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Fuego cruzado - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Capítulo 19 La Ley de la Selva
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19: Capítulo 19: La Ley de la Selva 19: Capítulo 19: La Ley de la Selva Kael la guio, ciega, fuera del vehículo.

El antifaz de piedras preciosas era pesado y la seda negra se sentía caliente contra su piel.

Aria confiaba únicamente en el agarre firme de su mano, pero sus sentidos estaban en alerta máxima.

El aire olía a cuero, humo sutil y perfume caro.

Tras un pasaje silencioso, escuchó un murmullo de música electrónica que crecía en intensidad.

Al quitarle Kael la mano de la suya, ella misma se ajustó el antifaz, el brillo de las piedras preciosas devolviendo la luz.

Estaban en un club exclusivo, oscuro y elegante, pero con un aire de secreto.

Aria miró a su alrededor: cortinas de terciopelo rojo oscuro seccionaban el espacio en nichos privados.

Tras las cortinas entreabiertas, Aria vislumbró siluetas borrosas, parejas en actitudes que no dejaban lugar a dudas sobre la naturaleza del lugar.

Era un club voyerista, sofisticado y privado, propiedad de Kael.

El rostro de Kael estaba oculto tras el antifaz de seda negra que apenas revelaba la frialdad de sus ojos grises.

El antifaz, liso y simple, contrastaba con el ornamento de ella, reafirmando la diferencia de roles.

Avanzaron por un pasillo elegante.

A través de las aberturas de las cortinas, Aria vio toda clase de perversiones discretas; la exhibición era la moneda de cambio.

Llegaron a un nicho privado.

Era una pequeña sala lujosa, con un inmenso sillón de terciopelo carmesí y una mesa elegante con botellas de cristal.

De un lado, la entrada.

Del otro, una cortina gruesa y completamente cerrada.

Dos figuras en ropa interior y antifaces de dominó estaban apostadas a cada lado de la cortina, inmóviles.

El sillón miraba directamente a la cortina cerrada.

Aria sintió una punzada de pánico.

Ambos tomaron asiento.

Kael sirvió dos copas de cristal con un licor ámbar.

“¿Dónde estamos, Kael?” preguntó Aria, sosteniendo el cristal.

“Un lugar donde las reglas de mi padre no existen.

Un lugar donde la gente es honesta con sus deseos,” respondió Kael.

“Bebe.

Relájate.

Hoy solo eres Liz, mi socia en el caos.” Después de un par de tragos, el licor caliente comenzó a quemar el miedo de Aria, reemplazándolo con una audacia embriagadora.

Kael se inclinó.

Su beso fue más lento que el de anoche, una prueba de paciencia.

Su mano se deslizó por las piernas largas de Aria, recorriendo la seda del vestido que apenas cubría la mitad de su muslo.

Aria sentía la vergüenza por el par de enmascarados inmóviles junto a la cortina.

Miró a Kael y luego a las sombras detrás de las figuras.

“Que miren,” susurró Kael, su voz un murmullo en su oído.

“Que sepan que eres mía.

Nadie sabe quién eres, solo saben a quién perteneces.” Un extraño calor, una mezcla de ira y excitación, recorrió el cuerpo de Aria.

Su pena fue lentamente reemplazada por una sensación de poder.

Si él quería un espectáculo, se lo daría.

Kael no esperó más.

De un tirón rápido, subió el vestido, sus manos liberando el escote vertiginoso en la espalda.

En segundos, el vestido cayó a sus pies, dejándola solo en una elegante tanga negra, el antifaz y los tacones.

Nada más cubría su piel.

La pena se disolvió completamente en un torrente de excitación y furia.

Kael la levantó y la sentó en su regazo.

Su mano se apropió de su intimidad, jugando con sus pechos, buscando su reacción.

Aria sintió cómo su cuerpo, traicionero, respondía.

Kael se desabrochó el pantalón de forma discreta y quitó la tanga de Aria, dejándola completamente expuesta.

La volvió a sentar sobre su regazo.

Aria sintió al momento la invasión; el movimiento suave de Kael tomándola.

Y fue entonces cuando el hombre y la mujer enmascarados abrieron las cortinas.

No había otra habitación, sino un muro de vidrio transparente.

El área de bar del club estaba del otro lado.

Mesas repletas de figuras enmascaradas miraban a través del cristal.

El espacio se sentía como un escenario, y ellos eran el acto principal.

Aria tembló e intentó romper el contacto con Kael, el miedo al juicio ajeno superando el placer.

“Que miren,” repitió Kael, con un gruñido satisfecho, intensificando el movimiento.

“Nadie sabe quién eres.

Solo saben que eres mía.” “Eres un degenerado,” respondió Aria, la furia hirviendo.

“No soy el único,” Kael se burló, clavando sus ojos en los de ella.

“Liz, tus caderas no dejan de moverse sobre mí.” Ella sintió la ira, la vergüenza y la excitación por igual.

El juego de Kael era perfecto, buscando reducirla a la sumisión por la humillación.

Pero Aria no era de porcelana.

Con una fuerza repentina, Liz se levantó, dando unos pasos vacilantes en los tacones y se sentó en el extremo del sillón.

Kael la miró, el deseo congelado en sus ojos.

“¿Quién te dijo que ya habíamos terminado, Liz?” Ella lo miró fijamente.

“Si quieres más, ven por mí, tigre.” Kael se puso de pie de inmediato.

Iba a dar un paso, a reclamarla con la fuerza de su cuerpo, pero Aria intervino.

“¡No!

Así no se mueve un tigre,” dijo Aria.

Ella señaló el piso.

Kael la miró, incrédulo.

“¿Te volviste loca?” Aria sonrió con una audacia salvaje.

Abrió sus piernas, estirándose en el terciopelo.

Tocó su humedad, la probó en la punta de sus dedos y dijo: “Aquí nadie sabe quién eres, solo saben que eres mío.

Si quieres tomarme, hazlo como lo haría un tigre.

Arrastrándote.” Kael vibró de furia, pero su cuerpo y el deseo lo traicionaron.

Él, el heredero arrogante, el depredador, cedió ante la orden de la presa.

Se arrodilló, lentamente posó las manos en el suelo y avanzó en cuatro puntos hacia ella, como un animal al acecho.

Aria lo recibió con las piernas abiertas.

Él la devoró, lamiendo la prueba de su excitación, y cuando estuvo listo, volvió a reclamar su cuerpo con una fuerza que hizo temblar el sillón.

El éxtasis fue compartido, una mezcla violenta de sumisión forzada y dominación reclamada, todo bajo la mirada de docenas de extraños enmascarados.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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