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Fuego cruzado - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 Capítulo 22 La Caída del Escudo
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22: Capítulo 22: La Caída del Escudo 22: Capítulo 22: La Caída del Escudo El coche deportivo de Kael devoraba el camino hacia la costa.

Aria iba en silencio, esperando.

Había puesto el nombre de Liam sobre la mesa; ahora, le tocaba a Kael destapar la herida.

Kael conducía con una furia controlada, el paisaje volando ante la ventana.

Finalmente, rompió el silencio, su voz baja y rasposa.

“Liam era tres años mayor.

Era todo lo que yo no era,” comenzó Kael, sin apartar los ojos del asfalto.

“Mi padre…

Massimo.

Él no quería un hijo.

Quería una máquina.

Un arma.

Desde que tuve edad para entenderlo, sus ‘lecciones’ eran palizas.

No por errores, sino por la debilidad.

Para forjar a un ‘hombre de verdad’, como él decía.” Aria escuchaba, su corazón, la parte de Aria, se encogía.

Esta no era la historia de un villano, sino de un superviviente.

“Liam era el único que se interponía,” continuó Kael.

“Él entendía las reglas.

Sabía que si me defendía, la paliza era doble.

Así que se adelantaba.

Interponía su cuerpo entre nosotros.

Una vez…

una vez me cubrió la cabeza y recibió un golpe que le rompió dos costillas.

Solo sonrió después, me dijo que no llorara, que un Valerius no lo hacía.” Kael se detuvo ante un semáforo, su rostro tenso.

“Mi padre, lo odiaba por eso.

Odiaba que Liam fuera la debilidad que me impedía ser la máquina.

Liam…

él quería ser arquitecto.

Soñaba con remodelar edificios viejos, darles un alma.” Aria deslizó su mano sobre la consola central, sin tocarlo, pero el gesto era de apoyo.

“Él te quería,” susurró.

“Él murió,” dijo Kael, la voz se le quebró por un instante.

“Conduciendo demasiado rápido en la costa.

Murió solo.

Y el día después, mi padre me dijo que era mi culpa.

Que, si yo hubiera sido más fuerte, Liam no habría tenido que morir por mí.” La confesión era un torrente de dolor.

Aria se dio cuenta de que Kael no estaba buscando una amante, ni una socia; estaba buscando un confesor o quizás, una protectora.

Llegaron al Faro del Cuervo.

El viento azotaba la camioneta.

Al salir, la imponente estructura de piedra, el mar furioso detrás, era un escenario dramático para la pena.

Kael caminó hacia el borde del acantilado.

Aria lo siguió, manteniéndose a distancia.

Kael se quitó el disfraz de tipo rudo , revelando la tristeza en sus ojos grises.

Sus hombros se sacudieron una vez.

Una lágrima, brillante y solitaria, se deslizó por su mejilla.

Kael la sacudió, limpiando el rostro con una brusquedad que era casi violenta, volviendo inmediatamente a la máscara de acero.

“Hora de trabajar, Liz.” Pasaron las siguientes horas en la pequeña oficina administrativa.

Kael no solo analizó los informes de fraude que Aria había preparado; él planeó.

Analizaron cuentas ilícitas, guardaron en cajas documentos que serían cruciales en la guerra contra Massimo y destruyeron la papelería irrelevante.

“Mira esto,” dijo Kael, desplegando un plano polvoriento de la Corporación.

“Vamos a remodelar el faro.

Un observatorio, una biblioteca.

Un centro de investigación marítima.

Lo llamaremos el ‘Fondo Liam Valerius’.

Será el único activo limpio de este imperio.

Su legado.

Mi forma de decirle a mi padre que no lo voy a dejar caer en la corrupción.” El plan de Kael era meticuloso, un monumento a la memoria de su hermano y, al mismo tiempo, un desafío a la autoridad de Massimo.

Cuando el sol comenzó a ponerse sobre el mar, Kael se desplomó en el sillón.

El cansancio era visible, no solo el físico, sino el de años de llevar un escudo.

Aria se acercó, el traje de negocios arrugado, el pelo desordenado.

Se sentó a su lado y, por primera vez sin intención de manipular, deslizó sus brazos alrededor de él.

Su contacto era firme, no de pasión, sino de consuelo.

Ella le susurró al oído, la voz apenas audible sobre el viento que silbaba en la ventana: “Él estaría orgulloso de ti, Kael.

Estaría orgulloso del hombre que eres.” La frase fue el detonante.

Kael se quebró.

Se aferró a Aria con una fuerza desesperada, escondiendo el rostro en su cuello.

Su cuerpo temblaba con un dolor reprimido.

“No puedo hacer esto sin ti, Liz,” admitió Kael, su voz rota, la mentira de su invencibilidad destrozada.

“No puedo enfrentarlo y derribarlo yo solo.

Él me destruirá.” “Estaré a tu lado todo el tiempo, Kael,” respondió Aria, apretándolo contra sí.

“Massimo no podrá dañarte más.” Kael levantó la cabeza y la besó.

No fue un beso de dominio, ni de lujuria; fue un beso honesto, vulnerable, nacido de la necesidad y la gratitud.

Ella lo miró a los ojos, y en ese instante de conexión cruda, donde la venganza y el dolor se fusionaban, la disciplina de Aria se derrumbó.

“Te amo, Kael,” susurró Aria, la frase surgiendo de sus labios antes de que su mente pudiera detenerla.

Un silencio se apoderó del lugar.

Aria sintió un torbellino de pánico en su mente.

¡Pero qué mierda acabas de decir!

“Yo también te amo,” la voz de Kael interrumpió su pánico.

Aria sintió la verdad de la respuesta de Kael, y se recompuso al instante.

Su mente, luchando por el control, encontró la única justificación: La idiota de Liz se enamoró.

El personaje, la estratega, se había apoderado de su corazón.

Pero Aria, la vengadora, vio la ventaja.

Lo tenía justo donde quería: vulnerable, enamorado y dispuesto a entregarle el imperio.

La venganza continuaría, ahora con el sabor agridulce de una traición anunciada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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