FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 45
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 45: Capítulo 44 – Días de recuperación
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 44 – Días de recuperación
La noche del 25 de Umbral había sido larga para el Imperio. Quince bolsas negras en el hangar de Ferren, otras tantas en Ambil y Noptup. Reuniones a puerta cerrada. Decisiones que nunca llegarían a los periódicos.
Pero en el taller de la calle de la Espiral, la mañana del 26 comenzó con normalidad.
—
Día 26 de Umbral – Mañana
El periódico crujió entre las manos de Kairós.
Sentado en su silla del taller, con Liana atendiendo a un cliente en el mostrador, desplegó las hojas y leyó el titular que ya conocía. Pero esta vez había más. Páginas enteras dedicadas al Historiador.
“El terrorista que aterrorizó tres distritos.”
“Quince héroes caídos en Ferren: sus nombres y sus historias.”
“Testimonios exclusivos desde Ambil: ‘Creí que iba a morir’, relata una madre.”
Kairós pasó las hojas con dedos lentos. En la tercera página, un recuadro destacaba las palabras de un ciudadano de Noptup: “Los Galenos llegaron justo a tiempo. Si no intervienen, ese monstruo nos habría asesinado a todos.” Más abajo, otro testimonio similar de Ambil, y otro de Ferren. Todos agradeciendo. Todos asustados. Todos diciendo exactamente lo que los Galenos querían que dijeran.
—Propaganda —murmuró Kairós entre dientes.
Liana, que acababa de despedir a un cliente con un reloj de pulsera reparado, se acercó.
—¿Qué dice?
—Lo de siempre. Que el Historiador es un monstruo. Que los Galenos son héroes. —Dejó el periódico sobre el mostrador con un gesto de desprecio—. Mentiras. Todo mentiras.
Liana miró el titular un momento. Luego volvió a su cuaderno.
—Da igual —dijo, con esa sencillez que la caracterizaba—. Nosotros no sabemos la verdad, y si no sabemos no nos damos mala vida.
Kairós la observó. La cría tenía una forma de simplificar las cosas que a veces le parecía ingenua, pero otras veces… otras veces era justo lo que necesitaba oír.
—Sí —respondió—. Nosotros no sabemos, tienes razón.
El cliente que esperaba, un hombre mayor con un reloj de pared desmontado en una caja, carraspeó. Liana volvió al mostrador con una sonrisa profesional.
—Disculpe, señor Grem. ¿Decía que el péndulo se atasca?
Kairós la observó un momento. Ya ni lo necesitaba. La cría atendía sola, diagnosticaba sola, cobraba sola. Su voz era suave pero firme, sus manos rápidas pero cuidadosas. Los clientes la adoraban.
Solo en los casos más complicados le pedía ayuda.
Como el hombre que entró media hora después, con una caja de madera que contenía lo que una vez fue un reloj. Ahora era un montón de piezas oxidadas, engranajes sueltos, polvo y una esfera casi ilegible.
—Mi abuelo lo tuvo —dijo el hombre, con voz apagada—. Mi padre lo heredó. Ahora yo. Pero ya no funciona. No sé si se puede arreglar.
Liana lo miró un momento. Luego se giró hacia Kairós.
—Jefe, esto es para usted.
Kairós se levantó con cuidado—las piernas aún le dolían, pero cada día un poco menos—y examinó el desastre.
—Un mes —dijo al fin—. Necesito un mes. Hay que reconstruirlo desde cero. Casi todas las piezas están dañadas. Algunas habrá que fabricarlas nuevas.
El hombre asintió, resignado pero agradecido.
—¿Cuánto?
—Hablamos cuando esté listo. Depende de las piezas que encuentre y las horas que lleve. Pero no se preocupe, no será una fortuna.
—Trato hecho. Gracias, maestro.
Cuando el hombre se fue, Liana lo miró.
—¿Un mes?
—Puede que más. Pero no quería asustarlo. Además, estos encargos difíciles son los que nos dan prestigio.
—Ah.
Volvieron al trabajo.
—
Entre cliente y cliente, hablaron de la marca.
—He estado pensando —dijo Liana, con el lápiz en la boca—. El logo. El gato con ojo de reloj. ¿Dónde lo ponemos?
—En la esfera. Pequeño. En un rincón. Que se vea, pero que no moleste.
—¿Y si alguien lo tapa? ¿O lo borra?
—Por eso están los cristales de voz. —Kairós sacó una hoja con números de su cuaderno—. He hecho un presupuesto. Para los primeros prototipos necesitamos:
· Cristales de voz: 3 piezas (son caras, pero esenciales).
· Mecanismos básicos de calidad: 5 unidades.
· Cajas de reloj: 5, de diferentes estilos (de bolsillo, de pared pequeños, de mesa).
· Agujas personalizadas: tendremos que hacerlas nosotros, con formas de pájaros y flores.
· Esferas: 5, con espacio para el logo y los números elegantes.
—¿Cuánto sale todo?
—Demasiado. Pero si funciona, recuperaremos la inversión con creces. La gente paga por lo exclusivo.
Liana asintió, seria, y anotó todo en su cuaderno con su letra apretada.
—También he pensado en la propaganda —dijo Kairós—. Cuando tengamos los primeros relojes, podemos dejarlos en la tienda, en un lugar especial. Que la gente los vea. Que pregunten.
—¿Y si alguien quiere comprar el de exposición?
—Se negocia. O se hace otro. Pero el de exposición no se vende. Es nuestro escaparate.
Liana sonrió.
—Me gusta. Suena a negocio de verdad.
—Lo es.
El periódico seguía en el mostrador, con el titular del Historiador mirando hacia arriba. Kairós lo apartó con un gesto, pero la imagen se quedó grabada en su retina. “Tres distritos”, pensó. “Como si estuviera en tres sitios a la vez.” Negó con la cabeza. Imposible. O no.
—
Día 26 de Umbral – Mediodía
Horas después, el sol ya estaba alto cuando Leinett salió hacia los Archivos. El uniforme azul impecable, el broche de plata en la solapa, el cuaderno bajo el brazo. Besó a Kairós en la mejilla.
—Vuelvo a las diez —dijo—. Pórtate bien.
—Siempre.
—Mentiroso.
Salió. La campanilla tintineó.
El resto de la tarde fue rutina. Clientes que iban y venían. Reparaciones sencillas. Liana atendiendo con soltura. Kairós supervisando y, de vez en cuando, levantándose para ayudar con algún mecanismo complicado o dar su opinión en algún diagnóstico.
Nada fuera de lo común.
Y eso, después de los últimos días, era un lujo.
—
Día 26 de Umbral – Tarde
A las seis, Liana comenzó a recoger sus cosas. Pero Leinett llegó antes de lo esperado. Eran casi las siete, y entraba con una sonrisa y un libro bajo el brazo.
—¡Miren! —dijo, dejándolo sobre el mostrador con orgullo—. ¡Miren lo que conseguí!
Liana se acercó curiosa. Kairós también.
—Es un libro de diseños de relojes —explicó Leinett, abriéndolo—. De clase alta. De Los Altos. Me lo prestaron en el trabajo.
—¿Te lo prestaron? —preguntó Kairós, con una ceja arqueada.
—Resulta que por mi eficiencia y eficacia, ahora tengo un beneficio especial. —Leinett se acomodó en una silla, claramente satisfecha—. Puedo sacar un libro de mi gusto, cualquiera, y tenerlo en casa por un día. Si quiero renovar el préstamo, no puedo sacar otro hasta que devuelva este. El tiempo es ilimitado mientras lo tenga, pero solo puedo tener uno a la vez.
—¿Y qué libro elegiste? —preguntó Liana, con los ojos brillando.
—Pues… —Leinett hizo una pausa dramática—. Revistas de moda. Diseños de relojes. Ropa de clase alta. Todo lo que pueda servirnos para la marca.
Kairós se rió.
—¿Y el supervisor qué dice?
Leinett puso cara de circunstancias, imitando la expresión de su jefe.
—Me mira así, con cara de “¿en serio?”, como si no pudiera creer que alguien con mi eficiencia malgaste sus préstamos en revistas de moda. —Sonrió—. Pero no dice nada. Solo pone esa cara. Y yo finjo no verla.
Liana ya estaba devorando el libro con la mirada.
—Esto es… —susurró—. Estos diseños… las formas… los colores…
—Mañana lo devuelvo —dijo Leinett—. Así que tienes hasta entonces para estudiarlo. Dibuja, anota, lo que necesites.
Liana asintió y se sumergió en el libro. Ya no existía el mundo. Solo existían esos dibujos.
Kairós y Leinett se miraron y sonrieron.
Kairós, desde su silla, la observaba. Por un momento, el mundo parecía normal. Casi olvidaba que, en algún lugar, el Historiador sonreía. Casi.
—
Día 26 de Umbral – Noche (Habitación de Kairós)
La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por la luna. Kairós se sentó en la cama. Apenas había pasado un día desde la Fisura. Su cuerpo aún era un mapa de moretones y heridas.
Sacó el Diario. Lo abrió.
VIDA: 53%
—Cincuenta y tres —murmuró—. Apenas.
No había mensajes. Solo el número, frío y objetivo.
Kairós cerró los ojos. Recordó la sensación del aura, esa brasa diminuta. La encontró. 5%. La expandió por su cuerpo.
El calor llegó. Luego el ardor. Dolió. Dolió como si le estuvieran pasando un hierro candente por las venas.
—Aaah… —gruñó entre dientes, mordiendo la almohada.
El aura bajó. 4%. 3%. 2%.
Y entonces, el calambre. Todo el cuerpo se contrajo. Cada músculo, cada tendón, cada fibra. Diez segundos. Diez segundos eternos.
Cuando terminó, yació jadeando, empapado en sudor. Pero cuando se tocó las heridas… estaban menos inflamadas.
Volvió a mirar el Diario.
VIDA: 59%
—Seis puntos —susurró—. Seis puntos en una noche.
Sonrió. Una sonrisa cansada, pero real.
Guardó el libro. Apagó la vela. Durmió.
—
Día 27 de Umbral – Mañana
Kairós despertó tarde. El sol ya estaba alto. Cuando bajó al taller, encontró a Liana y Leinett sentadas juntas, la primera devorando el libro de diseños con una intensidad casi religiosa.
—¡Jefe! —exclamó Liana al verlo—. ¡Esto es increíble! ¡Mire, mire estos diseños!
Le mostró el libro abierto por una página llena de relojes de bolsillo ornamentados, con cadenas elaboradas y cajas grabadas.
—Bonitos —dijo Kairós, sirviéndose algo de desayuno—. Muy bonitos.
—¿Bonitos? —Liana puso los ojos en blanco—. Son mucho más que bonitos. Son… son… —buscó la palabra—. Son inspiración.
Leinett se rió.
—Lleva así desde que llegué. No ha parado de dibujar.
Efectivamente, al lado del libro, Liana tenía su cuaderno abierto con decenas de bocetos nuevos. Había combinado los diseños clásicos con sus propios pájaros y flores de una forma que Kairós no había imaginado.
—Jefe —dijo Liana, de repente seria—. ¿Sabe cuánto cuesta el cuero?
Kairós parpadeó.
—¿El cuero?
—Sí. Cuero. Para correas. Y aluminio. Aluminio moldeable, de ese que se puede hacer como… ¿cadenas? ¿Esqueletos?
Kairós y Leinett se miraron.
—¿Cuero animal o cuero procesado? —preguntó Leinett.
—Cuero resistente pero flexible. Como el de los libros, pero más fuerte.
—¿Y aluminio? —añadió Kairós—. ¿Aluminio puro como metal, o una aleación moldeable?
Liana se encogió de hombros.
—No lo sé. Por eso pregunto.
Kairós negó con la cabeza, una sonrisa asomando.
—No tenemos ni idea. Los precios varían según el proveedor.
—Entonces saldré a preguntar —dijo Liana, levantándose—. Tengo dinero. La moneda de oro de Gregor, más una de plata de la señora Greta, y varios cientos de cobre. Puedo comprar algunas muestras.
—¿Ahora?
—Ahora. —Guardó sus cosas en la bolsa con decisión—. Vuelvo en un par de horas.
Y salió antes de que pudieran detenerla.
Leinett miró a Kairós.
—¿Qué libro le diste? —preguntó él.
—Uno normal. De diseños de relojes de bolsillo. Nada del otro mundo.
—Pues a ella se le ha ocurrido algo. Algo grande.
Leinett sonrió.
—Tienes un ojo para los prodigios, hermano.
—Lo sé. —Kairós se levantó—. Yo también voy a salir. A la biblioteca. Y a lo de Renaldo. ¿Puedes quedarte en la tienda? Solo unas horas.
—Claro. Descansa. Yo atiendo.
Kairós asintió y salió.
—
Día 27 de Umbral – Tarde
La Biblioteca de Virell estaba tranquila. Kairós pagó su moneda y leyó durante dos horas. Posturas avanzadas. Técnicas de contraataque. Historia de los grandes maestros.
Cuando salió, la cabeza le daba vueltas, pero se sentía más preparado. Teóricamente, al menos.
Caminaba hacia la tienda de Renaldo cuando pasó junto a una pastelería. No era de las suyas—demasiado elegante, con mesas de mármol y clientes que olían a perfume caro—pero algo lo hizo detenerse.
A través del cristal, en una mesa junto al ventanal, una mujer tomaba té.
Era… imposible no mirarla.
Su cabello era del color del atardecer, y parecía brillar con luz propia. Sus rasgos, perfectos como los de una estatua antigua. Bebía con una elegancia que convertía el simple acto de sostener una taza en una obra de arte.
La gente, dentro y fuera, la miraba. Hombres que olvidaban su conversación. Mujeres que se sonrojaban y desviaban la mirada. Todos sabían, en el fondo, que no tenían ninguna oportunidad.
Kairós la miró un segundo. Dos. Luego apartó la vista y siguió caminando. Demasiado perfecta para ser real. Demasiado lejos de su mundo.
Pero al alejarse, notó algo.
Un hombre, apoyado en una farola al otro lado de la calle. No miraba a la mujer con admiración. La miraba con otra cosa. Una fijación. Un hambre que no era la del deseo.
Kairós sintió un escalofrío. Conocía esa mirada. La había visto en los callejones, en las sombras, en los ojos de esos depredadores sexuales antes de atacar.
Apretó el paso. No era su problema. No hoy.
El hombre, al otro lado de la calle, sonrió lentamente y se perdió entre la multitud.
—
Luego, a la tienda de Renaldo.
El viejo lo recibió con una sonrisa.
—¡Kairós! ¿Qué necesitas hoy?
—Piezas. Pocas, pero especiales.
Repasaron la lista. Precios. Disponibilidad. Al final, cuando Kairós ya iba a pagar, Renaldo metió la mano bajo el mostrador y sacó dos pequeños cristales. Brillaban con una luz tenue.
—Toma —dijo—. Para tus pruebas.
Kairós los miró, sorprendido.
—¿Gratis?
—Buena voluntad con mi mejor cliente. —Renaldo le guiñó un ojo—. Además, he oído rumores. Que estás preparando algo grande. Algo con relojes especiales.
—¿Rumores?
—Los rumores vuelan, Kairós. Y yo los escucho. Así que cuando esos relojes especiales funcionen, cuando vendan, ya sabes quién será tu proveedor principal, ¿verdad?
Kairós sonrió.
—Lo sé. Y gracias.
—No me las des. Gánalas.
—Eso mismo le digo yo a mi aprendiz.
Renaldo se rió.
—Buena chica esa Liana. Tráela más seguido.
—Lo haré.
Kairós guardó los cristales con cuidado y volvió al taller.
—
Día 27 de Umbral – Noche
Liana llegó entrada la noche, cargada con una bolsa de compras y una sonrisa de oreja a oreja. Leinett acababa de llegar también, y los tres se sentaron en la cocina alrededor de la mesa.
—Tengo algo que mostrarles —dijo Liana, con un brillo especial en los ojos.
Sacó de la bolsa varios trozos de cuero, de diferentes grosores y texturas. También unas tiras metálicas delgadas, flexibles, que parecían pequeñas cadenas entrelazadas.
—Antes de nada —dijo—, tenemos que hablar de lo que ya tenemos.
Kairós asintió.
—El sistema interno del reloj. Llevo un año trabajando en él, y en teoría está listo. Es complejo, difícil de fabricar, pero eso lo hace único. Mañana empezamos las pruebas prácticas.
—Bien —dijo Liana—. Luego, el logo. El gato con ojo de reloj. Lo tenemos. Y lo infalsificable… —sacó los dos cristales que Kairós había traído—. Los cristales de voz. También los tenemos.
—Correcto.
—Pero hasta ahora, todo lo que hemos diseñado son relojes de bolsillo —Liana señaló los bocetos—. Con sus cadenas. O despertadores. O relojes de pared. Cosas normales.
Leinett y Kairós asintieron, sin entender del todo.
—Nos faltaba algo nuevo. Algo auténtico. Algo revolucionario. —Liana hizo una pausa dramática—. Y creo que lo tengo.
Se levantó. Se llevó una mano a la muñeca.
—Imaginen un reloj… aquí.
Kairós frunció el ceño.
—¿En la muñeca? ¿Cómo?
Liana sonrió. Sacó uno de los trozos de cuero, fino pero resistente. Lo enrolló alrededor de su muñeca, mostrando cómo podía ajustarse.
—Una correa de cuero. Cómoda, ajustable. Sujeta el reloj a la muñeca. Así siempre lo llevas puesto. No hay que sacarlo del bolsillo. No hay que buscarlo. Está ahí, siempre visible.
Leinett abrió la boca.
—Eso es…
—Y no solo de cuero —continuó Liana, mostrando las tiras metálicas—. También con estas. Son como cadenas, pero flexibles. Se ajustan a la muñeca. Dan un estilo diferente. Más elegante. Más… moderno y más caro, al menos visualmente…
Kairós se quedó congelado.
Leinett también.
Liana los miró, esperando una reacción.
—¿Qué? —preguntó, de repente insegura—. ¿Es mala idea?
Kairós negó lentamente con la cabeza.
—No —dijo, la voz ronca—. No es mala idea. Es… es la mejor idea que he oído en años.
Leinett soltó una risa nerviosa.
—Esta niña da miedo.
—¿Miedo?
—Miedo en el buen sentido. En el sentido de que con esa cabeza, podría construir un imperio.
Liana se sonrojó.
—No es para tanto…
—Sí lo es. —Kairós la miró fijamente—. Relojes de muñeca. Nadie lo ha hecho. Nadie lo ha pensado. Y tú, con trece años, acabas de inventar el futuro.
Leinett se rió.
—Tienes un ojo para los prodigios, hermano.
—Ya lo sé.
Liana, entre sonrojada y orgullosa, empezó a explicar los detalles.
—Compré varios tipos de cuero. Este es más barato, pero también más basto. Este otro es más caro, pero suave al tacto. Para los modelos de lujo, usaríamos este. Para los más asequibles, el otro.
Señaló las tiras metálicas.
—Y estas son de aluminio. Barato, ligero, moldeable. Podemos hacer eslabones pequeños y unirlos en cadena. Queda elegante y es resistente.
Kairós cogió una de las tiras. La sopesó. La dobló ligeramente.
—Funcionará —dijo—. Tendremos que diseñar un sistema para enganchar el reloj a la correa, pero… funcionará.
—Mañana mismo empezamos los prototipos —dijo Liana—. Primero el mecanismo interno. Luego la caja. Luego la correa.
—Y luego —añadió Leinett—. A conquistar el mundo.
Se rieron. Los tres.
Era tarde. Muy tarde. Pero ninguno quería irse a dormir.
—Liana —dijo Kairós—. ¿Tienes dónde quedarte esta noche? Porque si sigues así, no vas a parar de dibujar.
Ella dudó.
—En mi guarida, pero…
—Quédate aquí. Hay un cuarto de invitados. Así puedes seguir dibujando toda la noche si quieres.
Liana sonrió. Esa sonrisa enorme.
—¿Seguro?
—Seguro.
—
Día 27 de Umbral – Noche (avanzada)
A la una de la madrugada, Kairós encontró a Liana dormida sobre la mesa de la cocina, la mejilla apoyada en un boceto de un reloj de muñeca con correa de cuero. Sonrió. La levantó con cuidado—pesaba menos que una pluma—y la llevó al cuarto de invitados. La dejó en la cama, le quitó las gafas, la tapó con una manta.
Al salir, se quedó un momento en el pasillo, mirando la puerta de Leinett. Las dos a salvo. Por ahora. Recordó las palabras del Historiador: “Pobre de ella”. Apretó la mandíbula y bajó las escaleras.
Luego recogió los papeles, apagó las velas.
Y se fue a dormir al sillón de la sala.
—
Día 28 de Umbral – Mañana
Kairós despertó con el cuerpo mucho mejor. Comprobó su aura. 5%. Otra vez. Regeneraba un 5% al día.
Miró por la ventana. La luz gris de Ferren. Normal. Cotidiana. Pero detrás de esa normalidad, algo se movía. Lo sentía en los huesos.
Y en la ficha del Diario, algo nuevo:
COMPRENSIÓN DEL MUNDO: 4.25%
—Subió —murmuró—. Un cuarto de punto.
No había mensaje del Diario. Solo el número. Y una pequeña nota al lado:
“La interfaz es única. El significado está oculto. Empiezas a darte cuenta.”
Kairós asintió. Guardó el libro.
Bajó al taller. Liana ya estaba allí, con nuevos bocetos. Leinett se preparaba para ir al trabajo.
—Buenos días —dijo Liana, sin levantar la vista—. He estado pensando. Para el primer prototipo, necesitamos…
Kairós sonrió.
—Empieza. Yo escucho.
El día comenzaba.
Faltaban tres días para la reunión.
Pero eso, ahora, parecía muy lejos.
Por ; Hanzonex
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com