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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 44

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Capítulo 44: Capítulo 43 – De Ferren a ambil

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 43 – De Ferren a ambil

Los carros blindados avanzaban en silencio.

Dentro del segundo vehículo, Valius iba sentado en el banco metálico, la mirada perdida en el suelo. A su lado, Gof tenía los ojos cerrados, pero no dormía. Nadie dormía. Nadie podía.

El capitán Veldt iba en el asiento delantero, junto al conductor. No había dicho una palabra desde que subieron.

El único sonido era el rugido del motor y, de vez en cuando, algún golpe sordo desde la parte trasera del otro vehículo, donde transportaban al Grado IV. La bestia seguía inconsciente, pero incluso así, su presencia se sentía. Pesada. Amenazante.

—Capitán —dijo el conductor, un joven de apoyo que no había entrado en la grieta—. Llevamos veinte minutos. En quince más llegamos.

Veldt asintió. No respondió.

El conductor dudó. Luego, en voz baja, preguntó:

—¿Cómo fue?

Veldt tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonaba como si viniera de muy lejos.

—Dos horas. Estuvimos dos horas dentro. O eso creímos. —Hizo una pausa—. Pero para vosotros, ¿cuánto pasó?

—Seis horas, capitán. Desde que entrasteis hasta que salisteis… seis horas.

—Las grietas —murmuró Veldt—. Siempre las grietas.

Silencio.

El conductor tragó saliva.

—Vimos las firmas. Los sensores. Supimos que algo grande pasaba dentro. Pero no… no imaginamos…

—No imaginasteis nada —lo interrumpió Veldt—. Y es mejor así.

El conductor no volvió a hablar.

—

Llegaron.

El hangar de la base estaba iluminado con esa luz blanca y fría de siempre, pero hoy parecía más mortecina. Más triste.

Los vehículos se detuvieron. Las puertas traseras se abrieron.

El personal de apoyo esperaba. Veinte personas, tal vez más. En silencio. Mirando.

Lo primero que bajaron fueron las bolsas.

Negras. Quince. Una tras otra.

Nadie habló. Solo se oía el roce de la lona contra el metal, el golpe sordo de cada bolsa al tocar el suelo, la respiración contenida de los que miraban.

Un oficial de apoyo se acercó a Gof con una caja pequeña. Dentro, placas de identificación. Quince.

—Tome —dijo, en voz baja.

Gof cogió la caja. La sostuvo un momento. Luego, sin mirar, empezó a leer:

—Soldado Fritz Horst… —su voz se quebró. Tragó saliva—. Soldado Lena Vance… Soldado Dorian Kreel…

Valius, a su lado, apretó los puños. Conocía esos nombres. Habían compartido misiones. Habían compartido risas, alguna vez.

—Soldado Harald Stone… Soldado Renz Marlow… Soldado Vela Sint…

La lista continuó. Quince nombres. Quince silencios.

—Soldado Miles Corven… Soldado Tessa Blaine… Soldado Orin Vex…

Uno tras otro. Nombres que ya no volverían a sonar en las listas de revista.

—Soldado Joss Hart… Soldado Pella Venn… Soldado Dax Sully…

Cuando terminó, Gof cerró la caja. No dijo nada más. No hacía falta.

Detrás, los cuerpos de las Quimeras fueron descargados en contenedores aparte. Tres montones informes, humeantes, irreconocibles como lo que una vez fueron. Nadie dijo sus nombres. Nadie los sabía.

El Grado IV, envuelto en cadenas energéticas, fue trasladado a un contenedor especial. Los técnicos lo miraban con una mezcla de fascinación y miedo.

—Al menos eso —murmuró alguien—. Al menos tenemos esto.

Nadie respondió.

—

El informe tardó horas.

Veldt se encerró en su despacho con los datos, las grabaciones de los sensores, los testimonios de los supervivientes. Escribió. Borró. Volvió a escribir. Cada palabra era un clavo en su memoria.

Cuando terminó, eran casi las seis de la tarde. Se reclinó en la silla, cerró los ojos un momento. Solo un momento.

El comunicador sonó.

—Capitán Veldt. Reunión con altos mandos. Sala 7. Ahora.

Abrió los ojos. Se levantó.

—

La sala 7 era diferente a las otras. Más grande. Más fría. En las paredes, tres pantallas apagadas. En el centro, una mesa vacía.

Veldt entró y se situó frente a las pantallas. Esperó.

Una a una, las pantallas se encendieron.

Tres figuras aparecieron. Hologramas. Los altos mando del Distrito de Ferren. Rostros que Veldt conocía de informes y reuniones, pero nunca había visto en persona.

El de la izquierda era una mujer, de unos cincuenta años, pelo cano recogido en un moño severo, mirada que pesaba toneladas. Grado IV, según los rumores. Había matado más Disonantes que cualquier otro oficial en activo.

El del centro, un hombre calvo con gafas pequeñas, de expresión calculadora. También Grado IV. Especialista en estrategia.

El de la derecha, un hombre mayor, de voz grave y ojos cansados. Grado III como Veldt, pero con décadas de experiencia. Había visto de todo. O casi todo.

—Capitán Veldt —dijo la mujer—. Tenemos su informe preliminar. Pero queremos oírlo de usted.

Veldt asintió.

—Grieta localizada en el sector sur-oeste. Clasificada como nivel de amenaza alto. Múltiples firmas de Grado III. Una de Grado IV en el núcleo. —Hizo una pausa—. Entramos a las 10:15. Durante las dos primeras horas—que para nosotros fueron seis—neutralizamos Epsilons, Deltas y Gammas. Llegamos al núcleo. Allí encontramos a los Grados III.

—¿Cuántos? —preguntó el calvo.

—Tres. Los neutralizamos. Pero entonces… —Veldt tragó saliva—. Entonces apareció él.

Las pantallas no se movieron. Las figuras esperaron.

—El Historiador. Estaba dentro. Esperando. Tenía control sobre los Disonantes. Los usó contra nosotros.

—¿Bajas? —preguntó la mujer.

—Quince soldados de combate. Tres Quimeras. Los de apoyo… los de apoyo están bien. No los tocó.

Silencio. Un silencio denso, pesado, que llenó la sala.

—¿Y los fragmentos? —preguntó el hombre mayor.

—Se los llevó todos. Los de los Grados III. Los de las Quimeras. Los… los fragmentos humanos. No dejó nada.

Otro silencio. Más largo. Los tres hologramas se miraron entre sí. Un intercambio mudo que Veldt no pudo interpretar.

—Capitán —dijo la mujer, y su voz tenía un matiz extraño—. Nos fue informado que el Historiador fue visto en tres distritos al mismo tiempo. Ambil. Noptup. Y Ferren. ¿ Usted tiene alguna información para completar ?

Veldt parpadeó.

—¿Ambil? ¿Noptup? —Su voz reflejaba asombro genuino—. No… no lo sabía. Solo sé lo que pasó aquí. ¿En los otros distritos también…?

—También —confirmó el hombre calvo—. Misma hora. Misma forma de operar. Misma… presencia. Tres ataques coordinados. Simultáneos.

Veldt negó con la cabeza, un gesto lento, de incredulidad.

—Eso es… —hizo cálculos mentales—. De Ferren a Ambil hay más de ciento cincuenta kilómetros. Ciento cincuenta. Y Ambil está en la costa, al sur. Noptup, al norte, cerca de las montañas. Eso es… es imposible.

—Para nosotros, sí —dijo el hombre mayor—. Para él… parece que no.

La mujer alto mando frunció el ceño. Sus dedos tamborilearon sobre la mesa un momento. Luego habló, y su voz tenía ese matiz que Veldt no supo identificar. ¿Duda? ¿Incomodidad? ¿Miedo?

—Para cualquiera de nosotros… para cualquiera que conozca los límites del poder… eso no es posible. Estar en tres lugares a la vez, a cientos de kilómetros de distancia. Controlar Disonantes. Desaparecer. —Hizo una pausa. Una pausa larga, incómoda—. Pero para él… parece que sí.

El calvo la miró.

—¿Estás sugiriendo que el informe miente?

—No. —La mujer negó con la cabeza. El gesto fue firme, pero sus ojos… sus ojos dudaban—. Estoy sugiriendo que la verdad… es más grande de lo que podemos admitir. Y que la población no necesita saberla entera.

Silencio.

—¿Qué propone? —preguntó el hombre mayor.

La mujer se recostó en su asiento. Su imagen holográfica parpadeó ligeramente. Por un instante, solo un instante, su máscara de autoridad se resquebrajó. Veldt vio algo en sus ojos. Algo que no esperaba ver en un alto mando.

Inseguridad.

—El Historiador es un terrorista. Un asesino. Atacó tres instalaciones de los Galenos simultáneamente. Causó la muerte de quince de nuestros hombres en cada distrito. —Hizo una pausa—. La población debe saberlo. Debe tener miedo. Debe estar alerta. Y debe ayudarnos a encontrarlo.

—Pero eso no es cierto del todo —dijo Veldt, y su voz sonó más fuerte de lo que pretendía—. Él no mató a nadie. No directamente. Fueron los Disonantes. Y lo de los tres distritos… ni siquiera sabemos cómo lo hizo. Ciento cincuenta kilómetros… nadie puede…

La mujer lo interrumpió. Su voz era firme, pero por un instante, solo un instante, dudó antes de hablar. Como si las palabras le pesaran.

—Lo sé, capitán. Lo sé. Pero… —dudó otra vez—. Pero no podemos decir eso. No podemos decir que hay alguien capaz de hacer lo que ni nosotros podemos. No podemos admitir que hay cosas que escapan a nuestro control.

El calvo asintió.

—Además, técnicamente, es responsable. Sus acciones causaron las muertes. Sin él, los Disonantes no habrían atacado con esa coordinación. Sin él, nuestros hombres seguirían vivos.

El hombre mayor suspiró. Un suspiro profundo, de quien ha vivido demasiadas guerras.

—Es una mentira. Pero una mentira necesaria.

La mujer alto mando lo miró. Luego miró a Veldt. Luego bajó la vista un instante. Cuando volvió a levantar la cabeza, su máscara estaba otra vez en su lugar. Pero Veldt había visto. Había visto la duda.

—Capitán. Redacte el informe final. Incluya los detalles que crea necesarios. Pero la versión pública… esa ya está decidida.

Las pantallas empezaron a apagarse.

—Descanse, capitán. Se lo ha ganado.

La sala se quedó a oscuras.

Veldt se quedó un momento quieto, mirando las pantallas apagadas. Luego salió.

—

Veinte minutos después, estaba en su despacho. Solo. La cabeza apoyada en las manos. Los codos sobre la mesa.

No había lágrimas. Los soldados de su rango no lloraban. Pero había algo peor. Un vacío. Un silencio interior que no sabía cómo llenar.

La puerta se abrió sin llamar.

Valius entró con paso firme, pero su cara era un poema. Fruncido el ceño. Apretada la mandíbula. Los puños, cerrados a los costados.

—Capitán.

Veldt levantó la vista. No dijo nada. Esperó.

Valius dejó una carpeta sobre la mesa.

—El informe del relojero. Kairós Thornen.

Veldt la miró un momento. Luego la abrió. Leyó rápido.

—¿Y?

—Nada. —Valius soltó un suspiro frustrado—. Nada de nada. Según nuestros informantes, según las cámaras, según todo… no se movió de su casa en todo el día. Salió por la mañana con su aprendiz, fueron a comprar ropa, luego a una herrería, volvieron, abrieron la tienda, la cerraron, y él se quedó dentro. No volvió a salir. Ni de día, ni de noche. Estuvo en casa. Con su aprendiz. Con su hermana. Rutina normal.

Veldt arqueó una ceja.

—¿Y eso te parece sospechoso?

—¡No! —Valius se pasó una mano por la cara—. Por eso es tan frustrante. Porque estoy seguro de que hay algo. Lo siento. Lo he sentido desde que lo interrogué. Pero no tengo nada. Ninguna prueba. Solo una corazonada.

Veldt cerró la carpeta.

—Valius. Te conozco desde hace años. Sé que no eres de los que se obsesionan sin motivo. Pero tienes que entenderlo. —Señaló la carpeta—. Esto no es nada. Y ahora, con lo del Historiador… todos los recursos van a ir ahí. No podemos permitirnos vigilar a un relojero que no ha hecho nada.

—Lo sé.

—Entonces archívalo. Por ahora. Si aparece algo nuevo, ya veremos.

Valius cogió la carpeta. La apretó contra el pecho un momento. Sus nudillos estaban blancos.

—¿Y si aparece algo y ya es tarde?

Veldt lo miró fijamente.

—Entonces será tarde. Pero no podemos hacer nada hasta entonces.

Valius asintió. Dio media vuelta y salió.

—

En el pasillo, Gof lo esperaba. Apoyado contra la pared, con los brazos cruzados. Su cara reflejaba el mismo cansancio que todos llevaban dentro.

—¿Y?

—Archivado.

Gof asintió.

—Lo sabía. Con todo esto… era de esperar.

—Lo sé. —Valius empezó a caminar. Gof lo siguió—. Pero no puedo quitármelo de la cabeza.

Gof suspiró. Miró al techo un momento, como buscando las palabras adecuadas. Las encontró, aunque no eran las que Valius quería oír.

—A veces no obtenemos lo que queremos. A veces, las piezas no encajan. Y hay que dejarlas ir.

Valius se detuvo en seco. Se giró lentamente hacia su amigo. Una mirada larga, cargada de años de amistad y de misiones compartidas, de risas y de silencios, de todo lo que habían vivido juntos.

—Cállate, Gof.

Gof esbozó una sonrisa triste. Una de esas que no llegan a los ojos.

—Vamos. Hay que celebrar que seguimos vivos.

—No tengo ganas de celebrar nada.

—Yo tampoco. Pero hay que intentarlo.

Siguieron caminando.

La carpeta con el nombre “Thornen, Kairós” pasó de las manos de Valius a un cajón. Por ahora, olvidada.

Afuera, la noche caía sobre Ferren.

Y en algún lugar, El Historiador sonreía.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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