Fuego cruzado - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 Capítulo 33 El Antojo de la Estratega
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33: Capítulo 33: El Antojo de la Estratega 33: Capítulo 33: El Antojo de la Estratega Kael llegó un par de horas después, con el aire tranquilo y satisfecho de un hombre que se sabe vencedor.
Entró en el vasto apartamento, ni siquiera molestándose en quitarse la chaqueta del traje.
Aria, terminando de repasar una hoja de cálculo en su portátil, se sintió tensa.
La estratega estaba lista; la mujer se sentía expuesta.
Kael no preguntó por su noche.
Simplemente se acercó al escritorio.
Aria, sin preámbulos, le arrojó una USB negra a la mesa.
El pendrive rodó y se detuvo justo al borde de la madera pulida.
Estaba cargado con la venganza de Aria, limpiada de la complicidad de Kael, una trampa perfecta para Massimo.
“Ahí está todo,” dijo Aria, su voz firme, con un filo apenas perceptible.
“Massimo caerá.
Envíalo a la policía y a la prensa.
Su imperio será tuyo, igual que el culo de tu asistente.” La acusación fue directa y brutal, un ataque envuelto en un regalo.
Kael tomó el pendrive y se echó a reír, un sonido seco que resonó en el silencio estéril del apartamento.
“Ya te lo dije, Liz,” replicó Kael, con un tono burlón, levantando la memoria.
“El cuerpo es una herramienta.
Además, te estoy compartiendo mis juguetes.
Deberías estar feliz.” Aria apretó la mandíbula.
El desdén de Kael por sus celos era su arma más poderosa.
Él la estaba forzando a aceptar su posición como la Herramienta de la Cabeza en su arsenal, la estratega sin sentimentalismos.
Ella guardó silencio, pero sonreía desafiante, una curva en sus labios que prometía el doble de dolor.
La traición ya no le pertenecía; ahora era un juego compartido, y ella esperaba el momento de la autodestrucción de Kael.
“Bien.
Tengo un par de asuntos que atender, y no, no es con mujeres, es con horribles y obesos millonarios,” continuó Kael, con un tono de fastidio genuino.
“Cuando salgan contratos con ellos, los revisarás como de costumbre, y en los tiempos libres, trabajaremos en el Faro.
Necesito que ese activo sea incorruptible.
¿Estás de acuerdo, Liz?” “Claro que sí,” respondió Aria, inclinando ligeramente la cabeza.
El Faro.
El único activo que Kael amaba.
El cebo de su nueva trampa.
“Bien, pues me voy.” Kael hizo una burla, una reverencia exagerada.
“Puede usted hacer lo que quiera, señorita Torres.” Se dio la vuelta y salió de la habitación.
Aria se quedó sola, sintiendo el vacío que dejó su partida.
El apartamento de lujo se convirtió en un mausoleo.
Ella había ganado la guerra contra Massimo, pero había perdido su alma en el proceso, quedando a merced de su propia creación.
Un día de calma era lo que necesitaba, un tiempo para reajustar su estrategia.
La tarde se deslizó perezosamente.
El silencio era ensordecedor.
Aria se obligó a concentrarse en los archivos de Massimo, asegurando que no hubiera un solo error que pudiera salvar al patriarca.
Pero el hambre, tanto la física como la emocional, comenzó a sentirse.
El recuerdo de Clara y su enigmática sonrisa se incrustó en su mente.
Aria tomó el intercomunicador de diseño.
Presionó el botón.
“Clara,” dijo Aria, su voz volviendo a su tono suave y profesional.
Clara llegó casi de inmediato, moviéndose con una rapidez que sugería que había estado esperando la llamada.
“Dígame, Señorita Torres, ¿qué puedo hacer por usted?” preguntó Clara, con su sonrisa habitual.
Aria la miró fijamente.
No había rodeos, no había tiempo para los juegos.
“Clara, dime a qué carajo te referías con complacerme en todo.” Clara no se inmutó.
La sonrisa se hizo más grande, más segura.
“Exactamente lo que dije, Señorita Torres.
Lo que sea.” El corazón de Aria latía con una mezcla de furia y curiosidad.
La idea de que Kael hubiera dado esa orden la humillaba, pero el control absoluto que le daba sobre Clara la excitaba.
Aria decidió probar el límite.
“Entonces, si te digo que tengo hambre,” dijo Aria.
“Entonces ordenaré algo de comer para usted.
Comida china le parece bien,” respondió Clara, con una naturalidad absoluta.
Aria asintió.
“Sí, comida china está bien.” Aria hizo una pausa, sus ojos fijos en los de Clara, buscando el nervio.
“¿Algo más, Señorita Torres?” La pregunta era un desafío.
Aria la tomó.
“¿Has cogido con Kael?” preguntó sin más.
La crudeza de la pregunta era un intento de romper la máscara de Clara, de vengarse de Kael a través de su juguete.
Clara no pestañeó.
Su sonrisa no se borró, pero un brillo de poder apareció en sus ojos.
“Por supuesto, Señorita Torres.
¿Desea algo más?” Aria sintió la humillación ajena como una herida propia.
La estratega se sintió desarmada por la facilidad de la confesión.
Pero si Clara era una herramienta, Aria podía usarla.
“Lo que sea dices…” Aria se levantó y caminó lentamente hacia Clara, su cuerpo irradiando una demanda de poder.
“Entonces, Clara, si te pido que me comas el coño…” Clara no respondió con palabras.
La máscara de obediencia se hizo absoluta.
Sin romper el contacto visual, se puso de rodillas sobre el lujoso suelo de mármol.
Lentamente, abrió un poco la boca, mostrando su lengua, sus ojos fijos en Aria, expectantes.
La sumisión era un arma y Clara la usaba sin pudor.
Aria se acercó, la respiración entrecortada por la furia, el deseo y la sorpresa.
Se sintió como una depredadora de la peor calaña.
Clara, todavía de rodillas, con la boca ligeramente abierta, pronunció la frase, la confirmación de su pacto: “Lo que sea, Señorita Torres.” Aria sintió un torrente de poder que la recorrió.
Había probado el límite y Clara había cedido, sin resistencia, sin vergüenza.
Era la dominación total.
Aria tomó el cabello de Clara con la mano, el tacto era posesivo, no violento, pero sí firme.
Clara la miró, espectante, esperando que Liz se desnudara.
“Hoy no, Clara,” dijo Aria, su voz baja y rasposa, pero llena de control.
“Por hoy la comida china es suficiente.
Si surge algún otro antojo, te lo haré saber.” Aria soltó el cabello de Clara.
La estratega había ganado el pulso.
Había demostrado que no necesitaba el placer para dominar; le bastaba el poder de la amenaza de ese placer.
Clara se levantó, su rostro impasible, como si la escena nunca hubiera ocurrido.
“A su servicio, Señorita Torres.” Clara se retiró para ordenar la comida, dejando a Aria de pie en el centro del apartamento, con el sabor de un triunfo vacío en la boca.
Había ganado una nueva pieza en el tablero, una que podía usar contra Kael.
Pero el costo de esa victoria, la humillación impuesta a otra mujer en nombre de su venganza y el hecho de lo que estaba disfrutando, era una herida que ella no podía ignorar.
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