Fuego cruzado - Capítulo 56
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Capítulo 56: Capítulo 56: El Susurro de la Usurpación
La suite principal de la torre Valerius estaba sumergida en una penumbra lujosa, rota solo por las luces ámbar de Puerto Dorado que se filtraban a través de los ventanales reforzados. El aire olía a incienso caro, a sábanas de hilo egipcio y al rastro metálico del poder.
Liz estaba recostada en una chaise longue de terciopelo negro, con una copa de coñac en la mano y la mirada perdida en el horizonte de su imperio. El anillo de compromiso, esa pesada cadena de diamantes, brillaba en su mano izquierda como un recordatorio de su próxima atadura formal. Kael no estaba; se encontraba en una partida de póker de alta alcurnia con los dueños de las navieras, reafirmando una dominación que, para Liz, empezaba a sentirse innecesariamente ruidosa.
A sus pies, como siempre, estaba Clara.
La asistente no era solo una esclava logística; se había convertido en el espejo donde Liz validaba su propia oscuridad. Clara se movió con la gracia de una sombra, subiendo por el cuerpo de Liz hasta quedar a la altura de su oído. Sus manos, expertas en la geografía del cuerpo de su ama, acariciaban sus hombros con una devoción que rozaba lo religioso.
—Deberías gobernar sola, Liz —susurró Clara, su voz era un hilo de seda cargado de veneno—. No bajo la sombra del león.
Liz cerró los ojos, permitiendo que el susurro se infiltrara en su mente. Era una idea que ya había germinado en el silencio de sus noches, pero escucharla en voz alta le dio una validez aterradora.
—Kael es un extra en tu película —continuó Clara, sus labios rozando el lóbulo de la oreja de Liz—. Él cree que es el director, pero tú escribiste el guion, tú construiste el escenario y tú manejas a los actores. El patriarca de los Valerius ya solo es una sombra hueca de lo que fue. Massimo es un fantasma y Kael… Kael es solo el rostro que el mundo necesita ver para no asustarse de lo que tú eres capaz de hacer.
Liz sintió un escalofrío de placer narcisista. La ambición, alimentada por meses de impunidad, estaba devorando los últimos restos de la moral de Aria. Ya no se trataba de justicia por lo que le quitaron; se trataba de lo que podía arrebatar ahora.
—Mírate —incitó Clara, bajando sus manos hacia la cintura de Liz—. Tú eres la realidad de esta ciudad. Su luz y su sombra. Eres tú quien calma a los políticos, eres tú a quien los capos temen y respetan, eres tú quien ha convertido este nido de ratas en un mecanismo de relojería suizo. Él solo firma lo que tú le pones delante.
Clara se apartó un poco para mirar a Liz a los ojos. Había una intensidad febril en la mirada de la asistente, una mezcla de lujuria y ambición delegada.
—El mundo es tuyo, Liz. No compartas la corona con alguien que solo sabe usar la fuerza bruta. Deshazte del lastre. Tú no necesitas un Rey para ser la Reina de Puerto Dorado.
Liz tomó a Clara por el mentón, obligándola a sostenerle la mirada. La tentación era inmensa. Matar a Kael —o mejor aún, enviarlo a la cárcel con las pruebas que ya tenía— no sería el final de su venganza, sino el inicio de su reinado absoluto. Podía quedarse con la corporación, con el Faro, con los puertos y con el ejército de capos.
—Él cree que me posee —murmuró Liz, más para sí misma que para Clara—. Cree que cada vez que me toma, reafirma su poder.
—Deja que lo crea hasta que ya no te sea útil —respondió Clara con una sonrisa cruel—. Un león que no sabe que camina hacia el matadero sigue sintiéndose el rey de la selva hasta que siente el acero en el cuello.
Liz atrajo a Clara hacia ella en un beso cargado de autoridad. El sabor de la traición era más dulce que el coñac. La bomba de tiempo que Liz había plantado meses atrás ya no era un instrumento de justicia familiar; se estaba transformando en la herramienta de un golpe de estado corporativo y criminal.
Esa noche, cuando Kael regresó victorioso y reclamó su cuerpo con la violencia habitual, Liz no se limitó a fingir rendición. Sonrió en la oscuridad mientras él la penetraba, pensando en lo que Clara le había dicho. Cada embestida de Kael era, para ella, el último estertor de un hombre que ya estaba muerto, aunque él todavía no lo supiera.
Aria había muerto en el incendio de su pasado. Liz Torres acababa de decidir que no quería ser esposa. Quería ser Dios en Puerto Dorado.
La boda fue bautizada por la prensa como el “Evento del Siglo” en Puerto Dorado. Durante tres meses, la ciudad no habló de otra cosa. No era solo un enlace matrimonial; era la fusión definitiva de la belleza estratégica y el poder heredado. El verano ardía con una intensidad sofocante, pero nada quemaba tanto como la ambición de Liz Torres, quien caminaba hacia el altar envuelta en un vestido de seda blanca que costaba lo mismo que un complejo habitacional en las zonas que ella misma había condenado.
La gala de la boda fue un despliegue de opulencia obscena. Millonarios de tres continentes, celebridades de Hollywood y los políticos más influyentes desfilaron por una alfombra roja que se extendía frente al mar. El Faro del Cuervo, ahora el mausoleo oficial de la familia, servía como telón de fondo, iluminado con luces doradas que ocultaban la podredumbre de sus sótanos.
Kael estaba en la cima de su mundo. Miraba a Liz con una mezcla de orgullo y una vulnerabilidad que solo ella conocía. Para él, Liz era el trofeo máximo, la única mujer que no solo había domesticado su salvajismo, sino que lo había hecho más rico y poderoso. Estaba ciego, embriagado por el néctar de su propia victoria.
La Última Estafa
Dos días antes de la ceremonia, en la intimidad de la oficina de la torre Valerius, Liz ejecutó su movimiento final. Entre una pila de documentos sobre la adquisición de una nueva cadena de hoteles y permisos de importación, deslizó una hoja de papel con un membrete discreto y un lenguaje legal denso y laberíntico.
—Firma aquí, Kael —dijo Liz, su voz era un ronroneo de confianza—. Es el cierre para la adquisición de la naviera en el sur. Necesitamos que sea hoy para que la propiedad sea nuestra antes de la luna de miel.
Kael, ocupado con una llamada telefónica y confiando ciegamente en la mujer que le había dado todo, apenas miró el papel. En su mente, Liz era su extensión legal. Firmó con un trazo rápido y elegante, pensando que ese garabato le daba posesión de otra empresa.
Liz guardó el papel con una mano que no tembló. No era un contrato de navieras. Era un acuerdo prenupcial blindado que, en caso de incapacidad legal o arresto del cónyuge, cedía la totalidad de las acciones, activos, propiedades y derechos de Valerius Corp. a Liz Torres. Sin condiciones. Sin retorno.
La Luna de Hiel
La boda fue perfecta. Bailaron bajo las estrellas, brindaron con champagne de mil dólares la botella y sellaron su unión con un beso que las cámaras capturaron como el epítome del amor romántico. La luna de miel en una isla privada del Mediterráneo fue un torbellino de hedonismo y pasión violenta. Kael la poseyó una y otra vez, reclamándola como su esposa, sin saber que cada caricia era una despedida.
El regreso a Puerto Dorado fue el despertar del sueño.
Apenas pusieron un pie fuera del jet privado, el aire cambió. No hubo limusinas esperando, sino un despliegue táctico de la policía federal y agentes de la INTERPOL. Kael, aún con el brazo rodeando la cintura de Liz, frunció el ceño con confusión.
—¿Qué demonios es esto? —rugió Kael, recuperando su tono de depredador.
Un comisario de rostro pétreo avanzó, sosteniendo una orden judicial.
—Kael Valerius, queda usted arrestado por lavado de dinero, tráfico de armas y asociación delictuosa.
Kael soltó una carcajada seca. —Esto es un error. Mis abogados los destruirán para el almuerzo.
—No lo creo —respondió el oficial—. Un informante anónimo nos entregó los servidores completos de la Fundación Liam Valerius. Tenemos los registros de los sótanos del Faro, los contratos de blanqueo y su firma en cada uno de ellos. Es el caso más sólido en la historia de esta ciudad.
Kael sintió un frío repentino. Miró a Liz, buscando a su socia, a su ancla. Pero Liz no estaba asustada. No estaba llorando. Se apartó de él con una elegancia gélida, acomodándose el abrigo de piel.
—Liz, haz algo —pidió Kael, su voz por primera vez quebrada por la duda.
—Ya lo hice, Kael —respondió ella. Su voz ya no era la de la esposa devota, sino la de la Reina que acaba de ejecutar a un traidor—. Ese papel que firmaste antes de la boda… El acuerdo prenupcial. Dado que vas a pasar el resto de tu vida en una celda de máxima seguridad, Valerius Corp. ahora me pertenece por completo.
Kael se quedó lívido mientras los agentes le ponían las esposas. El peso del metal en sus muñecas fue el primer contacto con su nueva realidad. Miró a Liz, y por primera vez vio a la mujer detrás de la máscara. No vio a Liz Torres. Vio a una enemiga que lo había devorado desde adentro.
—Tú… —susurró Kael, mientras lo arrastraban hacia la patrulla.
Liz no respondió. Se quedó en la pista de aterrizaje, viendo cómo se llevaban al hombre que alguna vez creyó poseerla. Clara apareció a su lado, sosteniendo un teléfono donde ya parpadeaban las notificaciones de la bolsa de valores: la transición de poder había comenzado.
Aria había cumplido su venganza. Kael estaba hundido. Pero mientras Liz miraba el horizonte de Puerto Dorado, el imperio que ahora era suyo, no sintió el alivio de la justicia. Sintió el peso de la corona. Y le quedaba perfecta.
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