FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 4
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4: Capítulo 4 – Lo que se ve en la penumbra 4: Capítulo 4 – Lo que se ve en la penumbra FRAGMENTS OF WILL Capítulo 4: Lo que se ve en la penumbra Pasaron las horas.
El sol de Ferren alcanzó su punto más alto y empezó a declinar, tiñendo las nubes de sulfuro de un naranja sucio que parecía sangre diluida.
La luz entraba por la ventana del taller en ángulos cada vez más oblicuos, alargando las sombras de las herramientas sobre el banco de trabajo.
Pronto sería de noche.
Pronto sería la cena con la señora Elara.
Kairós trabajó en silencio.
Dos clientes.
Un reloj de pared que necesitaba limpieza—una señora mayor que no paraba de hablar de su nieto, de cómo había conseguido trabajo en los Pulmones, de lo orgullosa que estaba.
Una lámpara de aceite con la mecha carbonizada—un hombre joven, casi un niño, que la había traído envuelta en un pañuelo para no mancharse las manos y que apenas dijo tres palabras.
Kairós los atendió con la misma precisión de siempre.
Las mismas palabras.
Los mismos gestos.
La misma máscara.
Pero mientras sus manos se movían entre engranajes y herramientas, su mente no se detenía.
Daba vueltas en círculos, como un animal enjaulado, repasando una y otra vez lo que había visto esa mañana.
El niño ciego en los escalones de la librería.
Kairós había visto muchas cosas raras en tres años.
Sombras que se movían donde no debían.
Grietas que respiraban.
Gente que ardía en llamas que nadie más veía.
Pero el niño era diferente.
El niño no era una visión fugaz, un destello en el rabillo del ojo.
El niño lo había mirado.
Y no con ojos ciegos—con algo detrás de esos ojos, algo que sabía quién era él y que llevaba tiempo esperándolo.
No sabía cómo lo sabía.
No podía explicarlo con palabras.
Pero su instinto, ese mismo instinto que lo había mantenido vivo en el orfanato, que le decía qué cuidadores evitar y en quién confiar, ese instinto le gritaba que el niño era el mismo demonio que ahora le sonreía desde las sombras.
O quizás no el mismo.
Quizás solo un mensajero.
Un dedo que señalaba hacia algo más grande, más antiguo, más hambriento.
Kairós es malo.
La voz del sueño.
La voz que le resultaba tan familiar y tan imposible a la vez.
El abismo vendrá por ti algún día.
Apartó el pensamiento con un movimiento brusco de cabeza.
No podía permitirse pensar en eso ahora.
Tenía que terminar el trabajo.
Tenía que ir a la cena.
Tenía que actuar normal.
Normal.
Esa palabra.
Llevaba tres años aferrado a ella como un clavo ardiendo.
—Es mentira —murmuró para sí mismo mientras limpiaba el polvo de un escape.
El mantra de los Galenos.
Se lo habían repetido tantas veces en los panfletos que repartían en las esquinas, en los carteles que colgaban en cada farola, en los comunicados oficiales que llegaban a todos los talleres impresos en papel de baja calidad, con esa tinta que se corría al menor contacto con la humedad.
“La mente humana es frágil.
Las imágenes distorsionadas son producto del cansancio, la mala alimentación, la exposición prolongada a los vapores industriales.
Si ve algo que no debería existir, recuerde: no es real.
No puede dañarle.
Acuda a su centro médico más cercano.” Kairós se lo repitió una docena de veces mientras trabajaba.
No es real.
No puede dañarme.
Es solo mi mente.
Para cuando el reloj de pared marcó las seis, casi se lo había creído.
Casi.
Pero en el fondo de su pecho, justo donde esa mañana había sentido la calidez de la señora Elara llenar un milímetro de vacío, algo seguía alerta.
Algo que no se dejaba engañar por los mantras.
Algo que sabía que el niño de los ojos ciegos no era una alucinación, y que volvería a aparecer.
—Voy a salir —dijo, asomando la cabeza a la vivienda.
Leinett estaba tumbada en el sofá, un libro abierto sobre la cara.
No leía—el libro llevaba en la misma página desde hacía una hora—pero fingía hacerlo con una dedicación digna de mejores causas.
—¿A dónde?
—preguntó sin apartar el libro.
—A comprar algo para la cena de esta noche.
Con la señora Elara.
No podemos ir con las manos vacías.
Leinett apartó el libro lo justo para mirarlo con un ojo.
El ojo ese suyo que siempre parecía estar evaluando, calculando, decidiendo si lo que él decía merecía crédito.
—¿Vas a comprar tú solo?
—preguntó—.
¿Sin que nadie te vigile?
—Soy adulto.
—Discutible.
Kairós resopló.
Era el mismo diálogo de siempre, el que llevaban trece años repitiendo en mil variaciones distintas.
La rutina era un escudo.
La rutina era segura.
—Vuelvo en una hora —dijo.
—Tráeme otro pastel.
—No.
—Tirano.
La puerta se cerró con la risa de ella aún resonando en las escaleras.
Kairós se quedó un momento al otro lado, escuchando ese sonido.
La risa de Leinett.
Era de las pocas cosas que aún conseguían que el mundo pareciera menos gris.
Luego se giró y caminó calle abajo.
— La calle olía a metal y a humo, como siempre.
Pero esa tarde el olor parecía más denso.
Más pesado.
Como si algo en el aire hubiera cambiado sin que nadie lo notara.
El cielo empezaba a teñirse de esos tonos violáceos que preceden a la noche.
Kairós no lo miró.
Nunca lo hacía.
Pero allá arriba, las primeras estrellas comenzaban a despertar, indiferentes al horror que aguardaba en los callejones.
Kairós caminó con paso tranquilo, las manos en los bolsillos.
El dinero para la cena—tres coronas de plata—le pesaban en el bolsillo derecho.
Las acariciaba de vez en cuando, como si necesitara asegurarse de que seguían ahí.
De que todo seguía siendo normal.
Pensó en qué comprar.
Vino, quizás.
Un tinto de Ambil, de ese que Henrik mencionaba a veces.
Algo para el estofado—especias, o tal vez unas verduras que no fueran las que siempre comían.
Unas velas bonitas, de esas que vendían en la tienda de la plaza, las de cera de abeja de verdad, no las de sebo que ardían en dos minutos y olían a quemado.
Dobló una esquina.
Y entonces notó que las calles estaban más vacías de lo normal.
No era raro, en realidad.
A esas horas, muchos trabajadores aún estaban en las fábricas, cumpliendo el segundo turno.
Pero había algo en el silencio que no le gustó.
Una cualidad distinta.
Como si el aire pesara más.
Como si los sonidos—sus propios pasos, el zumbido lejano de los Pulmones—llegaran amortiguados, envueltos en algodón.
Siguió caminando.
Los callejones laterales de Ferren eran laberintos de sombras y tuberías.
Kairós los conocía bien; eran el atajo al mercado, el camino que había recorrido cientos de veces en estos tres años.
Pero esa tarde, al pasar junto a la boca de uno de ellos, algo lo hizo detenerse.
Olor.
No era el olor habitual del callejón—humedad, orín, metal oxidado.
Era otro olor.
Más intenso.
Más…
denso.
A cobre.
A hierro.
A algo que no era exactamente sangre, pero se le parecía mucho.
Algo que había sangre cerca, mucha sangre, y que el aire la había absorbido y ahora la exhalaba lentamente, como un pulmón enfermo.
Kairós se quedó quieto.
El corazón le latía con fuerza en el pecho.
Lo sentía en la garganta, en las sienes, en la punta de los dedos.
No entres, dijo una voz dentro de su cabeza.
Pero otra voz, más honda, más antigua, le susurró: “Ya es tarde.
Siempre te encuentran.
Y Aún así se volvió a repetir, sigue caminando.
Ve al mercado.
Compra el vino.
Vuelve a casa.
La cena con la señora Elara.
Henrik y su estofado.
Leinett esperando.
Pero sus pies no se movieron.
Y sus ojos, traicioneros, miraron hacia el interior del callejón.
La penumbra era casi absoluta.
Las farolas de vapor no llegaban hasta ahí—nunca llegaban a los callejones, los Galenos decían que no era rentable iluminar lo que nadie debía ver.
Solo se veían los primeros metros, un rectángulo de suelo manchado, paredes de ladrillo oscurecidas por la humedad.
Y luego…
nada.
Una negrura tan densa que parecía sólida.
Pero había algo en esa negrura.
Kairós lo sintió antes de verlo.
Esa misma sensación de la mañana, cuando el niño ciego lo miró desde los escalones.
Ese dedo helado apoyado directamente sobre el corazón.
Ese saber sin saber que algo lo observaba desde algún sitio.
Y entonces sus ojos se ajustaron.
Una silueta.
Alta.
Demasiado alta.
Kairós parpadeó, tratando de enfocar.
La silueta debía medir cuatro metros, quizás más.
Ocupaba casi todo el ancho del callejón, de pared a pared, como si hubiera crecido para llenar el espacio disponible.
Estaba de espaldas—o eso parecía—inmóvil, negra contra las sombras, como si la oscuridad misma hubiera tomado forma y decidido quedarse quieta un rato.
Kairós contuvo el aliento.
El aire se le atascó en la garganta, un nudo de hielo.
Es mentira, pensó.
El mantra acudió automático, como siempre.
No es real.
No puede dañarme.
Los Galenos dicen que…
Pero entonces sus ojos se ajustaron un poco más, y vio lo que había en el suelo.
Rastros.
Largos.
Profundos.
Como de algo que había sido arrastrado con fuerza contra los adoquines.
Surcos paralelos que desaparecían en la oscuridad, en la negrura donde la silueta aguardaba.
Y sangre.
No un charco.
No una mancha.
Demasiada sangre.
Parecía que alguien había estampado un cuerpo contra la pared una y otra vez, como una fruta que alguien aplasta para sacarle el jugo.
Salpicaduras negras en los ladrillos.
Un reguero que desaparecía bajo la silueta.
Y el olor—el olor era insoportable ahora, metálico, denso, cubriéndole la lengua como una capa de cobre.
Y entonces lo vio.
Un cuerpo.
O lo que quedaba de él.
Estaba contra la pared, a los pies de la silueta.
Mutilado.
Irreconocible.
Un montón de carne y ropa desgarrada, miembros doblados en ángulos que no debían doblarse, una cara—si es que aquello había sido una cara—convertida en pulpa.
Los brazos.
Las piernas.
Todo mezclado, todo revuelto, todo…
El estómago de Kairós dio un vuelco.
La bilis le subió a la garganta, amarga, caliente.
Tuvo que hacer un esfuerzo físico para no vomitar.
Las náuseas le retorcieron las entrañas, le nublaron la vista un instante.
No es real, se repitió con fuerza.
Pero el mantra sonaba débil ahora.
Como un eco lejano.
Como una campana rajada.
No puede dañarme.
Los Galenos dicen que…
La silueta se movió.
No fue un movimiento completo.
No se giró.
No caminó hacia él.
Solo movió una cosa: la cabeza.
Giró la cabeza.
Sin girar el cuerpo.
En un ángulo imposible.
Como un búho.
Como algo que no tenía huesos, o que los tenía pero no en los sitios donde deberían estar.
El cuello se estiró, se retorció, y la cabeza—esa cosa que era una cabeza—giró ciento ochenta grados hasta quedar mirando directamente hacia él.
Y lo miró.
En ese instante, algo dentro del pecho de Kairós se heló.
No era miedo.
Era otra cosa.
Como si el fragmento de calidez que la señora Elara había dejado en él se encogiera, se escondiera.
Kairós vio la cara.
No tenía rasgos definidos.
Era una mezcla de sombras y algo que quería ser rostro pero no terminaba de decidirse.
A veces parecía tener ojos—dos, tres, ninguno.
A veces parecía tener nariz—un bulto informe, un agujero, una cavidad vacía.
La piel—si aquello era piel—era gris, como la de un ahogado, y se movía lentamente, como si algo se arrastrara debajo, como si miles de cosas diminutas bulleran bajo la superficie.
Pero la boca…
La boca sí se veía bien.
Demasiado bien.
Era una boca humana.
Normal.
De tamaño normal, con labios normales, ligeramente partidos.
Y dentro, dientes blancos, perfectos, alineados con una precisión que daba miedo.
Dientes de niño.
Dientes de anuncio.
Dientes que nunca podrían existir en una boca así.
Y sonreía.
Una sonrisa ancha, blanca, que brillaba en la penumbra como un faro en la noche.
Que iluminaba el callejón más que cualquier farola.
Que parecía hecha de luz y de hambre y de algo que Kairós no podía nombrar.
Kairós quiso correr.
Quiso gritar.
Quiso hacer algo.
Pero su cuerpo no respondía.
Estaba clavado al suelo, con los pies pegados a los adoquines, el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enloquecido, las manos tan frías que parecían de hielo.
Y entonces la cosa habló.
—Alguien…
La voz era infantil.
Aguda.
Inocente.
La voz de un niño pequeño perdido en una tienda, buscando a su madre entre los estantes.
La voz de un niño que no debería estar en un lugar así.
—¿Alguien puede ayudarme?
La sonrisa se ensanchó.
Los labios se estiraron hacia los lados, hacia arriba, mostrando más dientes, más blancura, más perfección imposible.
La boca se abrió más de lo que debería, más de lo que era humano, mostrando un pozo negro detrás de los dientes.
—Mami…
—la voz se arrastró, dulce, lastimera, como un cuchillo de miel—.
Tengo miedo.
Kairós sintió que el corazón se le paraba.
Un instante de silencio absoluto dentro de su pecho.
Luego volvió a latir, más fuerte, más rápido, como si quisiera compensar el tiempo perdido.
El pulso le retumbaba en los oídos, un martilleo ensordecedor.
Y entonces lo vio.
El segundo cuerpo.
Estaba detrás de la criatura, medio oculto por sus piernas—esas piernas larguísimas, delgadas como zancos, que parecían no terminar nunca.
Un niño.
Pequeño.
No más de siete años.
Estaba en el suelo, boca abajo, con los brazos extendidos como si hubiera intentado gatear hacia algún sitio, hacia la luz, hacia la salida.
No se movía.
Kairós vio su ropa.
Un jersey pequeño, de esos que vendían en el mercado por dos monedas.
Unos pantalones cortos, remendados en la rodilla.
Un zapato—solo uno—caído a un lado.
El otro pie estaba descalzo.
Eran dos.
No era una visión.
No era una alucinación.
No era el cansancio ni la mala alimentación ni los vapores industriales.
Eran dos.
Dos personas.
Dos seres humanos.
Uno hecho pulpa contra la pared, irreconocible, una mancha de lo que había sido.
Otro tirado en el suelo, inmóvil, con la cara oculta y el cuerpo pequeño y frágil.
Y la cosa entre ellos, sonriendo.
La mente de Kairós se movió más rápido que su cuerpo.
Corre.
No lo pensó.
No hubo tiempo para pensar.
No hubo tiempo para el mantra, para los Galenos, para nada.
Las piernas se movieron solas, impulsadas por un instinto más antiguo que la razón, más profundo que el miedo.
Salió disparado calle abajo, los pies golpeando los adoquines con una furia que no sabía que tenía.
No miró atrás.
No respiró.
No se permitió ni un segundo para procesar lo que acababa de ver.
Porque si lo procesaba, si lo pensaba, si lo entendía, se rompería.
Y no podía romperse.
Tenía que llegar al mercado.
Tenía que comprar el vino.
Tenía que ir a la cena.
Corre.
Las calles pasaban a su lado como manchas de color.
Una esquina.
Otra.
Un carro de verduras que esquivó por milímetros, saltando por encima de unas cajas.
Una mujer que gritó algo a su paso, una maldición que no entendió.
Un perro que ladró, que se lanzó hacia él y luego retrocedió, asustado por algo que no podía ver.
Corre.
Corrió hasta que le ardieron los pulmones.
Corrió hasta que las piernas empezaron a fallarle, a quejarse, a pedirle que se detuviera.
Corrió hasta que las calles dejaron de ser callejones estrechos y se convirtieron en plaza, en avenida, en lugares con gente, con luces, con farolas que sí funcionaban, con transeúntes que paseaban sin saber lo que había a tres manzanas de distancia.
Se dejó caer en un banco.
El impacto le sacudió la espalda.
Jadeaba.
Temblaba entero.
El sudor le corría por la nuca, por la frente, por las sienes, mezclándose con las lágrimas que ni siquiera había notado que derramaba.
Las manos le temblaban tanto que tuvo que agarrarse los muslos con fuerza para que dejaran de moverse.
Respiró hondo.
Otra vez.
Otra vez.
Otra vez.
Miró a su alrededor.
Gente.
Transeúntes.
Una mujer con un carrito de la compra, discutiendo el precio de las patatas con un vendedor.
Un hombre leyendo el periódico en un banco cercano, con las gafas caídas sobre la nariz.
Dos niños jugando a la rayuela en una esquina, sus risas llenando el aire.
Todo normal.
Todo en orden.
Nadie lo miraba.
Nadie había visto a un loco salir corriendo de un callejón.
Nadie sabía.
Kairós respiró hondo.
Otra vez.
Los pulmones dejaron de arder.
El corazón, poco a poco, dejó de querer salírsele del pecho.
Las manos dejaron de temblar.
Pero la imagen no se iba.
La sonrisa.
La voz.
Los cuerpos.
Mami…
tengo miedo.
Cerró los ojos un momento.
Los apretó con fuerza, como si pudiera borrar lo visto frotándose los párpados.
No funcionó.
Y entonces, en el borde de su conciencia, justo cuando empezaba a creer que había escapado, que estaba a salvo, que podría recomponerse y seguir adelante…
Oyó algo.
Un sonido.
Lejano.
Pero claro.
Un chillido.
Agudo.
Infantil.
Atravesando la distancia como una aguja.
—¡Adiós, Kairós!
Kairós se quedó helado.
El corazón, que apenas empezaba a calmarse, se aceleró otra vez.
La sangre le golpeó las sienes con fuerza.
No.
No podía ser.
Estaba demasiado lejos.
El callejón estaba a varias manzanas.
No podía oír nada desde allí.
Pero lo oyó.
—¡Chico malo!
La voz era la misma.
La del niño.
La de la cosa.
La que había dicho mami, tengo miedo.
Pero ahora reía.
Ahora cantaba.
Ahora se despedía.
Kairós abrió los ojos de golpe.
Miró hacia la dirección del callejón.
No podía verlo desde allí.
Solo edificios, calles, farolas.
Pero en su mente, en el lugar donde las imágenes no se borraban, vio a la cosa.
Alta.
Sonriente.
Levantando una mano.
Tres dedos.
Tres.
No era un adiós.
Era una cuenta.
Kairós lo supo, aunque no supo cómo.
El abismo no solo lo había mirado.
Le había puesto fecha.
Y luego, la sonrisa ensanchándose aún más, los dedos moviéndose en un gesto de despedida.
Adiós, Kairós.
Chico malo.
El chillido se desvaneció en el aire, engullido por el rumor de la ciudad.
Kairós se quedó mirando hacia ninguna parte.
El cuerpo le temblaba otra vez, pero no podía moverse.
No podía hacer nada.
Chico malo.
Las palabras del sueño.
Las palabras de la voz antigua.
Kairós es malo.
Hurga en la mente de otras personas.
La cosa lo sabía.
La cosa sabía quién era.
La cosa sabía lo que le habían dicho.
Y se había despedido.
Como si supiera que volverían a verse.
Kairós tragó saliva.
La garganta le ardía.
Metió la mano en el bolsillo del chaleco.
Buscó.
Sus dedos encontraron el metal—no frío, caliente, caliente por el contacto con su cuerpo, por la fiebre del miedo.
Lo sacó.
El reloj de bolsillo.
No era el que siempre miraba, el de las 3:07 que había heredado de sus padres y que guardaba en un cajón porque le dolía mirarlo.
No.
Este era otro.
Más pequeño.
Más sencillo.
La tapa de latón estaba gastada por los años, por haberla acariciado miles de veces en momentos como este.
En momentos de miedo.
En momentos de soledad.
En momentos en que necesitaba recordar por qué seguía luchando.
Lo abrió.
Dentro, grabada en la tapa interior con una letra que había mejorado con los años pero que aún conservaba la torpeza de sus dedos de entonces, una palabra: Siempre.
Kairós sonrió.
Solo un poco.
Solo un momento.
Pero sonrió.
Se acordaba del día que lo recibió como si fuera ayer.
Como si los trece años que habían pasado no hubieran existido.
Trece años atrás.
El orfanato.
Una noche de invierno, de esas en que el frío se colaba por las rendijas de las ventanas y no había mantas suficientes para todos.
Él tenía seis años.
Leinett, tres.
Ella apareció en su habitación sin hacer ruido, como un fantasma pequeño y flacucho, con los ojos demasiado grandes para su cara y una determinación que asustaba en una niña tan pequeña.
Llevaba algo escondido entre las manos, apretado contra el pecho como si fuera un tesoro.
—Para ti —dijo, sosteniéndolo con las dos manos.
Era un reloj de bolsillo.
Viejo, sucio, con la tapa abollada y el cristal roto.
Lo había encontrado en la basura, dijo.
Alguien lo había tirado.
—Está roto —dijo Kairós, tomándolo.
—No importa.
—Leinett negó con la cabeza, muy seria para sus tres años.
Tenía una manera de fruncir el ceño que parecía de adulto—.
Tú arreglas cosas.
Tú puedes arreglarlo.
Y cuando lo arregles, marcará la hora en que nos escapemos.
Kairós se rió.
Ella también.
Y en esa risa compartida, en ese momento de locura infantil, algo cambió entre ellos.
Esa noche, sentados en el suelo frío de la habitación, con las rodillas pegadas al pecho para entrar en calor, hicieron un pacto.
No de sangre—eso era para los tontos, para los que necesitaban rituales para creer en las promesas.
Hicieron un pacto de palabras.
—Hermanos —dijo él.
—Siempre —dijo ella.
Y lo cumplieron.
Durante diez años en el orfanato, aguantando lo inaguantable.
Durante la fuga, una noche sin luna en que corrieron hasta reventar.
Durante los primeros meses en Ferren, durmiendo en el suelo del taller porque no había para una cama.
Durante todo.
Siempre.
Kairós arregló el reloj.
No marcaba bien la hora—nunca lo hizo del todo, tenía un defecto de fábrica que no podía repararse—pero funcionaba.
Y desde entonces lo llevaba siempre consigo, en el bolsillo del chaleco, cerca del corazón.
Cuando Leinett cumplió diez años, le pidió que le grabara algo dentro.
Él pasó días practicando en piezas de metal viejo, hasta que se sintió seguro.
Luego, con un buril diminuto, grabó la palabra.
Siempre.
Porque eso eran.
Hermanos.
No de sangre, no de papeles, no de nada que los Galenos pudieran reconocer o certificar.
Pero hermanos de verdad.
De los que se eligen.
De los que se quedan.
Kairós miró el reloj.
La manecilla de los segundos avanzaba con su tic-tac tranquilo, ajeno al caos del mundo, ajeno a las cosas que acechaban en los callejones.
Leinett.
Su hermana.
Su ancla.
Siempre.
Cerró los ojos un momento.
Respiró hondo.
La imagen de la cosa en el callejón—su sonrisa, su voz de niño, los cuerpos—se difuminó un poco.
No desapareció del todo, pero retrocedió.
Como si el recuerdo de Leinett, de ese pacto, construyera un muro pequeño pero sólido entre él y el horror.
Volvió a abrir los ojos.
Miró la hora.
Las manecillas marcaban las 3:07.
Kairós se quedó helado.
Parpadeó.
Las manecillas seguían ahí.
Inmóviles.
Congeladas.
Este reloj siempre funcionaba.
Siempre.
Leinett se lo había regalado roto, él lo había arreglado, y desde entonces nunca, ni una sola vez, se había parado.
Hasta ahora.
3:07.
La hora en que perdió todo.
La hora del accidente.
La hora en que sus padres murieron.
La hora que siempre volvía en sus peores momentos, como un fantasma que se negaba a irse.
—No —susurró—.
No es real.
Solo es…
Pero esta vez la frase no se completó sola.
Se quedó colgando en el aire, inútil, vacía.
Cerró el reloj de golpe.
El click metálico fue demasiado fuerte en el silencio de la plaza.
Una mujer lo miró un momento, luego apartó la vista.
Kairós se guardó el reloj en el bolsillo.
El que no funcionaba.
El que marcaba 3:07.
El que le recordaba que el tiempo, para él, estaba roto desde el principio.
Se levantó.
Las piernas aún le temblaban, pero podía mantenerse en pie.
Miró hacia el callejón del que había huido.
No se veía desde allí.
Estaba demasiado lejos.
Demasiado lejos.
Pero en su mente, los tres dedos seguían ahí.
Despidiéndose.
Adiós, Kairós.
Chico malo.
Kairós se ajustó la chaqueta, sintiendo el peso de las monedas en el bolsillo.
Todavía tenía que comprar algo para la cena.
Todavía tenía que volver a casa.
Todavía tenía que actuar como si nada hubiera pasado.
Porque si no actuaba, si alguien notaba algo raro, si algún vecino “preocupado” llamaba a los Galenos…
No.
No podía pensar en eso ahora.
Enderezó la espalda.
Respiró hondo una última vez.
Y caminó hacia el mercado.
Sin mirar atrás.
Pero esta vez, mientras caminaba, no pudo evitar pensar en la sonrisa de la cosa.
En su voz infantil.
En los dos cuerpos.
En los tres dedos.
Y en la hora.
Siempre la misma hora.
Como si el tiempo, para él, estuviera roto desde el principio.
Como si nunca hubiera dejado de ser las 3:07.
Y como si alguien, desde las sombras, llevara toda la vida esperando a que él lo entendiera.
Por: Hanzonex
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com