Fuego cruzado - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 El Precio de la Cercanía
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5: Capítulo 5: El Precio de la Cercanía 5: Capítulo 5: El Precio de la Cercanía La boca de Kael era un infierno y un paraíso a la vez.
Cada beso, cada caricia, era una contradicción.
Aria luchaba por mantenerse en pie, por recordar su misión, pero la fuerza de su presencia era un huracán que la arrastraba.
El acuerdo no era solo una fachada; era una prisión dorada con barrotes de deseo.
Él la guio a través del ático, sus labios nunca abandonando los suyos.
El camino era un rastro de ropa, prendas oscuras cayendo al suelo una a una.
Aria sentía el aire frío en su piel desnuda, pero el calor que emanaba de Kael era mucho más intenso.
Era una danza salvaje, un juego de poder donde cada roce, cada suspiro, era un punto en el marcador.
Mientras Kael la levantaba en sus brazos, llevándola hacia lo desconocido, la mente de Aria no se desconectaba.
No podía.
Las teorías se arremolinaban.
¿Por qué este trato?
¿Por qué Kael, el heredero despiadado, le ofrecería información a cambio de su compañía?
¿Y si Kael no es solo el ejecutor?
Una idea loca empezó a formarse en su cabeza.
Los Valerius eran un nido de víboras.
¿Y si Kael estaba descontento?
¿Y si él mismo quería derrocar a su padre, a Massimo, para tomar el control total del imperio?
La señora Solari, las deudas del puerto…
Kael había dicho: “Mi padre hace muchas promesas que no puede cumplir.
Yo no.” ¿Era una muestra de su propia ambición?
¿Una señal de que él también jugaba su propio juego contra su familia?
Si era así, Aria no era solo una herramienta de distracción.
Podría ser una aliada.
Una involuntaria, pero aliada, al fin y al cabo.
Y si Kael quería el imperio para sí mismo, podría darle información valiosa sin saberlo, exponiendo las debilidades internas.
Su mente, siempre calculando, corría de una teoría salvaje a otra.
Esta posibilidad, por remota que fuera, añadió una capa de urgencia a su inmersión en el mundo de Kael.
Si él buscaba el mismo objetivo, aunque por razones diferentes, ¿podría usarlo?
¿Podría manipularlo para que le diera las armas para su propia venganza?
La teoría, aunque descabellada, era una cuerda a la que aferrarse.
Le dio una razón, más allá del deseo que sentía, para ceder a esta situación, para seguir el juego erótico.
Pero entonces, el frío en su piel la devolvió bruscamente a la realidad.
Un golpe de aire helado la hizo estremecer.
No había notado cuándo Kael la había dejado suavemente en la cama.
El colchón era suave, de seda, y sus sábanas estaban frías.
Y ella…
Estaba completamente desnuda.
Su corazón dio un vuelco.
Se había perdido tanto en sus pensamientos, en sus propias maquinaciones, que no había notado que Kael había terminado de desvestirla.
Era un momento de humillación y de vulnerabilidad.
Se había dejado llevar por él, por la intensidad de su presencia y por la vorágine de sus propias teorías.
Kael estaba de pie al borde de la cama, mirándola.
La tenue luz de la luna que entraba por la ventana de cristal iluminaba su silueta, volviéndolo una figura imponente y casi irreal.
Sus ojos grises recorrían su cuerpo con una lentitud que la hizo sentir como si estuviera siendo poseída solo por su mirada.
No había un solo toque, pero la tensión en el aire era tan densa que podía cortarse con un cuchillo.
Era la mirada de un cazador.
De un conquistador.
No como un amante, sino como un trofeo que estaba a punto de reclamar.
Aria se cruzó de brazos instintivamente, en un gesto desesperado por cubrirse, por recuperar algo de control.
Su corazón latía con tanta fuerza que pensó que Kael debía escucharlo.
“¿Frío, Elena?” preguntó Kael, su voz baja y rasposa, cargada de una mezcla de burla y deseo.
Ella no respondió.
No podía.
Sentía el terror de la situación y la innegable punzada de excitación que la traicionaba.
Estaba en la cama de su enemigo, desnuda y vulnerable, y una parte de ella lo deseaba.
Kael dio un paso, acercándose al borde de la cama.
El contraste entre su cuerpo musculoso y sus ojos oscuros, y la piel expuesta de Aria, era abrumador.
“Tu silencio es un sí,” susurró Kael, subiendo a la cama.
El colchón se hundió bajo su peso, y ella sintió su calor invadir el espacio.
Él no la tocó de inmediato.
Simplemente se arrodilló sobre ella, con el cuerpo a horcajadas, y sus manos se apoyaron a ambos lados de su cabeza, atrapándola en su mirada.
Su aliento cálido rozaba su piel.
“Me gusta que estés aquí.
Me gusta que seas tan desafiante,” dijo Kael, sus ojos fijos en los de ella.
“Pero esta noche, el único juego que jugaremos, es el mío.” Y con esas palabras, el último vestigio de control de Aria se desmoronó.
Él bajó la cabeza, y sus labios, antes besadores, ahora se movieron por su cuello, su clavícula, un rastro de fuego que la hacía arquearse instintivamente.
La venganza, la manipulación, las teorías sobre Kael…
todo se desdibujaba ante la avalancha de sensaciones.
Era pura vulnerabilidad.
Y una rendición.
Una que Aria sabía que lamentaría, pero que, en ese instante, no podía evitar.
Mientras sus cuerpos se unían en la oscuridad, en el ático de cristal con la ciudad como testigo silencioso, Aria se dio cuenta de algo aterrador: no estaba segura de si ella era la que estaba usando a Kael, o si él la estaba usando a ella.
La línea entre el amor y el odio, entre la venganza y el deseo, se había desvanecido por completo.
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