Fuego cruzado - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 Capítulo 27 El Precio de la Herramienta
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27: Capítulo 27: El Precio de la Herramienta 27: Capítulo 27: El Precio de la Herramienta El silencio en la suite después de la propuesta de Kael era un campo de batalla.
Liz, la herramienta de la venganza, había aceptado el trato, pero Aria, la persona, estaba en llamas de humillación y furia.
Kael, sin inmutarse, procedió con la planificación, como si acabara de pedirle que le preparara un café.
“Mañana será un desayuno en una suite privada, no en el restaurante.
Menos testigos,” explicó Kael, desplegando un plano esquemático de la finca.
“Tendrás que incluir esos puntos de contrato que Silas rechazó.
El punto álgido será cuando se sienta presionado.
Yo fingiré una llamada.
Saldré de la habitación, dándote el tiempo suficiente para cerrar el trato.
La firma es tuya, Liz.
El bono, también.” Aria asintió, su rostro una máscara de profesionalidad helada.
Analizó el plan, sugirió un par de palabras clave que Silas no podría rechazar, y se despidió.
Más tarde, sola en la inmensa suite, con Kael en la terraza haciendo sus llamadas, Aria se dirigió al baño.
Encendió las luces brillantes y se paró frente al espejo.
La mujer que la miraba tenía los ojos esmeralda duros, pero el labio inferior temblaba.
“¿Qué carajo estás haciendo?” siseó, la voz apenas un susurro.
La pregunta no iba dirigida a su misión, sino a su corazón.
Te enamoras del enemigo y ahora eres su maldita zorra personal…
La voz de su conciencia era brutal.
Pero el instinto de supervivencia, la necesidad de vengarse de Massimo encontró una justificación retorcida: Al menos si me manda a acostarme con otros no seguiré obsesionada solo con sus besos.
La lógica de Anya (su verdadero yo) era una droga fría que la hacía inmune al dolor.
La venganza era su único amante, su única lealtad.
Se enderezó, la espina dorsal volviendo a su lugar.
Sus labios se curvaron en una sonrisa cruel dirigida a su reflejo.
“Y tú, Liz,” se dijo a sí misma, la voz ahora firme, “si vas a ser una puta, más vale que seas la mejor.” La estratega se puso el traje de depredadora.
A la mañana siguiente, el aire en la suite privada era tenso.
El desayuno era una obra de arte culinario que nadie probó realmente.
Kael estaba impecable, Aria vestía un traje de negocios inmaculado que, intencionalmente, revelaba un escote sutil.
Silas estaba nervioso, consciente de la presencia dominante de Kael.
La negociación comenzó.
Aria fue brillante, incisiva, argumentando los puntos de contrato que la ponían en conflicto directo con las reservas de Silas.
“Señor Silas, los fondos ‘Orión’ necesitan la transparencia.
Kael no está pidiendo un riesgo; está pidiendo la limpieza que solo una auditoría externa puede dar.
Es su escudo, no su ruina,” argumentó Aria.
Silas se resistía.
“Es demasiado control, Liz.
Si Valerius Corporation quiere esta firma, debe haber confianza.” Kael, en el momento álgido, fingió que su teléfono sonaba con urgencia.
Se levantó, mirando a Aria con una intensidad que era tanto una orden como una promesa.
“Disculpen.
Asuntos urgentes en la capital.
Liz, encárgate de esto.
Sabes qué hacer.” Kael salió, cerrando la puerta con un clic autoritario.
Aria y Silas se quedaron solos, la tensión sexual y financiera llenando el espacio.
Aria sabía que el tiempo se acababa.
Tenía que pasar de la socia de negocios a la amante dispuesta.
Ella se deslizó por la mesa, acercándose a Silas con una lentitud deliberada.
“Silas,” susurró Aria, su voz aterciopelada y llena de admiración forzada.
Ella se inclinó, dejando que el aroma de su perfume, caro y embriagador, lo inundara.
“Kael es poderoso, pero tú…
tú eres el hombre que sabe cómo controlar la situacion.” Aria colocó su mano sobre el brazo de Silas, su tacto sutil, electrizante.
“Me siento atraída por hombres con poder.
Hombres que no tienen miedo a ejercerlo, a tomar lo que quieren.
Y usted…
usted ha tomado una posición contra Kael que me parece admirablemente arriesgada.” Silas, que había estado resistiendo a la socia de Kael, no pudo resistir a la mujer.
Su mirada se volvió oscura, hambrienta.
El poder, la admiración y la sumisión de una mujer tan hermosa y competente era la combinación que más lo encendía.
“Tal vez debería demostrarle cuánto valoro su riesgo,” murmuró Silas, su respiración agitada.
Aria sonrió, una sonrisa de depredadora.
Lo guio hasta la alfombra persa que cubría el centro de la sala.
La humillación de Aria se convirtió en una herramienta de control.
Se arrodilló, su boca actuando con la habilidad de una mujer que conoce los puntos de placer, pero cuya mente está a mil millas de distancia.
Silas, rendido al placer animal, gruñó, su resistencia profesional evaporándose por completo.
Aria lo llevó al sillón de cuero.
Se sentó en sus piernas, permitiendo que la penetrara con una urgencia brutal y rápida.
Sus caderas se movían con una cadencia deliberada, creando una magia que era puro engaño.
Cerró los ojos, no por placer, sino para evitar ver el rostro de Silas.
La mente de Aria se enfocó en el archivo ‘Operación Fénix’, en el rostro de Massimo, en su venganza.
El acto sexual era un simple pago, un peón sacrificado en un juego de ajedrez.
Silas, vencido por la pasión, firmó.
La pluma tembló en su mano mientras estampaba su rúbrica en el contrato.
La junta terminó.
Aria, con el cuerpo dolorido y la dignidad hecha trizas, recogió su bolso y regresó a la suite principal.
Kael estaba allí, esperándola.
Su mirada era de evaluación, no de celos.
“¿El trato?” preguntó Kael.
Aria dejó caer los papeles sobre la mesa.
“Firmado.
Los fondos ‘Orión’ son nuestros.
Silas está en la palma de nuestra mano.
El bono fue un éxito rotundo.” Kael la miró, un rastro de algo indescifrable cruzando sus ojos.
“Bien, socia.” “Y tú tienes mi huella.
Puedes trabajar en lo que sea que ayer no hayas podido,” dijo Kael, señalando el portátil.
“Volveré tarde.
Aprovecha la tarde y la noche.
Por la mañana nos iremos de la isla.” Aria sintió un escozor, una punzada que no podía ser de su personaje.
“¿A dónde vas?” preguntó casi por instinto.
Kael sonrió, pero esta vez, su sonrisa era puro tigre.
Una sonrisa que sabía que acababa de tocar una fibra sensible.
“Bueno, Liz.
Tú ya te divertiste con Silas,” dijo Kael, su voz baja y provocadora.
“Es mi turno de ir a buscar diversión, ¿no lo crees?” Aria espabiló, la lealtad de la estratega regresando con un estallido de furia controlada.
No iba a mostrar celos.
No iba a darle la satisfacción.
“Eso no era parte del trato, tigre,” respondió Aria, inclinándose hacia él, su rostro a centímetros del suyo.
La risa que emitió fue fría y sin alegría.
“Pero no te voy a detener.
Diviértete.
Y me traes las bragas de tu mujerzuela como prueba de que te fuiste a divertir.
Para que no piense que te fuiste a llorar por mí.” Kael se rió, una risa profunda y genuina.
La admiración era palpable.
“Y dices que el degenerado soy yo…
Nunca dejes de sorprenderme, Liz.” “Créeme, Kael.
No lo haré.” Kael se fue, dejándola sola en la suite.
Aria miró el portátil.
El archivo ‘Operación Fénix’ esperando.
La llave biométrica obtenida.
Pero el precio…
Aria sintió que la máscara se le caía.
La soledad en la suite de cristal era opresiva, y la traición que acababa de cometer se sentía más como una herida autoinfligida.
El juego de la venganza era cruel, pero el juego del amor (incluso el falso) lo era aún más.
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