FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 40
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Capítulo 40: Capítulo 39 – El despertar de Liana
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 39 – El despertar de Liana
La luz del amanecer aún no había llegado a la grieta entre edificios.
Liana abrió los ojos y, durante un segundo, no supo dónde estaba. Luego lo recordó. La pared de ladrillo a su izquierda. La manta áspera que la cubría. El techo de chapa, a tres metros de altura, con un pequeño agujero por el que se colaba un hilillo de luz gris.
Su hogar.
No era gran cosa. Un espacio entre dos edificios—uno viejo, casi abandonado, y otro más nuevo, de esos que los Galenos habían construido hace años para los trabajadores de las fábricas. El hueco era estrecho, apenas tres metros de ancho, pero lo suficientemente profundo para que ella hubiera podido instalar su pequeño campamento.
Una lona vieja hacía de puerta. Un colchón delgado, encontrado en la basura, hacía de cama. Una caja de madera, con tablas sueltas, hacía de mesa. Sobre ella, sus tesoros: los pájaros de metal que aún no había vendido, el cuaderno nuevo que Kairós le había dado, el viejo (el de los apuntes), y las herramientas prestadas que devolvía cada noche y recogía cada mañana.
En una esquina, un pequeño hornillo de alcohol, robado de un puesto del mercado hacía meses. Al lado, una lata de conservas vacía que usaba como taza, y otra más grande como olla.
Eso era todo. Sus pertenencias cabían en una caja.
Pero era suyo. Era su hogar.
Liana se incorporó lentamente. El frío de la mañana le mordió los brazos. Se frotó la piel con las manos, intentando generar algo de calor, y buscó a tientas su vestido—el nuevo, el gris con marrón. Lo había doblado con cuidado la noche anterior, para que no se arrugara.
Se lo puso rápido. El abrigo negro, encima. Ya no tenía tanto frío.
Se levantó, fue al fondo del hueco, donde había un pequeño bidón de agua que llenaba cada dos días en la fuente de la plaza. Se lavó la cara rápidamente, con movimientos precisos y económicos—el agua era un lujo que no podía desperdiciar.
Por un instante, mientras se secaba, le pareció que la luz del amanecer se movía de forma extraña. Como si las sombras en la pared hubieran bailado. Parpadeó, y todo volvió a la normalidad. Imaginaciones, pensó.
Luego, se sentó en la caja y miró sus pájaros.
Tres. Le quedaban tres. Los otros los había regalado, como inversión. Esperaba que funcionara. Esperaba que esas señoras volvieran con más clientes.
Cogió uno de los pájaros—un gorrión de alambre y chapa, con alas que se movían—y lo sostuvo en la mano. Estaba bien hecho. Bonito, incluso. Pero no era suficiente. Tenía que mejorar. Tenía que crear cosas que la gente de verdad quisiera comprar.
cosas que la gente de verdad quisiera comprar. Y quién sabe, pensó. Tal vez algún día la gente las pidiera por su nombre. “Un Liana”, dirían. “De la tienda de los Thornen.” Se rió de sí misma por la ocurrencia.
Demasiado soñar.
El cuaderno. Lo abrió por la página donde había empezado a dibujar diseños de relojes. Esferas. Agujas. Números. Flores diminutas en los bordes. Pájaros en las manecillas.
—Hoy —susurró—. Hoy voy a hablar con Leinett. Ella sabe de esas cosas. Ella me ayudará.
Guardó el cuaderno en su bolsa de tela. Las herramientas, también. El pájaro, lo dejó sobre la caja. No podía llevarlo todo.
Miró a su alrededor una última vez. La lona. La cama. La caja. El hornillo.
Salió.
—
La calle la recibió con su olor habitual—metal, humo, y ese algo dulzón que nunca había podido identificar. La gente ya empezaba a moverse. Obreros, mujeres con bolsas de la compra, niños correteando.
Liana caminaba rápido, esquivando cuerpos con la práctica de quien ha vivido siempre en la calle. No miraba a nadie. No hablaba con nadie. Solo caminaba.
Al pasar junto a un callejón, sintió un escalofrío. Se giró, pero no había nadie. Solo sombras. Y por un instante, al fondo, una figura. Una mujer. Alta. El cabello le brillaba como si llevara el amanecer dentro. Luego, un carro pasó, y cuando pudo ver otra vez, ya no estaba. Había sido un segundo. Tal vez un sueño. Siguió caminando.
Pero por dentro, su cabeza no paraba.
¿Habrá soñado Kairós? ¿Se acordará de que hoy vamos a hablar de la marca? ¿Leinett habrá pensado en lo que le dije de los diseños?
Llegó al taller. La puerta estaba cerrada. Miró el reloj de la plaza—las 7:05. Diez minutos antes de lo habitual. Pero hacía frío. Mucho frío. Y Kairós siempre abría puntual.
Esperó.
Un minuto. Dos. Cinco. Diez.
A los quince minutos, los dedos se le habían entumecido y los pies le dolían de tanto cambiar el peso de uno a otro.
—Vale —murmuró—. No espero más.
Sacó la llave del bolsillo. La que Leinett le había dado. La metió en la cerradura. Giró.
La puerta se abrió.
El taller estaba en silencio. Los relojes marcaban horas distintas, como siempre. El olor a aceite y metal la envolvió como un abrazo.
—¿Hola? —llamó en voz baja.
Nadie respondió.
Subió las escaleras. La puerta de la cocina estaba abierta. Dentro, una figura.
Leinett.
Estaba de espaldas, moviendo algo en una sartén. Llevaba ropa de estar en casa, cómoda, y el pelo revuelto. Al oír los pasos, se giró.
—¡Liana! —exclamó, con una sonrisa—. ¿Ya llegaste? ¿Qué hora es?
—Las siete y veinte. —Liana dejó su bolsa en una silla—. Esperé fuera quince minutos. Tenía frío.
—¿Quince minutos? —Leinett arqueó una ceja—. ¿Y no has visto a Kairós?
—No. La puerta estaba cerrada.
Leinett soltó una risa corta.
—El idiota sigue durmiendo. Tuvo una noche larga. —Se secó las manos en un trapo—. Voy a tener que despertarlo yo. O mejor… —Miró a Liana con una sonrisa traviesa—. Ve tú.
—¿Yo?
—Tú. Sube, dale una patada en la pierna, y dile que se levante. Es lo que hace él conmigo cuando me duermo.
Liana dudó un momento. Luego sonrió.
—Vale.
Subió las escaleras. La puerta de la habitación de Kairós estaba cerrada. La empujó.
Allí estaba. Dormido como un tronco, la boca entreabierta, el pelo revuelto. Ni siquiera se había quitado la ropa del todo.
Liana se acercó. Le dio una patada suave en la pierna.
—Jefe —dijo—. Jefe, despierte.
Nada.
Otra patada. Más fuerte.
—¡Jefe, despierte ya!
Kairós gruñó. Se dio la vuelta.
Liana suspiró. Le dio una patada definitiva.
—¡JEFE!
Kairós abrió un ojo. Luego el otro. La miró como si fuera un extraterrestre.
—¿Liana? ¿Qué…?
—Son las siete y veinte. Leinett hizo desayuno. Y usted apesta. Levántese.
Kairós parpadeó. Luego, lentamente, se incorporó.
—Vale —murmuró—. Vale. Bajo en diez minutos.
—¡Diez! —dijo Liana, señalándolo con el dedo—. ¡Y no se vuelva a dormir!
Salió de la habitación.
Abajo, Leinett ya había puesto la mesa. Tres platos. Comida caliente. Olor a hogar.
Liana se sentó. Miró su plato. Luego miró a Leinett.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Por esto. —Señaló la comida, la mesa, el taller—. Por todo.
Leinett sonrió. Una sonrisa cálida, de esas que no necesitan palabras.
—No me des las gracias —dijo—. Gánalas.
Liana asintió. Comió.
Y mientras masticaba, pensó que quizás, solo quizás, la suerte había cambiado.
Para ella, al menos.
Kairós bajó las escaleras con el pelo aún húmedo y una expresión de “no me hablen hasta que haya café”. Se dejó caer en una silla frente al plato que Leinett le había servido.
—Ya era hora —dijo Leinett, sin mirarlo—. Liana llegó hace veinte minutos.
—Lo sé. Me despertó a patadas.
Liana sonrió, orgullosa.
—Hice lo que me dijiste.
—Bien hecho.
Comieron en silencio un rato. Bueno, Leinett y Kairós comieron. Liana movía la comida en el plato sin llevársela a la boca, la mirada perdida en algún punto de la pared.
—Liana —dijo Leinett—. La comida se enfría.
—¿Mmm? —Parpadeó—. Ah, sí.
Cogió un bocado, pero su mente seguía en otra parte.
Kairós la observó un momento. La cría tenía ojeras. No muchas, pero las suficientes para que él, que conocía bien las ojeras, las notara.
—¿Has dormido bien? —preguntó.
Liana dudó.
—Sí… no… —Suspiró—. No he dormido muy bien. Pero no era una mala noche. Era… no sé. Soñaba con los relojes. Con los diseños. Con las agujas. Con todo.
Leinett se rió.
—¿Sueñas con eso?
—Todo el tiempo. —Liana dejó el tenedor—. Cuando cierro los ojos, veo esferas. Números. Flores en los bordes. Pájaros en las manecillas. No puedo parar.
Kairós y Leinett se miraron. Una sonrisa cómplice cruzó entre ellos.
—Deberías tomarte un descanso de pensar —dijo Kairós—. A veces las ideas fluyen mejor cuando no las fuerzas.
—Eso dice la gente que no tiene obsesiones —respondió Liana, con un tono tan serio que los hizo reír a los dos.
—Vale, vale —dijo Leinett—. Pero al menos come. Que las ideas con hambre no son buenas ideas.
Liana asintió y esta vez sí comió de verdad.
Cuando terminaron, Kairós se levantó.
—Voy a subir un momento. Cosas que hacer.
—¿Otra vez? —Leinett arqueó una ceja.
—Solo un momento. Luego bajo.
—Vale. —Leinett se levantó también—. Yo iré contigo dentro de un rato, Liana. Tengo que… —dudó—. Tengo que anotar unas cosas.
Liana asintió sin preguntar. Ya había aprendido que en esta casa había cosas que no se preguntaban.
Kairós subió las escaleras. Leinett se quedó un momento en la cocina, mirando sus notas. Allí, en una página aparte, había escrito: Thornen. Los Altos. Donación. ¿Conexión?
Mordió el labio. Luego cerró el cuaderno y lo guardó.
—No ahora —murmuró—. Ahora toca lo otro.
Salió de la cocina y bajó al taller.
—
Liana ya estaba en su puesto. Había abierto la tienda—el cartel colgado, la puerta entreabierta—y ahora estaba sentada en su silla, con el libro de Kairós abierto sobre el mostrador. Lo estudiaba con una concentración absoluta, moviendo los labios en silencio mientras leía.
Leinett se sentó a su lado.
—¿Qué lees?
—Los consejos de Kairós. —Liana señaló una página llena de dibujos de engranajes—. Esto es increíble. Explica cosas que no sabía que existían.
—¿Como qué?
—Como por qué los relojes se atrasan cuando hace frío. O por qué algunos muelles duran más que otros. —Levantó la vista—. Él aprendió todo esto solo.
—Sí. Es terco.
—Es genial.
Leinett sonrió.
—También.
Liana cerró el libro y lo dejó a un lado. Luego cogió una caja pequeña que había traído en su bolsa. La abrió.
Dentro, sus creaciones. Tres pájaros de metal y dos flores mecánicas. Los pájaros eran pequeños gorriones, con alas que se movían si soplabas. Las flores, margaritas de alambre y chapa, con pétalos que se abrían y cerraban.
—Son preciosos —dijo Leinett.
—No lo suficiente. —Liana cogió un pájaro. Lo sostuvo en la palma de la mano—. Mira. Está bien hecho. Pero le falta algo.
—¿El qué?
—No lo sé. Por eso no puedo dormir. Porque sé que le falta algo, pero no sé qué es.
Leinett observó el pájaro. Era bonito, sí. Pero entendía lo que Liana decía. Faltaba algo. Un detalle. Una chispa.
Liana mordió el lápiz con el que había estado escribiendo. Una manía que ya le habían visto varias veces. Sus ojos iban del pájaro a las flores, de las flores al libro de Kairós, del libro a los relojes de la tienda.
Y entonces, se quedó mirando un despertador.
Uno pequeño, de los que Kairós tenía en el estante de los artículos para reparar. Tenía una esfera blanca, números negros, y dos campanillas en la parte superior.
—Un despertador —murmuró.
Al tocarlo, sintió un calor repentino en la punta de los dedos. Como si el objeto la conociera. Lo apartó, sorprendida. Luego volvió a tocarlo. Normal. Frío. Debía ser imaginación.
—¿Qué?
—Un despertador. Hace ruido. Suena. —Se levantó de la silla, fue al estante y cogió el despertador. Lo miró fijamente—. Los pájaros cantan. Los pájaros de verdad cantan. Pero mis pájaros… mis pájaros son mudos.
Leinett la observaba, sin entender del todo.
—Liana, ¿qué…?
—¡El sonido! —Liana dejó el despertador sobre el mostrador con un golpe—. ¡Eso es lo que les falta! ¡Sonido!
Cogió su pájaro favorito—el gorrión de alambre—y lo acercó al despertador.
—Mira. Si le pongo un mecanismo pequeño, como el de un despertador, pero en miniatura… si consigo que el pájaro cante… —Sus ojos brillaban—. Podría cantar cada hora. O cada media hora. O cada cuarto de hora. ¡Podría programarse!
Leinett se quedó mirándola. Luego sonrió.
—Liana, eso es…
—¡Es perfecto! —Liana empezó a pasear alrededor del mostrador—. Un pájaro que canta la hora. La gente pagaría por eso. Podríamos hacer series: el pájaro de las 8, el de las 9… ¡O uno que cante cada 15 minutos! La gente los pondría en sus casas, en sus oficinas… ¡Serían exclusivos! ¡Serían…
Se detuvo. Miró a Leinett.
—¿Crees que se puede hacer?
Leinett tardó un momento en responder. Estaba procesando la magnitud de la idea.
—No lo sé —dijo al fin—. Pero si alguien puede hacerlo, eres tú. Y si alguien puede ayudarte, es Kairós.
Liana sonrió. Una sonrisa enorme, de esas que iluminan una habitación.
—¡Lo tengo! —gritó—. ¡Lo tengo, lo tengo, LO TENGO!
Se puso a bailar alrededor de la silla. Un baile torpe, de pura alegría. Leinett se rió.
—¡Baja la voz, que nos van a oír los vecinos!
—¡Me da igual! —Liana seguía bailando—. ¡Lo tengo!
En ese momento, Kairós bajaba las escaleras. Se quedó en el último peldaño, mirando la escena: Liana bailando, Leinett riendo, el despertador en el mostrador, el pájaro en la mano de la cría.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó.
Liana se giró hacia él. Sus ojos verdes brillaban detrás de las gafas rotas.
—¡Kairós! ¡Se me ocurrió una idea! ¡Los pájaros! ¡Pueden cantar la hora! ¡Como los despertadores! ¡Podemos hacer pájaros que canten cada hora! ¡O cada cuarto de hora! ¡O lo que sea!
Kairós la miró un momento. Luego sonrió.
—Vaya. La cría ha tenido una idea.
—¡Es genial, ¿verdad?!
—Es genial. —Bajó del todo y se acercó—. Pero primero, tienes que comer. Y luego, tienes que dibujarlo. Y luego, tienes que planearlo. Y luego, tienes que construirlo. Y luego, si funciona, entonces podrás celebrar.
Liana asintió, seria.
—Vale. Pero después de eso, ¿podré celebrar?
—Después de eso, te dejo bailar todo el día.
Liana sonrió. Volvió a su silla. Cogió su cuaderno y empezó a dibujar.
Kairós y Leinett se miraron.
—Esta cría —dijo Leinett—. Va a llegar lejos.
—Lo sé.
—Y nosotros vamos a ayudarla.
—Sí.
Se sentaron junto a ella. El taller se llenó de dibujos y sonrisas.
Afuera, el día seguía.
Pero dentro, algo nuevo estaba naciendo.
Por : Hanzonex.
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