Fuego cruzado - Capítulo 48
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- Capítulo 48 - 48 Capítulo 48 El Sello de la Alianza
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48: Capítulo 48: El Sello de la Alianza 48: Capítulo 48: El Sello de la Alianza La bodega junto al Faro del Cuervo se había convertido en un nido de acuerdos sellados con palabras y promesas de sangre.
Los capos, satisfechos con los términos de la nueva era bajo Kael Valerius, se dirigían hacia la salida, sus pasos resonando en el cemento húmedo como el eco de un imperio reconstruido.
El aire estaba cargado de humo de tabaco y el sutil aroma del champagne derramado, un recordatorio de que los negocios, en este submundo, siempre bordeaban el exceso.
Justo cuando el último de ellos, El Gallo, alcanzaba la puerta oxidada, la voz de Liz cortó el silencio como un cuchillo afilado.
No era un grito, sino un susurro calculado, cargado de curiosidad y desafío.
“Caballeros, ¿ustedes son de los que mezclan placer y negocios?” El ruso, Dimitri, fue el primero en voltear, su corpulenta figura girando con una lentitud deliberada.
Sus ojos de hielo se clavaron en Liz, evaluándola como a una presa que acababa de revelar su verdadero valor.
“Da,” respondió, su voz grave y resonante, un eco de las profundidades siberianas.
“Siempre, cuando el placer vale el riesgo.” Marcus, el americano seco y calculador, cruzó los brazos y esbozó una sonrisa fría.
“Solo cuando tengo acceso al plato principal,” dijo, su mirada recorriendo a Liz con una precisión quirúrgica, como si midiera el valor de una inversión.
El Gallo, con su ostentosa imprudencia, la miró de pies a cabeza, deteniéndose en cada curva con una lascivia sin disimulo.
“Mamacita, el placer es mi negocio,” replicó, su acento cargado de un humor oscuro que no ocultaba la amenaza subyacente.
Los otros, Kenji y Rex, se limitaron a observar en silencio, expectantes, sus expresiones neutras pero sus ojos brillando con una anticipación contenida.
La bodega se llenó de una tensión eléctrica, el tipo de silencio que precede a una tormenta.
Liz sostuvo sus miradas, su pulso acelerado no por miedo, sino por la embriagadora sensación de control absoluto.
Ella era la Reina, y estos hombres, por poderosos que fueran, eran ahora peones en su tablero.
“¿A qué se debe que se hayan negado a tener a mis chicas?” preguntó, su voz suave pero incisiva, un gancho que los atraía de vuelta.
Kenji, el japonés silencioso, respondió de inmediato, su tono calmado y filosófico, como si recitara un antiguo proverbio.
“El poder atrae más que la rendición,” dijo, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto de respeto mezclado con deseo.
Liz sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal.
Entendía perfectamente.
No buscaban sumisión barata; querían el trofeo, la conquista del poder encarnado.
Y ella, Liz Torres, era ese poder: la mente detrás del imperio, la mujer que había tejido la red que los unía a todos.
La corrupción la había llevado a este punto, donde la venganza se mezclaba con el vicio, y el placer se convertía en una herramienta más afilada que cualquier contrato.
“Entendido,” respondió Liz, su sonrisa lenta y peligrosa, un destello de dientes que prometía tanto victoria como ruina.
“En ese caso, caballeros, tomen lo que gusten.
Terminemos de festejar nuestros acuerdos.” Sin una palabra más, se dirigió a un sofá raído pero amplio que yacía contra un muro cercano, un remanente olvidado de alguna era pasada.
El aire frío de la bodega rozaba su piel, pero el fuego interior la mantenía caliente.
Con movimientos deliberados y seductores, se quitó el saco, dejándolo caer al suelo con un susurro de tela.
Luego, la blusa, botón por botón, revelando la curva de su escote y la suavidad de su piel.
Finalmente, el sujetador, liberando sus pechos al aire húmedo, expuestos como una ofrenda de poder.
Allí estaba, con el pecho desnudo, su postura erguida y desafiante, los ojos fijos en ellos.
El silencio se rompió solo por el sonido de su propia respiración, controlada pero acelerada.
“¿Qué esperan?” preguntó, su voz un ronroneo que era tanto invitación como orden.
El Gallo fue el primero en moverse, su sonrisa ampliándose en una mueca de triunfo.
Se acercó con pasos pesados, sus manos grandes y ásperas alcanzando sus caderas, atrayéndola hacia él con una posesión cruda.
“Esto es lo que quiero, mamacita,” gruñó, su boca descendiendo sobre uno de sus pechos, mordisqueando con una urgencia animal que enviaba ondas de placer y dolor a través de su cuerpo.
Dimitri no tardó en unirse, su figura imponente rodeándola por detrás.
Sus manos, como tenazas de acero, se posaron en su espalda, deslizándose hacia abajo para desabrochar su pantalón y bajarlo junto con la ropa interior, exponiéndola por completo.
“Eres una reina digna de un zar,” murmuró en su oído, su aliento caliente contra su cuello mientras sus dedos exploraban su intimidad con una precisión brutal, preparándola para lo que vendría.
Marcus y Rex se aproximaron a los lados, sus toques más calculados, como inversores evaluando un activo.
Marcus capturó su boca en un beso profundo y demandante, su lengua invadiendo con una dominancia fría, mientras Rex se arrodillaba, sus labios y dientes trazando un camino ardiente por su abdomen hasta llegar a su centro, lamiendo con una maestría que la hacía arquearse involuntariamente.
Kenji, el último en unirse, observaba con esa calma oriental, pero cuando se acercó, su toque fue el más intenso: sus manos expertas masajeando sus pechos, pellizcando los pezones con una presión que equilibraba el placer y el control, susurrando palabras en japonés que sonaban como promesas de lealtad eterna.
El gang bang se desató en un torbellino de sensaciones, un ritual de poder donde Liz no era la víctima, sino la conductora.
El Gallo la penetró primero, su miembro grueso y agresivo embistiendo con fuerza desde atrás mientras ella se inclinaba sobre el sofá, sus gemidos ahogados por la boca de Marcus.
Dimitri la levantó con facilidad, uniéndose al asalto, su pene masivo uniéndose al de El Gallo en una doble penetración que la llenaba por completo, estirándola hasta el límite del éxtasis y el dolor.
Rex y Kenji no se quedaron atrás; sus manos y bocas exploraban cada centímetro de su piel, turnándose para penetrar su boca, sus dedos hundiéndose en su intimidad cuando los otros la reclamaban.
El aire se llenó de gruñidos, jadeos y el sonido húmedo de cuerpos chocando, un caos orquestado donde Liz alternaba entre el control y la rendición, sus orgasmos llegando en olas que la sacudían, cada uno sellando una alianza más profunda.
El poder era intoxicante: sentir cómo estos depredadores del submundo se doblegaban ante su cuerpo, cómo su placer los ataba a ella y, por extensión, a Kael.
Aria, en el fondo de su mente, sentía la corrupción absoluta, el placer como una droga que borraba cualquier rastro de venganza pura.
Pero Liz, la Reina, solo veía victoria: el sello físico de una alianza que hundiría a Kael aún más profundo en la cloaca.
Cuando todo terminó, los capos se retiraron exhaustos pero leales, sus acuerdos ahora grabados no solo en papel, sino en carne.
Liz se quedó sola en la bodega, su cuerpo marcado por moretones y fluidos, pero su mente clara como el cristal.
La trampa estaba lista para cerrarse.
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