Fuego cruzado - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 13 El Pacto del Dominio
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13: Capítulo 13: El Pacto del Dominio 13: Capítulo 13: El Pacto del Dominio Kael salió del agua con un movimiento rápido y poderoso, dejando un rastro de agua brillante en el mármol.
Su figura, musculosa y tensa, se cernía sobre Aria, quien ya estaba en la cama, esperando.
Ella lo había provocado.
Y él aceptó el desafío.
Él no se secó.
El agua fría en su piel era la única cosa que mantenía a raya el fuego en sus ojos.
Él no se acercó a la cama, sino que se subió a ella.
El colchón se hundió bajo su peso, y sus cuerpos se encontraron con una colisión violenta.
No era amor.
Era una guerra de voluntades y carne.
Kael se abalanzó, sus manos posesivas reclamando cada parte de su piel.
El beso era una toma, una afirmación de dominio.
Aria se dejó atrapar, su mente fría, su cuerpo ardiendo en respuesta.
Ella tenía que darle la ilusión de control.
Él la hizo girar en la cama con brusquedad, levantándola hasta ponerla en cuatro.
El movimiento era posesivo, primitivo.
Aria sintió el frío de las sábanas de seda contra sus manos y rodillas, la vulnerabilidad de la posición, pero la usó como palanca.
Kael se colocó detrás de ella, sus manos se deslizaron hacia sus caderas, guiando y afirmando su dominio.
Sus embestidas fueron salvajes, poderosas, buscando un punto de sumisión en ella.
Era una posesión brutal, rítmica, marcada por el sonido de sus cuerpos contra las sábanas y los gruñidos de Kael, un recordatorio de que él era el que llevaba la iniciativa.
Aria jadeó, pero no por derrota.
Ella apretó las sábanas, sintiendo el placer intenso, y encontró su momento para reclamar.
En un instante de éxtasis descontrolado de Kael, Aria giró su cuerpo, Kael callo sobre ella para seguir reclamando su cuerpo, ella lo miro y mordió su pecho.
No fue un roce; fue un mordisco firme que no llegó a la sangre, pero transmitió el mensaje claro.
Kael se detuvo de golpe.
Se levantó ligeramente, su respiración agitada, y la miró con una sorpresa mezclada con una furia cruda.
Sus ojos brillaban en la penumbra.
“¿Qué pasa, tigre?” preguntó Aria, su voz rasposa, la victoria resonando en cada sílaba.
“¿No estás acostumbrado a que la presa te devuelva la mordida?” Kael la miró con una furia incontrolable.
Su mano se levantó, no para golpearla, sino para sostener su pecho, justo donde ella había mordido.
La tensión era tan alta que el aire vibraba.
Aria pensó que la castigaría, que su juego había ido demasiado lejos.
Pero Kael no castigó.
Kael cedió.
“Haz lo que quieras,” dijo Kael, su voz baja y forzada, una rendición a la locura que ella representaba.
“Solo no dejes marcas visibles.
Tengo negocios que atender después.” Aria sonrió, un triunfo silencioso.
Él había aceptado el peligro.
“Lo pensaré,” respondió ella.
Su mano, en lugar de morder, se deslizó por su espalda.
Sus uñas, afiladas como garras, se enterraron suavemente en su piel.
Era una arañazo deliberado.
Una marca oculta que solo ella y él conocerían.
Su secreto.
El acto fue la chispa que encendió la segunda fase del encuentro.
Aria usó el momento, la concesión, para actuar.
Con una fuerza repentina alimentada por la rabia de la venganza y el placer que la recorría, ella empujó a Kael, derribándolo sobre el colchón.
Kael quedó tendido en la cama.
Antes de que pudiera reaccionar, Aria estaba encima de él, montándolo con una furia desatada.
Ella tomó el control, dictando el ritmo, sus movimientos posesivos y decididos.
La lucha de poder se invirtió por completo.
Aria lo miró.
“Mi turno, Kael.
Mi juego.” Kael la miró desde abajo, sus ojos brillando en la oscuridad.
Él ya no estaba luchando por la dominación; estaba absorto en la sorpresa, en la fuerza indomable de ella.
Él se convirtió en el espectador, en el prisionero.
El encuentro fue una vorágine de cuerpos y aliento, una batalla donde la victoria no se medía en sumisión, sino en la capacidad de forzar al otro a revelar su verdadero yo.
Aria se movió con un ritmo hipnótico, obligándolo a reconocer que ella no era un juguete, sino una fuerza de la naturaleza.
Finalmente, el agotamiento los reclamó a ambos.
Cayeron en las sábanas empapadas, el aliento entrecortado, los cuerpos entrelazados.
La pasión había sido una herramienta, un arma afilada.
Aria se acurrucó contra su pecho, sintiendo el latido furioso de su corazón.
Su mente, a pesar del cansancio físico, seguía funcionando.
Ella necesitaba un código, una palabra clave.
Ella acarició la cicatriz en su hombro, buscando una debilidad, una pista.
Kael, con la voz profunda y satisfecha, rompió el silencio.
No habló de amor, sino de poder.
“No te castigaré, Liz,” murmuró Kael, su aliento en su cabello.
“Te premiaré.” Se separó ligeramente, obligándola a mirarlo a los ojos.
El cansancio no había opacado la ambición en su mirada.
“Mañana, a primera hora, iremos a la oficina,” reveló Kael.
“Podrás ver los documentos que deseas.
El acuerdo con Saíto fue solo el inicio.
Lo has demostrado.
Eres la estratega que necesito.” Aria contuvo la respiración.
La venganza estaba al alcance de la mano.
Kael sonrió, un gesto que en la penumbra se veía como un pacto con el diablo.
“Tú y yo…
tomaremos el imperio de mi padre.”
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