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Fuego cruzado - Capítulo 49

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  4. Capítulo 49 - 49 Capítulo 49 El Desafío de la Limpieza
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49: Capítulo 49: El Desafío de la Limpieza 49: Capítulo 49: El Desafío de la Limpieza El aire frío de la noche laceraba la piel de Aria mientras se dirigía de vuelta al apartamento de Kael.

El camino desde la bodega había sido una agonía silenciosa.

Su cuerpo estaba rígido, magullado, con la piel sensible y dolorida por el asalto.

Llevaba el traje de pantalón arrugado y manchado por el sudor y la humedad de la bodega.

Se había vestido con la lentitud de quien reconstruye una armadura.

Las marcas de las manos ásperas de los capos eran invisibles bajo la tela, pero ella podía sentirlas todas.

Aria sabía que Kael estaría esperando.

La estratega no podía permitirse esconderse; eso habría sido una admisión de culpa o debilidad.

La Reina de la mafia no se acobardaba.

Al entrar en el apartamento, el contraste fue brutal.

El silencio lujoso y climatizado era un insulto a la cruda violencia del almacén.

Kael no estaba en la sala.

Aria lo encontró en la biblioteca, bebiendo whisky, con la mirada fija en una de las vastas pantallas de cotizaciones.

Su rostro estaba tranquilo, pero sus ojos grises se elevaron de inmediato al sentir la presencia de Liz.

Kael la observó.

No hubo bienvenida, solo una evaluación.

Sus ojos recorrieron su figura de arriba abajo: la camisa fuera de sitio, el cabello ligeramente desordenado, la intensidad oscura que emanaba de su mirada.

Él no vio a una víctima; vio a alguien que acababa de salir de la guerra.

“Has tardado,” fue su única observación, su voz grave y sin acusación.

Aria/Liz se quitó el saco, dejando que el olor a tabaco rancio y humedad del almacén flotara en el aire limpio de la biblioteca.

Se acercó a la mesa, manteniendo su compostura, forzando la sonrisa de la vencedora.

“Cerré un muy buen negocio, Kael,” declaró Liz, su voz ronca pero firme.

La mentira era una verdad a medias, la única moneda que importaba entre ellos.

“Y al igual que tú con tus socias, celebré con sexo.

Es un cliente que garantiza prosperidad para la empresa.

Note durante las negociaciones sus miradas, deseaba mi cuerpo, así que cuando el entregó su imperio…se lo di.” La confesión fue brutalmente honesta, un espejo de las propias reglas de Kael.

Era el desafío máximo: utilizar su propia regla de dominación para justificar su acto.

Liz no buscaba perdón; buscaba aprobación y respeto.

Kael se levantó de su asiento.

Su rostro se contorsionó en una expresión que era una mezcla compleja de celos, orgullo, y una inmensa excitación.

Él se acercó, sin tocarla, midiendo la verdad en sus ojos.

Él podía oler el sexo ajeno, el sudor, la violencia implícita, y eso lo volvía loco de posesión.

“Te atreviste,” susurró Kael, más como una constatación que como una pregunta.

Él admiraba la adaptación de su “socia.” “Vaya, Liz, aprendes rápido.” La aprobación de Kael fue un elixir.

Aria sintió cómo el dolor físico se disipaba ante la victoria mental.

Ella había jugado el juego de Kael y lo había ganado, al menos en la superficie.

“En ese caso,” continuó Kael, su voz ahora profunda y cargada de una posesividad implacable.

“Cumple el acuerdo.

No te quedarás con su suciedad en mi cama.” Él la tomó del brazo con una firmeza que no era violenta, sino un reclamo de propiedad.

“Toma una ducha y dame lo que es mío.” Liz no opuso resistencia.

En su mente, este era el verdadero precio de la corona.

El sexo con Kael, la “limpieza,” no era un castigo, sino una reafirmación de su lealtad al plan.

Ella se dirigió al baño de la suite principal.

La ducha de mármol era enorme, un santuario.

Aria se desnudó lentamente, dejando caer el traje empapado de la cloaca.

Bajo el chorro de agua hirviendo, frotó su piel con delicadeza, recordando el tacto ajeno y el calor de los fluidos ajenos, la sensación de corrupción absoluta que se había adherido a su alma.

El agua arrastró la evidencia física, pero la marca emocional del gang bang seguía ahí, un tatuaje invisible.

Mientras se secaba, sintió una mezcla de terror y deseo.

El miedo a Kael, a su dominio, era real, pero el deseo de someterse a ese dominio después de haber sido la conductora de la orgía era más fuerte.

La venganza se había vuelto un perverso ciclo de poder y rendición.

Liz se envolvió en una bata de seda, su cuerpo limpio, pero su mente completamente sucia y lista para la traición final.

Al regresar a la habitación, Kael estaba esperando.

Ya se había desvestido, y su cuerpo atlético y marcado era una declaración de su dominio.

Sus ojos no eran los del amante, sino los del dueño.

“Te has limpiado la evidencia, pero la marca es mía,” declaró Kael, acercándose.

Él tomó la bata de seda y la desató, dejando caer la prenda.

Liz se quedó desnuda ante él, su cuerpo aun temblando por la tensión del momento.

Kael la levantó con una fuerza fácil y la llevó a la cama, arrojándola sobre las sábanas de seda.

“Has dominado a un hombre por el bien de la compañía,” gruñó Kael, su voz un murmullo feroz.

“Ahora te rendirás a mí.

Me recordarás que solo yo tengo derecho a tu lealtad y tu dolor.” El encuentro sexual no fue tierno; fue una batalla de posesión.

Kael fue implacable, buscando reafirmar su dominio sobre el cuerpo que había sido prestado a otros.

Liz se rindió a su furia, permitiendo que el dolor y la intensidad del acto se mezclaran con el recuerdo de la bodega, y reemplazándolo con la única verdad que importaba: ella estaba aquí para destruirlo, y cada acto de posesión que él tomaba, solo la acercaba más a la victoria final, al menos eso quería pensar Aria…Liz se dejó llevar.

Kael continuo el acto con violencia, obligándola a mirarlo mientras la penetraba, su ritmo rápido y violento, buscando borrar el rastro de los otros.

Después la inclino en la orilla de la cama, comenzó a dar nalgadas fuertes y rítmicas sobre las marcas enrojecidas de su encuentro anterior, tapando la evidencia del tacto de otro en la piel de su reina, el sonido seco resonando en la suite.

Luego, la arrojo de vuelta a la cama, su mano subió por su cuerpo, y al llegar a su suave rostro, la abofeteó ligeramente, un acto de posesión brutal.

El dolor encendió algo salvaje en Liz, algo que el poder había despertado.

“Más,” jadeó Liz, sus ojos cerrándose por la excitación corrupta.

“Más duro.

Más fuerte.” Kael la tomó por el cuello nuevamente con su mano libre mientras la penetraba.

“Eres mía.

No lo olvides.” Liz asintió, con los ojos en blanco, la sonrisa oscura de la Reina grabada en su rostro.

Su voz era un gemido triunfal: “Kael…

mi cliente…

me la metió por el culo.

Reclama lo que es tuyo…

tómalo.” De inmediato, Kael descontrolado por la lujuria, la volteó bruscamente, dejándola boca abajo sobre la seda.

Él embistió sin cuidado ni precaución.

Un grito de dolor y placer salió de la boca de Liz.

“¡Aaah!

¡Sí!

¡Más duro, cabrón!

¡Sigue!”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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