FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 5
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5: Capítulo 5 – El Que Susurra Desde el Bolsillo 5: Capítulo 5 – El Que Susurra Desde el Bolsillo FRAGMENTS OF WILL Capítulo 5 – El Que Susurra Desde el Bolsillo El banco estaba frío.
Kairós llevaba sentado allí quién sabe cuánto tiempo.
Minutos.
Una hora.
Toda una vida.
El culo entumecido, la espalda pegada a la madera, los ojos fijos en un punto de la plaza que no veía.
La gente pasaba.
Una mujer con un carrito.
Un hombre vendiendo periódicos.
Dos viejas sentadas en un banco cercano, cuchicheando sobre los precios del mercado.
Todo normal.
Todo falso.
Adiós, Kairós.
Chico malo.
La voz aún le resonaba en el cráneo.
No era un recuerdo—era un eco vivo, como si la cosa siguiera allí, susurrándole desde algún lugar que sus ojos no podían ver.
Se había metido dentro de él, en algún pliegue del cerebro, y no pensaba irse.
Tres dedos.
Despidiéndose.
Como si lo conociera de toda la vida.
Como si hubiera estado esperando ese momento desde antes de que Kairós naciera.
Kairós respiró hondo.
El aire le quemó los pulmones.
Notó algo raro en su cuerpo—una tensión que no terminaba de irse, un temblor que recorría sus músculos sin permiso, como si su propio esqueleto hubiera decidido rebelarse.
Se miró las manos.
Temblaban.
No un temblor suave, disimulable.
Un temblor de verdad.
De esos que no puedes controlar por mucho que aprietes los puños.
Las uñas se le clavaban en las palmas, media luna blanca contra la piel, y aún así las manos no se quietaban.
Se las metió en los bolsillos.
Pero notó el sudor en las palmas, frío, pegajoso.
Notó la humedad en la nuca, en la frente, en el espacio entre los omóplatos.
La camisa se le pegaba a la espalda como una segunda piel.
Se tocó la cara.
Piel fría.
Demasiado fría.
Y húmeda.
Como si acabara de salir de un pozo.
Pálido, pensó.
Debo estar pálido como la mierda.
Un tic le recorrió el ojo izquierdo.
El párpado temblaba, una vibración diminuta e incontrolable.
Parpadeó para detenerlo.
No funcionó.
Parpadeó otra vez.
Tampoco.
Era como si algo dentro de él se hubiera roto y ahora los pedazos bailaran al ritmo del miedo.
Tranquilo, se dijo.
Tranquilo.
Solo fue una visión.
Los Galenos dicen…
Pero los Galenos mentían.
Lo supo en ese momento.
Con una certeza tan fría como el sudor que le corría por la espalda.
Tan clara como las manecillas de un reloj bien ajustado.
Los Galenos mentían.
Llevaban años mintiéndole.
A él.
A Leinett.
A todos los que vivían en esta ciudad de mierda.
No es real.
No puede dañarme.
Pero lo había visto.
Lo había oído.
Le había llamado por su nombre.
Y la cosa del callejón—esa cosa de cuatro metros con sonrisa de niño—sabía quién era.
Sabía lo que le habían dicho en el sueño.
Y se había despedido.
Chico malo.
La frase del sueño.
La voz antigua.
La advertencia que había escuchado siendo un niño, con un libro de cuentos en las manos y una figura recortada contra la penumbra.
El abismo vendrá por ti algún día.
Kairós apretó los ojos con fuerza.
Las imágenes se arremolinaron detrás de sus párpados—la cosa, los cuerpos, la sonrisa, los tres dedos.
El niño ciego en los escalones de la librería, con esa mirada que no era una mirada pero que lo atravesaba igual.
El símbolo del péndulo en la pared del callejón, pintado con sangre seca.
El mensajero envuelto en llamas azules, desmoronándose en cenizas que nadie veía.
Todo conectado.
Todo real.
Y él, durante tres años, repitiendo el mantra como un idiota.
Como un niño que se tapa los ojos y cree que si no mira, los monstruos desaparecen.
Pero los monstruos no desaparecían.
Solo esperaban.
—Joder —susurró.
La palabra se perdió en el ruido de la plaza.
Nadie la oyó.
Nadie miró.
Nadie supo que en ese banco, un relojero de veintipocos años estaba descubriendo que el mundo era mucho más grande y mucho más horrible de lo que le habían contado.
Y entonces lo sintió.
Un calor.
En el bolsillo izquierdo del abrigo.
Justo donde no llevaba nada.
Donde sabía que no llevaba nada.
Pero algo quemaba.
No era un calor incómodo.
Era más bien una presencia.
Algo que reclamaba su atención.
Algo que llevaba rato allí, esperando, y que se había cansado de esperar.
Kairós metió la mano.
Sus dedos tocaron una superficie.
No metal.
No tela.
Algo distinto.
Algo que no debería estar ahí.
Algo que él no había puesto ahí.
Lo sacó.
El Diario.
El cuaderno de tapas negras que había comprado hace tres años por dos monedas de cobre en una tienda de viejo de la plaza chica.
El que había escrito aquella nota en el sótano.
El que había cerrado de un golpe y olvidado en el banco de trabajo.
Pero no lo había metido en el bolsillo.
No recordaba haberlo cogido.
No recordaba haberlo llevado nunca a la calle.
El libro siempre estaba en el taller, en el sótano, en el banco.
Nunca aquí.
Nunca con él.
Y sin embargo, ahí estaba.
Caliente.
Quemando.
Vibrante.
Las páginas se abrieron solas.
Kairós quiso cerrarlo.
Quiso tirarlo.
Quiso hacer cualquiera de las cosas que había hecho siempre—ignorarlo, apartarlo, fingir que no pasaba nada.
Pero esta vez, por primera vez, se quedó mirando.
La tinta apareció.
Letra burlona.
Familiar ya.
Como la nota del sótano, pero más viva.
Más presente.
¿Sabes qué?
Llevo veinte minutos hablándote y no me haces ni puto caso.
Kairós parpadeó.
El tic del ojo se detuvo un instante, sorprendido.
—¿Qué…?
No en voz alta, idiota.
¿Crees que esto es un puto teléfono?
Piensa.
Habla para ti mismo.
Como si fueras un esquizofrénico de manual.
Es más fácil.
Y menos llamativo.
Kairós cerró la boca.
Miró a su alrededor.
Nadie lo miraba.
Nadie veía el libro abierto en sus manos.
La mujer del carrito seguía discutiendo precios.
El vendedor de periódicos gritaba su mercancía.
Las dos viejas cuchicheaban.
Todo normal.
Todo ajeno.
Pensó: ¿Qué coño…?
Eso es.
Bien.
Ya era hora.
La letra apareció más rápida ahora, como si el libro estuviera excitado, como si llevara mucho tiempo esperando este momento y por fin pudiera soltarlo todo.
Felicidades, Kairós.
Tu estado mental ha llegado al borde de la locura y has desbloqueado un libro que habla.
No es un mal logro, la verdad.
Hay quienes desbloquean poderes molones.
Volar, telequinesis, esa mierda.
Tú has desbloqueado un cuaderno sarcástico.
La putada de haber nacido en la clase baja, supongo.
Kairós se quedó mirando las palabras.
Su mente, aún aturdida por el horror del callejón, tardó en procesar lo que estaba viendo.
Las letras bailaban un poco, pero no—no bailaban.
Estaban quietas.
Era él.
Era su cabeza, que no terminaba de aceptar lo que tenía delante.
Pensó: ¿Eres…
el libro?
No, soy tu puta conciencia.
Claro que soy el libro.
¿Conoces algún otro libro que escriba solo?
Pero yo te compré hace tres años.
En una tienda de viejo.
Por dos monedas.
Sí, y yo llevo tres años esperando a que te dignaras a escucharme.
La letra se hizo más lenta aquí, más cargada de algo que podría ser resentimiento.
Tres años viéndote repetir como un lorito las mentiras de los Galenos.
Tres años aguantando tus mantras de mierda.
“No es real, no puede dañarme”.
Y entonces, la tinta hizo algo raro.
Formó una pequeña burbuja, como una boca, y de ella salieron unos garabatos ondulantes que imitaban una voz burlona: ñi-ñi-ñi-ñi-ñi Kairós se quedó helado.
No era una palabra.
Era un sonido.
Un sonido escrito.
Una imitación.
El libro se estaba burlando de él, de su mantra, de su fe en los Galenos, y lo hacía con un ñiñiñi de niño tonto.
¿Sabes lo difícil que es no reírse en tu cara cuando dices eso?
continuó el libro, como si nada.
Porque encima te lo crees.
Te lo crees de verdad.
Pones esa cara de “los Galenos lo explican” y yo desde dentro del bolsillo haciendo ñi-ñi-ñi para mis adentros.
Kairós tragó saliva.
La garganta le ardía.
El tic del ojo había vuelto, más fuerte que antes.
Pensó: ¿Todo lo que he visto…?
¿Si es real?
—la letra se hizo más grande, más enfática, casi gritando—.
Joder, claro que es real.
El niño ciego.
El mensajero ardiendo.
La cosa del callejón.
Los cuerpos.
Todo putamente real.
¿Te crees que los Galenos reparten esos panfletos porque sí?
Los reparten para que gente como tú se quede quieta mientras las cosas de las sombras hacen lo que les sale de los cojones.
Kairós sintió que el mundo se inclinaba.
Otra vez.
Como en el callejón.
Como cuando el niño ciego le hizo señas desde las sombras.
El banco bajo él parecía moverse, aunque sabía que no era cierto.
Se agarró al borde de madera con la mano libre.
La otra sostenía el libro, que seguía caliente, seguía escribiendo.
Pensó: ¿Y tú?
¿Tú qué eres?
Yo soy lo único que tienes, colega.
—La letra se volvió más íntima, más cruel, más cercana—.
Soy el que te va a decir la verdad cuando todos los demás te mientan.
Soy el que te va a recordar lo que has visto cuando tú quieras olvidarlo.
Soy…
¿Un amigo?
El libro soltó una risa escrita.
Un garabato ondulante que ocupó media página, temblando como si el libro mismo se estuviera partiendo de la risa.
Y de nuevo, ese sonido: ¡Ñi-ñi-ñi-ñi-ñi!
¿Amigo?
No.
No soy tu amigo.
La risa se detuvo.
La letra volvió a ser clara, precisa, afilada.
Soy tu puto carcelero.
Tu parásito.
Tu cruz.
Llámame como quieras.
Pero amigo, lo que se dice amigo…
eso no.
Kairós miró el libro.
Luego miró la plaza.
La gente seguía pasando.
Normal.
Ajena.
Un niño pasó corriendo, casi tropezando con sus pies, y su madre lo llamó desde lejos.
Todo tan normal que dolía.
Pensó: ¿Y qué quieres de mí?
¿Yo?
Nada.
—La letra se encogió de hombros.
Literalmente.
El garabato de unos hombros encogiéndose apareció junto a las palabras—.
Bueno, nada no.
Quiero que no te mueras.
Porque si tú mueres, yo me quedo sin anfitrión.
Y volver a estar solo…
no mola.
¿Anfitrión?
Hostia, eres más lento que el caballo del malo.
Un suspiro escrito.
Una nubecita de tinta que se disipó.
Luego, otro ñi-ñi-ñi diminuto, como un eco burlón.
Sí, anfitrión.
Estoy pegado a ti, Kairós.
Desde que abriste el libro por primera vez, supongo.
O desde antes.
No lo sé.
El tiempo es raro cuando eres un puto cuaderno.
Kairós se frotó la cara con la mano.
La piel seguía fría.
El sudor seguía ahí.
El tic del ojo no se iba.
Nada se iba.
Pensó: Esto es una locura.
Todo esto es una puta locura.
El sueño.
La voz.
La cosa.
Y ahora un libro que habla y hace ñi-ñi-ñi.
Definitivamente estoy soñando.
O me he vuelto loco.
Sí, eso debe ser.
Me he vuelto loco.
No estás loco —escribió el libro.
La letra era más suave ahora, casi comprensiva.
Casi.
Bueno, un poco sí.
Pero no por esto.
Esto es real.
Tan real como los cuerpos en ese callejón.
Tan real como la sangre que oliste.
Tan real como el miedo que tienes ahora mismo metido en los huesos.
Kairós apretó los puños.
El libro crujió un poco entre sus dedos.
Cállate.
No.
Cállate, coño.
No me pienso callar.
La letra se volvió desafiante.
Llevo tres años callado.
Ahora que por fin te dignas a escucharme, voy a hablar todo lo que me salga de los cojones.
Y lo primero que voy a decir es que dejes de apretarme, que no soy una puta naranja.
Kairós miró sus manos.
Estaba apretando el libro con fuerza.
Aflojó los dedos.
Perdón.
¿Perdón?
¿Me estás pidiendo perdón?
El libro parecía divertido.
Un garabato de ceja levantada apareció al lado.
Eres el primero que me pide perdón en…
no sé.
¿Siglos?
¿Milenios?
La gente normalmente me tiraba al fuego o me usaba para limpiarse el culo.
Tú me pides perdón.
Eres raro, Kairós.
Y luego, otro ñi-ñi-ñi pequeño, casi cariñoso.
Kairós no respondió.
Se quedó mirando la plaza, la gente, la vida normal que pasaba ante sus ojos sin saber nada.
Pensó: ¿Y ahora qué?
¿Ahora?
Ahora tú decides.
Puedes seguir fingiendo que nada ha pasado.
Ir a tu cena.
Comer el estofado de Henrik.
Reírte con Leinett.
Actuar como si el mundo fuera el mismo de siempre.
¿Y la otra opción?
La otra opción es aceptar lo que has visto.
Aceptar que los Galenos mienten.
Aceptar que hay cosas en las sombras.
Y aceptar que tú…
El libro dudó.
La tinta se detuvo un momento.
…tú eres parte de todo esto.
¿Parte de qué?
No lo sé todavía.
Pero algo eres.
Algo más que un relojero.
El niño ciego no se fija en cualquiera.
La cosa del callejón no se despide de cualquiera.
Kairós sintió un escalofrío.
Las palabras del libro confirmaban lo que ya sabía, lo que había sentido desde que esa voz le habló en el sueño.
Chico malo.
El abismo vendrá por ti.
Se levantó del banco.
El movimiento fue brusco, repentino.
Una mujer lo miró con desconfianza, apretando el bolso contra el pecho.
Él ni siquiera la vio.
Caminó unos pasos.
Se detuvo.
Miró el libro en sus manos.
Pensó: Vale.
Vale.
Eres real.
Esto es real.
Pero yo tengo cosas que hacer.
Tengo que comprar vino.
Tengo que ir a la cena.
La señora Elara nos espera a las ocho.
El libro soltó otra risa garabateada.
Esta vez más larga, más incrédula.
Y con ella, una sarta de ñi-ñi-ñi que parecían no terminar nunca, como si el libro se estuviera riendo a carcajadas.
¿La cena?
¿En serio?
Las letras temblaban de incredulidad.
Acabas de ver a una criatura de cuatro metros despedazando gente, oyes cómo te llama por tu nombre, descubres que los Galenos te han mentido toda la puta vida, y ¿tu prioridad es la puta cena?
Kairós apretó la mandíbula.
Los músculos de la cara se le marcaron un instante.
Sí.
¿Por qué?
Porque si no voy a la cena, si no hago cosas normales, si me quedo aquí sentado pensando en todo esto…
Se detuvo.
No sabía cómo explicarlo.
…me rompo.
El libro se quedó callado un momento.
Luego, una sola línea: Eres más terco que una mula.
Lo sé.
Vale.
—La letra se encogió, como un suspiro—.
Pues vete a tu cena.
Pero no digas que no te avisé.
Las cosas que has visto no van a desaparecer porque tú finjas que no pasan.
El niño ciego va a volver.
La cosa del callejón también.
Y cuando lo hagan…
vas a necesitar saber qué coño eres.
¿Y qué coño soy?
El libro tardó en responder.
La tinta dudó un momento, formando pequeñas manchas antes de decidirse.
Como si estuviera pensando.
Como si realmente no lo supiera.
Eso tendrás que descubrirlo tú.
Yo solo soy un libro.
No tu puto manual de instrucciones.
Kairós resopló.
Una risa amarga, cansada, que le salió del pecho sin querer.
Eres de puta ayuda.
Lo sé.
Es mi encanto.
Se guardó el libro en el bolsillo.
Esta vez sí, notó el peso.
Notó el calor.
Notó que estaba ahí, pegado a su cuerpo, respirando con él.
Un compañero.
Un carcelero.
Un parásito.
Un libro que hacía ñi-ñi-ñi.
Daba igual.
Y entonces, sin saber por qué—quizás por costumbre, quizás por necesidad—metió la mano en el otro bolsillo.
El del chaleco.
Donde guardaba el reloj de Leinett.
Lo sacó.
Lo abrió.
Las manecillas se movían.
Tic-tac.
Tic-tac.
Tic-tac.
Funcionaba.
Kairós se quedó mirándolo un momento, sin aliento.
La manecilla de los segundos avanzaba con su ritmo tranquilo, ajeno a todo.
Como si nada hubiera pasado.
Como si el mundo no se hubiera roto en mil pedazos en las últimas horas.
Miró la hora.
Las seis y veintitrés de la tarde.
Veintitrés minutos desde que había huido del callejón.
Veintitrés minutos desde que la cosa lo había mirado y levantado tres dedos.
Veintitrés minutos desde que su mundo había cambiado para siempre.
Veintitrés minutos.
Y el reloj funcionaba.
—Joder —murmuró en voz alta.
Te he dicho que no hables en voz alta, escribió el libro desde el bolsillo.
La tinta le quemó la pierna un instante, una pequeña punzada de calor.
Luego, un ñi-ñi-ñi diminuto, casi imperceptible.
¿Quieres que te internen?
Kairós ignoró la quemadura.
Se guardó el reloj con cuidado, como si fuera lo más valioso del mundo.
Porque lo era.
Porque era Leinett.
Porque era siempre.
Se ajustó la chaqueta.
Respiró hondo.
El aire le llenó los pulmones de polvo y humo y olor a metal.
Y caminó hacia el mercado.
Tenía que comprar vino.
Tenía que ir a la cena.
Tenía que actuar como si nada hubiera pasado.
Porque si no actuaba, si se paraba a pensar, si se permitía sentir el miedo que le recorría las entrañas…
El abismo vendrá por ti algún día.
No.
No iba a pensar en eso ahora.
Ahora iba a comprar vino.
El resto…
ya vería.
Desde el bolsillo, un último ñi-ñi-ñi vibró contra su pierna.
Casi cariñoso.
Casi burlón.
Casi como un “te lo dije”.
Kairós sonrió.
Una sonrisa pequeña, torcida, de loco.
Y siguió caminando.
Por : Hanzonex
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