Fuego cruzado - Capítulo 50
- Inicio
- Todas las novelas
- Fuego cruzado
- Capítulo 50 - 50 Capítulo 50 La Corona Oculta de Puerto Dorado
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
50: Capítulo 50: La Corona Oculta de Puerto Dorado 50: Capítulo 50: La Corona Oculta de Puerto Dorado Seis meses después.
La ciudad, ahora conocida por su pujanza y prosperidad reavivada, Puerto Dorado, brillaba bajo el sol.
Los rumores de la debacle de Massimo Valerius se habían desvanecido, reemplazados por el relato del resurgimiento.
La reconstrucción del Faro del Cuervo iba viento en popa.
El andamiaje, envuelto en lonas blancas, era un símbolo de la regeneración, mientras que los puertos de Puerto Dorado estaban siempre llenos, operando con una eficiencia que jamás se había visto.
Los grandes buques descargaban mercancía legal, ajena a los contenedores privados que contenían la verdadera fortuna de Kael.
En el pináculo de esta fachada de éxito se encontraban Liz Torres y Kael Valerius.
Sus rostros eran portadas de las revistas financieras de élite, presentados como la pareja de poder más audaz de la década.
Kael, con su carisma imponente, era el visionario que había saneado el legado de su padre.
Liz, siempre a su lado en las fotografías, sonreía con la seguridad de la arquitecta detrás del trono, su elegancia fría y calculadora inspirando tanto admiración como un vago temor.
Acuerdo tras acuerdo, Valerius Corp.
se fortalecía como nunca.
Los fondos congelados habían sido descongelados, las auditorías archivadas, y la estructura financiera diseñada por Liz era una obra maestra de legalidad y blindaje.
Pero la prosperidad de la luz arrojaba una sombra oscura.
En las zonas marginadas de Puerto Dorado, la violencia con armas, los asesinatos por ajuste de cuentas y la disponibilidad de drogas habían aumentado considerablemente.
La policía estaba en alerta máxima, no por la riqueza de los puertos, sino por el caos de los callejones.
La Jefatura de Policía estaba contra la espada y la pared.
Se sabía que el crimen organizado operaba con una impunidad sin precedentes, pero las investigaciones siempre llegaban a un muro.
No había sospechosos claros; no existía una cabeza visible que reemplazara a la estructura mafiosa de Massimo.
Las dudas comenzaron a caer sobre la nueva pareja de poder.
¿Cómo era posible que la corporación más grande de Puerto Dorado creciera tanto mientras el crimen aumentaba al mismo ritmo?
Sin embargo, cualquier conexión era imposible.
Los activos de Kael estaban inmaculados, y sus cuentas corporativas eran transparentes hasta el hartazgo.
La única pista que lograban obtener provenía de los bajos fondos: adictos, vendedores de poca monta, pequeños traficantes que, al ser arrestados, hablaban sobre rumores de la “Reina de la Ciudad.” Nadie sabía quién era.
Se susurraba que era una mujer la que controlaba el flujo de mercancía y el derecho de piso.
Una figura que había reemplazado a Massimo con una crueldad y eficiencia que el viejo capo jamás soñó.
¿Será una prestanombres?
¿Una nueva socia de Massimo, cuyo paradero aún era desconocido y de quien se sabía que no era de los hombres que se daban por vencidos?
La policía, frustrada, logró un golpe de suerte.
Capturaron a un mafioso de alto mando, un teniente que había trabajado directamente con los cinco capos que Liz había reclutado.
La expectativa era que, bajo presión, revelaría la nueva estructura.
Pero el mafioso se negó a hablar.
No había amenazas, ni ofertas de inmunidad que lo hicieran ceder.
Tenía un código de lealtad inquebrantable, una devoción absoluta que Massimo, con su avaricia y desprecio, jamás logró inspirar en la escoria que dirigía.
La pregunta de la policía era la misma que se hacía el bajo mundo: “¿Quién es la Reina?
¿Desde dónde opera?
¿Cómo logra ocultar los fondos?” Kael Valerius, en el ojo público, era el salvador.
No tenía motivos para involucrarse en el tráfico y la violencia; sus fondos estaban descongelados y su empresa era un símbolo de probidad para Puerto Dorado.
Mientras el mundo se preguntaba por la fantasma de la mafia, Liz Torres se daba la vida de lujos digna de la realeza en la suite de Kael.
Se movía entre mármol y sedas, firmando contratos multimillonarios en la mañana y preparando los informes de blanqueo para los capos en la noche.
Se encontraba en el vestidor, mirando su reflejo.
Su cuerpo, ahora más firme y marcado por el sexo violento de Kael, era el símbolo de su control total.
La violencia y el dominio se habían convertido en su nueva normalidad, el combustible de su mente.
Ella era la Reina, y el placer de serlo era un vicio.
Liz se permitió una sonrisa ante el espejo, una sonrisa que no revelaba nada, que ocultaba la verdad de la ciudad.
Ella era la estratega, la amante, la socia y la soberana del crimen.
Ella era la Reina, y el secreto era lo único que la mantenía con vida.
Solo ella, y un par de capos silenciados por la lealtad y el miedo, sabían que la violencia en las calles de Puerto Dorado era el inevitable efecto secundario de la limpieza de Valerius Corp.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com