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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 8

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8: Capítulo 8 – La Primera Pelea 8: Capítulo 8 – La Primera Pelea FRAGMENTS OF WILL Capítulo 8: La Primera Pelea La cena terminó en silencio.

Kairós ayudó a Leinett a recoger los platos, sus movimientos automáticos, precisos, como si su cuerpo funcionara con un mecanismo de cuerda mientras su mente seguía atrapada en el vacío blanco donde El Historiador le había hablado de dioses y abismos.

—¿Vas a estar bien?

—preguntó Leinett desde el fregadero, sin mirarlo.

—Sí.

Mentira.

Pero era la mentira de siempre, la que se decían para no preocuparse el uno al otro.

Ella asintió, aunque no se la creyó.

Kairós subió las escaleras.

Su habitación era pequeña.

Una cama, una mesilla, un armario con la puerta torcida.

En la pared, colgado con un clavo, el reloj que había heredado de su padre—el que marcaba las 3:07, el que nunca volvió a funcionar después de aquella noche.

Kairós se sentó en el borde de la cama un momento.

Luego se levantó y caminó hacia el espejo.

El espejo era pequeño, ovalado, con el azogue gastado en las esquinas.

Su reflejo lo miró desde el otro lado: la misma cara de siempre.

La misma barba de tres días.

Las mismas ojeras profundas.

Los mismos ojos grises que habían visto demasiado en un solo día.

—¿Quién eres?

—susurró.

El reflejo no respondió.

Parpadeó.

Y por un instante, solo un instante, el reflejo no parpadeó con él.

Se quedó mirándolo fijamente.

Como si desde el otro lado del azogue, alguien estuviera esperando su turno.

Apartó la mirada.

Se quitó el chaleco.

Lo colgó en el respaldo de la silla.

Del bolsillo sacó el Diario—el libro maldito, el que hablaba, el que se reía de él—y lo dejó en la repisa junto a la cama.

Las tapas negras parecían absorber la luz de la vela.

—No hagas ruido —murmuró.

El Diario no respondió.

Pero Kairós juró que lo sintió reírse por dentro.

No era una risa burlona.

Era otra cosa.

Como si el libro supiera algo que él ignoraba.

Como si estuviera esperando.

Se tumbó en la cama.

Miró el techo un rato, las grietas en la madera, las sombras que bailaban con la llama de la vela.

Iluminado.

Ascender.

Disonantes.

El abismo.

Las palabras daban vueltas en su cabeza como moscas alrededor de una herida.

Cerró los ojos.

Y el sueño llegó sin avisar, suave como una caricia, arrastrándolo hacia abajo.

— El sol calentaba su cara.

Kairós parpadeó, deslumbrado.

No reconocía el lugar.

Era un campo—verde, inmenso, con flores amarillas que se mecían con la brisa.

El cielo era de un azul imposible, de esos que no existen en Darsalia, donde siempre hay una capa de humo entre la gente y el sol.

Alguien reía a lo lejos.

Kairós se giró.

Vio figuras, borrosas, difuminadas por la luz.

Una mujer con el pelo suelto.

Un hombre alto que la sostenía por la cintura.

Un niño pequeño que corría entre ellos, riendo.

¿Papá?

¿Mamá?

Las palabras se le formaron en la garganta, pero no salieron.

Quiso correr hacia ellos, abrazarlos, sentir sus brazos alrededor de él una vez más.

Pero cuando dio el primer paso, las figuras empezaron a derretirse.

No como cera.

Peor.

Como piel que se desprende del hueso.

La sonrisa de la mujer se alargó, se torció, se convirtió en un rictus de dolor.

El hombre abrió la boca para gritar, pero de ella solo salió un chillido—agudo, mecánico, como el de un engranaje que patina.

El niño…

El niño se giró hacia él.

Y su cara era un agujero negro.

Kairós quiso gritar, pero el sonido se le atragantó.

El cielo azul se desgarró como un telón, dejando ver lo que había detrás: oscuridad.

Oscuridad absoluta.

Oscuridad que lo engullía todo, que se lo tragaba, que le llenaba la boca y los ojos y los oídos.

Se estaba ahogando.

No había aire.

No había luz.

No había nada.

Solo la presión en su pecho, en sus pulmones, en su garganta.

Algo lo aplastaba, lo exprimía, lo vaciaba por dentro.

No.

No.

NO.

Luchó.

Pataleó.

Arañó la oscuridad con las uñas.

Y entonces, cuando ya no podía más, cuando sus pulmones ardían y su cabeza estaba a punto de estallar…

La oscuridad retrocedió.

No del todo.

Quedó un espacio.

Pequeño.

Íntimo.

Como una burbuja en medio de la negrura.

Kairós jadeó, incorporándose de rodillas.

No había suelo bajo él, pero podía arrodillarse.

No había aire, pero podía respirar.

Las reglas del mundo ya no importaban aquí.

Levantó la vista.

Y lo vio.

Al fondo.

En el horizonte de sombras.

Una silueta.

Alta.

Demasiado alta.

La misma del callejón.

Los mismos cuatro metros de pesadilla.

La misma cabeza que giraba en ángulos imposibles.

La misma boca demasiado perfecta, demasiado blanca.

Pero ahora no sonreía.

Ahora lo miraba fijamente.

Y Kairós supo, con una certeza absoluta, que esta vez no venía a asustarlo.

Esta vez venía a por él.

—Mierda —susurró.

La palabra apenas le salió de la boca cuando la silueta se movió.

No corrió.

No voló.

Simplemente…

estaba allí.

Un instante en el horizonte, al siguiente a tres metros de él, su brazo—ese brazo larguísimo, delgado como un zancudo—bajando en un arco mortal hacia su cabeza.

Kairós no pensó.

Si hubiera pensado, habría muerto.

Pero su cuerpo—el cuerpo que había aprendido a esquivar palizas en el orfanato, a correr de los cuidadores cuando se ponían violentos, a anticipar los golpes antes de que llegaran—reaccionó por él.

Rodó hacia la izquierda.

El brazo pasó rozándole la oreja.

Sintió el viento, sintió el frío, sintió que por un pelo—por un puto pelo—no le había arrancado la cabeza de cuajo.

—¡Hostia!

—gritó, poniéndose de pie de un salto.

La silueta ya estaba girando, ya venía de nuevo.

No le daba tiempo.

No le daba tiempo.

Pero Kairós ya estaba en movimiento.

Otro rodillazo, esta vez hacia atrás.

El brazo pasó por donde había estado su pecho un segundo antes.

Más rápido, pensó.

En los sueños eres más rápido.

Lo leí en algún lado.

La mente va más rápida cuando sueñas.

Aprovecha.

Aprovecha.

Se puso en pie, tambaleándose.

La silueta ya estaba encima, otro golpe, otro, otro.

Eran como latigazos, imposibles de seguir con la vista, pero su cuerpo—su puto cuerpo—los esquivaba.

Un paso atrás.

Giro.

Otro paso.

Agacharse.

No puedo seguir así.

Me va a pillar.

Me va a…

Un dolor explosivo en el costado.

Le había dado.

No de lleno, pero le había dado.

Kairós salió despedido, rodó por el vacío—¿se puede rodar por el vacío?—y fue a estrellarse contra algo que no existía.

El aire se le escapó de los pulmones.

—Ah —dijo, una exclamación ridícula, patética—.

Ah, joder.

Se incorporó, sujetándose las costillas.

Dolía.

Dolía de verdad, aunque esto fuera un sueño.

¿Podías morir en un sueño?

¿Y si morías aquí, morías de verdad?

La silueta ya estaba frente a él.

Más cerca.

Más alta.

Ahora podía ver los detalles: la piel gris, el movimiento bajo ella, los miles de ojos diminutos que bullían como larvas.

Pero la boca…

la boca seguía siendo humana.

Demasiado humana.

—Kairós…

—dijo, con esa voz de niño que helaba la sangre—.

Kairós, chico malo.

Kairós escupió—sangre, en el sueño también escupía sangre—y se puso en posición.

Piernas separadas.

Peso en la punta de los pies.

Manos arriba, protegiendo la cara.

Lo básico.

Lo que un viejo en el orfanato le había enseñado una vez, cuando tenía diez años y los mayores lo acorralaban.

“Nunca dejes que te vean débil, muchacho.

Siempre las manos arriba.

Siempre los pies listos.

Y si no puedes ganar, corres.” —Vale —dijo Kairós, la voz temblorosa pero desafiante—.

Vale, hijo de puta.

Vamos allá.

La silueta sonrió.

Su sonrisa ocupó toda la cara.

Y entonces atacó.

Fue un vendaval de golpes.

Brazos que salían de todas partes, que atacaban desde ángulos imposibles, que buscaban su cabeza, su pecho, su estómago.

Kairós esquivaba, esquivaba, esquivaba—a veces por centímetros, a veces porque la cosa erraba el golpe por su propia velocidad.

—¡Joder!

—gritó cuando un golpe le rozó la sien—.

¡Joder, joder, joder!

Es demasiado rápido.

No puedo.

No puedo.

Pero esquivó el siguiente.

Y el otro.

Y el otro.

Su cuerpo se movía solo, como si llevara años esperando este momento.

Como si todas las peleas callejeras, todas las huidas, todas las veces que había tenido que defenderse de alguien más grande, más fuerte, más cruel, hubieran sido un entrenamiento para esto.

Un brazo le pasó a un palmo de la cara.

Aprovechó el desequilibrio de la criatura—si es que podía desequilibrarse—para lanzar un puñetazo a su torso.

El impacto fue como golpear una roca.

Kairós sintió que los nudillos se le rompían—o eso parecía, en el sueño, con ese dolor que era real y no lo era—y la criatura ni se inmutó.

—Mierda —silbó entre dientes, retirando la mano—.

Mierda, mierda, mierda.

La silueta inclinó la cabeza.

Esa cabeza que giraba como la de un pájaro.

Lo miró con sus ojos—los que aparecían y desaparecían—y por un instante, Kairós juró que vio diversión en ellos.

—Duele, ¿verdad?

—preguntó la voz infantil—.

Golpear sin poder.

Luchar sin fuerzas.

Así son los humanos.

—Cállate —gruñó Kairós.

—Frágiles.

—La criatura dio un paso lateral.

Kairós giró con ella, manteniendo la distancia—.

Rotos.

Pero no queréis aceptarlo.

—He dicho que te calles.

Otro ataque.

Esta vez Kairós lo vio venir—el brazo izquierdo, un arco descendente—y en lugar de esquivar, se lanzó hacia adelante.

Dentro de su guardia.

Donde los golpes perdían fuerza.

Fue un movimiento suicida.

También fue lo único que se le ocurrió.

Chocó contra el torso de la criatura.

Sintió el frío, sintió el movimiento bajo la piel, sintió que miles de ojos diminutos se volvían hacia él al mismo tiempo.

—¡Aaah!

—gritó, apartándose—.

¡Qué puto asco!

La criatura no esperó.

Su otro brazo—el derecho—barrió el espacio donde Kairós acababa de estar.

Si no se hubiera apartado por el asco, le habría partido la columna.

El asco, pensó Kairós mientras rodaba por enésima vez.

El asco me salvó.

Qué puta ironía.

Se puso en pie, jadeando.

El costado le dolía.

La mano le dolía.

La cabeza le dolía.

Pero seguía vivo.

Seguía peleando.

—¿Sabes qué?

—dijo, escupiendo sangre otra vez—.

Mis amigos me enseñaron a pelear.

Bueno, no amigos.

Gente.

En el orfanato.

Cuando los mayores venían a por los pequeños.

La criatura lo miró.

No atacó.

Esperó.

—Me enseñaron que no importa cuán grande sea el enemigo.

—Kairós dio un paso lateral.

La criatura giró—.

Siempre hay un punto débil.

Siempre hay una forma.

—¿Y cuál es mi punto débil, Kairós?

—preguntó la voz infantil.

Kairós sonrió.

Una sonrisa tensa, forzada, de alguien que no tiene ni puta idea de lo que está haciendo.

—No tengo ni idea.

Pero lo encontraré.

Atacó primero.

Fue una locura.

Un salto hacia adelante, un puñetazo directo a esa cara cambiante.

La criatura lo esquivó con un movimiento mínimo—como si Kairós se moviera en cámara lenta para ella—y contraatacó.

El golpe le alcanzó en el hombro.

Kairós sintió que el brazo se le dormía, que perdía sensibilidad, que el miembro colgaba inútil a su costado.

Pero en el pecho, donde antes había un vacío, algo se removió.

Un calor diminuto.

Como si alguien, desde muy lejos, le estuviera susurrando: “Levántate.” —¡Joder!

—gritó, rodando para alejarse.

Se puso de pie con un solo brazo útil.

El izquierdo colgaba como un peso muerto.

Mierda.

Mierda.

Mierda.

La criatura avanzó.

Lenta.

Disfrutando.

—Un brazo roto —dijo con esa voz de niño—.

Ya no puedes pelear.

—Puedo correr —dijo Kairós.

Y corrió.

No había dirección en el sueño.

No había norte ni sur.

Solo oscuridad infinita en todas direcciones.

Pero Kairós corrió, con su único brazo bombeando, con las piernas ardiendo, con el corazón golpeándole el pecho como un martillo.

La criatura lo siguió.

No corría.

Simplemente…

estaba.

Cada vez que Kairós miraba atrás, allí estaba.

A la misma distancia.

Mirándolo.

Sonriendo.

—No puedes huir —canturreó—.

Esto es mi mundo.

Mis reglas.

Tú solo…

un ratoncito asustado.

Kairós no respondió.

Corrió.

Y mientras corría, su mente trabajaba.

No podía ganar.

No podía huir.

No podía hacer nada.

¿O sí?

Recordó las palabras de El Historiador.

Iluminado.

Ascender.

Acepta lo que eres.

Pero no sabía qué era.

No sabía cómo aceptarlo.

No sabía cómo usar ese poder que, según decían, llevaba dentro.

Entonces aprende, se dijo.

Aprende mientras peleas.

Aprende mientras te matan.

Se detuvo en seco.

La criatura se detuvo también.

A diez metros.

Mirándolo.

—¿Ya te cansaste?

—preguntó.

—No —dijo Kairós—.

Me acabo de dar cuenta de algo.

—¿De qué?

Kairós levantó la mano—la buena, la que aún funcionaba—y señaló a la criatura.

—De que eres un puto creído.

Y los creídos siempre cometen errores.

La criatura frunció el ceño—un gesto extraño en esa cara cambiante.

—¿Errores?

—Sí.

Como este.

Kairós se lanzó hacia adelante.

No hacia la criatura—hacia un lado.

Hacia un punto en la oscuridad que no era diferente de ningún otro, pero que él había elegido.

La criatura se movió para interceptarlo.

Y entonces Kairós cambió de dirección.

No fue un movimiento natural.

Fue un quiebro imposible, de esos que solo se pueden hacer en sueños, cuando las leyes de la física son sugerencias.

Giró en el aire, plantó el pie en la nada, y se impulsó hacia el otro lado.

La criatura no lo esperaba.

Su brazo—el derecho—pasó por donde Kairós ya no estaba.

El izquierdo—el que le había golpeado antes—se movió para cubrir el hueco, pero era demasiado lento.

Demasiado predecible.

Kairós pasó por debajo de su guardia y le asestó una patada en la rodilla.

El impacto fue como patear una roca.

Otra vez.

Pero esta vez la criatura…

vaciló.

Solo un instante.

Una fracción de segundo.

Pero suficiente para que Kairós lo viera.

—Ahí —susurró—.

Ahí estás.

La criatura rugió.

Ya no era una voz infantil.

Era un chillido de mil engranajes patinando al mismo tiempo.

Kairós no esperó a oír más.

Salió corriendo, pero ahora con dirección.

Ahora con propósito.

Sabía que no podía ganar.

Sabía que esto era solo el principio.

Pero también sabía algo más: podía hacerle daño.

Podía hacerle daño, aunque fuera solo una patada en la rodilla.

Podía hacerle daño, aunque fuera en sueños.

Y si podía hacerle daño aquí, podía aprender.

Podía entender sus patrones, sus debilidades, su danza.

Como si el mundo, por fin, empezara a tener sentido.

—Puedo hacerle daño en el mundo real —susurró mientras corría—.

Puedo.

La criatura lo persiguió.

Más rápida ahora.

Más furiosa.

Pero Kairós sonreía.

Una sonrisa tensa, loca, de alguien que acaba de descubrir que el monstruo bajo la cama también sangra.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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