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Fuego cruzado - Capítulo 53

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  4. Capítulo 53 - 53 Capítulo 53 La Ausencia y la Devolución de la Moneda
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53: Capítulo 53: La Ausencia y la Devolución de la Moneda 53: Capítulo 53: La Ausencia y la Devolución de la Moneda El eco de la puerta cerrándose tras Kael Valerius aún resonaba en el comedor.

La silla donde había estado sentado, inmaculado y seguro de sí mismo, estaba vacía.

Acababa de irse a ejercer su derecho de conquista sobre las dueñas de las boutiques, dejando a Liz con la regla: la espera y el ritual de la limpieza.

Liz se quedó sola en la mesa, su cena a medio terminar, el silencio del apartamento de lujo una vasta extensión de nada.

En su mente, no había celos, solo la fría conciencia de la transacción.

Kael estaba ejecutando su parte del acuerdo: adquisiciones de activos y la afirmación de su dominio.

Ella, la Reina, acababa de ser liberada para ejercer el suyo.

Él usa el sexo como una moneda, una herramienta de poder para cerrar un negocio.

Liz tomó su móvil de la mesa.

No envió una orden de trabajo, sino una notificación: la señal de que la Reina estaba lista para recibir.

Escribió un breve mensaje de texto, conciso y desprovisto de emoción: “Libre.” Minutos después, sin el suave golpeteo que usaría un empleado, la puerta del salón se abrió discretamente.

Clara, con su uniforme impecable, entró en la sala, su rostro neutral, pero sus ojos llenos de la expectación que solo Liz podía despertar.

Había entendido el código.

“¿En qué puedo servirte, Liz?” preguntó Clara, la sumisión en su voz era absoluta, una melodía que era el antídoto al orgullo ausente de Kael.

Liz no respondió de inmediato.

Ella se levantó de la mesa y caminó con una lentitud deliberada, sintiendo el cuerpo que ardía bajo la tela de seda.

Se detuvo a mitad de la sala, bajo el brillante candelabro de cristal que iluminaba el mármol frío.

Allí, se sentó en una de las sillas de diseño, una pieza de arte minimalista.

Su postura no era casual.

Era una declaración de propiedad.

Liz se recostó ligeramente, abriendo las piernas.

El gesto era intencional, calculado: la seda del vestido se deslizó, revelando la ausencia total de ropa interior.

Clara no pestañeó.

Para ella, esto no era un shock; era la confirmación de la orden, el deber más alto.

Ella no vio a una amante; vio a su soberana.

Clara asintió.

La obediencia en sus ojos era total.

Se arrodilló sobre el mármol frío y comenzó a gatear con una devoción absoluta, el sonido de sus rodillas sobre el suelo pulido era el único ruido en la vasta sala.

La visión de Clara, la asistente personal de Kael, la mujer que manejaba los horarios y las finanzas del imperio, arrastrándose hacia ella, era el afrodisíaco más fuerte para Liz.

Era una humillación total del poder de Kael, ejecutada por la propia Liz.

Al llegar a la silla, Clara no esperó más instrucciones.

Abrió las piernas de Liz con una reverencia de sus manos, y procedió a devorar su centro con una urgencia que era tanto servicio como necesidad.

Su lengua era experta, rápida, cubriendo la intimidad expuesta de Liz con un frenesí que cortó el aliento de la estratega.

Liz se aferró a los brazos de la silla.

Los contratos, los números, la violencia de los capos…

todo se disolvió en el placer crudo y sin adornos.

Clara no buscaba su propio placer; solo buscaba la satisfacción inmediata y total de su ama, una lealtad sin fisuras.

Esto es mejor que cualquier firma de contrato, pensó Liz, su mente clara a pesar del placer.

Esto es control absoluto.

Kael se lleva a las golfas; yo me llevo la lealtad que él nunca conseguirá.

Clara siguió, su rostro oculto por la tela y el cuerpo de Liz, sus manos expertas sosteniendo los muslos de su ama.

Liz jadeó, sus gemidos llenando el silencio que Kael había dejado atrás.

La intensidad era abrumadora.

En ese momento, no había rastro de la duda de Aria.

Solo existía Liz, la Reina, recibiendo el tributo necesario para sostener su corona.

El clímax llegó como una ola violenta que la sacudió, la liberación total que solo venía del ejercicio del dominio.

Clara se retiró tan rápido como había llegado, limpiando sus labios con el dorso de la mano y esperando, arrodillada, la siguiente orden.

El acto había durado apenas unos minutos, una transacción rápida y eficiente.

Liz se recompuso en la silla.

“Vete,” ordenó, su voz suave y satisfecha.

“Y recuerda: solo yo te ordeno.” Clara asintió, su rostro iluminado por la devoción.

Se levantó y salió del salón, dejando a Liz sola.

La Reina se quedó en la silla, con las piernas abiertas, sintiendo el placer remanente.

Esperando por la llegada de Kael para cumplir con el ritual de dominio y sumisión.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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