Fuego cruzado - Capítulo 29
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- Capítulo 29 - 29 Capítulo 29 El Rito de la Purificación
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29: Capítulo 29: El Rito de la Purificación 29: Capítulo 29: El Rito de la Purificación Kael la había mirado con una mezcla de furia, adoración y absoluta rendición.
“Pues hagámoslo a tu manera.
Limpia lo que tengas que limpiar.” Aria sintió el triunfo recorrerle la sangre.
Había ganado no solo el acceso a su oficina, sino una prueba de su lealtad más retorcida.
Kael no esperó más.
Se dio la vuelta, dando por terminada la conversación y dirigiéndose directamente a la cama.
Él estaba exhausto, buscando rendirse al sueño, un acto de vulnerabilidad que Aria no permitiría.
“El aroma es fuerte,” dijo Aria, su voz cortando el silencio de la suite.
Kael se detuvo en seco, dándole la espalda.
“Te aseguraste de que se mojara primero, ¿no es así?” continuó Aria.
Kael giró sobre sus talones, su rostro una máscara de sorpresa y molestia.
La furia de haber sido espiado desapreció.
Él había dado por acabada la conversación, y ella lo había detenido con una muestra de erotismo inesperada.
“¿Las oliste acaso?” preguntó Kael, con incredulidad y una pizca de curiosidad.
Para su asombro, Aria aún tenía las bragas de seda pegadas a su rostro, la tela tenue contra su piel, absorbiendo el perfume de la otra mujer.
Ella lo miró con un desafío salvaje.
Ya sé cómo manipularte, desgraciado, pensó Aria.
La vengadora sentía náuseas por el acto, pero la estratega entendía el poder.
Liz por su parte, sintió una urgencia hambrienta.
El acto de Kael con otra mujer solo hacía que la posesión de ella fuera más imperiosa.
Ella quería reclamar lo que le pertenecía.
Aria soltó las bragas, dejándolas caer al suelo.
Se acercó a Kael con una lentitud de depredadora.
“Dijiste que limpiara lo que fuera necesario, ¿no es así?” dijo Aria, deteniéndose a centímetros de él.
Kael asintió.
Su mirada era expectante, pero su respiración se había vuelto superficial por la mezcla de alcohol, sorpresa y la presencia imponente de Aria.
“Entonces, baja tus pantalones,” ordenó Aria.
Kael tenía una mirada seria, pero sus ojos brillaban con una excitación innegable.
El alcohol en su sistema y la adrenalina del desafío lo traicionaron.
Él obedeció, desabrochando su pantalón y dejándolo caer junto con la ropa interior.
Aria, con la máscara de Liz más puesta que nunca, se arrodilló frente a él.
La mujer de negocios, la estratega, estaba arrodillada ante su enemigo en un acto de sumisión fingida, lista para ejercer el control absoluto.
“Veamos a qué sabe tu zorra,” dijo Aria, antes de tomarlo.
El toque fue magistral, una combinación de experiencia y el fuego de la rabia.
Kael gruñó, su cabeza inclinándose hacia atrás.
No podía creerlo, pero lo disfrutaba.
Su mano se levantó, tomando el cabello de Aria con un agarre que era posesión pura.
“Sigue así, Liz,” jadeó Kael.
Comenzó a hacer movimientos agresivos de cadera, buscando acelerar el proceso.
Aria sintió el aire salir de sus pulmones, un ruido contenido, como si se ahogara, pero no se detuvo.
El dolor físico era una bienvenida distracción del dolor emocional.
Cuando lo tuvo justo al borde del éxtasis, Aria se detuvo.
Se puso de pie con un movimiento rápido y se acercó al rostro de Kael, mirándolo a los ojos.
El deseo ardiente de él chocaba contra el hielo en los de ella.
“Muy bien, tigre,” dijo Aria.
“Nueva regla.
Cuando te acuestes con alguien más, vendrás directo conmigo para que yo te limpie y retome lo que es mío.” Kael la miró, furioso por la interrupción, pero la propuesta de dominio total lo intrigaba.
Aria no esperó su respuesta.
Se desnudó por completo, quitándose el traje que ya estaba arrugado, y se sentó al borde de la cama con las piernas abiertas, una exhibición audaz de control.
“¿Tenemos un trato?” insistió Aria, su cuerpo desnudo y su mente exigiendo la rendición.
Kael no respondió con palabras.
Se quitó la ropa restante y se acercó a ella.
La empujó por el pecho para que cayera en la cama.
La tomó por las piernas y, sujetándola por los tobillos en alto, la penetró con una intensidad que era un acto de reclamación.
“Trato hecho, Liz,” gruñó Kael.
“Pero ni creas que yo limpiaré lo que hagas con otros.
Tú llegarás a ducharte, y después te voy a recordar quién es el dueño de quién.” El impacto de sus cuerpos fue violento.
Aria sintió la dominación de él, pero la aceptó como el precio de su control.
Ella lo había doblegado con las reglas; ahora él la doblegaría con la fuerza.
“Sí, Kael.
Sí, sí, así, sigue,” respondió Aria entre gemidos.
O quizás fue Liz quien respondió, “Tenemos un trato.” El amanecer se asomaba por la ventana, encontrándolos enzarzados en un acto de pasión salvaje, el nuevo pacto de su traición sellado en la suite de la isla.
Kael, con los tobillos de Aria aun firmemente sujetos en sus manos, la mantenía elevada como un trofeo de caza, sus embestidas profundas y deliberadas, cada una un recordatorio de su fuerza bruta.
El colchón crujía bajo ellos, un ritmo irregular que marcaba el pulso de su batalla.
Aria, con el cuerpo arqueado y expuesto, no era una víctima pasiva; sus uñas se clavaban en los bordes de la cama.
“Más fuerte, Kael,” jadeó ella, su voz un desafío envuelto en placer.
“Muéstrame que puedes hacer, domíname…
si es que puedes.” Él soltó una risa ronca, entrecortada por el esfuerzo, y soltó uno de sus tobillos para inclinar su torso hacia adelante, presionando su peso contra el de ella.
Sus labios se encontraron en un beso feroz, no de ternura sino de conquista: dientes chocando, lenguas batallando por el control.
Kael mordió el labio inferior de Aria, tirando lo suficiente para sacar un gemido ahogado de ella, un sonido que era mitad dolor, mitad éxtasis.
“Oh, te domaré, Liz,” gruñó él contra su boca, acelerando el ritmo de sus caderas, golpeando con una precisión que hacía que el cuerpo de ella se tensara alrededor del suyo.
“Te haré rogar por más, hasta que admitas que soy yo quien manda aquí.” Aria no cedió.
Con un movimiento fluido y calculado, giró sus caderas en un ángulo que lo obligó a pausar, un contragolpe que lo hizo jadear de sorpresa.
Usando la fuerza de sus piernas, lo empujó hacia atrás ligeramente, liberándose de su agarre y rodando sobre él en un instante.
Ahora era ella quien lo montaba, sus manos plantadas firmemente en el pecho de Kael, clavándolo contra la cama como si fuera un prisionero en su propio territorio.
Sus caderas descendieron con una lentitud torturante al principio, rotando en círculos que lo hacían arquearse bajo ella, sus músculos abdominales contrayéndose en un esfuerzo por no rendirse.
“No tan rápido, tigre,” susurró Aria, su voz baja y seductora, pero con un filo de acero.
“Este es mi juego ahora.
Tú obedeces mis reglas, ¿recuerdas?” Kael la miró con ojos entrecerrados, una mezcla de ira y deseo ardiendo en ellos.
Intentó incorporarse, sus manos grandes rodeando la cintura de ella para voltearla de nuevo, pero Aria fue más rápida: apretó sus muslos alrededor de sus caderas, inmovilizándolo, y comenzó a moverse con un ritmo implacable, subiendo y bajando con una fuerza que lo dejaba sin aliento.
Cada descenso era un reclamo, cada ascenso una provocación.
“Dime que te gusta,” exigió ella, inclinándose para rozar sus pechos contra el torso sudoroso de él, su aliento cálido contra su oreja.
“Dime que nadie más te hace sentir así.” Él gruñó, resistiéndose al principio, pero el placer era demasiado intenso.
Sus manos subieron por la espalda de Aria, arañando ligeramente su piel en un contraataque sutil, antes de aferrarse a sus caderas y guiar sus movimientos, tratando de recuperar el control.
“Maldita sea, Liz…
sí, mierda, sí,” admitió entre dientes, sus palabras entrecortadas por los gemidos que no podía contener.
Pero no se rindió del todo; con un empujón repentino, la levantó lo suficiente para invertir las posiciones una vez más, rodando hasta que ella quedó debajo de él de nuevo.
Esta vez, la penetró con una urgencia salvaje, sus manos entrelazadas con las de ella por encima de su cabeza, inmovilizándola contra las sábanas revueltas.
La guerra continuaba: Aria arqueaba la espalda para encontrarse con cada embestida, mordiendo el hombro de Kael en venganza, dejando una marca que él sentiría por días.
Él respondía acelerando, su aliento cálido contra el cuello de ella, susurrando promesas oscuras de dominación futura.
“Te tendré rogando cada noche,” murmuró él, su voz ronca por el esfuerzo.
“Te recordaré esto cada vez que intentes jugar conmigo.” Aria rio, un sonido gutural y triunfante, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura para atraerlo más profundo, controlando el ángulo incluso en su sumisión aparente.
“Inténtalo, Kael.
Pero recuerda: soy yo quien te limpia, quien te reclama.
Tú eres mío.” El clímax se construyó como una tormenta, un torbellino de poder y rendición que los dejó temblando.
Cuando finalmente llegó, fue simultáneo y explosivo: Kael se tensó sobre ella con un rugido ahogado, derramándose en su interior mientras Aria se convulsionaba alrededor de él, sus uñas hundidas en su espalda como garras victoriosas.
Colapsaron juntos, sudorosos y exhaustos, el aire de la suite cargado con el aroma de su pacto renovado y un perfume ajeno.
El sol naciente bañaba la habitación en tonos dorados, pero en ese momento, no había ganadores ni perdedores; solo un equilibrio peligroso, una tregua temporal en su eterna batalla de voluntades.
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