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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 9

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9: Capítulo 9 – El Punto Caliente 9: Capítulo 9 – El Punto Caliente FRAGMENTS OF WILL Capítulo 9 – El Punto Caliente Kairós corría.

No sabía hacia dónde.

No sabía por qué.

Solo sabía que si se detenía, esa cosa lo alcanzaría, y aunque esto fuera un sueño—aunque no estuviera seguro de que morir aquí significara morir de verdad—su cuerpo se negaba a comprobarlo.

Las piernas le ardían.

El brazo bueno—el derecho—le bombeaba al costado, marcando el ritmo de la huida.

El izquierdo seguía colgando, inútil, como un peso muerto que le desequilibraba la carrera.

Detrás, la criatura no corría.

Simplemente…

estaba.

Cada vez que Kairós miraba por encima del hombro, allí estaba.

A la misma distancia.

Avanzando sin avanzar.

Sonriendo con esa boca demasiado perfecta.

—No puedes huir para siempre —canturreó la voz infantil—.

Esto es mi mundo.

Mis reglas.

Tú solo…

un ratoncito asustado.

Kairós no respondió.

No podía.

El aire le quemaba los pulmones.

Cada bocanada era un esfuerzo titánico, como si la oscuridad a su alrededor fuera sólida y hubiera que desgarrarla para respirar.

Pero seguía corriendo.

Y mientras corría, su mente trabajaba.

Repasaba una y otra vez lo que había pasado.

El golpe en la rodilla.

Ese instante en que la criatura había dudado.

Ese momento en que su patada—una patada de mierda, sin fuerza, sin técnica—había hecho algo más que rebotar contra esa piel de roca.

Conocimiento, pensó.

La palabra le llegó sin saber de dónde.

Como un susurro en el fondo de su mente.

Como algo que siempre había sabido pero nunca había puesto en palabras.

Conocimiento.

Entender al enemigo.

Saber dóduele, cómo duele, por qué duele.

Recordó las palabras de El Historiador.

Es hora de ascender a la Iluminación.

Pero esto no era ascender.

Esto era…

aprender.

Aprender a golpear.

Aprender a sobrevivir.

La primera vez que le había golpeado—en el torso, en el hombro—no había hecho nada.

Su puño había rebotado contra esa piel como si golpeara una pared.

Pero la patada en la rodilla…

esa había sido diferente.

Porque había visto a la criatura cojear.

Había visto cómo, por un instante, su peso se desplazaba hacia el otro lado.

Había visto una debilidad.

Ahí, pensó.

Ahí está.

No es invencible.

Solo…

diferente.

Y lo diferente se puede aprender.

Miró atrás otra vez.

La criatura seguía allí.

Pero ahora Kairós no solo veía el horror.

Veía…

patrones.

La forma en que movía los brazos.

La manera en que su cabeza giraba siempre hacia el mismo lado antes de atacar.

El modo en que su sonrisa se ensanchaba cuando creía que tenía ventaja.

Estás aprendiendo, se dijo.

No sé cómo, pero estás aprendiendo.

Y entonces la criatura hizo trampa.

Kairós lo sintió antes de verlo.

Un cambio en el aire—en la oscuridad—en las reglas del sueño.

Como si algo se hubiera roto.

Como si alguien hubiera dicho “esto ya no vale” y hubiera movido el tablero.

De la nada—literalmente de la nada—empezaron a salir cosas.

Pequeñas.

Rápidas.

Múltiples.

Kairós frenó en seco, patinando sobre el vacío.

Las vio emerger de la oscuridad como burbujas en agua hirviendo.

Docenas.

Quizás cientos.

Criaturas del tamaño de ratas grandes, con cuerpos esféricos cubiertos de ojos diminutos—tantos ojos que parecían brillar con luz propia—y patas como agujas de coser, delgadas, afiladas, que arañaban el vacío mientras avanzaban hacia él.

—¿Qué…?

—alcanzó a decir.

La primera le saltó a la cara.

Kairós levantó el brazo bueno por instinto.

Las patas de aguja se clavaron en su antebrazo—no profundo, pero sí lo suficiente para doler, para sangrar, para que un chillido de sorpresa y dolor se le escapara de la garganta.

—¡Hostia puta!

Sacudió el brazo con furia.

La criatura salió despedida, pero otras dos ya estaban encima.

Una le mordió—¿mordió?

¿chupó?—el costado.

La otra se enganchó a su pierna, sus patas de aguja perforándole el pantalón de ensueño y clavándose en la carne de verdad.

Kairós cayó.

Rodó por el vacío, aplastando criaturas bajo su peso—sintió cómo reventaban, cómo sus cuerpos esféricos se rompían como huevos podridos, cómo un líquido frío y pegajoso le empapaba la ropa—pero más seguían viniendo.

Más y más y más.

—¡Joder!

—gritó, pateando, golpeando, arañando—.

¡JODER!

Se puso de rodillas.

Un grupo de criaturas le trepaba por la espalda.

Sintió sus patas clavándose en la piel, cientos de diminutas heridas que no mataban pero que dolían, dolían, dolían.

Sacudió los hombros, se tiró al suelo, rodó sobre sí mismo una y otra vez, aplastando, aplastando, aplastando.

Cuando logró incorporarse, jadeante, cubierto de ese líquido frío que olía a metal podrido, vio que la criatura grande ya no estaba a lo lejos.

Estaba delante de él.

A tres metros.

Mirándolo.

—Los pequeñitos —dijo con su voz de niño—.

Siempre funcionan.

Son tan…

molestos.

Kairós escupió—sangre, siempre sangre en este puto sueño—y se puso en posición.

Piernas separadas.

Manos arriba.

La izquierda apenas respondía, pero la derecha estaba lista.

Las criaturas pequeñas se arremolinaban a su alrededor, pero no atacaban.

Esperaban.

Como perros esperando la orden de su amo.

—Sabes qué —dijo Kairós, la voz temblorosa pero desafiante—.

Me cago en tus pequeñitos.

Y me cago en ti.

La criatura inclinó la cabeza.

Ese gesto de pájaro.

Esa curiosidad depredadora.

—El ratoncito tiene lengua.

—El ratoncito tiene un puñetazo guardado para ti, hijo de puta.

La criatura se rió.

Un sonido horrible, como engranajes triturando carne.

—No puedes hacerme daño.

Lo intentaste.

Fallaste.

—Te di en la rodilla.

La sonrisa de la criatura se congeló un instante.

Solo un instante.

Pero Kairós lo vio.

—Te di en la rodilla —repitió—.

Y te dolió.

Lo noté.

La criatura no respondió.

Pero sus ojos—esos que aparecían y desaparecían—se clavaron en él con una intensidad nueva.

Con algo que parecía…

¿respeto?

¿rabia?

¿miedo?

Kairós sonrió.

Una sonrisa tensa, loca, de alguien que no tiene nada que perder.

—Así que no eres tan invencible, ¿eh?

El ataque llegó sin aviso.

La criatura se lanzó sobre él, sus brazos de cuatro metros barriendo el espacio.

Kairós esquivó por los pelos—un paso atrás, una inclinación de torso, un poco de suerte y mucho instinto—pero las criaturas pequeñas aprovecharon.

Le saltaron a las piernas, a los brazos, a la espalda.

Kairós cayó otra vez.

Esta vez no pudo levantarse.

Eran demasiadas.

Sus patas de aguja lo perforaban por todas partes, cientos de pequeños aguijones que no mataban pero que inmovilizaban, que dolían, que lo mantenían pegado al vacío.

—¡Fuera!

—gritó, forcejeando—.

¡FUERA!

La criatura grande se acercó.

Se arrodilló—un gesto grotesco en ese cuerpo larguísimo—hasta quedar cara a cara con él.

—¿Ves?

—dijo con voz de niño—.

No puedes.

Nunca has podido.

Solo eres un humano.

Frágil.

Roto.

Solo.

Kairós quiso responder.

Quiso insultarlo.

Quiso escupirle a esa cara cambiante.

Pero no podía respirar.

La presión volvió.

La misma sensación de ahogo de antes, cuando el sueño bonito se había derretido.

Algo le aplastaba el pecho, le exprimía los pulmones, le vaciaba el aire de los pulmones.

No, pensó.

No.

No puedo morir aquí.

No sé si se muere de verdad, pero no puedo.

No puedo.

Luchó.

Forcejeó.

Las criaturas pequeñas se aferraban a él como garrapatas.

La grande lo miraba, sonriendo.

Y entonces, en medio de la desesperación, lo sintió.

Calor.

No era el calor de su cuerpo agotado.

Era el mismo calor que había sentido al tocar el reloj de la señora Elara.

El mismo que, hacía unas horas, le había susurrado desde el pecho.

Como si ella y la guerrera de las estrellas le estuvieran señalando el camino.

Kairós giró la cabeza—lo poco que podía girarla—y miró hacia la dirección del calor.

Detrás de la criatura.

Justo detrás de su espalda.

Allí, en medio de la negrura infinita, había un punto.

Pequeño.

Cálido.

Como una brasa al final de un túnel.

Y por un momento, solo un momento, le pareció reconocer esa luz.

No era una brasa cualquiera.

Era la misma calidez que a veces sentía en el bolsillo cuando el libro se reía.

La salida, pensó.

La puta salida.

De repente todo encajó.

Por eso la criatura no se movía de esa posición.

Por eso siempre estaba entre él y ese punto.

Por eso, cuando había intentado rodearla, ella se había interpuesto.

Estaba protegiendo la salida.

Y en ese instante, Kairós entendió algo más profundo: el conocimiento no era solo ver patrones.

Era saber que todo enemigo, por poderoso que sea, tiene algo que proteger.

Y lo que protege, es su debilidad Kairós sintió una oleada de energía—de rabia, de esperanza, de no rendirse—que le recorrió el cuerpo.

Las criaturas pequeñas, por un instante, aflojaron su agarre.

Fue suficiente.

Kairós se incorporó de golpe.

Las criaturas salieron despedidas.

Se puso en pie, tambaleándose, y miró a la grande.

—Ahí —dijo, señalando detrás de ella—.

Ahí está, ¿verdad?

La salida.

La criatura no respondió.

Pero su sonrisa…

su sonrisa se torció.

Solo un milímetro.

Pero Kairós lo vio.

—Eso es —dijo—.

No quieres que salga.

No quieres que despierte.

Dio un paso hacia ella.

Las criaturas pequeñas se arremolinaron a su alrededor, pero no atacaron.

Esperaban.

—Pues voy a salir —dijo Kairós—.

Y tú no vas a poder pararme.

La criatura rugió.

Ya no era voz de niño.

Era el chillido de mil engranajes patinando.

Se lanzó hacia él.

Kairós no huyó.

Aguantó.

Vio venir el brazo—el izquierdo—y lo esquivó por centímetros.

Vio venir el derecho—y se agachó.

Vio las criaturas pequeñas lanzarse—y saltó por encima de ellas.

Estaba a dos metros de la espalda de la criatura.

A dos metros de ese punto caliente.

Tengo que llegar, pensó.

Tengo que…

El brazo de la criatura le alcanzó en el costado.

El golpe lo lanzó por los aires.

Rodó, rodó, rodó, perdiendo toda noción de dirección.

Cuando se detuvo, el punto caliente ya no estaba detrás de la criatura.

Estaba al otro lado.

Lejos.

Demasiado lejos.

—No —susurró—.

No.

La criatura se acercaba.

Lenta.

Segura.

Disfrutando.

—Casi —dijo con voz de niño—.

Casi lo consigues.

Pero casi no vale.

Kairós se incorporó de rodillas.

El cuerpo le dolía entero.

La respiración era un estertor.

Pero seguía mirando.

Seguía buscando.

Y entonces lo vio.

El punto caliente.

Seguía ahí.

En la misma dirección.

Siempre en la misma dirección.

No importa dónde esté, pensó.

Siempre está ahí.

Como un faro.

Solo tengo que…

llegar.

La criatura estaba encima.

Sus brazos bajaban.

Sus ojos—todos ellos—lo miraban.

Kairós sonrió.

—Sabes qué —dijo—.

Me estás empezando a cabrear.

Y en lugar de huir, en lugar de esquivar, en lugar de hacer lo que la criatura esperaba…

Se lanzó hacia adelante.

Directo hacia ella.

Directo hacia sus brazos.

Directo hacia su pecho.

La criatura no lo esperaba.

Su ataque—diseñado para atraparlo si huía, para golpearlo si esquivaba—no estaba preparado para que él se lanzara hacia ella.

Kairós pasó por debajo de sus brazos.

Chocó contra su torso.

Sintió el frío, sintió el movimiento bajo la piel, sintió los miles de ojos que bullían.

Pero no se detuvo.

Siguió adelante.

Salió al otro lado.

Y allí estaba.

El punto caliente.

Directo delante de él.

A solo unos pasos.

Kairós corrió.

Las criaturas pequeñas se lanzaron tras él.

La grande rugió y se movió, pero era demasiado lenta, demasiado torpe para girar tan rápido.

Kairós corrió.

El calor aumentaba.

La luz aumentaba.

La oscuridad empezaba a desgarrarse.

Detrás, la criatura gritaba—un sonido horrible, desesperado, infantil y anciano a la vez.

—¡NO PUEDES!

¡NO PUEDES!

¡ES MI MUNDO!

¡MÍO!

Kairós no miró atrás.

Saltó hacia la luz.

Mientras volaba, sintió que algo se desprendía de él.

No un recuerdo, no una sensación.

Algo más sutil.

Un gramo de la persona que había sido antes de aquella pesadilla.

Y todo desapareció….

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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