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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 7

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7: Capítulo 7 – La Hora de Todos los Días 7: Capítulo 7 – La Hora de Todos los Días FRAGMENTS OF WILL Capítulo 7: La Hora de Todos los Días El taller estaba en silencio cuando entró.

Kairós cruzó el umbral con paso lento, pesado, como si cada pierna pesara una tonelada.

No sabía cuánto tiempo había estado caminando.

El reloj de la plaza marcaba las siete y cuarto cuando pasó por delante, pero eso había sido…

¿hacía una hora?

¿Dos?

El tiempo se había vuelto elástico, estirándose y encogiéndose sin ningún sentido.

La bolsa rota colgaba de su mano, derramando aún las últimas velas por el camino.

El pañuelo de seda, empapado en vino, asomaba por un desgarrón como una lengua morada.

El olor a tinto lo seguía a todas partes, mezclado con ese otro olor que no se iba, el del callejón, el de la sangre, el de la cosa de cuatro metros.

Kairós se apoyó en el marco de la puerta un momento.

Las piernas le temblaban.

El cuerpo le pesaba.

La cabeza le zumbaba con mil voces que no quería escuchar.

El abismo ya llegó.

Prepárate.

Iluminado.

Ascender.

Carrera contra la verdad.

Adiós, Kairós.

Chico malo.

Afuera, la luna seguía su curso, indiferente.

Pero en su luz, por un instante, hubo un destello.

Como un parpadeo.

Como si alguien, desde muy lejos, hubiera contenido el aliento.

Leinett bajó las escaleras al oír la puerta.

Llevaba el pelo revuelto, como si hubiera estado dormitando en el sofá.

Una marca de la almohada le cruzaba la mejilla.

Bostezó a medio camino, pero al verlo, el bostezo se le congeló en la cara.

Los ojos se le abrieron de par en par, y algo en su expresión cambió.

Pasó de la somnolencia a la alerta en un instante.

—¿Kairós?

Él no respondió.

Cruzó el taller con pasos de autómata, dejando un rastro de vidrios rotos y vino derramado.

Llegó al mostrador y dejó caer la bolsa.

Los objetos rodaron: el pañuelo manchado, las velas partidas, el frasco de vino roto que aún goteaba líquido espeso sobre la madera.

Leinett se acercó despacio.

Como quien se acerca a un animal herido, con miedo a asustarlo.

—¿Qué pasó?

—preguntó.

Su voz era baja, cautelosa—.

¿Dónde está…?

Miró la bolsa.

Los regalos destrozados.

El vino que se escurría entre las tablas del mostrador y caía al suelo en gotas lentas.

—Kairós —dijo, y su voz se quebró—.

Kairós, ¿qué pasó?

Él se dejó caer en la silla.

La madera crujió bajo su peso, un gemido que parecía salir de sus propios huesos.

Se quedó allí un momento.

La mirada perdida.

Las manos colgando a los costados.

La respiración entrecortada, como si cada inhalación fuera un esfuerzo titánico.

—Ha sido un día de mierda —dijo al fin.

La voz le salió tan rota, tan vacía, que Leinett dio un paso adelante sin pensar.

Se arrodilló junto a la silla, puso una mano en su rodilla.

—Cuéntame —dijo—.

Cuéntamelo todo.

Y entonces Kairós habló.

No supo cuánto tiempo pasó.

Las palabras salían solas, a borbotones, sin orden ni concierto.

El niño ciego en el callejón de la mañana, con esos ojos blancos que lo miraban como si pudieran verlo todo.

El símbolo del péndulo pintado en la pared, fresco, goteando.

El mensajero envuelto en llamas azules que nadie más veía, consumiéndose en tres segundos mientras la gente pasaba a su lado sin mirar.

Leinett escuchaba en silencio.

No interrumpía.

No decía que eran imaginaciones.

Solo escuchaba, con la mano quieta sobre su rodilla, firme, cálida.

Y luego Kairós habló de la cosa.

La cosa en el callejón de cuatro metros.

Su silueta contra la penumbra.

Su cabeza girando en un ángulo imposible.

Su cara cambiante, sin rasgos, pero con una boca demasiado perfecta, demasiado blanca, demasiado humana.

Su voz infantil preguntando por su madre.

Los dos cuerpos en el suelo.

La sangre.

La huida.

Leinett apretó la mandíbula, pero no dijo nada.

—Me llamó por mi nombre —susurró Kairós—.

Cuando huí…

cuando ya estaba en la plaza, lejos…

oí su voz.

Me dijo “adiós, Kairós, chico malo”.

Y levantó tres dedos.

Tres.

Como si…

No pudo terminar la frase.

Leinett le apretó la rodilla.

Un gesto pequeño, pero que decía sigo aquí.

Y luego contó lo demás.

La señora Elara.

El carro negro.

Los Cazadores.

El reloj.

—Lo arreglé esta tarde —dijo, y la voz se le rompió en mil pedazos—.

Su reloj.

El que le regaló Henrik cuando se casaron.

El que tenía cuarenta años.

El que ella…

el que ella…

No pudo seguir.

Leinett lo miró.

Vio las lágrimas que empezaban a acumularse en sus ojos, ese brillo húmedo que Kairós apenas dejaba ver nunca.

Vio cómo sus hombros empezaban a temblar, cómo sus manos se aferraban a los brazos de la silla con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Se la llevaron —dijo Kairós—.

Por mi culpa.

Porque yo arreglé ese puto reloj.

Si no lo hubiera tocado, si le hubiera dicho que lo tirara, si…

—No.

La voz de Leinett fue firme.

Cortó la espiral como un cuchillo.

—No fue tu culpa.

—Ella confiaba en mí.

Era mi clienta número uno.

Me traía pan cuando no llegábamos a fin de mes.

Y yo…

yo le arreglé el reloj que la condenó.

—Los Galenos la condenaron —dijo Leinett—.

No tú.

Ellos.

Con sus putas reglas y sus putos protocolos y su puta “salud del Todo”.

Kairós la miró.

Y entonces, sin saber cómo, sin saber por qué, las lágrimas llegaron.

No fue un llanto bonito.

No fue de esos que salen en las novelas, con una sola lágrima resbalando por la mejilla.

Fue un llanto feo, descontrolado, de esos que te retuercen el estómago y te dejan sin aire.

Los hombros le temblaban, la respiración se le atragantaba, y de su garganta salían unos sonidos roncos, como los de un animal herido.

Leinett no dudó.

Se levantó, lo abrazó, y lo sostuvo.

Kairós se aferró a ella como un niño.

Enterró la cara en su hombro, en el olor a ella—a jabón barato, a la sopa de la cena, a ese algo único que era Leinett—y lloró.

Lloró por la señora Elara.

Lloró por los dos cuerpos en el callejón.

Lloró por el mensajero que ardió sin que nadie lo viera.

Lloró por el niño ciego que lo miraba desde las sombras.

Lloró por sí mismo, por no saber qué era, por no entender qué le pasaba.

Lloró hasta que no le quedaron lágrimas.

Leinett no soltó el abrazo.

Le acariciaba la espalda con movimientos lentos, rítmicos, como se hace con los niños cuando tienen pesadillas.

—Ya pasó —murmuró—.

Ya pasó.

—No ha pasado —dijo Kairós con la voz ahogada—.

No va a pasar.

La señora Elara no va a volver.

Esas cosas…

esas cosas siguen ahí.

En los callejones.

En las sombras.

Mirándome.

Leinett se separó lo justo para mirarlo a los ojos.

—Entonces las enfrentaremos juntos —dijo—.

Como siempre.

Kairós la miró.

Y por un instante, solo un instante, el mundo dejó de pesar tanto.

—Voy a servir el estofado —dijo Leinett, secándose una lágrima que ni siquiera había notado que derramaba—.

Tú siéntate.

Respira.

Tómate un momento.

Kairós asintió.

Ella subió las escaleras.

Sus pasos se perdieron en el piso de arriba.

Kairós se quedó solo.

Sentado en la silla.

La mirada perdida en ningún sitio.

Las manos colgando a los costados.

No pensaba en nada.

No podía.

Su mente era un espacio vacío donde las imágenes se repetían en bucle: la sonrisa de la cosa, los cuerpos en el suelo, la vara de cristal tocando la sien de Elara, su cuerpo quedándose rígido, vacío, muerto en vida.

Vacío, pensó.

Como si le hubieran arrancado algo más que recuerdos.

Como si le hubieran arrancado el alma….

No es real, pensó por inercia.

No es…

Y entonces el aire cambió.

Kairós lo sintió antes de verlo.

Un peso.

Una presión.

Como si la realidad misma hubiera contenido el aliento.

Parpadeó.

Y todo estaba en blanco.

No blanco como la luz.

Blanco como la ausencia de todo.

Las paredes del taller habían desaparecido.

La silla bajo él, también.

No había suelo, no había techo, no había nada.

Solo él.

Y frente a él, una figura.

Kairós quiso preguntar.

Abrió la boca.

—¿Dónde est…?

—¿Bas?

—la voz llegó antes de que él terminara.

Fría.

Clara.

Arrogante.

La misma voz del sueño, la del niño con el libro, la que le había advertido—.

¿Eso ibas a decir?

¿”Dónde estoy”?

La figura dio un paso adelante.

No tenía rostro definido.

O lo tenía, pero cambiaba constantemente, como si mil caras se superpusieran sin decidirse por ninguna.

Vestía una capa oscura, y en su pecho, apenas visible, un símbolo: un péndulo dentro de un triángulo invertido.

Kairós quiso repetir el mantra.

El de siempre.

El que los Galenos le habían grabado a fuego.

No es real.

No es real.

No es…

—No es real, ¿verdad?

—la voz lo interrumpió, cargada de un sarcasmo gélido—.

Eso ibas a decir.

“No es real”.

O quizás “no puede dañarme”.

El mantra de los Galenos.

Muy efectivo, por cierto.

Sobre todo cuando ves cosas como…

Una pausa.

La figura inclinó la cabeza.

—…como un niño ciego que te mira desde las sombras.

Como un ser de cuatro metros que sonríe mientras pregunta por su madre.

Como dos cuerpos mutilados en el suelo de un callejón.

Cada palabra era un puñal.

—Dime, relojero —continuó la voz—.

Esa sangre que viste.

¿Era real?

Kairós no respondió.

—Claro que lo era.

La sentiste en el aire.

El olor a cobre.

A muerte.

No hay mantra que borre un olor.

La figura dio otra vuelta a su alrededor.

Kairós no podía moverse.

No podía apartar la mirada.

—Y la señora Elara.

Tu clienta número uno.

La que te traía pan cuando no llegabas a fin de mes.

La que te sonreía como si importaras.

—La voz se hizo más baja, más íntima, más cruel—.

¿Eso no era real?

¿La vara de cristal tocando su sien?

¿Su cuerpo rígido, vacío, siendo engullido por ese carro negro?

¿El sonido de las puertas al cerrarse?

Kairós apretó los puños.

—Claro que era real.

Y lo sabes.

La figura se detuvo frente a él.

—Todos lo saben.

Los vecinos que miraron y no hicieron nada.

Los Cazadores que ejecutaron el protocolo con esa eficiencia tan…

profesional.

Los Galenos, siempre vigilantes, siempre velando por la salud del Todo.

Escupió las últimas palabras como si fueran veneno.

—El sistema funciona, Kairós.

No porque sea justo.

Sino porque el miedo funciona mejor que cualquier justicia.

Kairós encontró la voz.

—¿Qué quieres?

La figura sonrió.

Una sonrisa que no era una sonrisa, solo el eco de una.

—Lo mismo que siempre he querido.

Que dejes de mentirte.

Dio un paso más.

Estaban tan cerca que Kairós podría tocarlo, si es que había algo que tocar.

—Has visto cosas estos tres años.

Desde que llegaste a Ferren.

Desde mucho antes, quizás.

Grietas en las paredes que respiraban.

Sombras que se movían solas.

Personas que ardían en llamas que nadie más veía.

Y siempre, siempre, te repetías el mantra.

“No es real.

No puede dañarme.

Los Galenos lo explican.” La figura alzó una mano.

No tocó a Kairós, pero este sintió un frío imposible recorrerle la nuca.

—Pero esta noche viste algo que no puedes explicar.

Algo que no cabe en el mantra.

Una madre.

Un hijo.

Muertos.

Asesinados por una criatura que no debería existir.

Y la sangre era real.

El olor era real.

El miedo era real.

Kairós sintió que las piernas le flaqueaban.

Pero no había suelo.

Solo ese vacío blanco e infinito.

—Y luego viste a Elara.

Tu Elara.

La única persona en este maldito distrito que te trató como algo más que un relojero útil.

La viste ser arrastrada a una jaula por llevar un reloj que tú arreglaste.

La voz se suavizó.

Pero no era bondad.

Era algo peor.

Era comprensión.

—Y sabes qué es lo peor, Kairós?

Él no respondió.

—Lo peor es que tienes razón en tener miedo.

Pero no a las cosas que ves.

A ellas puedes huirles, esconderte, sobrevivir.

La figura inclinó la cabeza, y sus ojos—si es que los tenía—se clavaron en los de Kairós.

—El verdadero miedo debería darte los Galenos.

Porque ellos no matan cuerpos.

Matan almas.

Borran recuerdos.

Reconvierten personas en cáscaras vacías que sonríen mientras firman su propia condena.

Y lo hacen con papeles, con protocolos, con la aprobación de todos.

Una pausa.

—Como acaban de hacer con Elara.

Kairós sintió que algo se rompía dentro de él.

Una pared.

Un muro.

Algo que había construido durante años para protegerse.

—¿Por qué me dices todo esto?

—preguntó, la voz rota.

La figura lo miró.

Y cuando habló, su tono cambió.

Ya no era sarcasmo.

Ya no era crueldad gratuita.

Era algo más profundo.

Más antiguo.

—Porque es hora de despertar, Kairós.

El vacío blanco a su alrededor empezó a temblar.

—Es hora de dejar de repetir mentiras.

Es hora de aceptar lo que eres.

Kairós sintió que algo emergía de su pecho.

Un calor.

Una presión.

Algo que había estado ahí siempre, dormido, esperando.

—Es hora de luchar.

La figura extendió una mano.

No para tocarlo.

Para señalar algo detrás de él.

Kairós se giró.

Y vio.

Millones de hilos.

Como telarañas.

Como raíces.

Conectando todo.

Las paredes, el suelo, las personas, los recuerdos.

Cada hilo vibraba con una luz tenue, y en algunos, muy pocos, había grietas.

Pequeñas fisuras por las que algo se filtraba.

Una de esas grietas estaba en él.

Justo en el centro del pecho.

—Es hora de ascender a la Iluminación, Kairós Elinan Thornen.

La voz llegó desde todas partes.

—Acepta lo que eres.

Acepta que eres un Iluminado.

Kairós quiso hablar.

Quiso preguntar.

Pero las palabras no le salían.

La figura se acercó un paso más.

Su rostro—esa amalgama cambiante de caras—se detuvo un instante en una expresión casi humana.

Casi amable.

—Y ya que estamos…

—dijo, y su tono se volvió más coloquial, más íntimo—.

Recuerdo que alguien te advirtió, hace mucho tiempo, que si seguías mirando al abismo y negando que existe, el abismo vendría por ti.

Kairós se quedó helado.

Las palabras.

Las palabras del sueño.

Las palabras de aquella voz cuando él era niño.

Kairós es malo.

Hurga en la mente de otras personas.

Ten cuidado.

Porque si sigues mirando al abismo y negando que existe, el abismo vendrá por ti algún día.

—Ese alguien —continuó la figura— era yo.

Y también fui yo, anoche, cuando aceptaste lo que aún no recuerdas.

Kairós frunció el ceño.

—¿Anoche?

Yo…

no estuve…

—No lo recuerdas.

Aún no.

—La figura sonrió—.

Pero lo harás.

Cuando sea el momento.

Kairós abrió la boca.

La cerró.

La volvió a abrir.

—Tú…

¿tú estabas allí?

¿En el orfanato?

—Estuve en muchos sitios.

—La figura sonrió—.

Pero contigo, Kairós, siempre he tenido un interés especial.

Dio otro paso.

Estaban tan cerca que casi se tocaban.

—Y ahora, aquí estamos.

El abismo ha llegado.

Tal como predije.

Kairós tragó saliva.

—¿Y qué quieres que haga?

La figura inclinó la cabeza.

Su expresión cambió, volviéndose más seria, más grave.

—Quiero que dejes de ser un conejo asustado y empieces a pelear.

—¿Pelear contra qué?

¿Contra esas cosas?

¿Contra los Disonantes?

El nombre le salió solo, como si lo hubiera sabido siempre.

La figura asintió.

—Los Disonantes.

Sí.

Pero no son el enemigo real.

—¿Quién es el enemigo real?

—Los Galenos.

Kairós parpadeó.

—¿Los Galenos?

Ellos…

ellos protegen a la gente.

Mantienen el orden.

La Neblina, los protocolos, todo es para…

—¿Para qué?

—lo interrumpió la figura—.

¿Para protegeros?

¿O para controlaros?

Hizo un gesto con la mano, y las imágenes a su alrededor cambiaron.

Kairós vio calles, gente, criaturas de sombra deslizándose entre las multitudes.

Vio a los Cazadores observando desde las esquinas, con sus estetoscopios de latón y sus miradas frías.

—Esas criaturas que viste —dijo la figura—.

Las sombras.

Los monstruos.

¿Crees que aparecen por casualidad?

Kairós no respondió.

—Los Galenos las crean.

La afirmación cayó como una bomba en el silencio blanco.

—¿Qué?

—Las crean.

Las cultivan.

Las alimentan con el sufrimiento de la gente.

Y luego las cazan, para que la población les tenga miedo.

Para que necesiten su protección.

Para que acepten cualquier cosa con tal de no enfrentarse a eso.

La figura señaló hacia algún lugar, hacia ninguna parte.

—Es el negocio perfecto.

Crean el monstruo, venden la cura.

Y tú, Kairós, llevas toda tu vida comprando esa mentira.

Kairós negó con la cabeza.

—No.

No puede ser.

Eso es…

eso es…

—¿Demasiado cruel?

¿Demasiado retorcido?

—La figura soltó una risa corta—.

Bienvenido al mundo real, relojero.

El que está fuera de los panfletos de los Galenos.

El que existe en los callejones donde la gente muere de verdad.

Kairós sintió que las piernas le flaqueaban.

Pero no había suelo.

Solo ese vacío blanco e infinito.

—¿Por qué me cuentas todo esto?

—Porque quiero que luches.

—La figura lo miró fijamente—.

Los Galenos son el enemigo común.

Ellos y sus criaturas.

Los Disonantes.

Las sombras.

Todo forma parte del mismo sistema de control.

—¿Y tú?

—preguntó Kairós—.

¿Tú qué ganas?

La figura sonrió.

Una sonrisa enigmática, que no revelaba nada.

—Digamos que tengo mis propias razones para querer ver ese sistema arder.

—No me fío de ti.

—No deberías.

—La figura se encogió de hombros—.

Pero tampoco deberías fiarte de los Galenos.

Y al menos yo no te miento sobre lo que quiero.

Kairós lo miró un largo rato.

—¿Cómo sé que no estás manipulándome?

—No lo sabes.

—La figura sonrió—.

Tendrás que averiguarlo por ti mismo.

Como todo lo demás.

Empezó a desvanecerse.

El blanco a su alrededor se hacía más intenso, más cegador.

—Espera —dijo Kairós—.

Tu nombre.

Dime tu nombre.

La figura se detuvo.

Ya casi invisible, un contorno difuminado en la luz.

Se giró.

Por un instante, sus ojos—sean lo que fuesen—se clavaron en los de Kairós con una intensidad que helaba la sangre.

—¿mi nombre ?, aún no eres digno de saberlo pero…—la voz llegó distorsionada, como un eco lejano, pero cada palabra golpeó con la fuerza de un martillo—.

Para ti, relojero, soy el dios de este mundo.

Una pausa.

—Yo soy El Historiador.

Otra pausa.

Más larga.

Más pesada.

—Grábatelo en la memoria.

El blanco estalló.

— Kairós abrió los ojos.

Estaba en la silla.

El taller seguía ahí.

Las paredes, el mostrador, las herramientas.

Todo normal.

Pero nada era normal.

Respiraba hondo.

El corazón le golpeaba el pecho como un pájaro enjaulado.

Las palabras del Historiador aún resonaban en su cráneo, mezclándose con las imágenes de la señora Elara, con la sonrisa de la cosa, con los tres dedos despidiéndose.

Los Galenos crean las criaturas.

Los Disonantes.

Todo forma parte del mismo sistema de control.

El abismo ha llegado.

Leinett bajaba las escaleras con dos platos humeantes.

El olor a estofado llenó el taller, un aroma cálido y casero que contrastaba brutalmente con todo lo que Kairós llevaba dentro.

—El estofado está…

—empezó, pero al ver su cara se detuvo.

Los platos se quedaron a medio camino de la mesa—.

¿Kairós?

Él no respondió.

Leinett dejó los platos en la mesa y se acercó.

Sus ojos verdes recorrían su cara, buscando respuestas.

—Estás blanco —dijo—.

¿Qué pasó?

¿Otra visión?

Kairós la miró.

Luego miró sus manos.

Las mismas de siempre.

Las que habían reparado cientos de relojes.

Las que habían arreglado el reloj de la señora Elara.

Pero ahora sabía.

Había algo más.

Algo que siempre había estado ahí, esperando.

—Sí —dijo—.

Otra visión.

Leinett esperó.

No preguntó más.

Solo esperó.

Kairós respiró hondo.

Luego metió la mano en el bolsillo del chaleco.

No para sacar el reloj de Leinett—ese seguía en su bolsillo, marcando las 3:07, congelado para siempre.

Para otra cosa.

El Diario.

Lo sacó.

Estaba cerrado.

Normal.

Inofensivo.

Pero en el momento en que sus dedos tocaron la cubierta, el libro se abrió solo.

Las páginas pasaron una, dos, tres veces, hasta detenerse en una completamente en blanco.

Y entonces, la tinta empezó a aparecer.

No era la letra burlona de siempre.

Era más grande.

Más salvaje.

Como si alguien hubiera gritado las palabras directamente sobre el papel.

BIENVENIDO, IDIOTA.

A LA CARRERA CONTRA LA VERDAD.

AHORA MISMO ERES EL PARTICIPANTE NÚMERO…

La tinta dudó un segundo.

Luego escribió: BUENO, DIGAMOS QUE NO LLEVAS LA CUENTA.

PERO CUIDADO.

YA HAY MUCHA GENTE QUE ESTÁ CERCA.

Y LO MEJOR DE TODO…

La letra se hizo más pequeña, más íntima, más cruel.

…NO TIENES NADA DE VENTAJA.

Un dibujo apareció debajo.

Una figura pequeña, hecha con trazos rápidos, corriendo hacia un horizonte mientras otras figuras—más grandes, más definidas—la seguían de cerca.

Y luego, el Diario se rió.

No escribió “ja” o “je”.

La risa apareció directamente en el papel como un garabato ondulante, como si el libro mismo estuviera temblando de diversión.

Pero había algo distinto en esa risa.

Algo tenso.

Algo que Kairós, en su estado, casi no notó.

Kairós cerró el libro de golpe.

Leinett lo miraba sin entender.

—¿Qué es eso?

—preguntó—.

¿Qué tienes ahí?

Él negó con la cabeza.

Se guardó el Diario.

Respiró hondo.

Luego se levantó.

Fue hasta la mesa.

Se sentó.

Tomó la cuchara.

—Nada —dijo—.

Vamos a cenar.

Leinett dudó un momento.

Lo miró con esos ojos que siempre veían demasiado.

Luego asintió y se sentó frente a él.

El estofado humeaba entre ellos.

Kairós comió en silencio.

Pero mientras masticaba, su mente no paraba.

Iluminado.

Ascender.

Carrera contra la verdad.

Gente que está cerca.

Sin ventaja.

Los Galenos crean las criaturas.

Los Disonantes.

El abismo ha llegado.

Miró por la ventana.

La noche de Ferren, oscura, indiferente, infinita.

En algún lugar de esa oscuridad, había cosas que lo esperaban.

Cosas que lo conocían por su nombre.

Cosas que lo llamaban “chico malo”.

Y ahora sabía que no estaba solo en esa carrera.

El problema era que los demás llevaban ventaja.

Y él ni siquiera sabía cuándo había empezado.

Pero ya no importaba.

El abismo había llegado.

Y era momento de empezar a entenderlo.

Y combatirlo.

— En el bolsillo de su chaleco, el Diario esperó un momento antes de escribir una última línea en una página que Kairós no vería hasta mucho después: Oye…

que conste que ese tipo…

El Historiador…

es realmente genial, ¿sabes?

Da miedo, pero tiene estilo.

Eso hay que reconocerlo.

Ahora, a ver si el idiota de mi anfitrión sobrevive lo suficiente para que podamos hablar de ello.

Porque esto…

esto solo acaba de empezar.

Y yo, que he visto imperios caer y dioses morir, tengo el presentimiento de que tú, idiota, vas a ser el más interesante de todos.

Ahora, a ver si no te matan antes de que pueda verte ascender.

Ñi-ñi-ñi.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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