió la salida. Debió deslizarlo en tu bolsillo sin que lo sintieras.

Kairós apretó la nota en la mano. Una mezcla de emociones le recorrió el pecho. Miedo. Curiosidad. Emoción. ¿Había otros como él? ¿Una red? ¿Una comunidad?

—¿Voy? —preguntó en voz alta.

Eso tendrás que decidirlo tú. Pero si vas, no digas que no te advertí.

Kairós guardó la nota con cuidado, en el bolsillo más interno de su ropa de combate. Luego cogió los fragmentos. Tres pequeñas gemas que brillaban en la penumbra.

—Guárdalos —dijo, abriendo el Diario.

Los dejó caer en las páginas. El libro se los tragó sin ceremonias.

Tres fragmentos de Grado I. Nada especial. Pero suman.

Kairós se quedó quieto un momento. La ropa de combate—la camisa negra, el pantalón elástico—estaba manchada de sangre, de líquido negro, de tierra de otro mundo. Pero era lo que llevaba puesto desde que salió de casa. No había nada raro en ello.

Necesitaba moverse. Necesitaba pensar. Necesitaba… despejar la mente.

Echó a andar. No hacia casa. Hacia otra dirección.

El Campo.

—¿A dónde vas? —preguntó el Diario.

—Al Campo.

¿Ahora? ¿Después de todo eso? ¿Después de que casi te matan, de que fallaras el ataque más épico de tu vida, de que te rieran en la cara unas moles y YO ME RIERA DE TI? ¿Y VAS AL CAMPO?

—Sí. —Kairós siguió caminando, la mirada perdida en el horizonte nocturno—. Necesito hacer algo normal. Algo que me recuerde quién soy. Necesito moverme, sudar, cansarme. Necesito que los músculos trabajen para que la cabeza deje de dar vueltas.

¿Y crees que va a funcionar?

—No. Pero es mejor que quedarme quieto pensando en todo lo que pasó.

Silencio. Luego, el Diario escribió con una letra más pequeña, casi comprensiva:

Vale. Pero cuando llegues a casa, aunque sea de madrugada, avísame. Tengo que mostrarte unas cosas curiosas en tu ficha. Han pasado cosas mientras no miraba.

Kairós asintió. No preguntó qué cosas. No le importaba ahora.

Solo quería llegar al Campo.

—

Las farolas de Ferren parpadeaban con su luz naranja mientras Kairós caminaba. La ciudad seguía su curso, ajena a lo que acababa de pasar en ese callejón, ajena a las Fisuras y las moles y los fragmentos.

Cuando llegó al Campo, la noche estaba en calma. Algunos conocidos lo saludaron. Yet, el eterno aprendiz, practicaba en una esquina, moviendo la espada de madera con esa torpeza que solo años de práctica podían producir. El chico silencioso, en su rincón habitual, ejecutaba movimientos precisos, quirúrgicos, como siempre.

Kairós se buscó un espacio apartado. Desenvainó la espada—la de verdad, la de metal—y empezó a practicar.

Los movimientos básicos. Las posturas. El juego de pies.

Una y otra vez.

La mente, al principio, no paraba. Las imágenes de la Fisura se repetían en bucle: la mole pequeña moviéndose en el último segundo, su espada clavándose en el suelo, las risas, las risas, las risas…

Pero poco a poco, con cada repetición, con cada golpe, con cada gota de sudor, las imágenes se fueron difuminando.

Solo quedaba el movimiento.

La espada.

El cuerpo.

El ahora.

Cuando por fin se detuvo, jadeando, los brazos temblando, el cielo seguía siendo el mismo cielo gris de siempre. Pero él se sentía diferente.

Se quedó allí, de pie, mirando hacia arriba.

La luna asomaba entre las nubes, pálida y distante, como si ella también estuviera cansada de todo.

Kairós la contempló en silencio. Por un momento, solo por un momento, no pensó en nada. Solo existió.

Y entonces, de reojo, lo vio.

Una sombra. Entre los edificios derruidos que bordeaban el Campo. Una silueta. Humana. Quieta. Mirándolo.

Kairós no se movió. Su cuerpo se tensó automáticamente, la mano buscando la espada. Pero no era una mole. No era un Disonante. Era una persona.

Parpadeó. Quiso enfocar mejor.

La sombra ya no estaba.

Había desaparecido.

Kairós se quedó mirando el lugar vacío. El corazón le latía con fuerza otra vez. La paranoia de la Fisura, pensó. Los nervios. La imaginación.

O no.

La voz del Diario llegó clara a su mente. Fría. Seria.

Ahí está. Eso es lo que te llevo días diciendo. Eso que no querías ver.

Se tocó el pecho, se sentía como una estrella que atrae miradas. Incluso las que no deberían.

Kairós apretó la mandíbula.

—¿Estás seguro?

Sí. Y no es la primera vez que aparece. Lleva días ahí, observando. Solo que hoy… hoy lo has visto.

—¿Quién es?

No lo sé. Pero no es un amigo. Y no es un Disonante. Es algo peor.

Kairós tragó saliva. La noche, de repente, se había vuelto más fría.

—Los Galenos —susurró.

Puede ser. O puede ser otra cosa. Pero tienes que estar preparado.

Kairós asintió. Se guardó la espada. Sin mirar atrás, sin correr, sin mostrar miedo, empezó a caminar hacia casa.

La luna seguía ahí, impasible.

Pero abajo, en las sombras, algo se movía.

Y Kairós ya lo sabía.

Por : Hanzonex

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 37 – Danza bajo la luz de la Luna

La luna seguía ahí.

Kairós se dejó caer sobre la hierba seca del Campo, los brazos extendidos, la espada apoyada a su lado. El pecho le subía y bajaba con respiraciones profundas, cada inhalación un pequeño triunfo sobre el agotamiento.

Miró hacia arriba.

La luna, pálida y hermosa, flotaba entre nubes delgadas como velos. Su luz bañaba el Campo, creando un mar de sombras danzantes. Los árboles alrededor—esos pocos que sobrevivían en los bordes del espacio de entrenamiento—proyectaban siluetas que se movían con la brisa. Parecían bailar.

Una danza lenta, antigua, indiferente al caos del mundo.

Kairós se quedó así un rato. Sin pensar. Sin planear. Solo mirando.

El cuerpo le dolía. Cada músculo, cada tendón, cada herida—especialmente las heridas—le recordaban que estaba vivo. Que había sobrevivido. Que seguía aquí, bajo la misma luna que iluminaba a todos, monstruos y humanos por igual.

—Vale —murmuró al fin—. Un descanso. Solo un descanso.

Se incorporó. La espada volvió a su mano. El peso, ya familiar, le dio seguridad.

Volvió a la práctica.

Pero esta vez, algo era diferente.

Los movimientos básicos—los que había repetido cientos de veces en los últimos días—salían solos. El cuerpo los recordaba sin que la mente tuviera que ordenarlos. Era como si la espada supiera dónde tenía que ir.

Un tajo. Otro. Un desplazamiento lateral. Una estocada.

Pero no era suficiente.

Kairós lo sentía. Esa pequeña voz interior que le decía que lo que estaba haciendo era correcto, pero no era suyo. Eran movimientos de manual. Posturas de libro. Técnicas que cualquiera podía aprender.

Él quería algo más.

Recordó al desconocido de la máscara de ave. Sus movimientos con la lanza. No eran de manual. Eran algo salido de él, de su cuerpo, de su historia. Fluían como agua, como si la lanza fuera una extensión de su brazo.

Kairós quería eso.

—Vale —dijo en voz alta—. Probemos algo nuevo.

Intentó un movimiento diferente. Un giro más amplio. Un tajo con más impulso.

La espada se le escapó de las manos.

Salió volando por los aires y cayó a tres metros, clavándose en la tierra con un sonido sordo.

—Mierda —susurró.

Fue a recogerla. La desenterró. Volvió a su sitio.

Lo intentó otra vez.

Otro movimiento. Otra caída. Esta vez la espada no voló tan lejos, pero él perdió el equilibrio y rodó por el suelo.

—Mierda, mierda, mierda.

Yet, desde su rincón, se rió.

—¿Probando cosas nuevas, novato?

—Cállate.

Yet se encogió de hombros y siguió con su práctica.

Kairós lo intentó una vez más. Y otra. Y otra.

Fallaba. Siempre fallaba. La espada se descontrolaba, su cuerpo no respondía, los pies se enredaban. Era patético.

Pero en cada fallo, en cada caída, en cada maldición, algo aprendía.

No así. No así. Así tampoco. Quizás así…

Cuando por fin logró completar un movimiento nuevo—torpe, desgarbado, pero completo—soltó una risa corta.

—Ya está —murmuró—. Ya tengo algo.

No era una firma. No era un estilo propio. Era un embrión. Una idea. Algo que podía crecer.

Pero era suyo.

Se quedó quieto un momento, mirando la luna otra vez. Las sombras seguían bailando. Los árboles seguían meciéndose.Él quería moverse como ellas. Como el agua. Como ese desconocido de la lanza.

—Mañana —dijo en voz alta—. Mañana tengo que ir a la biblioteca.

Yet levantó una ceja.

—¿La biblioteca? ¿A estas horas? Bueno, mañana, digo.

—Necesito más libros. Sobre espadas. Técnicas. Historia. Todo lo que encuentre.

—¿No tienes ya suficientes?

—Nunca es suficiente.

Yet asintió, como si entendiera.

El chico silencioso, en su rincón, ni siquiera levantó la vista. Pero Kairós juró que lo vio asentir ligeramente. Apenas un movimiento. Pero un movimiento al fin.

—Vale —dijo Kairós—. Una hora más. Luego a casa.

Siguió practicando.

Los movimientos básicos, una y otra vez. Y entre ellos, intentos del nuevo. Fallos. Risas. Más fallos.

La noche avanzaba.

Y cuando por fin no pudo más, cuando los brazos le temblaban y las piernas amenazaban con rendirse, Kairós guardó la espada.

—Mañana —susurró—. Más libros. Más práctica. Más.

Caminó hacia casa.

Cada paso dolía. Los músculos gritaban. Las heridas—esas pequeñas marcas de las ratas—le recordaban que había estado en una batalla real hacía solo unas horas.

Pero también le recordaban que había sobrevivido.

Cuando Kairós se alejó hacia casa, el chico silencioso dejó de practicar un momento. Sus ojos oscuros siguieron la figura que se perdía en la noche. Luego, sin expresión, volvió a su rutina. Un movimiento tras otro. Preciso. Eterno.

….

Llegó al taller. Todo estaba en silencio. Leinett dormía arriba. Liana, en su casa. El mundo, en calma.

Kairós subió las escaleras con cuidado, sin hacer ruido. Llegó a su habitación. Se dejó caer en la cama sin siquiera quitarse la ropa.

La luna, desde la ventana, lo miraba.

—Mañana —susurró.

Y cerró los ojos.

Kairós nunca había dormido tan a gusto.

No recordaba cuándo fue la última vez que había cerrado los ojos y simplemente… se había ido. Sin sueños. Sin pesadillas. Sin sobresaltos. Solo oscuridad cálida y profunda, como si los brazos de una diosa del sueño lo hubieran envuelto y no quisieran soltarlo.

Supuso que era merecido. Después de todo lo que había pasado en las últimas horas—la Fisura, las moles, el ataque fallido, las risas, la huida, el entrenamiento hasta el agotamiento—su cuerpo había dicho “basta” y se había apagado como una vela sin aceite.

Ni siquiera se había bañado.

Eso era raro en él. Muy raro. Kairós era meticuloso con su higiene, especialmente después de pelear. Pero anoche, cuando llegó a casa, lo único que existía era la cama.

Y ahora, en algún lugar entre el sueño y la vigilia, sintió algo.

Un golpe. No fuerte. Pero sí firme. En la pierna.

—Jefe… jefe, despierte…

Otra patada. Otra.

—¡Jefe, despierte ya!

Kairós gruñó. Intentó darse la vuelta, enterrar la cara en la almohada, ignorar el mundo.

La patada se repitió. Más fuerte.

—¡JEFE!

Abrió un ojo. Solo uno. La luz de la mañana le clavó una aguja en el cerebro.

—¿Quién…? —La voz le salió ronca, cascada, como si hubiera estado una semana sin hablar—. ¿Quién es? ¿Qué hora es? Déjeme dormir…

Parpadeó. La figura frente a él empezó a tomar forma.

Liana.

La cría estaba de pie junto a su cama, con una mano en la cadera y la otra señalándolo con acusación. Llevaba puesto su vestido gris con marrón—el nuevo—y las gafas rotas, como siempre. Su expresión era una mezcla de diversión y exasperación.

—¡Son las siete y cuarto! —dijo—. ¡Llevo quince minutos esperando abajo! ¡Leinett me dijo que subiera a buscarlo porque usted nunca se levanta tarde!

Kairós parpadeó otra vez.

—¿Leinett? ¿Cómo…? —Se incorporó de golpe, demasiado rápido. La cabeza le dio vueltas—. ¿Cómo entraste?

—Tengo llave. —Liana sacó una pequeña llave de latón del bolsillo de su vestido y la agitó triunfalmente—. Leinett me la dio ayer. Por si acaso. Dijo que usted a veces se olvida de que existe el mundo cuando está concentrado.

—No me olvido…

—Sí se olvida. Ahora, levántese. Leinett está abajo y ya hizo desayuno. Bueno, ella dice que es desayuno. Yo digo que es un festín. Pero para eso tiene que bajar.

Kairós se pasó una mano por la cara. La barba le había crecido. El pelo, un desastre. Y el olor… definitivamente necesitaba una ducha.

—Vale —suspiró—. Vale. Bajo en cinco minutos.

—¡Diez! —corrigió Liana, señalando su aspecto—. Diez minutos. Mínimo. Porque usted apesta.

—Liana…

—Es la verdad. Yo solo digo la verdad. —Ya se encaminaba hacia la puerta—. ¡Diez minutos! ¡Y no se vuelva a dormir!

Salió de la habitación. Sus pasos resonaron en las escaleras.

Kairós se quedó sentado en la cama un momento, procesando.

—¿Qué…? —murmuró—. ¿Qué acaba de pasar?

Que tu aprendiz te ha puesto en tu sitio —respondió el Diario desde la mesilla—. Y tiene razón. Apestas.

—Cállate.

Es la verdad. Yo solo digo la verdad.

Kairós gruñó y se levantó. Cada músculo le dolía. Cada herida le recordaba por qué había dormido como un tronco.

Pero también le recordaba que estaba vivo.

Y que abajo, Leinett y Liana lo esperaban.

Fue al baño.

—

Diez minutos después—casi exactos—bajó las escaleras.

Llevaba ropa limpia, el pelo todavía húmedo, y una expresión de “no me hablen hasta que tome café”. Las heridas, ocultas bajo la ropa, seguían doliendo. Pero ya no sangraban.

Leinett estaba en la cocina, sirviendo algo que olía increíblemente bien. Liana, sentada a la mesa, ya tenía un plato delante y comía con ese entusiasmo suyo que daba gusto ver.

—¡Por fin! —dijo Leinett al verlo—. Creí que te habías muerto.

—Casi —murmuró Kairós, dejándose caer en una silla.

Leinett lo miró un momento. Sus ojos—esos ojos azules que siempre veían demasiado—se entrecerraron.

—Tienes mala cara.

—He tenido una noche larga.

—¿Larga? —Leinett arqueó una ceja—. Llegaste a la una. Son las siete y cuarto. Son seis horas. Es lo normal.

Kairós no respondió. No podía explicarle que esas seis horas habían sido precedidas por horas—días—de lucha en otro mundo. No podía explicarle las moles, las ratas, el ataque fallido, la risa.

Así que cambió de tema.

—Huele bien.

—Claro que huele bien. Soy una chef sin título, pero una chef al fin. —Leinett le puso un plato delante—. Come. Hoy tenemos un día largo. Liana y yo vamos a planear lo de la marca de relojes. Y tú… —lo miró—. Tú tienes pinta de necesitar dormir otras seis horas.

—Después.

Kairós cogió el tenedor. Comió. La comida estaba buena. Muy buena.

Y mientras masticaba, mientras escuchaba a Liana hablar sin parar sobre diseños de agujas y esferas y números elegantes, mientras veía a Leinett asentir y hacer preguntas y reírse de los comentarios de la cría…

Por un momento, solo un momento, todo fue normal.

Y eso, después de la noche que había tenido, era más que suficiente.

Kairós terminó de desayunar. Dejó el tenedor sobre el plato vacío y se recostó en la silla, sintiendo cómo la comida le devolvía un poco de energía. No suficiente. Pero algo.

—Vale —dijo, dirigiéndose a Liana—. Espérame abajo un momento. Voy a subir a mi cuarto a buscar algo.

Liana asintió, ya enfrascada en su cuaderno, dibujando algo que parecía una esfera de reloj con formas de pájaros alrededor.

—Tómese su tiempo —dijo sin levantar la vista—. Leinett y yo tenemos mucho que planear.

Leinett, desde la cocina, le lanzó una mirada cómplice. Kairós le devolvió un gesto de “no preguntes” y subió las escaleras.

En su habitación, cerró la puerta tras de sí. Se sentó en la cama. Sacó el Diario del bolsillo.

—Vale —dijo en voz baja—. Dijiste que tenías cosas que mostrarme.

El libro se abrió solo. Las páginas pasaron rápidamente hasta llegar a la sección de la interfaz. La ficha. Sus estadísticas.

Kairós leyó.

DIARIO VIVIENTE – REGISTRO DE PORTADOR

NOMBRE: Kairós Elinan Thornen

NÚMERO DE IDENTIFICACIÓN: 3333

ESTADÍSTICAS FÍSICAS Y MENTALES

Atributo Valor Rango Descripción del Diario

FUERZA 12 (+1) Humano normal-alto “Has subido un punto. Todo ese tiempo matando ratas y corriendo de moles ha servido para algo. Ya no eres un flacucho indefenso. Ahora eres un flacucho que puede hacer daño.”

AGILIDAD 12 Humano normal-alto “Se mantiene. Pero esa movilidad en la Fisura… no estuvo mal. Para ser un novato.”

DESTREZA 13 Humano normal-alto “Igual. Aunque esos fallos épicos de anoche… bueno, no todo se gana en un día.”

VITALIDAD 11 Humano normal-alto “Aguantas. Pero tus heridas dicen lo contrario.”

INTELIGENCIA 19 Humano muy alto “Sigues siendo listo. Lástima que la suerte no acompañe.”

SUERTE -2 Negativa “¿Esperabas que cambiara? Con lo de anoche, debería bajar a -3. Pero no, sigue igual. Increíble.”

ESTADO GENERAL

· Vida: 50% (después de la paliza en la Fisura, tus heridas han empeorado. Las ratas, las moles, los golpes, las caídas… todo suma. En tres días habías recuperado un 5%, hasta el 65%. Pero lo de anoche te dejó en 50%. Vas a necesitar descanso de verdad. Y vendas. Y dejar de hacer el idiota.)

· Recuperación estimada: 2 semanas sin complicaciones. Con los nuevos golpes, quizás más.

· Aura: 3% (lo que has regenerado desde anoche. Una miseria. Pero al menos ya no estás en cero.)

· Cordura: 72% (sigue bajando. Pero oye, has visto la historia de un monstruo que fue niño y no has perdido del todo la cabeza. Puntos extra.)

GRADO DE ILUMINACIÓN

GRADO ACTUAL: I – El Sensible

“La herida sigue sangrando. Pero ahora sabes que hay otros como tú.”

COMPRENSIÓN DEL MUNDO: 4%

“Has aprendido de la Fisura. Has visto la verdad del fragmento. Has entendido que los monstruos fueron personas. Eso vale un 0.5%. Sigue así. O no. Total.”

FRAGMENTOS ACUMULADOS: 13/1000

HABILIDADES CONOCIDAS

• Percepción de Grietas (Pasiva): Ves las fracturas en la realidad. “Ya sabes que no son solo paredes rotas.”

• Absorción de Aura (Inconsciente): Absorbes restos emocionales. “La señora Elara fue el ejemplo. La Fisura, también.”

• Reparación de Artefactos (Profesión): Tu oficio. “No la quemes. O sí. Liana te mataría.”

• Aprendiz de Espada (Nivel Novato): “Has mejorado. Tus movimientos son más naturales. Tu juego de pies, casi decente. Pero ese ataque fallido… bueno, todos tenemos días malos.”

• Uso de Aura (Básico): “Ya sabes imbuir la espada. No siempre funciona. Pero cuando funciona, duele. A ti y a ellos.”

RASGOS ADQUIRIDOS

• Nadar en las sombras (superficial): “Después de tu experiencia en la Fisura, has aprendido a moverte en la oscuridad de forma diferente. Puedes sumergirte en sombras profundas y desplazarte cortas distancias. Solo funciona en entornos oscuros. No es una habilidad de combate… todavía. Pero puede salvarte el culo.”

—

NÚMERO DE IDENTIFICACIÓN: 3333

“Ese es tu número. No lo olvides. Es la forma en que otros Iluminados te identificarán sin saber quién eres. El sistema lo protege. Si alguien usa tu número, el universo… digamos, ‘favorece’ el anonimato. No preguntes cómo. Solo funciona.”

—

COMPROMISOS PENDIENTES

· Cita en Almacén 7: Día 31 de Umbral, 11:47 PM. Duración: 15 minutos. Asistentes: 5/5. Vestimenta oscura, con máscara.

“No faltes. Los Iluminados no suelen dar segundas oportunidades. Y si te siguen… bueno, ya sabes, cuidado. El sistema protege las reuniones, pero no puede protegerte de un idiota que te siga hasta tu casa.”

—

Kairós leyó todo en silencio.

—3333 —murmuró—. Ese es mi número.

Sí. Y ya lo sabe 15-17. Y ahora tú. Y yo. Y nadie más.

—¿Y lo de nadar en sombras?

Eso es nuevo. No lo tenías antes. Debió activarse en la Fisura, cuando te escondías de las moles. Tu cuerpo aprendió. O tu alma. O lo que sea que usas para estas cosas.

Kairós asintió. Tenía sentido.

—¿Y la cita? ¿Voy?

Eso tienes que decidirlo tú. Pero si vas, no digas que no te advertí. Y si no vas… puede que no te inviten otra vez.

Kairós guardó silencio un momento. Miró por la ventana. La luz gris de Ferren entraba tenuemente.

—Seis días —dijo.

Seis días.

Se levantó. Guardó el Diario en el bolsillo.

—Vale. Tengo que pensar.

Salió de la habitación.

Abajo, Leinett y Liana lo esperaban.

El día comenzaba.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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