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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 39

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Capítulo 39: Capítulo 38 – Presión

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 38 – Presión

El departamento de los Galenos en Ferren bullía con su actividad habitual. Pantallas, informes, agentes yendo y viniendo. Pero en una esquina, en el puesto de Valius Ergate, el ambiente era más denso. Más pesado.

Valius estaba de pie frente a su terminal, los brazos cruzados, la mandíbula apretada. En la pantalla, los informes de seguimiento de los últimos días se sucedían en un flujo interminable de datos. Horas. Calles. Transacciones. Nada.

—No es suficiente —murmuró—. Necesito más.

La comunicación con sus superiores había sido clara. “Estás malgastando recursos, Ergate. Un relojero no es una amenaza. Si no tienes pruebas en las próximas 24 horas, cerramos el caso.”

24 horas. Un plazo ridículo. Pero las órdenes eran órdenes.

La puerta del despacho—si es que aquel cubículo podía llamarse despacho—se abrió. Gof entró con una carpeta bajo el brazo y una expresión que Valius conocía bien. Esa mezcla de “tengo algo” y “no sé si es suficiente”.

—Informe de anoche —dijo Gof, dejando la carpeta sobre la mesa.

Valius la cogió sin decir nada. La abrió. Leyó.

—

Sujeto: Kairós Thornen.

Fecha: 24 de Umbral.

Seguimiento: Gof Hetwer.

08:15 – El sujeto salió de su domicilio. Acompañado de la menor, Liana (aprendiz). Fueron de compras: ropa para la menor, ropa de calle para él, y ropa de combate (camisa negra, pantalón elástico, zapatos). Gastos dentro de lo normal.

11:00 – Regresaron al domicilio.

11:15 – Salieron de nuevo, ya con ropa de trabajo habitual. Se dirigieron a la tienda de Renaldo (proveedor de piezas). Permanecieron 15 minutos. Compraron piezas por valor de 7 monedas de plata.

11:30 – Se dirigieron a la herrería de Gregor.

17:30 – Salieron de la herrería tras 6 horas de trabajo. Regresaron al domicilio. Comieron.

18:00 – Abrieron la tienda al público.

20:00 – Cerraron la tienda.

20:07 – El sujeto salió del domicilio. Vestía la ropa de combate (la misma que compró por la mañana). Portaba su espada. Se dirigió hacia el sur.

20:15 – Se detuvo en una zona concurrida cerca de la plaza. Allí…

Valius levantó la vista.

—¿”Allí”? ¿Allí qué?

Gof se encogió de hombros.

—Lo perdí.

—¿Lo perdiste? —Valius dejó el informe—. Gof, llevamos días siguiendo a este tipo. ¿Cómo puedes perderlo ahora?

—No fue culpa mía. —Gof señaló el informe—. Lee el resto.

Valius continuó.

…lo perdí durante 10 minutos. Exactamente 10. Cuando lo recuperé, estaba en una calle diferente, a tres manzanas de distancia, dirigiéndose al Campo de entrenamiento. Cojeaba.

20:25 – Llegó al Campo. Permaneció allí aproximadamente 2 horas y media.

23:00 – Regresó a su domicilio. Cojeaba visiblemente. Entró y no volvió a salir.

—

Valius dejó el informe.

—Cojeaba —repitió—. Pero cuando salió de casa no cojeaba. Y lo perdiste solo 10 minutos.

—Exacto. —Gof se sentó en una silla—. Y no fue solo eso. Después de que se fuera al Campo, volví sobre mis pasos. Quería ver por dónde había pasado durante esos 10 minutos. Seguí la ruta que creía que había tomado para llegar al Campo por el atajo.

—¿Y?

—Había una zona sin cámaras. De esas que tenemos abandonadas porque no funcionan. —Gof hizo una pausa—. Usé el detector de firmas. Y encontré esto.

Sacó de la carpeta una hoja con un gráfico. Líneas de energía. Picos. Un patrón.

—Firma de portal —dijo en voz baja—. Reciente. Muy reciente.

Valius cogió la hoja. La estudió. Los picos eran claros. Inconfundibles.

—¿Estás seguro?

—Completamente. Y hay más. —Gof señaló un punto en el gráfico—. La firma no se quedó quieta. Se movió. A otra zona. Y adivina dónde.

Valius lo miró.

—A unos metros de donde salió él —dijo Gof—. Cojeando.

Silencio.

Un silencio largo, denso, que llenó el pequeño despacho como humo.

Valius dejó la hoja sobre la mesa. Se pasó una mano por la cara. La tensión de los últimos días—las órdenes de arriba, la falta de pruebas, la intuición que le decía que había algo—se concentró en un solo punto.

—En resumen —dijo lentamente—. Desaparece 10 minutos. Aparece en otra calle, cojeando. En la zona donde lo perdí, hay una firma de portal reciente. Y esa firma se movió justo a donde él salió.

—Sí. —Gof asintió—. Eso es.

—¿Y los de arriba? ¿Qué van a decir con esto?

—Que es una coincidencia. Que las firmas de portal son comunes en zonas abandonadas. Que el chico pudo haber tropezado y por eso cojeaba. Que 10 minutos no son nada. —Gof se encogió de hombros—. Lo de siempre.

Valius apretó los puños.

—No es una coincidencia. Lo sé. Lo siento.

Gof lo miró un momento. Algo en sus ojos cambió. Como si también él sintiera ese hormigueo en la nuca. Pero no dijo nada. No podía.

—Lo sé. Pero sentir no es prueba.

Valius se levantó. Fue hacia la ventana—esa gran ventana que daba a Ferren, a la ciudad gris, a las calles donde Kairós vivía su vida normal.

Recordó el interrogatorio. La calma de Kairós. Sus respuestas medidas. Demasiado perfectas. Como si hubiera ensayado. Como si supiera que lo estaban evaluando.

—Necesito algo más —dijo—. Algo que no puedan discutir. Algo que demuestre, sin lugar a dudas, que es un Iluminado.

—¿Y cómo piensas conseguir eso?

Valius no respondió inmediatamente. Miró la ciudad. Las luces. Las sombras.

—Si es un Iluminado —dijo al fin—, tarde o temprano cometerá un error. Entrará en otra Fisura. Usará su poder. Hará algo que no pueda ocultar.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, seguimos vigilando. Tú y yo. Sin que los de arriba lo sepan. —Se giró hacia Gof—. ¿Puedo contar contigo?

Gof lo miró un momento. Luego sonrió. Una sonrisa cansada, pero firme.

—Siempre.

Valius asintió.

—Bien. Hoy será un día interesante… Mi instinto me dice que pasarán grandes cosas…

Volvió a mirar por la ventana.

En alguna parte de esa ciudad, Kairós Thornen vivía su vida. Entrenaba. Cuidaba de los suyos. Y, probablemente, se preparaba para algo.

Valius lo sabía.

Y esperaría.

—

La puerta del despacho se abrió de golpe. El teniente Karsten Veldt asomó la cabeza. Era un hombre de cuarenta años, con el pelo rapado y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda—recuerdo de un encuentro con un Disonante de Grado III hacía años. Su uniforme, impecable, contrastaba con la urgencia de su voz.

—Ergate. Reúne al escuadrón. Todos. Ahora.

Valius se levantó de un salto.

—¿Qué pasa, teniente?

—Grieta. Zona sur-oeste, fuera de la ciudad. Los sensores la detectaron hace veinte minutos. —Veldt ya se giraba para irse, pero se detuvo un momento—. Es grande. Muy grande. Estimación preliminar: múltiples Disonantes de Grado III. Y… —dudó—. Sospechamos que podría haber un Grado IV.

Valius sintió un escalofrío. Grado IV. No había visto uno en años. La última vez, había perdido a tres compañeros.

—Voy a pedir autorización a la central —continuó Veldt—. Necesitamos permiso para usar a los perros de caza. Las Quimeras.

—¿Van a soltarlos?

—Si la cosa es tan grave como parece, no tenemos opción. —Veldt lo miró fijamente—. Diez minutos, Ergate. En diez minutos quiero a todo el mundo en el hangar.

Desapareció.

Valius respiró hondo. Luego cogió su equipo—la espada corta, el chaleco reforzado, el comunicador—y salió.

—

El hangar de movilización rápida estaba en el sótano del edificio. Un espacio enorme, de techos altos, iluminado por tubos de vapor que zumbaban con una luz blanquecina. En el centro, tres vehículos blindados esperaban.

Los carros. Así los llamaban. No eran como los carruajes de la calle—estos eran máquinas de metal, con ruedas macizas de caucho reforzado y blindaje en los laterales. Delante, una cabina con cristales gruesos como puños. Detrás, un habitáculo para doce hombres, con asientos duros y agarraderas en el techo.

Pero el que llamó la atención de Valius fue el cuarto vehículo.

Más grande. Más alto. Blindaje extra. Sin ventanas. En los laterales, el símbolo de los Galenos—el estetoscopio—pero tachado con una línea roja. Unidad de Contención Especial.

El transporte de las Quimeras.

Los perros de caza.

Valius tragó saliva. Llevaba meses sin verlos en acción. Y cada vez que los veía, no podía evitar un escalofrío.

Los veinte hombres del escuadrón ya estaban formados. Caras conocidas. Algunos jóvenes, recién salidos del entrenamiento. Otros veteranos, con cicatrices y miradas cansadas. Todos con el uniforme negro de los Cazadores.

—¡Escuadrón! —gritó Veldt, apareciendo desde una puerta lateral—. ¡Al carro! ¡Cinco minutos para salida!

Los hombres se movieron con la precisión de un mecanismo bien engrasado. Subieron a los vehículos en silencio. Nadie hablaba. Nadie bromeaba. Cuando había Quimeras de por medio, el humor desaparecía.

Valius se sentó junto a Gof. Su amigo tenía el rostro pálido.

—Quimeras —susurró Gof—. No me digas que vamos a necesitarlas.

—Eso dice el teniente.

—Mierda.

El motor rugió. Los carros empezaron a moverse.

—

Salieron del hangar por una rampa subterránea que desembocaba en una calle secundaria. Nadie los vio—o nadie quiso verlos. Las pocas personas que pasaban por allí apartaban la mirada, apretaban el paso, desaparecían en callejones.

Los carros ganaron velocidad. Las ruedas macizas rugían sobre el adoquín. La gente—la gente normal, la que llenaba las calles de Ferren—se apartaba a su paso con una mezcla de miedo y curiosidad. Madres sujetaban a sus hijos. Hombres se quitaban la gorra. Algunos se persignaban.

Valius los observaba desde la ventanilla. Caras anónimas. Vidas anónimas. Gente que no sabía lo que realmente pasaba en las sombras.

—Por el bien de la población —murmuró.

Gof, a su lado, lo miró.

—¿Qué?

—Nada. Solo… consignas.

El vehículo más grande—el de las Quimeras—iba delante. Una mole de metal oscuro que parecía absorber la luz. Nadie sabía qué había dentro. Nadie quería saberlo.

—

Salieron de la ciudad por una carretera secundaria, bordeando las fábricas abandonadas y los barrios marginales. El paisaje se volvió más árido. Menos edificios. Más tierra.

Valius miró por la ventanilla. El sol estaba alto. Mediodía. Una luz cruda, blanca, que hacía que las sombras fueran pequeñas e insignificantes.

—Es raro —dijo en voz alta.

Veldt, desde el asiento delantero, se giró.

—¿El qué?

—Una grieta a estas horas. Las sombras… los Disonantes… nunca salen de día. No deberían.

Veldt lo miró un momento. Luego asintió.

—Las cosas están cambiando, Ergate. Los informes de los últimos meses lo confirman. Más actividad. Más agresividad. Más… impredecibilidad.

—¿Y eso?

—No lo sabemos. Pero tenemos teorías. —Veldt señaló el horizonte—. Algunos creen que los Ciclos se están acelerando. Otros, que hay algo… alguien… detrás de todo.

El Historiador, pensó Valius. Pero no lo dijo.

—¿Y la misión? —preguntó en su lugar—. ¿Qué órdenes tenemos?

Veldt sonrió. Una sonrisa fría, profesional.

—Las de siempre. Entrar, evaluar, contener. Capturar todo lo que se pueda. Utilizar a nuestro favor. —Hizo una pausa—. Los Disonantes de alto grado son recursos valiosos, Ergate. Su energía, sus fragmentos, incluso sus cuerpos… todo puede ser aprovechado. Para la ciencia. Para la defensa. Para el bien de todos.

Para el bien de todos.

Las palabras resonaron en el vehículo. Algunos soldados asintieron. Otros miraron al suelo.

Valius observó por la ventanilla. La ciudad se alejaba. El campo, árido y gris, se extendía ante ellos.

—¿Cuánto falta? —preguntó.

—Diez minutos. —Veldt señaló adelante—. La grieta está en una zona abandonada. Antiguas minas. Lleva años sin actividad. El lugar perfecto para que algo así pase desapercibido.

—Hasta que alguien lo encuentra.

—Hasta que nosotros lo encontramos.

El carro aceleró.

Y en el vehículo de atrás, las Quimeras esperaban.

El carro blindado rugía sobre el terreno irregular. Valius estaba sentado junto a la ventanilla, mirando el paisaje gris que pasaba veloz. El capitán Veldt, en el asiento delantero, seguía con la mirada fija en el horizonte.

—Teniente —dijo Valius, rompiendo el silencio—. Una cosa más. Sobre el caso que estoy llevando. El relojero.

Veldt no se giró. Solo levantó una ceja.

—¿Ese del que me hablaste? ¿El de las corazonadas?

—Sí. He estado reuniendo información. La noche pasada…

—Sé lo de la noche pasada. —Veldt lo interrumpió—. Gof ya me pasó el informe. La desaparición de diez minutos. La cojera. La firma de portal.

Valius asintió.

—Y entonces, ¿qué opina?

Veldt soltó un bufido. Un sonido seco, cansado, de quien ha oído demasiadas teorías en demasiados años.

—Valius, sabes perfectamente lo que opino. Lo mismo que te dirán los de arriba. Lo mismo que Gof te dijo que dirían.

—Pero…

—No hay pero. —Veldt se giró por fin. Su mirada era firme, pero no cruel—. Una desaparición de diez minutos no es nada. Las firmas de portal son comunes en zonas abandonadas. La cojera pudo ser cualquier cosa. No tienes pruebas contundentes. Y sin pruebas, no hay caso.

Valius apretó la mandíbula.

—Lo sé. Pero…

—Mañana —lo interrumpió Veldt—. Mañana vences el plazo. Si no tienes algo sólido para entonces, cierras el caso y te olvidas. ¿Entendido?

—Entendido.

—No tenemos personal para cubrir corazonadas, Valius. Necesitamos hechos. Necesitamos pruebas. Necesitamos resultados. —Veldt volvió a mirar al frente—. Ahora, concéntrate en la misión. Lo del relojero espera.

Valius asintió. No dijo nada más. Sabía que el capitán tenía razón. Pero también sabía, en algún lugar de su estómago, que esa corazonada era real.

Se levantó del asiento. Con cuidado, avanzó por el pasillo central del vehículo hasta la parte trasera, donde el resto del escuadrón esperaba.

Veinte hombres. Algunos veteranos, con la mirada perdida en recuerdos de otras misiones. Otros jóvenes, con los nudillos blancos de apretar las armas. Todos, en silencio.

Valius se plantó en medio. Respiró hondo.

—Escuchen —dijo, con voz firme—. En cinco minutos llegamos. La grieta es grande. Los informes hablan de múltiples Disonantes de Grado III, y posiblemente uno de Grado IV.

Un murmullo recorrió el grupo. Grado IV. Eso no se veía todos los días.

—Pero no estamos aquí para asustarnos. Estamos aquí para hacer nuestro trabajo. —Valius los miró uno por uno—. Conocemos los protocolos. Conocemos las tácticas. Y tenemos ventajas que ellos no tienen.

Señaló a los tres arqueros del grupo.

—Ustedes. Miren debajo de sus asientos.

Los tres hombres se movieron al mismo tiempo. Metieron la mano bajo los asientos metálicos y sacaron unos objetos envueltos en lona. Al desenvolverlos, revelaron unos rifles largos, de diseño elegante y amenazador. Metal oscuro, culata ajustable, y en lugar del cañón convencional, una serie de anillos concéntricos que parecían vibrar con energía propia.

—Prototipos —dijo Valius—. Llevan semanas entrenando con ellos. Ya saben cómo funcionan.

Los arqueros asintieron. Sus manos acariciaron el metal con una mezcla de respeto y familiaridad.

—No usan munición convencional —continuó Valius—. La munición es la energía de la propia herramienta. Se recarga sola. Pero si quieren más potencia, si quieren que el disparo realmente duela… pueden añadir su propia energía. Su aura.

Uno de los arqueros, el más joven, tragó saliva.

—¿Estamos autorizados?

—Están autorizados. Y se espera que lo hagan. —Valius los miró fijamente—. Hoy no es un entrenamiento. Hoy es real. Usen lo que han aprendido. Confíen en sus armas. Confíen en sus compañeros. Y confíen en ustedes mismos.

Se giró hacia el resto del grupo. Veinte pares de ojos lo miraban. Esperaban.

—Vamos a entrar, vamos a contener, y vamos a salir. Vamos a capturar todo lo que podamos. Porque esos monstruos, esos Disonantes, no son solo enemigos. Son recursos. Su energía, sus fragmentos, sus cuerpos… todo puede ser aprovechado. Para la ciencia. Para la defensa. Para proteger a los nuestros.

Hizo una pausa. La respiración del grupo se había vuelto más pausada. Más concentrada.

—Lo que hacemos aquí, lo que haremos en los próximos minutos, no es solo por nosotros. Es por todos. Por la gente que no sabe lo que hay en las sombras. Por las familias que duermen tranquilas porque nosotros estamos despiertos. Por el futuro de Darsalia.

Inspiró. Una vez. Dos veces.

Y entonces, casi gritando:

—¡POR EL BIEN DEL TODO!

Veinte voces respondieron al unísono. Un rugido que llenó el vehículo, que ahogó el ruido del motor, que se extendió como una promesa.

—¡POR EL BIEN DEL TODO!

El carro frenó. Las puertas traseras se abrieron de golpe.

La luz del mediodía cegó un instante.

Y entonces, vieron la grieta.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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