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Fuego cruzado - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 38 Capítulo 38 La Prueba de Lealtad Absoluta
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38: Capítulo 38: La Prueba de Lealtad Absoluta 38: Capítulo 38: La Prueba de Lealtad Absoluta A la mañana siguiente, el sol se filtraba a través de las inmensas ventanas del apartamento, tiñendo el mármol blanco con un resplandor dorado que contrastaba con la oscuridad interna de Aria.

Había desayunado sola: un café negro amargo y una tostada minimalista, el tipo de comida que mantenía su mente afilada y su cuerpo ligero.

Kael ya había salido al amanecer, envuelto en su armadura de traje impecable, listo para enfrentar el circo mediático que ella misma había orquestado.

El guion estaba en marcha; él sería el héroe roto en las pantallas de todo el país, mientras ella disfrutaba de su ventana de libertad.

Después de una ducha caliente que lavó el cansancio de la noche anterior, pero no el residuo de poder que aún le hormigueaba en la piel, Liz se envolvió en una toalla suave de algodón egipcio.

El tejido se adhería a su cuerpo húmedo, delineando las curvas que había aprendido a usar como armas.

Su cabello goteaba ligeramente sobre sus hombros, y el vapor del baño aún empañaba los espejos, creando un aura de intimidad cargada.

Se miró en el reflejo empañado: ya no era Aria la vengadora, ni siquiera Liz la estratega.

Era una depredadora en su elemento, lista para reclamar lo que le pertenecía.

Con un dedo aún húmedo, presionó el botón del intercomunicador en la pared del salón.

Su voz salió baja, ronca por la anticipación que ya le aceleraba el pulso.

“Clara…” No hubo demora.

Clara apareció en menos de dos minutos, como si hubiera estado acechando en las sombras del edificio, esperando esa llamada inevitable.

Vestía su uniforme habitual: falda plisada negra, blusa blanca ceñida, y tacones bajos que la hacían parecer una secretaria salida de una fantasía prohibida.

Su expresión era neutral, pero sus ojos —esos ojos oscuros y sumisos— brillaban con una expectativa que Liz reconoció al instante.

Clara entró sin pedir permiso, cerrando la puerta detrás de ella con un clic definitivo, y se paró en el centro del salón, manos entrelazadas, esperando órdenes.

Liz se acercó con lentitud deliberada, la toalla rozando su piel como una caricia propia.

El aire entre ellas se cargaba de electricidad, un silencio pesado que preludiaba la tormenta.

Clara no apartó la mirada; su postura era la de una ofrenda, lista para ser tomada.

“Clara,” comenzó Liz, su voz un susurro sedoso que cortaba el silencio como una cuchilla.

“Ya no le perteneces a Kael.

Ahora eres mía.

Y necesito no solo tu sumisión…

necesito tu lealtad absoluta.

Eres mía.” Las palabras colgaban en el aire, un reclamo posesivo que iba más allá del cuerpo.

Era un juramento que Liz exigía, una transferencia de poder que sellaría a Clara como su herramienta exclusiva, alejándola del control de Kael.

Clara tragó saliva, pero no hubo vacilación en su respuesta.

Sus labios se curvaron en una sonrisa sutil, sumisa, y su voz salió clara, devota.

“Soy tuya, Liz.” Liz sintió un torrente de calor ascender por su espina dorsal.

Esas palabras eran un elixir, confirmando el control total que anhelaba.

Pero no bastaba con oírlo; necesitaba sentirlo, probarlo en carne y hueso.

Dio un paso más cerca, hasta que el aroma fresco de Clara —jabón neutro mezclado con un toque de perfume sutil— invadió sus sentidos.

Extendió una mano y rozó la mejilla de Clara con los nudillos, un toque que era a la vez tierno y dominante.

“Pruébalo,” ordenó Liz, su voz bajando a un gruñido primal.

“Muéstrame que eres mía.

Ahora.” Clara no necesitó más instrucciones.

Sus manos se movieron con una eficiencia entrenada, desabotonando su propia blusa con dedos temblorosos por la excitación contenida.

La prenda cayó al suelo, revelando un sostén de encaje negro que acentuaba sus pechos firmes.

Siguió con la falda, deslizándola por sus caderas en un movimiento fluido, quedando en ropa interior y tacones.

Liz observaba, su respiración acelerándose, el poder embriagándola como una droga.

Cada prenda que caía era una rendición, un paso más hacia la humillación absoluta que Liz anhelaba.

“Todo,” exigió Liz recreando su primer encuentro, mientras soltaba el nudo de su toalla y la dejaba caer al suelo.

Quedó desnuda, su piel aún cálida por la ducha, expuesta y vulnerable, pero en control total.

Clara era la primera mujer con quien tenía intimidad; no había en esto ni un rastro de romance, solo la sed de dominio.

Clara obedeció, quitándose el sostén y las bragas con una gracia sumisa, su cuerpo ahora completamente al descubierto: piel suave, curvas invitadoras, y una vulnerabilidad que hacía que el corazón de Liz latiera con fuerza.

Liz la tomó por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo desnudo.

El contacto piel con piel fue eléctrico, enviando ondas de placer a través de ambas.

“De rodillas,” murmuró Liz, empujando a Clara hacia abajo con una mano firme en su hombro.

Clara se arrodilló sin resistencia, su rostro a la altura de las caderas de Liz, mirándola hacia arriba con ojos llenos de devoción.

“Prueba que eres mía,” repitió Liz, separando ligeramente las piernas para exponerse.

“Adórame.” Clara se inclinó hacia adelante, su aliento cálido contra la piel sensible de Liz antes de que su lengua hiciera contacto.

Comenzó lenta, deliberada: una lamida larga y profunda desde la base hasta el clítoris, explorando con precisión experta.

Liz jadeó, sus manos enredándose en el cabello de Clara, guiándola con tirones posesivos.

“Más,” gruñó, empujando sus caderas contra el rostro de Clara.

La lengua de Clara se volvió más insistente, lamiendo con fervor, succionando el clítoris con una succión suave que hacía que las rodillas de Liz temblaran.

El sonido húmedo de la boca de Clara trabajando llenaba la habitación, un eco erótico que amplificaba el placer.

Liz no se contentó con eso.

Quería más humillación, más control.

“Usa tus dedos,” ordenó, su voz entrecortada por los gemidos.

Clara obedeció al instante, deslizando dos dedos dentro de Liz mientras su lengua continuaba su asalto implacable.

Los dedos se movían en un ritmo perfecto, curvándose para golpear el punto exacto que hacía que Liz arqueara la espalda, el placer construyéndose como una ola inevitable.

“Dime que me perteneces,” exigió Liz, tirando del cabello de Clara para obligarla a mirarla.

“Te pertenezco, Liz,” murmuró Clara contra su piel, su voz ahogada pero ferviente, sin pausar su tarea.

“Soy tuya…

solo tuya.” Las palabras fueron como un detonante; Liz sintió el orgasmo acercarse, pero lo retrasó, queriendo prolongar la dominación.

“Gírate,” ordenó Liz, apartando a Clara momentáneamente.

Clara se volvió, poniéndose a cuatro patas sobre el suelo de mármol frío, exponiendo su trasero y su vulnerabilidad total.

Liz se arrodilló detrás de ella, sus manos separando las nalgas de Clara con posesión.

“Ahora te marcaré como mía,” susurró, inclinándose para lamer el punto más íntimo de Clara, su lengua explorando con la misma intensidad que había recibido.

Clara gimió, su cuerpo temblando bajo el asalto, pero no se movió; era la sumisión perfecta, el cuerpo entregado sin reservas.

Liz alternaba entre lamidas y mordiscos suaves, sus dedos deslizándose dentro de Clara para llevarla al borde.

“Ven por mí,” ordenó, su voz un mandato ronco.

Clara obedeció, su cuerpo convulsionando en un clímax silencioso pero intenso, sus gemidos ahogados contra el suelo.

Liz no se detuvo hasta que Clara quedó exhausta, temblorosa, completamente rota y reconstruida bajo su control.

Finalmente, Liz se levantó, jadeante, su cuerpo aun vibrando por el placer.

Miró a Clara, que yacía en el suelo, recuperando el aliento, con el rostro enrojecido y los ojos llenos de una lealtad inquebrantable.

“Bien,” dijo Liz, extendiendo una mano para ayudarla a levantarse.

“Has probado tu lealtad.

Recuerda: eres mía ahora.

No toques a Kael sin mi permiso.

Solo respondes ante mí.” Clara se levantó, su desnudez ahora una armadura de sumisión.

“Soy tuya, Liz,” repitió, sellando el pacto con una mirada que prometía devoción absoluta.

Liz sonrió, el poder corrompiéndola un poco más.

La venganza contra Kael se había complicado con esta nueva adicción, pero Clara era ahora su arma secreta, una ficha en el tablero que nadie más controlaba.

Mientras Clara se vestía y salía en silencio, Liz se dejó caer en el sofá, preguntándose si esta dominación era parte de su plan…

o si el plan ya la había dominado a ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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