FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 41
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Capítulo 41: Capítulo 40 – La primera venta
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 40 – La primera venta
La mañana en el taller había sido tranquila, pero Liana no se había aburrido ni un segundo.
Atendía a los clientes con una soltura que ya empezaba a ser natural. Escuchaba el problema, asentía con seriedad, preguntaba los detalles justos y, cuando podía, daba un diagnóstico rápido. La mayoría eran encargos sencillos—limpiezas, ajustes, cuerdas nuevas—y ella los anotaba en el libro con una caligrafía cada vez más parecida a la de Kairós.
Lo mejor de todo era que la gente ya empezaba a recordar su nombre.
—Hasta luego, Liana —dijo un hombre mayor al salir con su reloj de bolsillo reparado—. Que tengas buen día.
—Igualmente, señor Grem. Cuídese.
Cuando la puerta se cerró, Liana sonrió para sus adentros. Señor Grem. Ya sé su nombre. Y él sabe el mío.
Kairós, sentado en su silla, la observaba con el rabillo del ojo mientras fingía leer el libro de encargos. No decía nada, pero una pequeña sonrisa se le escapaba de vez en cuando.
En el mostrador, junto a Liana, descansaban sus creaciones. Cinco en total. Tres pájaros—dos gorriones y un pequeño colibrí—y dos flores, unas margaritas de alambre y chapa cuyos pétalos se abrían y cerraban con un suave mecanismo. Eran su tesoro. Su escaparate. Su esperanza.
La puerta volvió a abrirse.
Una mujer entrada en años, con el pelo cano recogido en un moño y un vestido oscuro pero limpio, entró con paso tranquilo. Llevaba una bolsa de tela en la mano y una sonrisa amable en la cara.
—Buenos días —dijo, mirando a ambos—. Hace un día precioso, ¿no?
—Buenos días, señora —respondió Kairós, levantándose—. ¿En qué podemos ayudarla?
La mujer se acercó al mostrador. Miró a Kairós un momento, luego a Liana, luego a los pájaros.
—Tú debes ser Liana, ¿verdad?
Liana parpadeó, sorprendida.
—Sí… sí, soy yo.
—Me lo imaginaba. —La mujer sonrió—. Tu fama ya corre por el barrio, pequeña.
Liana se sonrojó. Kairós arqueó una ceja.
—¿Nos conocemos, señora? —preguntó—. Perdone, pero no recuerdo…
—Ay, claro, perdona. —La mujer se rió—. Soy Greta. Greta Volden. Soy amiga de Elara. Bueno, era amiga. —Su sonrisa se atenuó un momento—. Ella me hablaba mucho de ti, Kairós. Decía que eras el mejor relojero de Ferren. Y cuando desapareció… bueno, no sabía si seguir viniendo. Pero al final, decidí hacerlo.
Kairós sintió un pequeño vacío en el pecho al oír el nombre de Elara. Pero asintió.
—Ella siempre fue muy buena conmigo. Con nosotros. —Señaló a Liana—. Cualquier cosa que necesite, señora Greta, aquí estamos.
—Pues justo por eso vengo. —Greta dejó la bolsa sobre el mostrador y se inclinó un poco—. Verás, el otro día fui a visitar a una amiga, la señora Hilda. ¿La conoces? Vive en la calle de las Acacias, cerca de la plaza.
Kairós negó con la cabeza.
—No, no creo…
—Bueno, da igual. El caso es que fui a visitarla, y cuando llegué, vi algo en su ventana que me llamó la atención. Un pajarito. Pequeño, de metal, con las alas que se movían. Precioso. —Los ojos de Greta se iluminaron—. Le pregunté dónde lo había conseguido, y ella me dijo que lo había comprado aquí. Que una niña, la aprendiz del relojero, se lo había vendido. O regalado, no sé bien. Pero que era de aquí.
Liana abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—¿La señora Hilda? —logró decir—. ¿Una señora mayor, con el pelo blanco y una voz muy suave?
—¡Esa misma! —Greta asintió—. Me enseñó el pajarito y me dijo: “Greta, tienes que ir a ese taller. La niña hace unas cosas preciosas.” Y aquí estoy.
Liana sintió que el corazón le daba un vuelco. Miró a Kairós. Él la miró a ella. Una pequeña sonrisa empezó a formarse en su rostro.
—Señora Greta —dijo Liana, con una voz que intentaba sonar profesional pero que le temblaba un poco—. ¿Le gustaría ver lo que tengo?
—Por eso vine, hija. Por eso vine.
Liana señaló los pájaros y las flores. Los había colocado con cuidado, cada uno en su pequeño soporte, para que se vieran lo mejor posible.
—Estos son los que tengo ahora —dijo—. Los pájaros tienen las alas móviles. Si sopla un poco, se mueven. Las flores, los pétalos se abren y cierran con un mecanismo muy sencillo. Puede probarlos si quiere.
Greta se acercó. Examinó cada pieza con atención. Sopló suavemente un gorrión y vio cómo las alas se movían. Tocó una margarita y los pétalos se cerraron.
—Son preciosos —dijo—. De verdad. ¿Y los haces tú sola?
—Sí, señora. Con piezas que encuentro. Restos, cosas que otros tiran. Nada especial.
—No te subestimes, hija. Esto es muy especial. —Greta señaló el colibrí—. Este. ¿Cuánto cuesta?
Liana tragó saliva. Había pensado en los precios, había calculado, había dudado. Pero ahora, con una clienta real delante, las palabras se le atascaban.
—Dos… dos monedas de plata —dijo al fin.
Greta arqueó una ceja.
—¿Dos?
—Sí. —Liana se apresuró a explicar—. Incluye el primer mantenimiento gratis. Si se estropea algo, si deja de moverse, me lo trae y lo arreglo sin cobrarle.
Kairós, a su lado, abrió los ojos como platos. ¿Mantenimiento gratis? ¿Eso se le había ocurrido a la cría?
Greta sonrió.
—Me parece un precio justo. Y el mantenimiento gratis es un detalle. —Sacó dos monedas de plata de su bolsa y las puso sobre el mostrador—. Me lo llevo.
Liana cogió las monedas con manos temblorosas. Las sostuvo un momento, sintiendo su peso, su frialdad, su realidad.
Eran suyas. Su primera venta.
—Un momento, señora —dijo, con la voz entrecortada—. Le doy algo.
Buscó en su cuaderno—el pequeño, el de los apuntes—y arrancó una hoja en blanco. Con su letra más cuidada, escribió:
—
Garantía de mantenimiento gratuito
Este colibrí mecánico, creado por Liana (aprendiz del taller Thornen), tiene derecho a un primer mantenimiento gratuito en caso de avería. Solo debe presentar este papel.
Válido por tiempo indefinido.
Firmado: Liana
—
Dobló el papel con cuidado y se lo tendió a Greta.
—Tome. Si algún día el pájaro deja de funcionar, si las alas se atascan o algo, viene con esto y lo arreglo. Sin coste.
Greta cogió el papel, lo leyó y sonrió.
—Eres una chica lista, ¿lo sabías?
—Mi jefe me enseña bien.
Kairós, que había estado observando toda la escena en silencio, sintió que una mezcla de orgullo y asombro le llenaba el pecho.
Greta guardó el colibrí en su bolsa con cuidado, como si fuera un tesoro.
—Volveré —dijo—. Y traeré a mis otras amigas. Ya verás.
Salió del taller. La campanilla tintineó a su espalda.
Silencio.
Liana se quedó quieta un momento, mirando las dos monedas de plata en su mano. Luego levantó la vista hacia Kairós.
—Lo… lo hice —susurró.
—Sí.
—Vendí uno.
—Sí.
—Mi primer…
No pudo terminar. Una sonrisa enorme le estalló en la cara, y antes de darse cuenta, estaba saltando en el sitio.
—¡LO HICE! ¡LO HICE! ¡LO HICE!
Kairós se rió. Una risa sincera, cálida.
—¡Liana, baja la voz!
—¡NO PUEDO! ¡ES MI PRIMERA VENTA! —Siguió saltando—. ¡Y LE DI GARANTÍA! ¡SE ME OCURRIÓ LO DE LA GARANTÍA!
—Ya vi, ya vi. —Kairós negó con la cabeza, pero la sonrisa no se le iba—. ¿De dónde sacaste esa idea?
—No sé. Salió sola. —Liana se detuvo, jadeando, pero con la sonrisa aún en la cara—. ¿Estuvo bien? ¿Hice bien?
—Liana. —Kairós se acercó y puso una mano en su hombro—. Hiciste más que bien. Hiciste algo que a mí nunca se me habría ocurrido. Una garantía. Eso da confianza. Eso hace que los clientes vuelvan.
—¿En serio?
—En serio. —La miró fijamente—. Eres más lista que yo, ¿lo sabías?
Liana se sonrojó.
—No es cierto.
—Sí es cierto. Y me alegro. Porque así la tienda va a crecer más rápido.
Liana se sentó en su silla, todavía con la sonrisa de oreja a oreja. Sacó su cuaderno—el pequeño, el de los apuntes—y anotó con su letra más clara:
Día 24 de Umbral. Venta: 1 colibrí mecánico a la señora Greta Volden. Precio: 2 monedas de plata. Primer mantenimiento gratis (garantía por escrito).
Leyó lo escrito una vez, dos veces. Luego cerró el cuaderno, cogió las dos monedas y fue hacia la caja registradora. La abrió con la llave que Kairós le había confiado, y metió las monedas dentro con el mismo cuidado con que otros guardarían joyas.
Cuando cerró la caja, Kairós la estaba mirando.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada. Solo… lo has hecho todo bien. Anotar, guardar el dinero, llevar el registro. —Negó con la cabeza, admirado—. Hay gente que lleva años en esto y no lo hace tan bien.
Liana se encogió de hombros, pero la sonrisa no se le iba.
—Es lo que me enseñaste.
—Pues te enseñé bien.
Volvió a su silla. Cogió su cuaderno otra vez. Pero antes de abrirlo, Kairós habló:
—Liana.
—¿Mmm?
—Lo de la garantía… ha sido genial. Pero hay algo más.
Ella levantó la vista.
—Al final del día, siempre te doy tu parte. El quince por ciento de las reparaciones, el cinco de los encargos, el setenta de tus creaciones. Ese es el trato.
Liana asintió.
—Pero esto… —Kairós señaló la caja—. Esto es especial. Es tu primera venta. Así que olvida el porcentaje por hoy. Las dos monedas son tuyas. Enteras. Quédate con ellas.
Liana abrió la boca. La cerró.
—¿Todas?
—Todas.
—Pero… el treinta por ciento para el taller…
—Eso es para las siguientes. Para las que vengan después. Pero la primera… la primera es solo tuya. Para que nunca olvides cómo se siente.
Liana se quedó mirándolo un momento. Luego, sin decir nada, abrió la caja otra vez, cogió las dos monedas, y se las guardó en el bolsillo. con cuidado, como quien guarda un tesoro.
—Kairós.
—¿Mmm?
—Gracias. Por confiar en mí. Por darme esta oportunidad. Por… todo.
Él la miró un momento.
—No me des las gracias. Gánalas.
—Las estoy ganando.
—Sí. —Sonrió—. Sí, las estás ganando.
Se quedaron en silencio un momento, cada uno en su sitio. El taller seguía con su tic-tac, su olor a metal y aceite, su luz gris de siempre.
Pero algo había cambiado.
Algo se había vuelto más brillante.
—Bueno —dijo Kairós—. A trabajar. Que esto no para.
Liana asintió. Volvió a su silla. Cogió su cuaderno y empezó a dibujar nuevos diseños.
Pero cada dos por tres, se llevaba la mano al bolsillo para tocar las monedas.
Para asegurarse de que no era un sueño.
No lo era.
—
La mañana avanzó entre clientes y ratos muertos.
Cuando no había nadie en la tienda—esos momentos de silencio que antes Kairós aprovechaba para ordenar herramientas o revisar encargos—él y Liana se sentaban juntos frente al mostrador y hablaban.
Habían empezado a hacerlo casi sin darse cuenta. Al principio eran comentarios sueltos sobre los clientes, sobre el tiempo, sobre las piezas. Pero pronto se convirtió en algo más.
—Mira —decía Liana, señalando un dibujo en su cuaderno—. Si la aguja de las horas tuviera forma de flor, y la de los minutos de pájaro…
—Tendrías que ajustar el equilibrio —respondía Kairós, cogiendo un lápiz—. Las agujas pesan diferente. Si una pesa más que la otra, el reloj se atrasa o se adelanta.
—¿Y si las hago del mismo material?
—Puede funcionar. Pero tendrías que probarlo. Los relojes son impredecibles.
Liana asentía, seria, y anotaba todo en su cuaderno.
A veces era Kairós quien empezaba.
—He estado pensando en lo de la marca —dijo esa mañana—. Si vamos a vender relojes exclusivos, necesitamos algo que los diferencie. No solo las agujas. Algo más.
—¿Como qué?
—No sé. Una firma. Un sello. Algo que diga “esto es de Thornen” sin necesidad de explicarlo.
Liana se quedó pensando un momento. Luego sus ojos se iluminaron detrás de las gafas rotas.
—Un logo —dijo—. Una marca propia de la tienda. Algo que pongamos en todos los relojes, en un sitio donde no se pueda quitar.
—¿Como un grabado?
—Sí, pero no solo en la tapa. La tapa se puede quitar, vender por separado, falsificar. —Liana negó con la cabeza—. Tiene que ser algo interno. Algo que solo nosotros sepamos que está ahí. Una pieza modificada. Un engranaje con una forma especial. Algo que si alguien intenta copiar, se note.
Kairós la miró con atención.
—¿Y qué propones?
Liana cogió su lápiz y empezó a dibujar.
—Mira. Podríamos tener un símbolo. Una imagen que identifique la marca. Podría ser una espada con una cruz, o un pájaro, o un conejo… —Dibujó varias opciones rápidas—. Pero a mí me gusta este.
Mostró el dibujo: un gato pequeño, con un ojo que era un engranaje de reloj.
—Un gato con ojo de reloj —dijo—. Queda bonito. Y es fácil de reconocer.
Kairós sonrió.
—Es original.
—Y luego —continuó Liana, cada vez más animada—, podríamos hacer relojes personalizados. Por encargo. Que el cliente nos diga qué quiere: un escudo familiar, un nombre, una fecha. Y nosotros lo incorporamos al diseño. Pero siempre, siempre, con nuestro sello oculto en algún sitio.
—¿Y cómo evitamos que falsifiquen ese sello?
Liana se quedó pensando. Mordió el lápiz—esa manía suya—y frunció el ceño.
—Esa es la parte difícil. Si es una pieza visible, la pueden copiar. Si es un grabado, lo pueden replicar. Tiene que ser algo… único. Algo que solo nosotros podamos hacer.
—Como un mecanismo especial —sugirió Kairós—. Un movimiento con una firma. Una forma de calibrar los engranajes que solo nosotros conozcamos.
—¿Eso se puede?
—Con años de práctica, sí. Pero llevaría tiempo. Y no sería fácil de detectar para el cliente.
Liana asintió, pensativa.
—Lo seguiré pensando —dijo—. Pero la idea del gato con ojo de reloj me gusta. Podríamos empezar con eso. Y mientras, buscar la pieza infalsificable.
—Me parece bien.
Ella sonrió y apuntó todo en su cuaderno.
Y así pasaban las horas. Entre cliente y cliente, entre reparación y reparación, construyendo un futuro que hasta hacía unos días ni siquiera habían imaginado.
Liana, mientras tanto, no se olvidaba de sus propias creaciones.
Los pájaros y las flores siguieron en el escaparate, esperando nuevos dueños. Pero ella ya pensaba en el siguiente paso. En el pájaro que cantaba la hora.
—Kairós —dijo en uno de esos ratos muertos—. Lo del pájaro que canta… ¿es posible?
Él la miró. Vio la ilusión en sus ojos, ese brillo que solo aparecía cuando hablaba de sus inventos.
—Depende —dijo—. De las piezas. Del mecanismo. Del espacio.
—Pero ¿es posible?
Kairós se recostó en la silla. La herida en el costado le recordó que no debía hacer movimientos bruscos, pero ya era tarde. Una punzada le recorrió el cuerpo. Apretó los dientes y disimuló.
—Sí —dijo—. Es posible.
Liana se inclinó hacia adelante.
—¿Cómo?
Kairós cogió un lápiz y un papel. Empezó a dibujar.
—Mira. Necesitas dos cosas. Una pieza que grabe la voz, y otra que la amplifique. La pieza que graba es especial. Es una especie de cristal pequeño. —Dibujó un óvalo—. Se conecta a un mecanismo, y mientras lo tocas con una herramienta, dices lo que vayas a grabar. La voz se queda ahí, almacenada.
—¿Como un recuerdo? —preguntó Liana.
—Algo así. Luego, cuando activas el mecanismo, el cristal reproduce lo que grabaste. La otra pieza—un pequeño altavoz, básicamente—amplifica el sonido para que se oiga bien.
Liana lo miraba con los ojos muy abiertos.
—¿Y puedo grabar lo que quiera?
—Casi. El cristal tiene capacidad limitada. Podrías grabar un canto de pájaro, o una frase corta. Pero si quisieras que cantara cada segundo… —negó con la cabeza—. Eso sería excesivo. Demasiado complicado. Demasiado caro.
—Pero para cantar la hora… una vez por hora… eso sí se puede.
—Sí. —Kairós dibujó un mecanismo más complejo—. Le pones un botón con giro. Giras para elegir el mensaje, tocas para grabarlo. Y para que se calle… dos toques rápidos. Así de simple.
Liana cogió el dibujo. Lo estudió con la misma atención con que estudiaba los relojes rotos.
—Es increíble —susurró—. El jefe es increíble.
Kairós sonrió.
—No soy increíble. Solo tengo más años que tú rompiéndome la cabeza con estos cacharros.
—Pero sabes de todo. Mecanismos, piezas, cristales… —Levantó la vista—. ¿Dónde aprendiste?
—En la calle. En el taller. Rompiendo cosas y arreglándolas. —Se encogió de hombros—. No hay otra forma.
Liana asintió. Iba a guardar el dibujo en su cuaderno, pero se detuvo. Sus ojos se quedaron fijos en el óvalo que representaba el cristal.
—Kairós —dijo lentamente—. Esta pieza… la que graba la voz.
—¿Qué pasa con ella?
—Dijiste que guarda la voz. La voz de quien graba, ¿no?
—Sí.
—Entonces… —Levantó la vista. Sus ojos verdes brillaban detrás de las gafas rotas—. El cristal se puede falsificar. Se puede conseguir otro igual. Pero la voz… la voz no.
Kairós se quedó quieto.
—¿Cómo?
—La voz es única. Como las huellas, como la cara. Nadie tiene la misma voz. —Liana se levantó de la silla, emocionada—. Si grabamos la voz del cliente en el cristal… si hacemos que el pájaro cante con la voz de su dueño, o con la voz de alguien que él quiera… ¡eso no se puede falsificar! Podrán copiar el cristal, podrán copiar el mecanismo, pero no podrán copiar la voz.
Kairós abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—Liana… eso es…
—¡Es perfecto! —Liana empezó a pasear alrededor del mostrador—. Cada pájaro tendría una voz única. La del cliente, la de su hijo, la de su esposa, la de su mascota. ¡Eso es imposible de falsificar! ¡Y además le da un valor sentimental! La gente pagaría mucho más por un pájaro que hable con la voz de alguien que quieren.
Kairós se quedó mirándola.
—Pero espera —dijo Liana, deteniéndose en seco—. Esto no es solo para los pájaros.
—¿Cómo?
—Para los relojes también. Para nuestra marca. —Se acercó al mostrador y cogió su cuaderno—. Mira. Cada reloj que vendamos, de nuestra marca, podría llevar un cristal escondido. Pequeño, diminuto, oculto en el mecanismo. Y cuando el cliente venga a comprarlo… podría grabar un mensaje. Su voz. O la voz de alguien importante para él.
—¿Y para qué?
—Para autenticarlo. —Liana hablaba cada vez más rápido—. Si alguien intenta falsificar nuestros relojes, podrán copiar el diseño, los grabados, las agujas con forma de pájaro. Pero no podrán copiar la voz. La voz del cliente. O mejor aún… —sus ojos se iluminaron—. Podríamos grabar nosotros también. Tú y yo. Una frase corta, algo como “Thornen Relojes, calidad y tradición”. O nuestras voces diciendo la hora. Algo que solo exista en ese reloj.
Kairós se quedó en silencio.
—¿Te das cuenta? —continuó Liana—. Si alguien intenta vender un reloj falso, bastaría con activar el cristal. Si la voz no es la nuestra, si la voz no es la del cliente… sabríamos que es una copia. Es infalsificable. Porque la voz no se puede replicar.
Kairós la miró un largo rato. Luego, muy despacio, una sonrisa empezó a formarse en su rostro.
—Liana —dijo—. Eres un genio.
—Ya me lo dijiste.
—Lo repito. Eres un genio. —Se levantó, a pesar del dolor, y puso una mano en su hombro—. Esto es más grande que los pájaros que cantan la hora. Esto es… es nuestra marca. Nuestro sello. Lo que nos hará únicos.
Liana se sonrojó.
—¿De verdad?
—De verdad. —Kairós señaló el dibujo—. Los grabados personalizados, los diseños únicos, el logo del gato con ojo de reloj… y ahora esto. La voz. El cristal con la voz del cliente. Y la nuestra, como garantía. Nadie podrá copiarnos.
Liana sonrió. Una sonrisa enorme, de esas que iluminan una habitación.
—¡Tenemos que hacerlo! —dijo—. Tenemos que conseguir esos cristales, tenemos que aprender a usarlos, tenemos que…
—Tranquila, tranquila. —Kairós se sentó otra vez, con cuidado—. Una cosa a la vez. Primero, conseguimos los cristales. Luego, aprendemos a usarlos. Luego, diseñamos los primeros prototipos. Luego…
—Luego conquistamos el mundo.
Kairós se rió.
—Eso, luego conquistamos el mundo.
Liana volvió a su silla, cogió el lápiz y empezó a escribir furiosamente en su cuaderno. Listas. Ideas. Dibujos. Números. Todo lo que se le ocurría.
Kairós la observó un momento. Luego, con cuidado de no hacer movimientos bruscos, se recostó en su silla.
El taller siguió su curso. Los clientes iban y venían. Los relojes, con sus tictacs, marcaban horas distintas.
Pero algo había cambiado.
Una idea había nacido.
Y esa idea, pensó Kairós, podía cambiarlo todo.
Por : Hanzonex
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 41 – El destino cambia.
La tarde caía sobre Ferren cuando Kairós se sentó en su silla, agotado pero satisfecho. Liana seguía en la suya, repasando sus notas, con ese brillo en los ojos que no se le había apagado en todo el día.
El Diario, en el bolsillo, llevaba horas en silencio. Kairós ya se había acostumbrado a sus ausencias—el libro tenía sus propios tiempos, sus propios humores. Pero cuando sintió el calor repentino en el costado, supo que algo pasaba.
—Oye —dijo la voz en su mente, más seria de lo habitual—. Deberías ver esto.
Kairós sacó el libro con disimulo. Lo abrió sobre el mostrador, donde Liana no pudiera ver.
La ficha apareció. Pero no completa. Solo una sección.
SUERTE: -1 (anteriormente -2)
Kairós parpadeó.
—¿Qué…?
No lo sé —respondió el Diario—. Acabo de notarlo. Ha cambiado. Sola. Sin avisar.
—¿La suerte puede cambiar?
Parece que sí. No lo sabía. No sabía que eso pasaba. —La tinta dudó un momento—. Pero aquí está. -1. Has mejorado.
Kairós se quedó mirando el número. Un punto. Solo un punto. Pero significaba algo. Algo había cambiado en su destino.
—¿Por qué? —susurró.
No tengo ni idea. Pero hay una descripción nueva. Pequeña. Dice…
La letra se hizo más pequeña:
“Tu destino ha cambiado. Las fuerzas que te rodean se han reajustado. No preguntes cómo. Solo acepta.”
Kairós negó con la cabeza.
—No entiendo.
Yo tampoco. Pero es bueno, ¿no? Menos suerte negativa. Eso significa…
—¿Menos malo? —lo interrumpió Kairós—. ¿O menos bueno? Si la suerte puede cambiar, también puede empeorar.
El Diario se quedó en silencio un momento. Luego, una risa corta apareció en la página.
JIJ. No lo había pensado. Si puede bajar de -2 a -1, también puede subir de -2 a -3. O más. Quién sabe. La suerte es una puta impredecible.
Kairós sonrió. Una sonrisa cansada, pero real.
—Supongo que es algo bueno. Ojalá.
Ojalá. Pero con tu historial, no me haría ilusiones.
—Gracias por el ánimo.
Para eso estoy.
Kairós cerró el libro y lo guardó. Liana, que había estado concentrada en sus dibujos, levantó la vista.
—¿Todo bien?
—Sí. Solo el libro haciendo de las suyas.
—¿El libro invisible?
—Ese mismo.
Liana asintió, como si eso fuera lo más normal del mundo. Luego volvió a sus apuntes.
—
El atardecer tiñó la calle de tonos anaranjados cuando Kairós miró el reloj de pared. Las seis y media. Hora de cerrar.
—Liana —dijo—. Trae tus notas.
Ella se levantó y se acercó al mostrador. Kairós abrió la caja, contó las monedas del día, y separó un pequeño montón.
—Tus ventas —dijo—. Las dos de la señora Greta son tuyas, enteras. Y de las reparaciones que ayudaste… —calculó rápido—. Ocho monedas de cobre. No es mucho, pero es tuyo.
Liana cogió el dinero con manos temblorosas. Lo guardó en su bolsillo, junto al cuaderno.
—Gracias —susurró.
—No me des las gracias. Gánalas.
—Las estoy ganando.
Kairós sonrió.
—Sí. Sí, las estás ganando.
Liana recogió sus cosas—el cuaderno, los lápices, el pájaro favorito que aún no había vendido—y se encaminó a la puerta.
—Hasta mañana, jefe.
—Hasta mañana, Liana. Ten cuidado.
—Siempre.
Salió. La campanilla tintineó.
El taller se quedó en silencio.
Kairós se levantó con cuidado, sintiendo cada herida, cada moretón. La pierna le dolía. El costado le ardía. Pero aún podía moverse.
Bajó al sótano.
Allí estaba Leinett. De pie frente a la pizarra, con una tiza en la mano, perdida en sus pensamientos. La pizarra estaba llena de palabras, fechas, conexiones. Thornen. Los Altos. Donación. Incendio. ¿Accidente? ¿Quién preguntó?
Kairós se quedó en la entrada, sin hacer ruido. La observó un momento. La concentración en su rostro. La forma en que mordía el labio mientras pensaba. La determinación en sus ojos.
Era su hermana. Y la quería.
Ella no lo vio. O no quiso verlo. Siguió escribiendo.
Kairós subió sin decir nada.
—
En la cocina, preparó una cena rápida. Pan, queso, un poco de verdura. Nada especial. Pero cuando Leinett subió del sótano y se sentó a la mesa, el silencio se llenó de palabras.
—¿Qué has descubierto? —preguntó Kairós.
Leinett dudó.
—Piezas. Conexiones. Nada sólido aún. Pero hay algo… algo que no encaja. Los Thornen eran importantes. Demasiado importantes para acabar en un incendio olvidado.
—¿Crees que no fue un accidente?
—No lo sé. Pero quiero averiguarlo.
Kairós asintió.
—Ten cuidado.
—Siempre.
Comieron en silencio un rato. Luego Leinett habló:
—Mañana vuelvo al trabajo. Turno normal. ¿Tú qué harás?
—Lo de siempre. Atender la tienda. Seguir con los encargos. Y… —dudó—. Entrenar.
Leinett lo miró. Vio la forma en que se movía, con cuidado. La cojera al levantarse. Las muecas de dolor al estirarse.
—Kairós. —Su voz era seria—. Deberías descansar. Al menos hoy. No vayas al Campo.
—Tengo que…
—Tienes que curarte. —Leinett dejó el tenedor—. Si sigues así, vas a reventar. Las heridas no se curan solas si no las dejas descansar.
—Usaré el sótano. —Kairós señaló abajo—. Solo movimientos básicos. Subir y bajar la espada. Cortes laterales. Nada de correr, nada de saltos.
Leinett lo miró mal. Esa mirada suya de “no me gusta pero sé que no voy a convencerte”.
—Eres un terco.
—Ya lo sé.
—Y un idiota.
—También.
Ella suspiró.
—Al menos no vayas muy lejos. Si te caes, que sea aquí, no en medio de la calle.
—Trato hecho.
Se rieron. Una risa pequeña, pero real.
Y entonces, lo oyeron.
Un murmullo. Lejano al principio, pero que fue creciendo. Voces. Gente hablando, discutiendo, llamándose. El sonido de pasos apresurados en la calle.
Kairós y Leinett se miraron.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—No sé.
Se levantaron y fueron a la ventana. La calle, antes tranquila, estaba llena de gente. Hombres, mujeres, algunos niños. Todos se agolpaban alrededor de un puesto donde un vendedor de periódicos voceaba algo que no alcanzaban a oír.
—Bajo —dijo Leinett.
Salió antes de que Kairós pudiera detenerla. Él la siguió, cojeando, bajando las escaleras lo más rápido que pudo.
Cuando llegó a la calle, Leinett ya estaba en el puesto. Cogió un periódico, pagó diez monedas de cobre—sin regatear, sin pensar—y volvió hacia él.
Su cara era un poema. Mezcla de confusión, miedo, incredulidad.
—Kairós —dijo—. Tienes que leer esto.
Le tendió el periódico.
El titular ocupaba toda la primera plana. Letras grandes, negras, amenazantes.
EL HISTORIADOR: TERRORISTA NACIONAL
Kairós sintió que la sangre se le helaba.
Leyó rápido. Los subtítulos:
“Ataca instalaciones de los Galenos en tres distritos simultáneamente”
“Asesinato en masa de 15 oficiales Cazadores en misión de contención”
“Se le atribuyen disturbios entre distritos y casos de locura selectiva”
“El Consejo de Síndromes ofrece recompensa: 500 monedas de sangre por su captura, 350 por su muerte”
Y más abajo, una descripción:
“Viste capa oscura, porta un símbolo de péndulo invertido (distinto al de los Galenos, que usan un péndulo recto en sus uniformes). Se le ha visto en las zonas de conflicto, siempre apareciendo y desapareciendo entre sombras. Se le considera extremadamente peligroso.”
Kairós dejó de leer.
—Quinientas monedas de sangre —susurró Leinett—. Eso es… es una fortuna. Es más dinero del que existe en Ferren.
—Lo sé.
Kairós miró hacia la puerta por donde Liana había salido. La cría estaba a salvo, en su guarida. Por ahora.
—¿Y el péndulo invertido? ¿No es el mismo símbolo que viste en el callejón? ¿El del hombre que te siguió?
Kairós asintió. No podía hablar.
El Historiador. El que le había hablado en el vacío blanco. El que le había dado la moneda. El que le había dicho “soy el dios de este mundo”.
Ahora era un terrorista. Un asesino. Un enemigo público.
—Kairós —dijo Leinett, en voz baja—. ¿Tú… tú tienes algo que ver con él?
—No. —La palabra salió firme—. No. Solo me habló. Nada más.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Pero en su interior, una duda crecía. La moneda. La nota de 15-17. La reunión en el Almacén 7.
¿Y si todo estaba conectado? ¿Y si él, sin saberlo, ya era parte de algo más grande?
Se tocó el bolsillo donde guardaba el Diario. La suerte había cambiado hoy. ¿Casualidad? ¿O el universo reajustándose antes de la tormenta?
Leinett lo miró un largo rato. Luego asintió.
—Vale. Te creo. —Guardó el periódico—. Pero ten cuidado. Si ese tipo anda suelto… si los Galenos lo buscan… cualquiera que haya tenido contacto con él puede estar en peligro.
—Lo sé.
Volvieron al taller. Subieron las escaleras en silencio.
La noche cayó sobre Ferren.
Y en algún lugar, muy lejos, El Historiador sonreía.
—-
Horas antes.
El vehículo blindado se detuvo en seco. Las puertas traseras se abrieron de golpe y la luz del mediodía—cruda, blanca, implacable—cegó a los ocupantes por un instante.
Valius parpadeó. Ajustó la visera. Y vio la grieta.
Estaba a quinientos metros, al final de un camino de tierra que se perdía entre maleza y árboles retorcidos. No era como las que había visto antes. Esta era diferente. Más grande. Más… antigua. Sus bordes vibraban con una luz tenue, y el aire a su alrededor parecía más denso, más pesado.
El capitán Veldt bajó del vehículo con una tableta en la mano. Los datos del análisis preliminar parpadeaban en la pantalla.
—Escuadrón, formación de análisis —ordenó—. Quiero lecturas completas en cinco minutos.
Los hombres se desplegaron con la precisión de un mecanismo bien engrasado. Tres de ellos sacaron unos dispositivos que parecían estetoscopios de latón, pero más grandes, más complejos. Los acercaron a la grieta. Las agujas bailaron. Los números saltaron.
—Grado de amenaza: alto —informó uno—. Múltiples firmas de Grado III. Al menos cinco. Posiblemente un Grado IV en el fondo.
—¿Estructura?
—Estable. Tipo selva crepuscular. Probablemente un ecosistema cerrado. Los informes hablan de… —consultó el dispositivo—. Vegetación agresiva. Fauna Disonante variada. Epsilons, Deltas, Gammas. Y los Grados III en el núcleo.
Veldt asintió. No parecía sorprendido.
—Protocolo de entrada. Escuadrón Alfa, punta de lanza. Beta, flanqueo. Gamma, contención. —Miró a los tres hombres con los rifles prototipo—. Ustedes, cobertura aérea. Si algo vuela, lo derriban.
—¿Las Quimeras? —preguntó Valius.
Veldt señaló el vehículo blindado, todavía cerrado.
—Esperarán. Si hay un Grado IV, las necesitaremos frescas.
Valius tragó saliva. Las Quimeras. Siempre las Quimeras.
—¡Movimiento! —gritó Veldt.
Entraron.
—
El otro lado era… hermoso.
Valius no esperaba eso. Había estado en grietas antes—oscuras, retorcidas, opresivas. Pero esta era diferente. El cielo tenía un tono violeta, con dos lunas pequeñas colgando en lo alto. La vegetación era densa pero no amenazante: árboles altos, de troncos plateados, con hojas que brillaban con una luz propia. El aire olía a humedad y a algo dulce, como flores desconocidas.
—Bonito —murmuró Gof a su lado.
—Demasiado bonito —respondió Valius—. Las trampas siempre lo son.
Avanzaron.
Los primeros Epsilons aparecieron a los pocos minutos. Pequeños, rápidos, numerosos. Los hombres del escuadrón Alfa los barrieron sin esfuerzo. Los rifles de energía—esos prototipos—dispararon ráfagas precisas que desintegraban a las criaturas antes de que pudieran acercarse.
—Firmas de Delta a la izquierda —informó un explorador.
—Beta, flanqueo —ordenó Veldt.
Los Deltas eran más grandes, más lentos, pero más peligrosos. Lanzaban proyectiles de materia corrosiva. Los hombres de Beta los esquivaron con la práctica de años, y los rifles prototipo los abatieron uno a uno.
Valius observaba todo con una mezcla de orgullo y aprensión. Su escuadrón era bueno. Muy bueno. Llevaban años entrenando juntos, años cazando, años sobreviviendo.
Pero algo no iba bien.
—Demasiado fácil —murmuró.
—¿Qué? —preguntó Gof.
—Demasiado fácil. Los Epsilons, los Deltas… caen como moscas. Pero los informes decían que esto era difícil. Muy difícil.
—Quizás sobrestimaron…
—No. —Valius negó con la cabeza—. Los analistas no se equivocan así. Hay algo aquí. Algo que no hemos visto.
Siguieron avanzando.
Los Gammas aparecieron al cruzar un claro. Eran más listos que los otros. Se movían en grupo, coordinados, usando la vegetación como cobertura. Los hombres del escuadrón tuvieron que desplegarse, usar tácticas más complejas.
Pero seguían cayendo.
—Gamma neutralizado —informó un soldado.
—Otro Gamma, sector este.
—Cubierto.
Valius contó. Cinco Gammas. Todos muertos o incapacitados. Su escuadrón no había sufrido ni una baja.
—Demasiado fácil —repitió.
Llegaron al núcleo.
Era una estructura natural—un círculo de árboles gigantes, con un altar de piedra en el centro. Sobre el altar, tres criaturas. Grados III. Grandes, imponentes, con una presencia que helaba la sangre.
—Grados III —dijo Veldt—. Tres. Vamos a necesitar a las Quimeras.
—Espere —dijo Valius.
—¿Qué?
—Mire. No se mueven. Están… quietas. Como si esperaran algo.
Veldt observó. Era cierto. Las tres criaturas—bestias de cuatro metros, con piel escamada y ojos que brillaban en la penumbra—estaban inmóviles. Mirando al frente. Mirando… hacia ellos.
—Es una trampa —susurró Valius.
El suelo tembló.
Algo surgió del altar. No una criatura. Una figura. Humana. Vestida de negro. Con una capa que ondeaba sin viento. Y en el pecho, un símbolo: un péndulo invertido.
El Historiador.
—Saludos, soldados de Darsalia —dijo, con una voz que no venía de su boca, sino de todas partes—. Les agradezco que hayan venido. Me ahorran el trabajo de buscarlos.
Veldt no dudó.
—¡Fuego!
Los rifles prototipo dispararon. Las ráfagas de energía atravesaron la figura…
Y pasaron de largo.
El Historiador sonrió.
—Ilusiones. Qué fáciles de engañar son los que solo confían en sus ojos.
Miró hacia el vehículo de las Quimeras. Por un instante, algo brilló en su mirada. Casi… interés.
Las tres criaturas de Grado III se movieron.
Y todo se desató.
Por: Hanzonex
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