Fuego cruzado - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 El Contrato de la Dama Blanca
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3: Capítulo 3: El Contrato de la Dama Blanca 3: Capítulo 3: El Contrato de la Dama Blanca La dirección que Kael había dejado en su teléfono, “Callejón del Cuervo 14, medianoche”, martilleaba en la cabeza de Aria.
No era una cita casual.
Y el nombre, “El Contrato de la Dama Blanca”, sonaba a algo turbio, peligroso, exactamente lo que Aria había venido a buscar.
Salió del Infierno Dorado con la cabeza en alto, ignorando las miradas.
El beso de Kael aún quemaba sus labios, una distracción peligrosa, un recordatorio de que su fachada de “Elena” era demasiado convincente.
Pero Aria era más fuerte que eso.
La venganza era su escudo, su razón de ser.
En su pequeño apartamento, apenas un refugio temporal, cambió su vestido de seda por ropa más práctica: pantalones oscuros, una chaqueta ceñida y botas silenciosas.
Su cabello lo recogió en una cola de caballo alta.
“Elena” era seducción; Aria era precisión.
Medianoche se acercaba.
El Callejón del Cuervo era un laberinto de sombras y grafiti, lejos de las luces neón del club.
El aire frío de la noche mordía.
Aria se movía como una sombra, sus sentidos alerta.
Había estado en lugares peores.
Había entrenado para esto.
La dirección la llevó a un viejo almacén abandonado.
Las persianas metálicas estaban a medio cerrar, y una tenue luz roja parpadeaba en el interior.
Se agachó detrás de unos contenedores de basura, respirando hondo.
No podía entrar a lo loco.
Esto era territorio Valerius.
Se acercó sigilosamente a una ventana rota en la parte trasera.
A través de la rendija, pudo ver el interior.
Había seis hombres.
No eran los típicos matones de club.
Llevaban trajes oscuros y la tensión en el ambiente era palpable.
Y en el centro, de pie, dando la espalda a Aria, estaba Kael.
Su figura alta y poderosa destacaba incluso entre esos hombres imponentes.
No estaba solo.
Junto a Kael, un hombre corpulento con cicatrices en el rostro sostenía una carpeta de cuero.
Y frente a ellos, de pie con una dignidad fría a pesar de la situación, había una mujer.
Elegante, de cabello plateado y mirada penetrante.
La Dama Blanca.
Ella no parecía asustada.
Parecía…
resignada.
O quizá, desafiante.
“El trato es simple, señora Solari,” dijo Kael, su voz resonando en el silencio del almacén.
“Nos cedes los terrenos del puerto y olvidamos tus deudas de juego.
Ni un centavo más.
Ni un día más.
El Contrato de la Dama Blanca se cierra hoy.” Aria sintió un escalofrío.
Terrenos del puerto.
Eso era grande.
Y “deudas de juego” de la señora Solari.
La familia Valerius estaba extorsionando.
Era exactamente el tipo de podredumbre que Aria buscaba.
La Dama Blanca, la señora Solari, suspiró.
“Kael, tu padre me lo prometió.
Dijo que me daría más tiempo.
Que encontraría la manera de pagar.” Kael se rio, un sonido sin una pizca de humor.
“Mi padre hace muchas promesas que no puede cumplir.
Yo no.
Y mi padre está ocupado.
Ahora, firma.” El hombre de las cicatrices le extendió la carpeta a la señora Solari.
Ella dudó, su mano temblaba ligeramente.
Aria sintió un dilema.
Su objetivo era obtener información, destruir a los Valerius.
Pero ver a esta mujer siendo extorsionada…
una parte de ella gritaba por intervenir.
La niña que había perdido todo quería justicia inmediata.
Pero Aria era una adulta con un plan.
Si intervenía ahora, su tapadera quedaría expuesta.
Tendría una pista, sí, pero perdería la oportunidad de destapar toda la red.
La señora Solari tomó la pluma.
Sus ojos se encontraron con los de Kael.
Había una súplica silenciosa, una desesperación.
Él no se inmutó.
En el momento exacto en que la pluma tocó el papel, Aria tomó una decisión.
No podía permitirse un error.
Necesitaba más que un simple contrato.
Retrocedió silenciosamente, alejándose de la ventana.
Tenía la información clave: los Valerius estaban expandiendo su imperio a través de la extorsión de propiedades portuarias, con Kael a la cabeza, utilizando deudas de juego como palanca.
Pero también tenía un nuevo problema.
El Kael del club, el que la besó con una pasión salvaje, era el mismo hombre que ahora estaba forzando a una mujer a firmar su ruina.
Era brutalmente eficiente y sin escrúpulos.
Mientras se alejaba por el callejón oscuro, el aire se heló aún más.
El sonido de un motor se acercaba.
Un coche negro, de gama alta, se detuvo abruptamente cerca de la entrada del almacén.
Aria se agachó de nuevo, ocultándose detrás de un muro.
La puerta del coche se abrió y un hombre salió.
No era Kael.
Este hombre era mayor, con el cabello completamente blanco y una expresión dura como la piedra.
Llevaba un traje impecable y una autoridad innegable.
Massimo Valerius.
El padre de Kael.
El verdadero cerebro detrás de todo.
Aria contuvo la respiración.
Nunca había visto a Massimo en persona.
La leyenda de su crueldad era bien conocida.
Si él estaba aquí, la situación dentro del almacén era aún más grave.
Escuchó la voz de Massimo, clara y fría, incluso desde la distancia.
“Kael, ¿ya está hecho?
No tenemos toda la noche para los sentimentalismos de la señora Solari.” Aria apretó los puños.
Su plan era correcto.
No solo debía ir a por Kael, sino que tenía que derribar al imperio entero.
Y ahora, tenía la primera pieza concreta.
El peligro había aumentado.
Kael era un lobo solitario, sí, pero Massimo era el alfa de la manada.
Se movió de nuevo, esta vez con más urgencia.
Tenía que volver a su apartamento, procesar la información, y planificar el siguiente paso.
Pero mientras corría por el callejón, un pensamiento la detuvo.
El beso de Kael.
La forma en que sus ojos grises habían brillado cuando la besó.
No era solo control.
Había algo más.
Y ese algo, esa chispa peligrosa, era la mayor amenaza para su venganza.
Porque la venganza exigía una frialdad absoluta, y Kael Valerius estaba empezando a derretir sus defensas.
La siguiente fase de su plan debía ser más arriesgada, más personal.
Tenía que acercarse aún más a Kael, no solo para obtener más información, sino para entenderlo.
Tenía que encontrar su debilidad.
Y al hacerlo, sabía que se arriesgaba a encontrar la suya propia.
La línea entre el cazador y la presa, entre el deseo y la destrucción, se volvía cada vez más borrosa.
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