Fuego cruzado - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Capítulo 31 La Jaula y la Prueba de Fuego
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31: Capítulo 31: La Jaula y la Prueba de Fuego 31: Capítulo 31: La Jaula y la Prueba de Fuego El apartamento de Kael, con sus vastos ventanales de cristal y su mármol estéril , se sentía más como un laboratorio de vigilancia que como una “jaula de oro”.
Aria, ahora anclada en la piel de Liz , usó el pretexto de la mudanza para mapear su nuevo territorio de confinamiento.
La cercanía era un arma de doble filo: le daba acceso ilimitado al espacio personal de Kael, pero también lo exponía a una vigilancia constante.
Clara, la joven asistente de Kael , regresó del apartamento temporal de Aria con su equipaje, moviéndose con una eficiencia silenciosa que resultaba irritante.
Aria se obligó a sonreír, pero en su interior la mordía una pregunta venenosa : ¿era Clara una empleada eficiente o una ficha en el juego de Kael, una espía, o peor aún, una de sus “distracciones”?
El perfume en las bragas de seda era un espectro que el olor a licor de Kael no podía borrar.
“La torre es muy segura, señorita Liz,” comentó Clara, doblando una toalla en el baño con una precisión militar.
“El Señor Valerius tiene todo el sistema conectado a su suite.
Puede ver quién entra y sale de este piso desde su terminal”.
Aria sintió un escalofrío de confirmación.
La jaula de oro no era solo para ella; era también una cuarentena.
Kael la había puesto a dos pisos de distancia, pero bajo su ojo digital.
La jaula de oro no es solo para mí, es para él.
El amor es un bloqueo de fuego más fuerte que cualquier código.
El instinto de Aria gritaba que Kael la temía.
Temía que su pasión, su intelecto, o peor aún, su cuerpo, pudiera ser usado por otros.
“Clara, ¿sabes dónde puedo encontrar un buen whisky?” preguntó Aria, con una voz casual.
“Necesito desempacar los archivos y ese trabajo requiere concentración.
Un poco de ‘fuego líquido’ me vendría bien”.
Clara, sin titubear, señaló un gabinete en el salón.
Aria tomó la botella y sirvió dos copas, tendiéndole una a la asistente.
“Por la nueva era en la Corporación Valerius,” propuso Aria, elevando el cristal.
Clara se sintió incómoda por el gesto, pero bebió.
Bajo la influencia del licor y la aparente camaradería, la eficiencia de Clara comenzó a desmoronarse.
Aria la sedujo con preguntas sencillas, haciendo que la conversación girara en torno a Kael, a la dinámica de su relación y a sus costumbres.
“El Señor Valerius está muy feliz con usted, Señorita Liz,” se atrevió a decir Clara.
“Nunca le había dado las llaves del piso de abajo a nadie.
Antes, solo lo visitaba la Señorita Verónica, pero ella nunca duraba más de una noche”.
Aria sintió cómo el veneno de los celos se calmaba un poco, reemplazado por la satisfacción de la estratega.
La coartada del amor había funcionado.
“¿Y qué hay de sus otras ‘socias’?” preguntó Aria, inclinándose con un tono de conspiración.
“El Señor Valerius tiene una agenda muy ocupada, ¿no es así?
¿Quién le ayuda a organizar el caos?” Clara se rio, un sonido breve.
“Él lo organiza solo.
Él tiene muchas reglas.
Una de ellas es: no se permite a las mujeres que duermen con él pasar de la suite de huéspedes.
Son solo…
un alivio de tensión.
Él siempre se retira solo a la suite de arriba”.
El corazón de Aria dio un vuelco.
Kael se acostaba solo.
Nunca le había permitido a nadie cruzar el umbral de su suite principal.
Él la había puesto en cuarentena, sí, pero dos pisos abajo, dándole un estatus que ninguna otra mujer había tenido.
La jaula de oro era también un escudo de honor.
No soy una empleada, ni una cortesana.
Soy su socia, su debilidad, su amor, y su única posesión duradera.
Liz continuó con la seducción sutil.
Necesitaba saber la verdad sobre la “diversión” de la isla.
“¿Y la mujer de anoche, Clara?” preguntó Aria, con un tono suave.
“La que me dejó su…
su perfume en la chaqueta de Kael.
¿Quién era ella?” Clara se quedó callada, sus ojos abiertos por el pánico.
“No sé de qué habla, Señorita Liz.
El Señor Valerius no…
no acostumbra a hablar de sus reuniones.
Simplemente me ordena que reserve el coche y que le dé un mensaje de despedida a quien esté en turno”.
Aria sonrió con satisfacción.
La estratega había ganado.
Clara no era una espía sexual, sino una empleada que Kael usaba como un muro de contención.
“Muy bien, Clara.
Gracias por tu ayuda.
Puedes retirarte,” dijo Aria, volviendo a la mesa para concentrarse en su trabajo.
Aria se puso a trabajar de nuevo.
El archivo de la Operación Fénix ya estaba limpio de la complicidad de Kael.
Ella había convertido al depredador en la víctima del imperio de Massimo.
El “paquete de la caída” de Massimo, con evidencia irrefutable de corrupción, estaba listo para ser enviado a la prensa.
Solo necesitaba una última pieza de información.
El pendrive de seguridad de Kael, el que había visto en su oficina.
Aria sabía que ese pendrive contenía una clave física de backdoor a los servidores principales que no requeriría su biométrico, un último recurso de Massimo para proteger su poder.
Si Kael iba a ser el “héroe”, debía entregar esta última llave.
Mientras trabajaba, la puerta se abrió de golpe.
Kael entró, con el traje desaliñado, pero con un aire de absoluta posesión.
Vio a Clara marcharse del apartamento con una mirada de terror, y luego se dirigió a Aria, con los ojos grises fijos en ella.
“¿Y qué es lo que has descubierto, Liz?
¿Algo más importante que yo?” preguntó Kael, con un tono de resentimiento mezclado con afecto.
Aria se levantó, su corazón latiendo con la adrenalina del momento.
Era ahora o nunca.
“Algo mucho más importante que tú, Kael,” respondió Aria.
“El paquete de la caída de Massimo está listo.
La evidencia está limpia de tu nombre, pero hay un problema.
La Operación Fénix es demasiado compleja.
Necesito un acceso físico para un barrido final.
El pendrive de tu chaqueta”.
Kael la miró fijamente.
La furia y el miedo se encendieron en sus ojos.
Ella había ido más allá de lo permitido, pero lo estaba protegiendo.
“¿Y cómo sabes del pendrive, Liz?” “Porque te amo, Kael.
Y porque sé que no confías en nadie.
Y tienes razón.
Ese pendrive es la única llave física que puede activar un protocolo de contingencia que borraría todo rastro de tu padre.
Es tu seguro de vida, y yo lo necesito para proteger tu futuro”.
Kael se acercó.
La abrazó con una fuerza que era una mezcla de gratitud y rendición.
“Maldita sea, Liz.
Siempre tienes razón,” susurró Kael, separándose y yendo a su maleta.
Sacó un pendrive de seguridad negro, diminuto, con un grabado discreto: Fénix.
Lo tomó y se dirigió a Aria.
“Lo tomarás.
Pero esta noche, la prueba de tu lealtad es…
no dormirás en este departamento.
Quiero que te vayas al piso de abajo.
Dormirás en la suite de invitados.
Yo me quedaré solo.
Si a la mañana siguiente ese pendrive sigue en tu poder, sabré que eres digna de mi confianza.” Aria sintió el golpe.
La última prueba de su lealtad.
“No te castigo, Liz,” continuó Kael, acercándose y besándola en la frente.
“Simplemente te pongo en cuarentena de nuestra pasión.
Haz tu trabajo, pero no cerca de mí.
Yo no puedo trabajar con tu cuerpo tan cerca.” Él le dio el pendrive.
Era la llave de su destrucción.
“¿Y si no me voy?” preguntó Aria, sintiendo un desafío que no podía contener.
“Entonces, acabare contigo.
No me desafíes ahora, Liz.
El juego se ha vuelto demasiado peligroso.
Lo tomarás.
Pero esta noche, la prueba de tu lealtad es…
no dormirás en este departamento”.
Kael se dio la vuelta y se dirigió a las escaleras hacia su suite, sin mirar atrás.
Aria se quedó con el pendrive en la mano, con el corazón dividido.
La última prueba.
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