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Fuego cruzado - Capítulo 41

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  4. Capítulo 41 - 41 Capítulo 41 El Lavado Dorado y la Marca de la Reina
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41: Capítulo 41: El Lavado Dorado y la Marca de la Reina 41: Capítulo 41: El Lavado Dorado y la Marca de la Reina El nuevo día comenzó sin la presencia de Kael, se había ido temprano para un segundo asalto contra los medios y algunos de los inversionistas que anhelaban su caída.

Su imagen en cada pantalla.

Aria encendió el televisor del salón mientras tomaba su café, observando a Kael Valerius en el noticiero matutino: el rostro compungido, la voz firme pero quebrada por la “decepción”, prometiendo la limpieza total del legado familiar.

Era el papel del héroe roto, y Kael lo interpretaba con una convicción que hacía dudar incluso a Aria.

La fachada era perfecta.

El agotamiento de la noche anterior…el placer corrupto con Clara y la planificación exhaustiva fue anulado por la adrenalina del movimiento.

Hoy era el día de la primera fase de la trampa.

A las once de la mañana, la biblioteca privada del apartamento se transformó en una sala de juntas.

Clara, con su obediencia renovada, había dispuesto el café y las carpetas con una precisión militar.

Entraron los representantes de Industrias Delacroix, los arquitectos más prestigiosos de restauración histórica, hombres pulcros y concentrados solo en las dimensiones y la integridad estructural.

Liz, vestida con un traje de poder que gritaba seriedad legal, tomó la cabecera de la mesa.

Clara se mantuvo discreta, registrando notas y asegurando la logística, convencida de que su trabajo era indispensable para la salvación de Kael.

“Señores,” comenzó Liz, con la autoridad de una CEO.

“La Corporación Valerius necesita que el Faro del Cuervo sea más que un monumento.

Debe ser el símbolo inexpugnable de la nueva era de Kael Valerius.

No escatimaremos en gastos, pero cada centavo debe ser invertido en excelencia.

Queremos una reestructuración que asegure la integridad estructural, la belleza histórica…

y la más alta seguridad fiscal.” Los arquitectos, entusiasmados por el presupuesto ilimitado, desplegaron planos antiguos.

La discusión se centró en la estética y la ingeniería, el cebo perfecto.

Liz dejó que la conversación sobre el granito y los cimientos se desarrollara durante veinte minutos, consolidando la confianza.

Luego, intervino con la precisión de un cirujano.

“Ahora, el tema del financiamiento,” dijo, deslizando un documento.

“Debido a la actual congelación de activos y la auditoría legal que encabeza el Señor Valerius, hemos optado por una solución de flujo de efectivo inmediato para la restauración: la creación de un Subsidio de Restauración Privada (SRP).

Este SRP recibirá fondos de inversión privados, completamente ajenos a la estructura corporativa actual, para garantizar que la obra no se detenga por la crisis legal.” Los arquitectos, con la mente fija en el diseño, solo vieron la garantía de que su trabajo sería pagado sin demoras.

Liz continuó, su voz suave pero inamovible: “El SRP será administrado por una entidad ad hoc, cuya única tarea es garantizar el flujo de capital y la legalidad de los fondos.

Yo seré la única firmante y controladora de esta entidad, en nombre de Kael Valerius.

Esto protege su firma de la sombra de su padre y asegura que todos los desembolsos sean transparentes ante las futuras autoridades.” La cláusula era una obra maestra de doble traición.

Ocultaba el blanqueo a plena vista.

El “Subsidio de Restauración Privada” sería la lavadora de dinero, recibiendo el capital sucio de los antiguos socios criminales de Massimo, bajo el disfraz de “inversiones privadas anónimas para la preservación histórica”.

Kael, si alguna vez leía el contrato, solo vería la “protección de firma” que Liz le ofrecía.

El Faro se convertiría en el conducto del imperio criminal, con Kael en la cima, y Liz con el control total del detonador.

Los arquitectos, sin leer las pequeñas cláusulas financieras que Liz había intercalado bajo la jerga de “protección de auditoría”, firmaron con entusiasmo.

Su misión era hacer del Faro una joya arquitectónica; el dinero, mientras fluyera, no era su problema.

Cuando la reunión terminó, Liz tenía los planos estructurales, la fachada moral y, lo más importante, el control total del nodo de lavado.

El engaño era perfecto.

Clara, ajena a la bomba legal, ya estaba al teléfono con las constructoras, citándolas para la tarde, asegurando la excelencia en los materiales.

La noche cayó pesada, teñida por el silencio que solo un apartamento de lujo vacío puede tener.

Aria se había recostado en el sofá, agotada pero satisfecha con la ejecución de la fase de blanqueo.

Cerca de la medianoche, la puerta del piso principal se abrió.

Kael regresó.

Estaba visiblemente exhausto, el maquillaje de las cámaras ya desgastado.

Se quitó el saco y la corbata, dejándolos caer en una silla, y se sirvió un vaso de whisky de malta pura.

Se dirigió a Liz, su expresión de gratitud era sincera, no fingida.

“Tuviste un día de infierno con los arquitectos, lo sé.

Clara me informó que la reestructuración del Faro va a ser épica.

Me has salvado, Liz.

Has blindado lo único que amo.” “Es mi trabajo, Kael.

Soy tu socia,” respondió Liz, sintiendo un escalofrío al escuchar la palabra “blindado”.

Ella estaba blindando la entrada de capital negro, no la reputación de Kael.

Kael se acercó, la miró fijamente, con esos ojos grises ahora despojados de arrogancia, buscando algo que el público no podía darle.

“Mi día fue una mentira, Liz,” confesó Kael, su voz baja y rasposa.

“Cada palabra, cada gesto de dolor, vacío.

Una cáscara.

Me siento como un fantasma en mi propia vida.

El público quiere mi dolor, la prensa quiere mi alma.

Y yo no se las daré.” Se inclinó sobre ella, la intensidad de su mirada la obligó a sostener el contacto visual.

“Necesito algo real, Liz.

Algo que demuestre que soy más que una fachada.

No me acosté con ninguna socia ni con ninguna de las golfas que van a mi club.” “¿Y esperas que te recompense por tu obediencia?” preguntó Liz, con un tono sedoso y desafiante.

“No.

Espero que me reclames,” susurró Kael, inclinándose y rozando su cuello.

“Sé que el placer que le diste a Clara fue un acto de dominio.

Sé que tienes esa necesidad de control, de poseer.

Y yo…

no quiero ser el héroe roto, ni el bastardo que le roba a su padre.

Quiero ser tuyo.

Y solo tuyo.

Tan tuyo como tú eres mía, tu lealtad es lo que me ha mantenido vivo y a flote en este estanque de mierda que construyo mi padre” Kael se separó, su mirada se hizo una orden.

“Quiero una prueba.

No quiero sexo.

Quiero que me marques, Liz.

Quiero que dejes tu firma en mi piel.

Una marca de posesión.

Algo que no se pueda borrar.

Quiero que me tomes, físicamente, y me recuerdes que solo respondo a ti.” El aliento de Aria se detuvo.

Era el nudo ciego que ella no había previsto.

Kael, el depredador vulnerable, le estaba pidiendo que sellara la doble traición con una marca permanente.

Él le entregaba su cuerpo como la última ficha de su juego de poder, justo cuando ella estaba a punto de destruir su imperio.

Liz sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa.

“Serás mío, Kael.

Completamente.” “Por fin te doblegas cabrón, pronto te romperás” pensó Aria, Liz…ella solo estaba feliz por poseer al príncipe de oro.

Ella se levantó, su mano se dirigió a la mejilla de Kael.

La venganza ya no era solo un plan, sino una posesión física.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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