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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 43

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Capítulo 43: Capítulo 42 – El peso de los dioses.

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 42 – El peso de los dioses.

El caos era hermoso.

El Historiador lo observaba todo desde el centro del torbellino, inmóvil, con esa calma que solo dan los siglos. A su alrededor, las tres criaturas de Grado III—bestias escamadas de cuatro metros, con garras que podían partir el acero—se abalanzaban sobre los soldados. Los hombres del escuadrón gritaban, disparaban, morían.

Y él sonreía.

—Qué preciosos —murmuró, viendo cómo una de las bestias partía en dos a un Cazador—. Qué efímeros.

Una bala de energía le atravesó el pecho.

No se inmutó. El agujero humeó un instante, y luego la carne—o lo que fuera que tuviera debajo de la piel—empezó a reconfigurarse. Tejido nuevo, más oscuro, más denso. En tres segundos, no quedaba rastro.

El soldado que había disparado abrió los ojos como platos.

—¿Qué…?

El Historiador lo miró. Una fracción de segundo. Luego apartó la vista. No valía la pena.

—Ilusiones —dijo, como si hablara consigo mismo—. Siempre confiando en ilusiones.

Otra criatura—el Grado IV, una mole de seis metros que había surgido del altar—embistió contra él. Sus brazos, cada uno del tamaño de un hombre, barrieron el espacio donde estaba.

Ya no estaba.

Apareció tres metros más allá, con la misma sonrisa.

—Torpe —comentó—. Como todos.

Las Quimeras entraron en escena.

Eran tres. Habían salido de su vehículo blindado como sombras liberadas. Sus cuerpos, antes humanos, eran ahora alargados, deformes, con extremidades que no acababan de encajar. Sus ojos—o lo que quedaba de ellos—brillaban con una luz fría y vacía. Sus máscaras, doradas, mostraban muecas de dolor eterno.

Se movían en silencio. Rápidas. Letales.

Una de ellas se lanzó contra un Grado III. La criatura rugió. La Quimera no. Solo atacó. Una y otra vez. Sin descanso. Sin piedad.

El Historiador las observó. Y por primera vez, su sonrisa se torció.

No era una sonrisa de placer. Era otra cosa. Algo más oscuro. Algo que podría confundirse con dolor.

—Mira esto —dijo en voz alta, aunque nadie parecía escucharlo—. Mira lo que hacen con los nuestros.

Esquivó un ataque del Grado IV sin mirar. Su cuerpo se movió solo, como si la bestia se moviera en cámara lenta.

—Los capturan —continuó, mientras una bala de energía le atravesaba el hombro y la herida se cerraba al instante—. Los reeducan. Los vacían. Y luego los sueltan como… esto. —Señaló a las Quimeras—. Ni monstruos ni humanos. Solo herramientas.

Otra Quimera cayó sobre él. Sus brazos—demasiado largos, demasiado delgados—buscaron su cuello.

El Historiador los atrapó. Con una mano. Como quien atrapa una mosca.

La Quimera se quedó quieta. Sus ojos vacíos parpadearon. Una vez. Dos veces. Algo parecido al miedo cruzó su rostro deforme.

—Mírate —dijo El Historiador. Su voz había cambiado. Ya no era la burla de antes. Era algo más íntimo. Más dolido—. Mírate bien. Fuiste alguien. Tuviste un nombre. Una familia. Sueños. Gente que te quería. —Apretó el brazo de la Quimera con más fuerza—. Y ahora… ahora solo existes para obedecer. Para matar. Para morir.

La Quimera tembló. Un temblor leve, casi imperceptible. Pero estaba ahí.

—¿Te acuerdas? —preguntó El Historiador, inclinándose hacia ella. Su voz era baja, pero clara. No hablaba para los soldados. Hablaba para ella. Para la criatura que tenía enfrente—. ¿Te acuerdas de quién eras antes de que te convirtieran en esto?

Silencio.

La Quimera no respondió. No podía. Su mente era un páramo donde solo quedaban órdenes.

Pero sus ojos… sus ojos, por un instante, parecieron enfocar algo más allá del vacío.

El Historiador sostuvo su mirada.

—Ellos —dijo, señalando a los soldados sin soltarla—. Los Galenos. ¿Crees que te salvaron? ¿Crees que te dieron una segunda oportunidad? —Negó con la cabeza—. Te robaron. Te robaron tu nombre, tu historia, tu humanidad. Te convirtieron en esto. En un monstruo al servicio de otros monstruos.

Los soldados, los que aún podían, lo miraban sin atreverse a intervenir. El Grado IV seguía inconsciente en el suelo. Los Grados III, heridos, se arrastraban en la maleza.

—Y no solo a ti —continuó El Historiador, alzando la voz para que todos lo oyeran—. A todos. ¿Por qué creen que los Disonantes asolan sus ciudades? ¿Por qué creen que la gente desaparece? ¿Por qué creen que tienen que vivir con miedo, encerrados, controlados?

Se giró hacia los soldados. Sus ojos—esos ojos que habían visto milenios—se clavaron en ellos.

—Porque los Galenos lo permiten. Porque los necesitan. —Su voz se hizo más fuerte, más acusadora—. Necesitan que tengan miedo. Necesitan que dependan de ellos. Necesitan que acepten cualquier cosa, cualquier sacrificio, con tal de sentirse a salvo.

El capitán Veldt, malherido pero vivo, se incorporó como pudo.

—No… no sabes de lo que hablas —dijo, la voz entrecortada.

—¿No? —El Historiador sonrió. Una sonrisa triste—. He visto más que tú, soldado. He visto cómo crean las Fisuras. He visto cómo cultivan el miedo. He visto cómo capturan a los tuyos—a los iluminados, a los que son como tú y como yo—y los convierten en esto.

Señaló a las Quimeras.

—Ellos también fueron iluminados. También tuvieron poder. También pudieron haber luchado, haber elegido. Pero los Galenos no les dieron opción. Los atraparon, los reeducaron, los vaciaron. Y ahora son sus perros de caza.

Uno de los soldados, un joven apenas salido de la academia, murmuró:

—Mi primo era uno de ellos. No usaba su poder para el mal. Solo quería vivir en paz. Los Galenos le dieron a elegir: alistarse o ser recluido. Dijo que no. Y ahora… ahora es una de esas cosas.

El Historiador lo miró. Por un instante, algo brilló en sus ojos. ¿Sorpresa? ¿Dolor?

—No todos eligen —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. Pero a los que se resisten… también los convierten. Tarde o temprano. Esa es la verdad que no cuentan.

Veldt negó con la cabeza.

—Nosotros… nosotros solo seguimos órdenes. Solo hacemos lo que debemos. Para proteger a la gente. Para…

—¿Para proteger? —El Historiador lo interrumpió—. ¿Proteger de qué? ¿De los monstruos que ustedes mismos crean? ¿De los iluminados que ustedes mismos persiguen? —Suspiró—. No sabes, soldado. No sabes nada. Y no es tu culpa. Te han enseñado a no saber. Te han enseñado a obedecer. A matar. A morir.

Veldt apretó la mandíbula.

—Y aunque fuera cierto —dijo—. Aunque los Galenos fueran todo eso… ¿qué podemos hacer nosotros? Somos soldados. No elegimos. Solo obedecemos.

El Historiador lo miró un largo rato. Luego asintió.

—Lo sé. Por eso no he venido a matarlos. —Sonrió—. He venido a mostrarles. A mostrarles la verdad. Aunque no puedan verla. Aunque no quieran verla.

Soltó a la Quimera. La criatura cayó al suelo, temblando.

—Pero a estas —dijo, señalando a las tres—. A estas no puedo dejarlas así.

El capitán Veldt, malherido pero con los ojos ardientes, se incorporó como pudo.

—No te atrevas —gruñó—. Esos… esos eran monstruos. Asesinos. Violadores. Gente que usó su poder para sembrar el caos. Los Galenos les dieron una segunda oportunidad. Ahora al menos sirven a la humanidad.

El Historiador lo miró con una tristeza infinita.

—¿Una segunda oportunidad? —repitió, casi con suavidad—. Les robaron todo lo que eran y los convirtieron en herramientas. Eso no es una oportunidad. Es una condena perpetua.

Veldt escupió sangre.

—Y tú, ¿qué les ofreces? ¿La muerte? ¿Eso es mejor?

El Historiador no respondió. Pero sus ojos… sus ojos tenían algo que nadie había visto antes. Duda.

Las tres Quimeras lo miraron. En sus ojos vacíos, por un instante, algo brilló. Miedo, quizás. O reconocimiento.

El Historiador levantó una mano.

Tres destellos. Tres cuerpos que cayeron.

No gritaron. No tuvieron tiempo.

Gof, desde el suelo, susurró:

—Las mató. Las liberó, dice. Pero… ¿y si ellas no querían ser liberadas? ¿Y si preferían existir, aunque fuera así?

Valius no respondió. No sabía qué pensar.

Cuando el polvo se asentó, los cuerpos de las Quimeras yacían inertes. Ya no se movían. Ya no temblaban. Ya no sufrían.

Silencio.

Los soldados, los que quedaban, miraban la escena sin comprender. Veldt, apoyado en un árbol, respiraba con dificultad. Valius, desde el suelo, observaba con una mezcla de horror y fascinación.

El Historiador se acercó a los restos. Entre los cuerpos de las Quimeras, algo brillaba. Un cristal. Pequeño. Rojo. Como una gota de sangre solidificada.

Se arrodilló.

Lo cogió con una lentitud que no había mostrado antes. Sus dedos—esos dedos que habían matado sin esfuerzo, que habían esquivado siglos de ataques—temblaron ligeramente al sostenerlo.

Lo levantó. Lo acercó a sus ojos.

Y allí, en medio del caos, entre los cuerpos y la sangre y la muerte, El Historiador miró ese pequeño cristal rojo con una expresión que nadie le había visto antes.

Tristeza.

Dolor.

Algo que parecía… humanidad.

—Un cristal de sangre —susurró, y su voz era tan baja que solo él pudo oírla—. Un fragmento de nuestra humanidad.

Sus ojos recorrieron el cristal. Pequeño. Frágil. Palpitante con una luz tenue. Dentro, diminutas chispas bailaban, como recuerdos atrapados.

—Un fragmento humano —dijo, y esta vez su voz tembló.

Por un instante, solo un instante, su rostro perdió toda la arrogancia. Toda la distancia. Toda la máscara de dios inmortal.

Por un instante, fue solo un hombre.

Un hombre que miraba un pedazo de alguien que ya no existía.

Luego, el instante pasó.

Guardó el cristal en un bolsillo de su capa con un cuidado infinito, como quien guarda un tesoro. Como quien guarda una promesa.

Se incorporó. Miró a los soldados una última vez.

—Vivimos en un mundo de mentiras —dijo—. Un mundo donde los monstruos no son solo los que acechan en las sombras, sino también los que crean esas sombras. Un mundo donde los héroes… los héroes no existen. Solo hay víctimas. Y verdugos. Y gente como ustedes, atrapada en medio.

Se detuvo. Miró el bolsillo donde había guardado el cristal.

—Y yo también soy parte de ellas —murmuró, tan bajo que nadie pudo oírlo—. Porque les prometo libertad y solo les doy muerte, siempre fallo en ello…

Sonrió. Una sonrisa triste, casi amable.

—Ojalá recuerden esto. Ojalá algún día se pregunten por qué.

Y desapareció.

No corrió. No voló. Simplemente… se desvaneció. Como si nunca hubiera estado allí.

Silencio.

Solo el viento. Solo el gemido de los heridos. Solo los cuerpos de las Quimeras, humeantes, vacíos.

El capitán Veldt se dejó caer al suelo.

—¿Qué… qué fue eso? —susurró.

Nadie respondió.

Porque nadie lo sabía.

Y los que lo sabían… los que lo sabían, ya no estaban.

…

El silencio duró lo que un latido.

Luego, el caos se reordenó en forma de protocolo.

El capitán Veldt fue el primero en moverse. Se incorporó con dificultad, apoyándose en un árbol partido, y sacó un comunicador de su cinturón. La antena parpadeó una vez, dos veces, antes de establecer conexión.

—Base Ferren, aquí Veldt. —Su voz era ronca, cortada—. Código negro. Repito, código negro. Múltiples bajas. La grieta está… —miró hacia atrás, hacia ese portal vibrante—. La grieta está sellada. Repito, objetivo principal cumplido. Pero necesito extracción inmediata y equipo de limpieza.

Del otro lado, una voz metálica respondió:

—Recibido, capitán. ¿Bajas?

Veldt tragó saliva. Miró a su alrededor. Los cuerpos de sus hombres yacían entre la maleza. Las Quimeras, tres montones humeantes. Los Grados III, algunos muertos, otros heridos e inconscientes. El Grado IV, aún inmóvil en el suelo donde El Historiador lo había dejado.

—Quince hombres —dijo, y la voz se le quebró por primera vez en años—. Quince. Más las tres Quimeras. Los de apoyo… los de apoyo están bien. Estaban fuera.

Silencio al otro lado. Luego:

—Entendido, capitán. Equipo de extracción en camino. Tiempo estimado: veinte minutos.

Veldt cortó la comunicación. Se dejó caer contra el árbol, cerrando los ojos un momento. Su mandíbula se tensó. Las manos, apoyadas sobre las rodillas, temblaron ligeramente. Solo un instante. Luego volvió a ser el de siempre.

Valius se acercó, cojeando. Tenía un corte en el brazo y la visión borrosa por el golpe en la cabeza, pero seguía en pie.

—Capitán —dijo—. ¿Cuántos quedamos?

Veldt abrió los ojos. Los movió lentamente, contando.

—Tú. Yo. —Señaló—. Gof, ahí detrás. El soldado Renz, junto al árbol. La soldado Voss, en la retaguardia. —Hizo una pausa—. Cinco. Cinco del equipo de combate.

—¿Los de apoyo?

—Esos están fuera. El Historiador no los tocó. —Veldt soltó una risa amarga—. Supongo que no merecían su atención.

Valius miró hacia el vehículo blindado. Las puertas traseras seguían abiertas. Vacías.

—Las Quimeras —dijo.

—Ya no.

Silencio.

Los minutos pasaron como horas. Los soldados supervivientes se movían con la lentitud de los aturdidos, recogiendo lo que podían. Cuerpos de compañeros. Restos de Disonantes. Material para los informes.

Gof se acercó a Valius con una bolsa de lona vacía. Estaba pálido, pero firme.

—Los fragmentos —dijo, mostrando la bolsa—. Los de los Grados III… no están. Los del Grado IV… tampoco. El Historiador… se los llevó todos.

Valius lo miró.

—¿Todos?

—Todos. Los de las Quimeras también. Los… los fragmentos humanos. —Gof tragó saliva—. Solo dejó los cuerpos. Nada más.

Valius apretó la mandíbula. No dijo nada. No había nada que decir.

El vehículo de extracción llegó veinte minutos después, como prometido. Dos carros blindados más, con personal de limpieza y contenedores especiales para el traslado de material sensible.

El Grado IV fue lo primero que cargaron. Lo envolvieron en cadenas imbuidas de energía, lo inmovilizaron con dispositivos que zumbaban como abejas metálicas. La criatura no se movió. Seguía inconsciente.

—Al menos eso —murmuró Veldt, viendo cómo subían al monstruo—. Al menos tenemos esto.

Luego, los cuerpos. Los de los soldados, envueltos en lonas negras. Quince. Quince bolsas que cargaron en silencio. Los de las Quimeras, en contenedores aparte—también material, también evidencia, también algo que alguien, en algún laboratorio, querría estudiar.

Los restos de los Disonantes, en bolsas selladas. Fragmentos de lo que habían sido.

Valius observaba todo desde la puerta de uno de los vehículos, el brazo vendado, la mente en blanco.

Gof se sentó a su lado.

—Capitán —dijo Valius en voz alta.

Veldt, que estaba supervisando la carga, se giró.

—¿Qué?

—La misión… la misión era sellar la grieta, ¿no?

Veldt asintió. Una vez. Seco.

—Está sellada. —Señaló hacia atrás, donde el portal ya no existía—. Lo comprobaron los técnicos hace diez minutos. Estable. Cerrada. Como si nunca hubiera existido.

—Entonces… —Valius dudó—. ¿Fue un éxito?

Veldt lo miró un largo rato. Sus ojos, fríos como el hielo, recorrieron el rostro del joven teniente. Luego se posaron en las bolsas negras. Quince. Una al lado de la otra.

—Sí —dijo al fin. La voz le salió ronca, como si las palabras tuvieran que abrirse paso entre la garganta—. Fue un éxito. La grieta está sellada. El Grado IV está asegurado. —Hizo una pausa—. El problema… el problema es que el enemigo no eran solo los Disonantes.

Nadie respondió.

Veldt subió al vehículo. Se sentó en el asiento delantero, frente al volante. Sus manos, apoyadas en el regazo, temblaron otra vez. Solo un instante. Luego las apretó contra los muslos hasta que dejaron de moverse.

—Cuando lleguemos —dijo, sin mirar a nadie—, preparen los informes. Todo lo que vieron. Todo lo que oyeron. Cada palabra. Los altos mandos tienen que saberlo.

—¿Y qué vamos a decir? —preguntó Valius.

Veldt se giró lentamente. Lo miró. Sus ojos ya no eran fríos. Eran otra cosa. Algo que podría ser dolor. O rabia. O las dos cosas.

—La verdad —dijo—. O lo que podamos contar de ella. Los altos mandos decidirán el resto.

Silencio.

El vehículo arrancó.

A través de la ventanilla, Valius vio la zona de la grieta alejarse. Ese lugar donde quince de sus compañeros habían muerto. Donde las Quimeras habían caído. Donde un hombre—si es que era un hombre—les había mostrado que no sabían nada.

—Gof —susurró.

—¿Mmm?

—Lo que dijo. Sobre los Galenos. Sobre las Quimeras. Sobre los iluminados.

—Ya lo sé.

—¿Vas a investigar?

Gof tardó en responder.

—No lo sé. —Miró sus manos—. No sé si quiero saber la verdad.

Valius asintió. Él tampoco lo sabía.

Pero algo en su interior le decía que la verdad, tarde o temprano, los encontraría.

El vehículo siguió su camino, llevando a los supervivientes de vuelta a la ciudad.

Llevando también preguntas.

Y miedo.

Y la certeza de que nada volvería a ser igual.

Por: Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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