Fuego cruzado - Capítulo 51
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- Capítulo 51 - 51 Capítulo 51 El Doble Cemento de Puerto Dorado
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51: Capítulo 51: El Doble Cemento de Puerto Dorado 51: Capítulo 51: El Doble Cemento de Puerto Dorado La vida de Liz Torres se había asentado en una rutina perfectamente dual.
Por las mañanas, era la estratega brillante, enfundada en trajes de negocios que valían fortunas, analizando informes de rentabilidad y asesorando al “héroe roto” Kael Valerius.
Por las noches, era la Reina, moviéndose en las sombras de Puerto Dorado, coordinando el blanqueo de dinero y asegurando la lealtad de la cloaca.
El tiempo se medía en la limpieza de los contratos y la suciedad de las alianzas.
Esa mañana, el escenario era la torre Valerius, en la sala de juntas más alta, con vistas panorámicas a los puertos y al Faro.
Liz presidió la junta con los arquitectos de Industrias Delacroix.
Los planos del Faro del Cuervo, ahora libres de andamiaje en el render final, mostraban una estructura de una belleza imponente.
“El diseño es impecable, señores,” declaró Liz, mirando los planos desplegados.
“La fidelidad histórica y la innovación estructural es una obra de arte.
El Señor Valerius está extremadamente complacido.” El arquitecto principal sonrió con orgullo.
“La estructura original era sólida, Señorita Torres.
Hemos reforzado los cimientos con materiales de punta.
El Faro será un símbolo de probidad para Puerto Dorado.
En tres meses estaremos listos para la inauguración pública.” Liz asintió, su mente enfocada en el flujo de efectivo que mencionaban los reportes adjuntos.
“Los desembolsos del SRP (Subsidio de Restauración Privada) deben ser meticulosos.
Asegúrense de que cada centavo sea reportado con exactitud en la subcontratación.
Queremos que la estructura legal de cada pago sea tan inexpugnable como los cimientos que están construyendo.” La obsesión de Liz por el detalle legal tranquilizó a los arquitectos.
Ella no estaba preocupada por el acero, sino por la auditoría del dinero blanqueado.
La fachada era perfecta: la obra avanzaba, el dinero fluía, y la bomba legal de Liz estaba siendo enterrada bajo capas de mármol y contratos limpios.
Esa misma noche, el escenario cambió por completo.
Liz se deslizó fuera del apartamento de Kael, sin notificarle (él estaba en una cena de gala para inversionistas), y se dirigió al Infierno Dorado.
Su destino no era el palco VIP, sino la sala de gestión de activos oculta en el sótano del club: una oficina hermética que olía a whisky, tabaco y el vago perfume de las bailarinas.
En la mesa, esperaban dos hombres que representaban los pilares del crimen que ahora controlaba: El Gallo (el capo mexicano imprudente pero clave en la logística de la droga) y un político local (quien controlaba la policía y el ayuntamiento en las zonas marginales).
“Gracias por venir,” saludó Liz.
Su tono era cortante, sin la cortesía de la oficina.
El Gallo sonrió, sus ojos oscuros llenos de deseo reprimido.
“La Reina llama, El Gallo atiende.
Los puertos están limpios.
Pero la demanda en la Zona C una de las zonas marginales de Puerto Dorado está por las nubes.
La policía está pisándonos los talones por el caos.” El político, un hombre sudoroso de traje barato, se puso nervioso.
“La Jefatura me exige resultados por la violencia.
El control está fallando.
Necesito fondos para ‘proyectos de renovación urbana’ en la Zona C.
Eso calmaría a la prensa y justificaría la inacción policial.” Este era el nudo ciego que Liz había orquestado.
La violencia en las calles era el efecto secundario del éxito de su blanqueo, pero también la herramienta perfecta para manipular al político.
“Aquí está el plan,” declaró Liz, deslizando dos carpetas.
“Valerius Corp., a través de nuestro SRP y algunas fundaciones filantrópicas, financiará el proyecto de ‘renovación’ de la Zona C que necesitas.” El político suspiro de alivio.
Liz estaba usando dinero ilícito blanqueado a través del Faro para financiar un proyecto público.
“A cambio, la policía de la Zona C se retira,” continuó Liz, su voz como hielo.
“La violencia es el costo de hacer negocios.
El Gallo necesita campo libre para asegurar la distribución de la mercancía que entra por el Faro.
Usted tendrá su coartada y el dinero para la campaña.
El Gallo tendrá su plaza y en su debido tiempo cesara la violencia, del caos nacerá el orden.
Por el problema de la Zona C se convierte en un vacío legal.” El político miró a Liz, atónito.
La frialdad de su lógica era aterradora.
Estaba comprando la impunidad policial y la violencia en las calles con dinero blanqueado.
El Gallo soltó una carcajada ronca.
“La Reina es generosa.
Le daremos a la Zona C su infierno personal, y nadie sospechará, porque el ‘héroe’ Valerius lo estará pagando.” Liz se reclinó, sintiendo el placer del control total.
El bien mayor, se dijo Aria, justificando el caos y el crimen.
Necesito este caos para que el colapso final de Kael sea total y creíble.
“El trato está cerrado,” concluyó Liz.
“Ahora, firmen.
El Rey de Puerto Dorado lo ha ordenado.
Y yo soy su palabra.” El político, sudoroso y aliviado, firmó los documentos que le garantizaban la impunidad y el dinero.
Agradeció efusivamente a Liz y salió del sótano con la prisa de quien acaba de vender su alma a un precio justo.
El Gallo se quedó solo con Liz.
La tensión en el pequeño cuarto se volvió pesada y visceral.
La firma del político había sido el evento, pero el mafioso sabía que faltaba el verdadero sello.
“La Reina es generosa, Liz,” dijo El Gallo, su voz áspera, sus ojos fijos en ella.
“Pero un trato de esta magnitud requiere más que la firma de un político asustado.” Liz lo entendió de inmediato.
El Gallo, el más imprudente y visceral de los capos, no se contentaría con la palabra.
Necesitaba un sello de sangre, una garantía de carne.
Ella acababa de darle el control absoluto de una plaza entera de Puerto Dorado; él reclamaba la prueba de que ella era tan corrupta y comprometida con el juego como él.
“Me la metiste por el culo en varios negocios, Liz, ahora es mi turno” gruñó El Gallo, acercándose y tomándola por los brazos con una rudeza posesiva.
“Ahora que el negocio está sellado, la Reina sellara el trato.” Aria sintió un espasmo, un recuerdo de la mujer que fue en el pasado, pero la Liz depredadora se impuso.
Este acto era necesario.
Era solo un clavo más en el ataúd de su moralidad y la garantía para El Gallo.
Liz se desprendió de su agarre con un movimiento brusco, tomando el control del ritmo.
“No aquí,” ordenó, señalando una de las habitaciones privadas adjuntas, usadas por Kael para negocios muy discretos.
“Si vas a tomar tu parte, será con la certeza de que tu suciedad queda grabada en la mía.” La habitación privada era pequeña, con cuero oscuro y una iluminación tenue, un espacio de pecado seguro.
El Gallo no perdió el tiempo en palabras.
La tomó con una ferocidad que no era solo lujuria, sino la celebración de una victoria criminal.
El sexo con El Gallo no fue posesión como con Kael; fue una celebración violenta de la corrupción compartida, el éxtasis del pacto sellado.
Ella lo permitió todo, sus gemidos mezclándose con su nombre, su mente registrando el costo y el beneficio.
Cuando todo terminó, Liz se limpió rápidamente, su cuerpo dolorido, pero su mente extrañamente tranquila.
Había dejado su marca en el bajo mundo.
Salió del Infierno Dorado sola, con el perfume rancio de la bodega y el sudor de El Gallo impregnado en su ropa, mientras el coche la llevaba de regreso al apartamento.
Kael estaría de regreso pronto de su cena de gala, inmaculado y satisfecho.
Liz sonrió en la oscuridad.
Había cumplido con sus obligaciones: el trato político estaba sellado, el Faro avanzaba y el bajo mundo estaba contento.
Solo faltaba cumplir con la última parte del trato: el reclamo de su Rey, Kael.
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