Fuego cruzado - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Capítulo 10 La Jugada Maestra
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10: Capítulo 10: La Jugada Maestra 10: Capítulo 10: La Jugada Maestra La sala de conferencias privada en el Hotel Elíseo era un espacio de paredes forradas en ébano y mesas brillantes, diseñado para negociar millones.
Aria, sentada entre el abogado principal de Valerius Corp.
y Kael, se sentía como un diamante negro recién pulido.
El abogado, un hombre de mediana edad con una corbata demasiado apretada, estaba visiblemente molesto por la presencia de “Elena”.
“Con todo respeto, señor Valerius,” dijo el abogado, inclinándose hacia Kael, “estos son los números finales para el acuerdo con Saíto.
La señorita…
Elena…
no tiene por qué estar expuesta a esta información confidencial.” Kael estaba reclinado en su silla, observando a Aria con una intensidad que no le quitaba.
Era una evaluación constante.
“Ella está aquí porque la cláusula de penalización que tú redactaste es una basura legal,” replicó Kael, sin mirar al abogado.
“Perdimos la primera reunión por tu avaricia.
Ahora, Elena lo arreglará.” Aria asintió, tomando la palabra sin titubear.
“El problema, Abogado Vega, es que usted estructuró el acuerdo como una extorsión, no como una asociación,” comenzó Aria, su tono profesional y autoritario.
“La cláusula 4.2.b establece una cláusula de fuerza mayor demasiado estrecha.
Si hay un conflicto laboral en el puerto, o un retraso en la obtención de los nuevos permisos gubernamentales (que dependen de la oficina del señor Valerius padre), Saíto se come el costo total.” Señalo un punto en el documento proyectado en la pantalla.
“Mi propuesta es simple: Introducir una Cláusula de Mitigación de Riesgo Compartido.
Los retrasos atribuibles directamente a Valerius Corp.
(como demoras en licencias) resultan en un descuento en el siguiente pago de un 15% para Saíto.
Esto los incentiva a firmar porque les asegura que no están tratando con un matón, sino con un socio serio.” El Abogado Vega bufó.
“Eso nos cuesta dinero.” “No, señor Vega.
Eso nos ahorra el triple en litigios futuros, y lo más importante,” Aria giró su rostro hacia Kael, sus ojos oscuros conectándose con los grises, “nos da una reputación de confiabilidad que, francamente, la familia Valerius está perdiendo.” Kael no reaccionó con una sonrisa, sino con un asentimiento casi imperceptible, un gesto de reconocimiento puro.
Lo había impresionado.
Durante la siguiente hora, Aria desmanteló los puntos débiles del contrato con una precisión quirúrgica.
Habló de la legislación marítima, de los vacíos en la ley de expropiación y de las estructuras fiscales que podían maximizar los beneficios para Valerius Corp.
sin levantar sospechas de la junta directiva.
No solo salvó el acuerdo, lo mejoró.
Al final de la reunión, el representante de Saíto estaba sonriendo.
El Abogado Vega estaba pálido, y Kael…
Kael estaba cautivado.
El representante de Saíto se despidió con respeto, estrechando la mano de Aria antes que la de Kael.
“Señor Valerius, su socia es excepcional.
Ella entiende los negocios de verdad.” Cuando la sala quedó vacía, el silencio era ensordecedor.
Kael se levantó y caminó lentamente hacia Aria.
“Exceptuando el detalle de que casi arruinaste mi primera negociación en el Café Diamante Negro,” dijo Kael, con un tono de voz que era una mezcla de resentimiento y admiración, “debo reconocer que eres…
útil.” Aria sintió la oleada de satisfacción.
La venganza no era solo destrozar, también era volverse irremplazable.
“Seré más que útil, Kael,” respondió ella, manteniendo la distancia física, pero reduciendo la emocional.
“Seré indispensable.
Pero te costará.” “¿Dinero?” preguntó Kael, con desdén.
“Acceso,” corrigió Aria.
“Si quieres que salve tu negocio de los errores de tu padre y de tus propios abogados, tendrás que mostrarme todo.
Las cifras reales, los informes de la junta, los tratos no oficiales.
No quiero ser tu secretaria; quiero ser tu estratega.” Kael se acercó y la acorraló contra la pared de ébano.
La tensión era un fuego lento.
“Estás pidiendo que te dé las armas para destruirme, Liz,” susurró Kael, usando su nuevo nombre de forma privada, reconociendo el cambio de juego.
“Y tú me las darás,” respondió Aria, con una audacia que la hizo sentir poderosa.
“Porque tu ambición por superar a tu padre es más grande que tu miedo a mí.
Y porque no puedes dejarme ir.” Ella alzó la mano y acarició su mejilla, una caricia suave que contrastaba con la firmeza de su voz.
Era el inicio de la manipulación, el primer paso para enamorarlo.
Kael cerró los ojos por un instante.
La lucha interna era visible.
Él era el depredador, pero ella estaba jugando con sus instintos más básicos.
Finalmente, abrió los ojos.
Había una decisión fría y peligrosa en ellos.
“El trato está cerrado,” declaró Kael, quitando su mano de la pared, pero su aliento permanecía cerca de sus labios.
“Y no vamos a cenar fuera para celebrarlo.” Aria sintió un escalofrío de anticipación.
“¿Tienes una mesa reservada en algún lugar?” Kael sonrió, una expresión arrogante y completamente sexy que derritió una parte del escudo de Aria.
“Tengo algo mejor.
Pagué por adelantado el pent-house ejecutivo de este hotel.
La sala de conferencias es para los negocios de mi padre.
El pent-house es para mis celebraciones.” Él hizo una pausa, dejando que la implicación se asentara.
“El ascensor es privado, la vista es perfecta y no me gusta que mis socios se vayan a casa cuando acabamos de empezar a jugar.
No te has ganado tu acceso a la oficina, pero te has ganado la noche.
Y si eres tan buena descifrando cifras, supongo que eres igual de buena descifrando cuerpos.” La revelación fue un golpe de poder.
No había nota, no había cita forzada a distancia.
Había una trampa lujosa y completamente lista a unos pisos de distancia.
Kael había planeado su confinamiento erótico antes incluso de que la negociación terminara.
Aria entendió la gravedad.
Estaba atrapada en un espacio de aislamiento absoluto con un hombre que ahora la veía como una pieza de valor incalculable.
“Parece que el juego no ha terminado, Kael,” dijo Aria, su voz volviéndose baja y seductora, aceptando el desafío.
“Apenas está empezando, Liz,” corrigió Kael, y su mano se deslizó peligrosamente hacia su cintura.
“Y te garantizo que la cláusula de penalización por intentar escapar esta vez es mucho, mucho más alta.”
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