FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 6
- Inicio
- Todas las novelas
- FRAGMENTS OF WILL
- Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 - El Precio de un Recuerdo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
6: Capítulo 6 – El Precio de un Recuerdo 6: Capítulo 6 – El Precio de un Recuerdo FRAGMENTS OF WILL Capítulo 6: El Precio de un Recuerdo Kairós caminaba sin prisa, las manos en los bolsillos, la mirada perdida en los adoquines.
El Diario seguía hablando.
—…y entonces el idiota del mensajero ni siquiera se dio cuenta de que las llamas eran reales, ¿verdad?
Claro que no.
Nadie se da cuenta hasta que es demasiado tarde.
Como tú.
Como siempre.
Kairós no respondía.
La voz del libro llegaba amortiguada, como si hablara desde el fondo de un pozo.
No es que no la oyera—la oía perfectamente, ese tono burlón y ligeramente irritante que parecía disfrutar de su propio monólogo.
Pero las palabras resbalaban sobre su conciencia sin penetrar, como gotas de agua sobre un cristal untado en grasa.
—¿Me estás escuchando, genio?
—preguntó el Diario—.
Porque si no, puedo repetirlo más alto.
O más lento.
O las dos cosas.
“Tú-eres-un-i-dio-ta”.
¿Mejor así?
Kairós siguió caminando.
El aire de Ferren había cambiado.
Ya no era esa mezcla espesa de metal y resignación que llenaba los pulmones como una promesa de asfixia.
Ahora era…
más ligero.
Más suave.
Como si alguien hubiera diluido la densidad habitual con algo etéreo, casi amable.
Kairós aspiró hondo.
El olor a azufre seguía ahí, sí, pero había perdido su filo.
Ahora era solo un aroma, no una acusación.
La niebla, pensó.
Están liberando niebla.
Lo sabía por los panfletos, por los comunicados, por esa educación invisible que los Galenos impartían sin necesidad de aulas.
En ciertos ciclos, en ciertas horas, liberaban la Neblina Sedante en las calles.
Para “proteger la salud mental de los ciudadanos”.
Para “amortiguar los picos emocionales que podrían desestabilizar el distrito”.
Para hacer que todo pareciera menos real.
Kairós notó sus efectos en cada paso.
La tensión en sus hombros, esa que llevaba horas—días—años—acumulada, empezaba a aflojarse.
Los nudillos, que había mantenido apretados desde el callejón, se relajaron sin que él lo decidiera.
La respiración se hizo más lenta, más profunda, más pacífica.
Tal vez no fue tan grave, susurró una parte de su mente.
Una parte nueva, o una parte vieja que la niebla había despertado.
Tal vez fue solo el cansancio.
La mala alimentación.
Los vapores industriales.
Los Galenos lo explican: la mente juega malas pasadas cuando…
Pero otra parte, más honda, más obstinada, se negaba a tragarse el cuento.
Los cuerpos eran reales.
La sangre era real.
El olor a cobre era real.
¿O no?
La niebla nublaba incluso esa certeza.
—Ya empezamos —murmuró el Diario desde el bolsillo de su abrigo.
La voz le llegó amortiguada por la tela, pero igual de clara—.
La maldita niebla.
Te mete en la cabeza que lo que viste fue una alucinación, que estás exagerando, que todo está bien.
Y tú, como un buen borrego, te lo crees.
Kairós no respondió.
—¿Sabes cómo llaman los Iluminados a la Neblina Sedante?
—continuó el libro—.
“El abrazo de la muerte mental”.
Porque eso es lo que hace.
Te relaja tanto que dejas de preguntarte.
Dejas de dudar.
Dejas de luchar.
Y cuando despiertas, si es que despiertas, ya no sabes quién eres.
Kairós siguió caminando.
—Pero tú sigue así, campeón.
Total, qué más da.
—El Diario hizo una pausa dramática—.
Total, solo viste a una madre y un hijo hechos picadillo.
Total, solo oíste a una cosa de cuatro metros despedirse de ti por tu nombre.
Total, solo…
—Vale ya —dijo Kairós en voz baja.
El Diario se calló un instante.
Luego, con un tono de satisfacción mal disimulada: —Ah, ¿pero sí escuchabas?
Pensé que te había dado un ictus de la emoción.
—Solo…
—Kairós buscó las palabras—.
Solo necesito un momento.
—Un momento.
Claro.
Porque el tiempo es justo lo que sobra cuando una cosa que no debería existir sabe tu nombre y te llama “chico malo”.
Tómate todo el momento que quieras.
Kairós apretó el paso.
— El mercado de la plaza chica estaba casi vacío a esas horas.
Solo unos pocos puestos seguían abiertos, atendidos por tenderos con cara de haber trabajado ya demasiadas horas.
Las farolas de vapor proyectaban una luz anaranjada que hacía que las sombras parecieran más largas de lo debido.
Kairós se acercó al primer puesto.
Una mujer mayor, con el pelo cubierto por un pañuelo y las manos manchadas de tinte, vendía telas y pañuelos de colores apagados.
—¿Busca algo, joven?
—preguntó, con una sonrisa que enseñaba más encías que dientes.
Kairós miró los pañuelos.
Había uno de seda, de un azul tan oscuro que casi parecía negro, con bordados diminutos en los bordes.
Se imaginó a la señora Elara recibiéndolo, tocando la tela con sus dedos arrugados, diciendo “ay, Kairós, no tenías que molestarte”.
—Ese —dijo, señalándolo.
La mujer se lo dio.
Kairós pagó sin regatear, algo que ella agradeció con un asentimiento cómplice.
—Que los ciclos le sean favorables —dijo.
Kairós asintió y siguió caminando.
—Bonito gesto —comentó el Diario—.
Un pañuelo para una mujer que probablemente te ha dado de comer más veces de las que recuerdas.
Muy humano.
Muy conmovedor.
Lástima que…
—Cállate —susurró Kairós.
—Como ordenes, jefe.
Pero cuando te enteres de lo que pasa realmente con la gente buena en este puto mundo, no digas que no te avisé.
Kairós ignoró el comentario y se dirigió al puesto de velas.
El vendedor era un hombre joven, apenas un muchacho, con las manos manchadas de cera y una sonrisa nerviosa.
Tenía velas de todos los tamaños y colores: blancas, amarillas, rojas, algunas incluso con formas de animales o flores.
—¿Para una ocasión especial?
—preguntó.
—Una cena —respondió Kairós.
Echó un vistazo a las velas.
Las más bonitas eran unas de cera de abeja, de un color miel profundo, con mechas de algodón trenzado.
Cogió tres.
Luego dudó, y cogió dos más.
—Cinco —dijo, dejándolas sobre el mostrador.
El muchacho las envolvió en papel de estraza con una eficiencia aprendida.
Kairós pagó y guardó el paquete en la bolsa, junto al pañuelo.
Por último, el vino.
La taberna de la esquina también vendía botellas para llevar.
Kairós entró, sintiendo el contraste entre el aire fresco de la calle y el calor húmedo del interior.
Olía a cerveza rancia y a sudor, pero también a especias y a algo que podría ser esperanza.
—¿Qué se ofrece?
—preguntó el tabernero, un hombre enorme con brazos como jamones y una sonrisa que parecía genuina.
—Un tinto de Ambil.
De los buenos.
El tabernero arqueó una ceja.
—¿Los buenos?
Esos cuestan.
Kairós sacó las monedas.
Las puso sobre la barra.
El tabernero las miró, asintió, y desapareció tras una cortina.
Volvió con una botella cubierta de polvo, con una etiqueta gastada donde apenas se leía el nombre de una bodega.
—De la cosecha del año pasado —dijo—.
Henrik dice que es el mejor que ha probado en años.
Kairós sonrió.
Solo un poco.
—Gracias.
Salió de la taberna con la botella bajo el brazo.
La bolsa empezaba a pesar, pero era un peso bueno.
Un peso real.
Un peso que significaba que la noche aún podía ser lo que tenía que ser.
—Vino, velas, un pañuelo —resumió el Diario—.
Muy bonito.
Muy entrañable.
Ojalá puedas usarlos.
Kairós ignoró el comentario y echó a andar.
— La noche era tranquila.
Demasiado tranquila.
Kairós levantó la vista un instante.
La luna, casi llena, lo miraba desde lo alto.
Impasible.
Como si ya supiera lo que iba a pasar.
lo había notado en cuanto dejó atrás la plaza del mercado.
Las calles estaban vacías, sí, pero no era el vacío habitual de Ferren a esas horas.
Era un vacío distinto.
Como si algo hubiera absorbido no solo a la gente, sino también los sonidos.
Los pasos.
La respiración de la ciudad.
El zumbido de los Pulmones de Condensación sonaba más lejano de lo normal.
Las farolas de vapor parpadeaban con una cadencia errática, como si dudaran antes de iluminar.
Kairós caminaba sin prisa, la bolsa colgando de su mano, cuando se dio cuenta de que estaba pasando cerca de la calle donde vivía la señora Elara.
No era su camino.
Su casa quedaba en dirección contraria, hacia el taller, hacia Leinett, hacia la cena que los esperaba.
Pero sus pies, sin que él lo decidiera, giraron hacia la izquierda.
—¿Qué haces?
—preguntó el Diario.
Kairós no respondió.
—Oye, idiota, que la casa de la señora Elara no está por aquí.
O sí, sí está, pero tú vas para el taller.
¿Me estás escuchando?
Kairós siguió caminando.
Algo le tiraba.
Algo en el pecho, en ese lugar donde la calidez de ella había llenado un milímetro de vacío esa misma tarde.
Algo que le decía que necesitaba pasar por allí.
Solo para ver.
Solo para asegurarse de que estaba bien.
De que seguía siendo la misma mujer amable que le sonreía desde el mostrador.
De que nada había cambiado.
—Kairós —dijo el Diario, y por primera vez su tono no era burlón.
Era serio.
Casi urgente—.
Kairós, no vayas.
Algo le tiraba.
Algo en el pecho, en ese lugar donde la calidez de ella había llenado un milímetro de vacío esa misma tarde.
No sabía que era su propia luz llamando a la oscuridad.
No aún Pero él ya había doblado la esquina.
Y entonces lo oyó.
Sirenas.
No eran como las sirenas de los cuentos, esas que anunciaban peligros lejanos o fiestas en palacios.
Eran sirenas metálicas, chirriantes, agudas.
Sirenas que perforaban el aire como agujas, que hacían que los dientes dolieran y los oídos quisieran cerrarse.
Kairós se quedó quieto.
La calle de la señora Elara estaba a cien metros.
Y en esa calle, frente a su casa—Kairós la reconocía, la había visto tantas veces, la fachada modesta con las macetas en la ventana—había algo que nunca había visto antes.
Un carro.
Pero no un carro normal.
Era una mole de metal blindado, negro como el hollín, con ruedas macizas que parecían capaces de aplastar cualquier cosa a su paso.
No tenía caballos—no los necesitaba.
De su parte delantera salían tubos de vapor que silbaban al liberar presión, y su toldo—si es que aquello podía llamarse toldo—era una estructura de planchas remachadas, con pequeñas troneras por las que asomaban cañones de metal.
Un carro blindado, pensó Kairós.
Como los que usan los Cazadores para transportar…
No terminó el pensamiento.
Alrededor del carro, media docena de figuras uniformadas se movían con la precisión de un mecanismo bien engrasado.
Kairós reconoció los uniformes grises de la Guardia Baja—los policías de siempre, con sus porras y sus silbatos.
Pero también había otros.
Uniformes oscuros, casi negros, con capas que ondeaban a pesar de que no había viento.
Y en sus pechos, bordado en hilo plateado, un símbolo.
Un estetoscopio.
Cazadores, pensó Kairós.
Los Galenos.
Aquí.
Y entonces vio la puerta de la señora Elara.
Abierta de par en par.
El corazón le dio un vuelco.
—No —susurró.
Empezó a caminar hacia allí.
Sus pies se movían solos, más rápido, casi corriendo.
La bolsa golpeaba contra su pierna, las velas tintineaban dentro, el vino hacía glu-glu en su botella.
—Kairós —dijo el Diario, y ahora su voz era una advertencia—.
Kairós, para.
No te acerques.
Pero él no paró.
Cuando llegó a la altura de la casa, lo vio.
La señora Elara estaba en el umbral.
Tenía las manos atadas a la espalda con unas esposas que parecían de cristal—translúcidas, frías, que brillaban con una luz propia.
Dos Cazadores la sujetaban por los brazos, inmovilizándola con una eficiencia que no dejaba espacio para la resistencia.
Ella no oponía resistencia.
Estaba quieta.
Mirando al frente.
Con los ojos abiertos pero vacíos, como si ya no estuviera allí.
Como si ya se hubiera ido.
—¡Señora Elara!
—gritó Kairós.
Nadie le hizo caso.
Se abrió paso entre los curiosos que empezaban a arremolinarse en la acera—vecinos, transeúntes, gente que salía de sus casas atraída por el ruido.
Algunos lo miraron, otros no.
La mayoría miraba a la señora Elara con esa mezcla de curiosidad mórbida y alivio de que no fueran ellos.
—¡Señora Elara!
Un Cazador le cortó el paso.
Era alto, con la cara oculta tras una máscara de latón que le cubría la mitad inferior.
Sus ojos, lo único visible, eran fríos como el hielo.
—Alto ahí, ciudadano.
Zona restringida.
—¿Qué le pasa?
—Kairós señaló a la señora Elara, que seguía inmóvil, vacía—.
¿Qué le han hecho?
El Cazador no respondió.
Detrás de él, otro uniformado—este de la Guardia Alta, con charreteras y un aire de autoridad—se giró hacia la multitud.
Alzó la voz, y su tono era el de quien está acostumbrado a dar explicaciones que no explican nada.
—¡Atención, ciudadanos de Ferren!
—anunció—.
Esta mujer, Elara Vencejo, ha sido diagnosticada con posesión de Objeto de Nivel 2.
Su reloj de bolsillo, un artefacto personal con más de cuarenta años de antigüedad, ha acumulado niveles peligrosos de carga emocional.
Dichos niveles superan los parámetros establecidos por el Consejo de Síndromes para la convivencia segura en el distrito.
Kairós sintió que el mundo se inclinaba.
El reloj.
Su reloj.
El que yo arreglé esta tarde.
Carga emocional, pensó.
Como la que yo sentí al tocarlo.
Como la que aún llevo dentro.
—El objeto será confiscado y destruido —continuó el oficial—.
La ciudadana será trasladada a un centro de reeducación para su evaluación y, si procede, su reintegración social.
No hay motivo de alarma.
El protocolo se aplica por su propia seguridad y la de la comunidad.
Su reloj.
El que Henrik le regaló cuando se casaron.
El que tenía cuarenta años.
El que ella amaba.
El que yo arreglé.
—¡No!
—la voz de Kairós salió más fuerte de lo que esperaba—.
¡Ese reloj no hace daño a nadie!
¡Solo es un recuerdo!
¡Es…
No terminó la frase.
El Cazador que le bloqueaba el paso puso una mano sobre el pecho de Kairós y empujó.
No fue un empujón violento, solo firme.
Solo para dejar claro quién mandaba aquí.
—Retroceda, ciudadano.
O tendré que considerarlo interferencia con un procedimiento oficial.
Kairós tropezó hacia atrás.
La bolsa se le escapó de las manos.
Cayó al suelo con un sonido sordo, y luego otro, y otro.
El vino.
La botella se rompió contra los adoquines.
El líquido rojo oscuro se derramó como sangre, empapando el pañuelo de seda azul, las velas envueltas en papel, todo mezclado en un charco que olía a uva y a derrota.
Kairós miró las manchas.
Miró el vino extendiéndose.
Miró las velas partidas, el pañuelo empapado.
Luego levantó la vista.
La señora Elara seguía ahí, inmóvil, vacía.
Pero por un instante, solo un instante, sus ojos se movieron.
Lo encontraron entre la multitud.
Y por un instante, juró que no era solo ella quien lo miraba.
Que había algo más, detrás de sus ojos, observando.
Calculando No era reconocimiento.
No era gratitud.
No era miedo.
Era una pregunta.
La misma que él se hacía.
¿Por qué?
—Carguen —ordenó el oficial.
Los Cazadores empujaron a la señora Elara hacia el carro blindado.
Las puertas traseras se abrieron con un chirrido metálico, mostrando un interior oscuro, sin asientos, sin ventanas.
Un espacio para personas que ya no eran personas.
Ella entró sin resistirse.
Sus pies descalzos—no, llevaba zapatos, sí llevaba zapatos, Kairós los recordaba, eran unos zapatos viejos, gastados, pero ella los quería—pisaron el estribo y desaparecieron en la negrura.
Las puertas se cerraron.
Clonc.
El sonido de los cerrojos al correrse fue como un disparo en el silencio de la calle.
Kairós se quedó allí, de pie, mirando el carro.
La mole negra empezó a moverse, sus ruedas macizas girando sobre los adoquines con un rumor sordo.
Los tubos de vapor silbaron, una nube blanca envolvió la calle un instante, y luego el carro se alejó, calle abajo, llevándose a la señora Elara con él.
La multitud empezó a dispersarse.
Los vecinos volvían a sus casas, murmurando entre ellos.
“Pobrecita”.
“Siempre fue rara”.
“Menos mal que se la llevan, quién sabe qué podía pasar”.
Los Cazadores montaron en sus propias monturas—unas criaturas mecánicas con patas de metal que se movían con una elegancia antinatural—y siguieron al carro.
La calle se quedó vacía.
Solo Kairós permanecía allí.
De pie, mirando hacia ninguna parte.
La bolsa rota a sus pies.
El vino derramado.
Las velas partidas.
El pañuelo manchado.
Todo lo que había comprado para la cena.
Todo lo que había pensado que sería una noche normal.
—Kairós —dijo el Diario.
Su voz era baja.
Casi amable—.
Kairós, tienes que irte.
Él no se movió.
—Kairós.
Escúchame.
Ahora mismo eres un foco andante.
Si alguien te ha visto alterarte, si alguien dice algo…
—el libro hizo una pausa—.
Tienes que irte.
Kairós parpadeó.
Miró a su alrededor.
La calle vacía.
Las puertas cerradas.
Las ventanas, algunas con cortinas que aún se movían, como si alguien hubiera estado mirando y acabara de apartarse.
Se agachó.
Lentamente.
Con movimientos de anciano.
Cogió la bolsa rota.
Los pedazos de vidrio del vino.
Las velas partidas— algunas todavía enteras, otras hechas añicos.
El pañuelo de seda, empapado en tinto, manchado para siempre.
Lo puso todo en la bolsa, sin orden, sin cuidado.
Solo recogiendo.
Solo juntando los restos de lo que había sido su intento de normalidad.
Luego se incorporó.
Y empezó a caminar.
No hacia el taller.
No hacia Leinett.
No hacia la cena que ya no existiría.
Solo caminar.
Calle abajo.
En la dirección opuesta al carro.
En ninguna dirección.
La ciudad pasaba a su lado como un sueño.
Las farolas.
Las paredes de ladrillo.
Los carteles de los Galenos, con sus mensajes tranquilizadores.
“Su salud mental es nuestra prioridad”.
“Confíe en el protocolo”.
“La normalidad es un derecho”.
Kairós no veía nada.
Solo sentía el peso de la bolsa en la mano.
El tintineo de los vidrios rotos.
El olor a vino que lo seguía como una acusación.
Y en su cabeza, una sola frase, repitiéndose en bucle.
El reloj que yo arreglé.
El reloj que ella amaba.
Yo lo arreglé.
Yo.
Yo lo arreglé.
—No fue tu culpa —dijo el Diario.
Kairós no respondió.
—Oye, idiota, que te estoy hablando.
No fue tu culpa.
No podías saberlo.
Nadie podía saberlo.
Los Galenos tienen detectores para estas cosas, ellos tendrían que haber…
—Lo arreglé —susurró Kairós.
La voz le salió rota.
Hecha pedazos.
—Sí.
Lo arreglaste.
Y también le distes de comer cuando no llegabas a fin de mes, y le sonreíste cuando entraba por la puerta, y fuiste amable con ella durante tres putos años.
Eso es lo que importa.
Eso es…
—Lo arreglé.
El Diario se calló.
Kairós siguió caminando.
Las calles se hacían más estrechas, más oscuras.
Se había alejado del centro, de las zonas con farolas, de la gente.
Ahora caminaba por callejones que conocía de memoria, los atajos que usaba para ir al mercado, los pasadizos entre edificios que solo los que vivían aquí conocían.
No sabía adónde iba.
No le importaba.
Y entonces, en el silencio de la noche, una voz.
No la del Diario.
Otra.
Más profunda.
Más antigua.
Una voz que reconocería en cualquier parte, aunque solo la hubiera oído una vez en sueños.
—El abismo ya llegó, Kairós.
Kairós se detuvo.
Levantó la vista.
En la penumbra del callejón, recortada contra la tenue luz de una farola lejana, una figura.
Capa oscura.
Y en el pecho, apenas visible, el destello de un símbolo.
Un péndulo dentro de un triángulo invertido.
—Prepárate.
La figura no esperó respuesta.
Se desvaneció en las sombras como si nunca hubiera estado allí.
Kairós se quedó quieto, mirando el lugar vacío.
Las palabras resonaban en su cabeza, mezclándose con las imágenes de la señora Elara, con el sonido de las puertas del carro al cerrarse, con el vino derramado sobre los adoquines.
El abismo ya llegó.
Prepárate.
El Diario rompió el silencio.
—Bueno —dijo, y su tono era extrañamente sereno—.
Ahora sí que la hemos cagado.
Kairós no respondió.
Solo siguió caminando.
Hacia casa.
Hacia Leinett.
Hacia lo único que le quedaba.
Por : Hanzonex
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com