Fuego cruzado - Capítulo 42
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- Capítulo 42 - 42 Capítulo 42 La Marca de la Reina y el Balance del Imperio
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42: Capítulo 42: La Marca de la Reina y el Balance del Imperio 42: Capítulo 42: La Marca de la Reina y el Balance del Imperio El silencio que siguió a la demanda de Kael era más denso que el humo del puro.
Kael Valerius, el depredador, no solo había entregado su imperio a la traidora, sino que ahora le ofrecía su cuerpo como lienzo.
Aria sintió un escalofrío de poder absoluto, la confirmación de que su venganza ya no era solo estratégica, sino física y total.
“Serás mío, Kael.
Completamente,” susurró Liz, y en esa voz no había amor, solo la fría satisfacción de la propiedad.
Se acercó a él, la adrenalina reemplazando cualquier rastro de fatiga.
Liz no buscó un arma, ni un cuchillo.
La marca debía ser simbólica, íntima y dolorosa, algo que solo ella y él entendieran.
Se detuvo a un palmo de su cuerpo, con los ojos fijos en los suyos.
“Gírate,” ordenó Liz, usando el mismo tono bajo y dominante que había usado con Clara la noche anterior.
Kael obedeció sin titubear.
Se giró dándole la espalda, exponiendo la nuca, el cuello musculoso y el hombro, la zona más vulnerable y visible.
Era la rendición del líder.
Liz deslizó sus manos por el cuello de Kael, sintiendo la piel cálida bajo sus dedos.
La marca no sería con fuego, sino con hielo.
Ella se inclinó, su aliento caliente contra su piel.
Sus labios rozaron la parte posterior de su hombro, justo donde el músculo se unía al cuello.
Y entonces, Liz mordió.
No fue un mordisco salvaje y sexual, sino una presión calculada y profunda, lo suficiente para romper los capilares y dejar una marca púrpura oscura, como una contusión profunda.
Un acto de canibalismo simbólico, la asunción de su carne.
Kael gimió, un sonido gutural que no era de dolor, sino de una extraña liberación.
Liz se apartó, sus ojos brillando con la posesión.
“Ya eres mío, Kael,” sentenció.
Kael se giró, su rostro contraído por la sensación, pero con una sonrisa de victoria en los labios.
Tocó la marca con los dedos, sintiendo el dolor sordo.
“La Reina ha marcado a su rey.” El Balance del Nuevo Imperio Kael tomó el brazo de Liz, llevándola al escritorio.
El breve acto de posesión había restablecido el equilibrio en su mente, y ahora estaba listo para volver a ser el CEO.
“Ahora, el balance, Liz,” ordenó Kael, con el tono profesional que dominaba el mundo.
“Dime la verdad.
¿El circo mediático está funcionando?
¿Qué tan dañada está la empresa por la huida del bastardo de mi padre?” Liz se sentó en la silla giratoria, su expresión volviendo a ser la de la estratega brillante.
Era el momento de darle el informe de la trampa.
“El circo mediático ha funcionado a la perfección.
La narrativa del ‘héroe roto’ es impecable.
Los socios principales te han dado el voto de confianza y la prensa te ha liberado de toda sospecha.
Pero el trabajo duro lo hemos hecho tú y yo, Kael.” Liz abrió su portátil y le mostró a Kael los gráficos que ella había manipulado.
“Los puertos están limpios.
Los contratos que hemos revisado están blindados,” explicó Liz.
“Y son ventajosos para la corporación, aunque el cliente no lo vea.
Hemos ajustado los precios de subcontratación y los plazos de entrega para maximizar el margen de ganancia.
Nadie en Valerius Corp.
te acusará de robo, solo de una eficiencia brillante.” Kael asintió, su orgullo creciendo.
Pero Liz se inclinó, su voz bajando a un susurro de conspiración.
Era el momento de venderle la segunda mitad de la traición, el anzuelo del bajo mundo.
“El verdadero genio está en el activo que tu padre dejó huérfano.
El club nocturno, el Infierno Dorado y sus subsidiarias,” continuó Liz.
“Es un nido de ratas, sí, pero hemos transformado ese nido en una obra maestra de ingeniería financiera.
Hemos reestructurado la contabilidad, disfrazando las entradas ilícitas de fondos.
El club ahora es un centro de lavado de dinero oculto magistralmente en huecos legales y paraísos fiscales.” Kael se recostó en su silla, sus ojos brillando con una mezcla de shock y admiración.
La idea de dominar el bajo mundo de su padre sin ensuciarse las manos era el afrodisíaco más fuerte para Kael.
“Es una estrategia que el mismo Vega hubiese firmado a ciegas.
Te garantiza el control total del bajo mundo y sus clientes,” explicó Liz.
“Y para el mundo exterior, el Faro del Cuervo está en remodelación.
Será una obra de arte, un símbolo del poder moral y la solvencia de la empresa.
Estamos usando ese proyecto para la transferencia de capital.
Hemos limpiado la superficie, pero hemos enterrado el oro negro en los cimientos.” Liz le entregó una hoja con un resumen financiero manipulado.
“La ciudad es tuya, Kael.
En tu mano tienes los hilos de la economía local y la de la sombra.
Nada pasa sin que lo sepamos.
Eres el dueño.” Kael tomó el papel, su rostro iluminado por la victoria absoluta.
El dolor de la decepción de su padre se había evaporado, reemplazado por la ambición de un imperio duplicado.
Se levantó, dio la vuelta al escritorio y se paró justo detrás de Liz, colocando sus manos sobre sus hombros.
La marca de la mordida ardía bajo su camisa.
“Entonces, dime Liz,” susurró Kael, su aliento cálido contra su nuca.
“Que se siente tener el control?” Liz sonrió.
La venganza estaba completa.
Ella controlaba las finanzas, el bajo mundo y el cuerpo del depredador.
Solo ella sabía que esa “reina” estaba a punto de desatar la caída más grande que la Corporación Valerius jamás había visto.
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