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Fuego cruzado - Capítulo 47

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  4. Capítulo 47 - 47 Capítulo 47 En las Profundidades
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47: Capítulo 47: En las Profundidades 47: Capítulo 47: En las Profundidades El olor a salitre, humedad y metal oxidado invadía la bodega aledaña al Faro del Cuervo.

Era un espacio vasto, iluminado solo por bombillas colgantes y la luz gris que se filtraba por las rendijas de las puertas.

Afuera, el Faro se erguía, imponente, con su fachada histórica que pronto sería “restaurada” con fondos ilícitos.

Adentro, la podredumbre se preparaba para anidar.

Liz Torres se encontraba en el centro de esta cloaca, vestida con un traje de pantalón gris perla que contrastaba brutalmente con el entorno.

Su cabello, recogido en una cola de caballo inmaculada, le daba un aire de ejecutiva que, por error, se había adentrado en un matadero.

Pero no había error; este era el corazón de su nuevo imperio, el punto donde el dinero limpio y el sucio convergían.

Se había permitido un último respiro de poder absoluto con Kael, pero la amenaza de Massimo había dictado el siguiente paso: asegurar la lealtad de la base criminal antes de que el fantasma del viejo capo pudiera desestabilizar el nuevo reinado.

Por eso había convocado a esta reunión.

La mesa, improvisada con barriles cubiertos por un mantel negro, era el único toque de civilidad.

Uno a uno, los cinco capos más poderosos que Massimo había manejado en la sombra hicieron su entrada.

No eran matones de la calle, sino la verdadera crema y nata de la podredumbre social, hombres con redes globales que movían capital, drogas y armas a una escala que hacía palidecer a Valerius Corp.

El japonés, Kenji, era pequeño, silencioso, con un traje perfectamente ajustado que olía a tabaco de hoja y respeto ancestral.

El ruso, Dimitri, era enorme, un muro de músculo cubierto por una gabardina, cuyos ojos de hielo prometían violencia contenida.

Los dos americanos, Marcus y Rex, eran hombres de negocios secos, enfocados en el rendimiento y las ganancias.

Finalmente, el mexicano, El Gallo, era ruidoso, ostentoso, con una sonrisa amplia y ojos llenos de una imprudencia que a Aria le recordó el peligro sin disfraz.

Liz, sintiéndose todo poderosa por el control que ejercía sobre sus destinos y el de Kael, mantuvo la calma absoluta.

Se manejaba como una reina que recibía a sus vasallos.

“Gracias por venir, caballeros,” comenzó Liz, su voz firme, cortando el silencio de la bodega.

“El cambio de guardia en Valerius ha sido dramático, pero el negocio continúa.

La infraestructura de Valerius Corp.

está ahora a su disposición, más eficiente y más segura que nunca.” La reunión no era para negociar el precio de las drogas, sino la logística del fraude del Faro.

Liz explicó la nueva arquitectura: el uso de los puertos de Valerius Corp.

con contenedores privados (blindados ante la ley por la nueva estructura legal de la corporación), el almacenaje de mercancía en el doble sótano del Faro (que sería excavado bajo el pretexto de una “restauración histórica de cimientos”), y la distribución discreta para inundar el sótano del Infierno Dorado.

“El Faro se convierte en nuestro nudo ciego,” explicó Liz, señalando un plano esquemático.

“La remodelación es una coartada de probidad.

El Faro será un activo intocable, a la vista del mundo, lo que garantiza que sus operaciones se realicen a plena luz del día sin crear sospechas.

Kael Valerius está saneando la corporación, no vendiendo secretos.” El ruso, Dimitri, asintió, visiblemente impresionado por la elegancia del sistema.

“La astucia de Valerius ha mejorado.

Nos das una seguridad que su padre ya no podía ofrecer.” Pero el mexicano, El Gallo, interrumpió con una sonrisa descarada.

“Vaya, la zorra de Valerius parece bastante útil.” La palabra ‘zorra’ resonó en el eco de la bodega.

La tensión incrementó.

Los americanos se pusieron tensos; sabían que insultar a la Reina de un imperio en su propio terreno era una sentencia de muerte.

Liz sintió el aguijón, pero el miedo de Aria se disolvió en la furia fría de la estratega.

Liz no respondió a la amenaza con gritos o defensas.

Simplemente se limitó a decir, con una calma glacial: “Bueno, a veces en lugar de sacar la basura, hay que negociar con ella, ¿no cree?” Ella no lo estaba insultando, estaba estableciendo un hecho, nivelándolo con la basura que tenía que mover.

El Gallo se quedó mudo, su sonrisa congelada.

El desafío había sido neutralizado.

Liz recuperó el control de inmediato.

“Caballeros, hablemos de garantías.

La reputación intacta de Valerius Corp.

y la firma de Kael en estos acuerdos es la garantía.

Si él cae, ustedes caen.

Si ustedes caen, él se va a prisión.

Estamos todos en el mismo pozo.” La reunión avanzó.

Se discutieron porcentajes, plazas, y el derecho de piso que Kael ahora cobraría para el uso de su infraestructura.

Todo se acordó al calor de tequila y vodka baratos que Liz había dispuesto para la ocasión, y el humo de tabaco denso.

Liz sintió la náusea y la emoción: estaba hundiendo a Kael en la cloaca más profunda que Massimo había imaginado.

La bomba que lo destruiría estaba llena, y Aria tenía el detonador listo.

Al concluir las negociaciones, Liz hizo un gesto hacia las puertas.

Un par de bailarinas del Infierno Dorado, de esas que daban servicios VIP a clientes distinguidos, entraron con botellas de champagne.

Eran una muestra de buena voluntad.

Los capos las rechazaron.

“No hay tiempo para juegos, señorita Torres,” dijo Marcus, el americano, con una mirada gélida.

“Además, teniendo la joya de la corona a la vista, es difícil conformarse con migajas.” Las bailarinas visiblemente afectadas por el rechazo inesperado se limitaron a servir compas de champagne y encender los cigarrillos de los caballeros antes de volver por donde vinieron.

Las negociaciones concluyeron, la cloaca estaba llena.

Mientras los capos se dirigían a la salida, el mafioso ruso, Dimitri, se detuvo ante Liz.

Tomó su mano y depositó un beso en su guante de cuero negro, un gesto de respeto arcaico y peligroso.

“Es una lástima que solo estemos aquí por negocios, Señorita Torres,” dijo, su voz profunda, con una intención implicita.

Se encaminó a la salida junto a los otros capos, dejando a Liz sola en la bodega.

El frío de la estrategia y el calor del poder la envolvían.

La Reina había cimentado su trono en el crimen organizado.

Aria se permitió una sonrisa.

La venganza estaba casi completa.

Solo faltaba el derrumbe.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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