Fuego cruzado - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 Capítulo 35 El Sabor de la Sumisión
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35: Capítulo 35: El Sabor de la Sumisión 35: Capítulo 35: El Sabor de la Sumisión Clara llegó en menos de cinco minutos, como si hubiera estado esperando justo al otro lado de la puerta, lista para ser convocada.
Su uniforme impecable, con esa falda plisada y la blusa blanca que acentuaba su figura esbelta, la hacía parecer una muñeca perfectamente ensamblada.
Aria, o mejor dicho, Liz —porque en ese momento la máscara de la vengadora se había disuelto completamente en la piel de la depredadora—, la miró desde el sofá con una sonrisa lenta y calculada.
El poder ya no era una herramienta; era una droga que le corría por las venas, embriagándola con cada latido.
“Entra, Clara,” dijo Liz, su voz baja y ronca, cargada de una autoridad que no admitía réplicas.
Clara obedeció, cerrando la puerta con un clic suave, y se quedó de pie en el centro del salón, con las manos entrelazadas frente a ella, esperando instrucciones como una sirvienta fiel.
Liz se levantó con deliberada lentitud, sintiendo el pulso acelerado en su cuello.
La curiosidad inicial por los “servicios” de Clara había mutado en algo más oscuro: una necesidad voraz de control, de humillar para afirmar su dominio sobre el mundo de Kael.
Si él la provocaba con sus “socias” y sus mensajes ambiguos, ella tomaría lo que le ofrecía y lo retorcería hasta que doliera.
La máscara de Aria, la mujer herida y vengativa, se corrompía por completo; el poder absoluto sobre otra persona era embriagante, un elixir que borraba cualquier rastro de culpa o moralidad.
Solo quedaba la lujuria cruda, el placer de ver a alguien romperse por su voluntad.
“Desnúdate, Clara,” ordenó Liz, cruzándose de brazos y observándola con ojos entrecerrados, como si evaluara una mercancía.
No era una petición; era un mandato, y el tono no dejaba espacio para la duda.
Clara no titubeó.
Sus manos se movieron con precisión mecánica, desabotonando la blusa blanca botón por botón, revelando la piel pálida y suave debajo.
La prenda cayó al suelo, seguida por la falda, que se deslizó por sus caderas con un susurro de tela.
Quedó en ropa interior, un conjunto simple de encaje negro que contrastaba con su expresión impasible.
Liz sintió un escalofrío de excitación al ver cómo Clara mantenía la mirada fija en el suelo, sumisa pero no avergonzada, como si esto fuera solo otra tarea en su agenda.
“Todo,” insistió Liz, su voz ahora un susurro áspero.
Clara obedeció, quitándose el sostén y las bragas con movimientos fluidos, quedando completamente desnuda en el centro de la sala.
Su cuerpo era perfecto en su vulnerabilidad: pechos firmes, caderas suaves, y una piel que parecía no haber sido marcada por nadie más que por órdenes como esta.
Liz se acercó, rodeándola como un tiburón en aguas tranquilas.
El aire se cargaba de tensión, el silencio roto solo por la respiración controlada de Clara.
“Ahora, cuéntame, Clara,” murmuró Liz, deteniéndose detrás de ella y rozando apenas sus hombros con las yemas de los dedos.
“Dime exactamente qué ‘servicios’ le hacías a Kael.
Detalles.
Todos.” Clara tragó saliva, pero su voz salió firme, sin un atisbo de resistencia.
“Por supuesto, Señorita Torres.
El Señor Valerius me usaba principalmente para alivio rápido.
Me ordenaba arrodillarme en su oficina, o en el ático, y…
me usaba la boca.
A veces, me doblaba sobre el escritorio y me penetraba por detrás, rápido y duro, mientras revisaba documentos.
Nunca era tierno; era funcional.
Me decía que era mi deber mantenerlo concentrado.” Liz sintió una oleada de calor entre las piernas, no por celos esta vez, sino por el puro placer de la dominación psicológica.
Imaginar a Kael usando a Clara como un objeto la excitaba, pero más aún la idea de que ahora ella controlaba esa herramienta.
La corrupción de Aria era total; la venganza se había torcido en lujuria, y el control sobre Clara era un afrodisíaco que borraba cualquier límite.
“Interesante,” susurró Liz, su aliento cálido contra la nuca de Clara.
“Y ahora, Clara, vas a hacer lo mismo por mí.
Pero mejor.
Más…
humillante.” Clara no protestó.
“Por supuesto, Señorita Torres.” Liz dio un paso atrás, quitándose los pantalones de seda con un movimiento fluido, dejando al descubierto su propia desnudez parcial.
Se inclinó sobre el sofá, apoyando las manos en el respaldo, y arqueó la espalda, exponiéndose de manera deliberada.
“Cómeme el culo, Clara,” ordenó, su voz temblando ligeramente por la anticipación, no por vergüenza.
Era el borde de la humillación, un acto que rebajaba a Clara a lo más bajo, y a Liz la elevaba a lo más alto.
“Por supuesto, Señorita Torres,” respondió Clara, arrodillándose detrás de ella sin dudar.
Sus manos separaron suavemente las nalgas de Liz, y su lengua, cálida y obediente, comenzó a explorar.
El contacto fue eléctrico: lenta al principio, lamiendo con precisión, trazando círculos alrededor del punto más sensible, luego profundizando con una dedicación absoluta.
Liz jadeó, el placer mezclado con el éxtasis del poder.
Cada lamida era una rendición, cada movimiento de la lengua de Clara un recordatorio de que ella, Liz, tenía el control total.
“Más profundo,” gruñó Liz, empujando sus caderas hacia atrás, forzando a Clara a enterrar el rostro entre sus nalgas.
Clara obedeció, su lengua presionando con más fuerza, explorando sin reservas, mientras sus manos masajeaban las caderas de Liz para mantenerla estable.
El sonido húmedo, el calor, la sensación de ser adorada en el acto más degradante…
era embriagante.
Liz sentía cómo la lujuria corrompía lo que quedaba de Aria; la venganza ya no era solo contra Kael o Massimo, sino un festín de poder que la consumía.
Controlar a Clara así, llevarla al borde de la humillación por simple placer, era adictivo.
“Dime que te gusta,” exigió Liz entre gemidos.
“Me gusta complacerla, Señorita Torres,” murmuró Clara contra su piel, su voz ahogada pero sincera, sin una pizca de fingimiento.
Siguió lamiendo, su lengua ahora más insistente, alternando entre círculos amplios y penetraciones superficiales que hacían que las piernas de Liz temblaran.
“Llámame Liz,” corrigió Liz, girando la cabeza para mirarla por encima del hombro, sus ojos brillando con una mezcla de lujuria y dominio.
“Por supuesto, Liz,” respondió Clara, sin pausar su tarea.
“Lo que pidas.” Su lengua se volvió más agresiva, lamiendo con fervor, como si el acto de humillación la impulsara a dar más.
Liz se mordió el labio, sintiendo el orgasmo construir desde lo profundo, no solo por el placer físico, sino por la intoxicación absoluta del control.
Empujó su trasero contra el rostro de Clara, sofocándola ligeramente, forzándola a trabajar más duro, a humillarse más.
Clara no se quejó; en cambio, gimió suavemente, sus manos apretando las nalgas de Liz como si disfrutara de la degradación.
Liz alcanzó el clímax con un grito ahogado, su cuerpo convulsionando mientras olas de placer la recorrían.
Clara no se detuvo hasta que Liz se apartó, jadeante, y se giró para mirarla.
Clara seguía de rodillas, el rostro enrojecido y húmedo, pero su expresión era de obediencia pura, sin rastro de resentimiento.
Era el pináculo de la humillación: Clara reducida a un objeto para el placer de Liz, y Liz corrompida por el éxtasis de ese poder.
“Bien hecho, Clara,” dijo Liz, recuperando el aliento, su voz ahora ronca por la satisfacción.
“Puedes vestirte y retirarte.
Por ahora.” Clara se levantó, recogiendo su ropa con la misma eficiencia que siempre, como si nada hubiera pasado.
Pero Liz sabía que algo se había roto —o construido— en ella.
La máscara de Aria estaba completamente corrompida; el poder y la lujuria la habían transformado en algo más oscuro, y la sensación de control total sobre otra persona era un vicio del que no quería escapar.
Mientras Clara salía, Liz se dejó caer en el sofá, preguntándose cuánto más podría caer antes de que la venganza la consumiera por completo.
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