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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 42

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Capítulo 42: Capítulo 41 – El destino cambia.

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 41 – El destino cambia.

La tarde caía sobre Ferren cuando Kairós se sentó en su silla, agotado pero satisfecho. Liana seguía en la suya, repasando sus notas, con ese brillo en los ojos que no se le había apagado en todo el día.

El Diario, en el bolsillo, llevaba horas en silencio. Kairós ya se había acostumbrado a sus ausencias—el libro tenía sus propios tiempos, sus propios humores. Pero cuando sintió el calor repentino en el costado, supo que algo pasaba.

—Oye —dijo la voz en su mente, más seria de lo habitual—. Deberías ver esto.

Kairós sacó el libro con disimulo. Lo abrió sobre el mostrador, donde Liana no pudiera ver.

La ficha apareció. Pero no completa. Solo una sección.

SUERTE: -1 (anteriormente -2)

Kairós parpadeó.

—¿Qué…?

No lo sé —respondió el Diario—. Acabo de notarlo. Ha cambiado. Sola. Sin avisar.

—¿La suerte puede cambiar?

Parece que sí. No lo sabía. No sabía que eso pasaba. —La tinta dudó un momento—. Pero aquí está. -1. Has mejorado.

Kairós se quedó mirando el número. Un punto. Solo un punto. Pero significaba algo. Algo había cambiado en su destino.

—¿Por qué? —susurró.

No tengo ni idea. Pero hay una descripción nueva. Pequeña. Dice…

La letra se hizo más pequeña:

“Tu destino ha cambiado. Las fuerzas que te rodean se han reajustado. No preguntes cómo. Solo acepta.”

Kairós negó con la cabeza.

—No entiendo.

Yo tampoco. Pero es bueno, ¿no? Menos suerte negativa. Eso significa…

—¿Menos malo? —lo interrumpió Kairós—. ¿O menos bueno? Si la suerte puede cambiar, también puede empeorar.

El Diario se quedó en silencio un momento. Luego, una risa corta apareció en la página.

JIJ. No lo había pensado. Si puede bajar de -2 a -1, también puede subir de -2 a -3. O más. Quién sabe. La suerte es una puta impredecible.

Kairós sonrió. Una sonrisa cansada, pero real.

—Supongo que es algo bueno. Ojalá.

Ojalá. Pero con tu historial, no me haría ilusiones.

—Gracias por el ánimo.

Para eso estoy.

Kairós cerró el libro y lo guardó. Liana, que había estado concentrada en sus dibujos, levantó la vista.

—¿Todo bien?

—Sí. Solo el libro haciendo de las suyas.

—¿El libro invisible?

—Ese mismo.

Liana asintió, como si eso fuera lo más normal del mundo. Luego volvió a sus apuntes.

—

El atardecer tiñó la calle de tonos anaranjados cuando Kairós miró el reloj de pared. Las seis y media. Hora de cerrar.

—Liana —dijo—. Trae tus notas.

Ella se levantó y se acercó al mostrador. Kairós abrió la caja, contó las monedas del día, y separó un pequeño montón.

—Tus ventas —dijo—. Las dos de la señora Greta son tuyas, enteras. Y de las reparaciones que ayudaste… —calculó rápido—. Ocho monedas de cobre. No es mucho, pero es tuyo.

Liana cogió el dinero con manos temblorosas. Lo guardó en su bolsillo, junto al cuaderno.

—Gracias —susurró.

—No me des las gracias. Gánalas.

—Las estoy ganando.

Kairós sonrió.

—Sí. Sí, las estás ganando.

Liana recogió sus cosas—el cuaderno, los lápices, el pájaro favorito que aún no había vendido—y se encaminó a la puerta.

—Hasta mañana, jefe.

—Hasta mañana, Liana. Ten cuidado.

—Siempre.

Salió. La campanilla tintineó.

El taller se quedó en silencio.

Kairós se levantó con cuidado, sintiendo cada herida, cada moretón. La pierna le dolía. El costado le ardía. Pero aún podía moverse.

Bajó al sótano.

Allí estaba Leinett. De pie frente a la pizarra, con una tiza en la mano, perdida en sus pensamientos. La pizarra estaba llena de palabras, fechas, conexiones. Thornen. Los Altos. Donación. Incendio. ¿Accidente? ¿Quién preguntó?

Kairós se quedó en la entrada, sin hacer ruido. La observó un momento. La concentración en su rostro. La forma en que mordía el labio mientras pensaba. La determinación en sus ojos.

Era su hermana. Y la quería.

Ella no lo vio. O no quiso verlo. Siguió escribiendo.

Kairós subió sin decir nada.

—

En la cocina, preparó una cena rápida. Pan, queso, un poco de verdura. Nada especial. Pero cuando Leinett subió del sótano y se sentó a la mesa, el silencio se llenó de palabras.

—¿Qué has descubierto? —preguntó Kairós.

Leinett dudó.

—Piezas. Conexiones. Nada sólido aún. Pero hay algo… algo que no encaja. Los Thornen eran importantes. Demasiado importantes para acabar en un incendio olvidado.

—¿Crees que no fue un accidente?

—No lo sé. Pero quiero averiguarlo.

Kairós asintió.

—Ten cuidado.

—Siempre.

Comieron en silencio un rato. Luego Leinett habló:

—Mañana vuelvo al trabajo. Turno normal. ¿Tú qué harás?

—Lo de siempre. Atender la tienda. Seguir con los encargos. Y… —dudó—. Entrenar.

Leinett lo miró. Vio la forma en que se movía, con cuidado. La cojera al levantarse. Las muecas de dolor al estirarse.

—Kairós. —Su voz era seria—. Deberías descansar. Al menos hoy. No vayas al Campo.

—Tengo que…

—Tienes que curarte. —Leinett dejó el tenedor—. Si sigues así, vas a reventar. Las heridas no se curan solas si no las dejas descansar.

—Usaré el sótano. —Kairós señaló abajo—. Solo movimientos básicos. Subir y bajar la espada. Cortes laterales. Nada de correr, nada de saltos.

Leinett lo miró mal. Esa mirada suya de “no me gusta pero sé que no voy a convencerte”.

—Eres un terco.

—Ya lo sé.

—Y un idiota.

—También.

Ella suspiró.

—Al menos no vayas muy lejos. Si te caes, que sea aquí, no en medio de la calle.

—Trato hecho.

Se rieron. Una risa pequeña, pero real.

Y entonces, lo oyeron.

Un murmullo. Lejano al principio, pero que fue creciendo. Voces. Gente hablando, discutiendo, llamándose. El sonido de pasos apresurados en la calle.

Kairós y Leinett se miraron.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—No sé.

Se levantaron y fueron a la ventana. La calle, antes tranquila, estaba llena de gente. Hombres, mujeres, algunos niños. Todos se agolpaban alrededor de un puesto donde un vendedor de periódicos voceaba algo que no alcanzaban a oír.

—Bajo —dijo Leinett.

Salió antes de que Kairós pudiera detenerla. Él la siguió, cojeando, bajando las escaleras lo más rápido que pudo.

Cuando llegó a la calle, Leinett ya estaba en el puesto. Cogió un periódico, pagó diez monedas de cobre—sin regatear, sin pensar—y volvió hacia él.

Su cara era un poema. Mezcla de confusión, miedo, incredulidad.

—Kairós —dijo—. Tienes que leer esto.

Le tendió el periódico.

El titular ocupaba toda la primera plana. Letras grandes, negras, amenazantes.

EL HISTORIADOR: TERRORISTA NACIONAL

Kairós sintió que la sangre se le helaba.

Leyó rápido. Los subtítulos:

“Ataca instalaciones de los Galenos en tres distritos simultáneamente”

“Asesinato en masa de 15 oficiales Cazadores en misión de contención”

“Se le atribuyen disturbios entre distritos y casos de locura selectiva”

“El Consejo de Síndromes ofrece recompensa: 500 monedas de sangre por su captura, 350 por su muerte”

Y más abajo, una descripción:

“Viste capa oscura, porta un símbolo de péndulo invertido (distinto al de los Galenos, que usan un péndulo recto en sus uniformes). Se le ha visto en las zonas de conflicto, siempre apareciendo y desapareciendo entre sombras. Se le considera extremadamente peligroso.”

Kairós dejó de leer.

—Quinientas monedas de sangre —susurró Leinett—. Eso es… es una fortuna. Es más dinero del que existe en Ferren.

—Lo sé.

Kairós miró hacia la puerta por donde Liana había salido. La cría estaba a salvo, en su guarida. Por ahora.

—¿Y el péndulo invertido? ¿No es el mismo símbolo que viste en el callejón? ¿El del hombre que te siguió?

Kairós asintió. No podía hablar.

El Historiador. El que le había hablado en el vacío blanco. El que le había dado la moneda. El que le había dicho “soy el dios de este mundo”.

Ahora era un terrorista. Un asesino. Un enemigo público.

—Kairós —dijo Leinett, en voz baja—. ¿Tú… tú tienes algo que ver con él?

—No. —La palabra salió firme—. No. Solo me habló. Nada más.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Pero en su interior, una duda crecía. La moneda. La nota de 15-17. La reunión en el Almacén 7.

¿Y si todo estaba conectado? ¿Y si él, sin saberlo, ya era parte de algo más grande?

Se tocó el bolsillo donde guardaba el Diario. La suerte había cambiado hoy. ¿Casualidad? ¿O el universo reajustándose antes de la tormenta?

Leinett lo miró un largo rato. Luego asintió.

—Vale. Te creo. —Guardó el periódico—. Pero ten cuidado. Si ese tipo anda suelto… si los Galenos lo buscan… cualquiera que haya tenido contacto con él puede estar en peligro.

—Lo sé.

Volvieron al taller. Subieron las escaleras en silencio.

La noche cayó sobre Ferren.

Y en algún lugar, muy lejos, El Historiador sonreía.

—-

Horas antes.

El vehículo blindado se detuvo en seco. Las puertas traseras se abrieron de golpe y la luz del mediodía—cruda, blanca, implacable—cegó a los ocupantes por un instante.

Valius parpadeó. Ajustó la visera. Y vio la grieta.

Estaba a quinientos metros, al final de un camino de tierra que se perdía entre maleza y árboles retorcidos. No era como las que había visto antes. Esta era diferente. Más grande. Más… antigua. Sus bordes vibraban con una luz tenue, y el aire a su alrededor parecía más denso, más pesado.

El capitán Veldt bajó del vehículo con una tableta en la mano. Los datos del análisis preliminar parpadeaban en la pantalla.

—Escuadrón, formación de análisis —ordenó—. Quiero lecturas completas en cinco minutos.

Los hombres se desplegaron con la precisión de un mecanismo bien engrasado. Tres de ellos sacaron unos dispositivos que parecían estetoscopios de latón, pero más grandes, más complejos. Los acercaron a la grieta. Las agujas bailaron. Los números saltaron.

—Grado de amenaza: alto —informó uno—. Múltiples firmas de Grado III. Al menos cinco. Posiblemente un Grado IV en el fondo.

—¿Estructura?

—Estable. Tipo selva crepuscular. Probablemente un ecosistema cerrado. Los informes hablan de… —consultó el dispositivo—. Vegetación agresiva. Fauna Disonante variada. Epsilons, Deltas, Gammas. Y los Grados III en el núcleo.

Veldt asintió. No parecía sorprendido.

—Protocolo de entrada. Escuadrón Alfa, punta de lanza. Beta, flanqueo. Gamma, contención. —Miró a los tres hombres con los rifles prototipo—. Ustedes, cobertura aérea. Si algo vuela, lo derriban.

—¿Las Quimeras? —preguntó Valius.

Veldt señaló el vehículo blindado, todavía cerrado.

—Esperarán. Si hay un Grado IV, las necesitaremos frescas.

Valius tragó saliva. Las Quimeras. Siempre las Quimeras.

—¡Movimiento! —gritó Veldt.

Entraron.

—

El otro lado era… hermoso.

Valius no esperaba eso. Había estado en grietas antes—oscuras, retorcidas, opresivas. Pero esta era diferente. El cielo tenía un tono violeta, con dos lunas pequeñas colgando en lo alto. La vegetación era densa pero no amenazante: árboles altos, de troncos plateados, con hojas que brillaban con una luz propia. El aire olía a humedad y a algo dulce, como flores desconocidas.

—Bonito —murmuró Gof a su lado.

—Demasiado bonito —respondió Valius—. Las trampas siempre lo son.

Avanzaron.

Los primeros Epsilons aparecieron a los pocos minutos. Pequeños, rápidos, numerosos. Los hombres del escuadrón Alfa los barrieron sin esfuerzo. Los rifles de energía—esos prototipos—dispararon ráfagas precisas que desintegraban a las criaturas antes de que pudieran acercarse.

—Firmas de Delta a la izquierda —informó un explorador.

—Beta, flanqueo —ordenó Veldt.

Los Deltas eran más grandes, más lentos, pero más peligrosos. Lanzaban proyectiles de materia corrosiva. Los hombres de Beta los esquivaron con la práctica de años, y los rifles prototipo los abatieron uno a uno.

Valius observaba todo con una mezcla de orgullo y aprensión. Su escuadrón era bueno. Muy bueno. Llevaban años entrenando juntos, años cazando, años sobreviviendo.

Pero algo no iba bien.

—Demasiado fácil —murmuró.

—¿Qué? —preguntó Gof.

—Demasiado fácil. Los Epsilons, los Deltas… caen como moscas. Pero los informes decían que esto era difícil. Muy difícil.

—Quizás sobrestimaron…

—No. —Valius negó con la cabeza—. Los analistas no se equivocan así. Hay algo aquí. Algo que no hemos visto.

Siguieron avanzando.

Los Gammas aparecieron al cruzar un claro. Eran más listos que los otros. Se movían en grupo, coordinados, usando la vegetación como cobertura. Los hombres del escuadrón tuvieron que desplegarse, usar tácticas más complejas.

Pero seguían cayendo.

—Gamma neutralizado —informó un soldado.

—Otro Gamma, sector este.

—Cubierto.

Valius contó. Cinco Gammas. Todos muertos o incapacitados. Su escuadrón no había sufrido ni una baja.

—Demasiado fácil —repitió.

Llegaron al núcleo.

Era una estructura natural—un círculo de árboles gigantes, con un altar de piedra en el centro. Sobre el altar, tres criaturas. Grados III. Grandes, imponentes, con una presencia que helaba la sangre.

—Grados III —dijo Veldt—. Tres. Vamos a necesitar a las Quimeras.

—Espere —dijo Valius.

—¿Qué?

—Mire. No se mueven. Están… quietas. Como si esperaran algo.

Veldt observó. Era cierto. Las tres criaturas—bestias de cuatro metros, con piel escamada y ojos que brillaban en la penumbra—estaban inmóviles. Mirando al frente. Mirando… hacia ellos.

—Es una trampa —susurró Valius.

El suelo tembló.

Algo surgió del altar. No una criatura. Una figura. Humana. Vestida de negro. Con una capa que ondeaba sin viento. Y en el pecho, un símbolo: un péndulo invertido.

El Historiador.

—Saludos, soldados de Darsalia —dijo, con una voz que no venía de su boca, sino de todas partes—. Les agradezco que hayan venido. Me ahorran el trabajo de buscarlos.

Veldt no dudó.

—¡Fuego!

Los rifles prototipo dispararon. Las ráfagas de energía atravesaron la figura…

Y pasaron de largo.

El Historiador sonrió.

—Ilusiones. Qué fáciles de engañar son los que solo confían en sus ojos.

Miró hacia el vehículo de las Quimeras. Por un instante, algo brilló en su mirada. Casi… interés.

Las tres criaturas de Grado III se movieron.

Y todo se desató.

Por: Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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