Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Fuego cruzado - Capítulo 57

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Fuego cruzado
  4. Capítulo 57 - Capítulo 57: Capítulo 57: El Espejo de las Sombras
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 57: Capítulo 57: El Espejo de las Sombras

Dos meses habían pasado desde que el cielo de Puerto Dorado se desplomara sobre los hombros de Kael Valerius. Dos meses en los que el nombre de Liz Torres se consolidó en el registro mercantil como la única dueña de un imperio que ahora operaba bajo una eficiencia quirúrgica, despojada de la impulsividad del antiguo heredero.

Liz llegó a la prisión de máxima seguridad en un helicóptero privado, descendiendo sobre el asfalto gris como una deidad de otro mundo. Vestía un traje sastre de seda color sangre, una declaración visual de su victoria. No iba como la esposa afligida, sino como el verdugo que regresa a contemplar su obra.

El encuentro se dio en una sala privada, lejos de los vidrios reforzados de las visitas comunes. El dinero de Valerius Corp. seguía comprando privilegios, solo que ahora el nombre en el cheque era el de ella.

Kael entró en la sala con el uniforme naranja, escoltado por dos guardias que se retiraron ante una señal de Liz. A pesar del encierro, no se veía quebrado. Había perdido peso y su barba estaba descuidada, pero sus ojos grises seguían conservando ese brillo de depredador que a Liz le hacía temblar las piernas meses atrás.

Se sentó frente a ella, arrastrando las cadenas con un sonido metálico que resonó en el silencio de la sala.

—Te ves radiante, Liz —dijo Kael, su voz era una lija de sarcasmo—. El luto te sienta de maravilla.

Liz se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos finas sobre la mesa de metal frío. El anillo de compromiso seguía en su dedo, pero ahora no era una promesa, era un trofeo de caza.

—Ya no hay necesidad de mentiras, Kael. No vine aquí como Liz. Vine aquí para que supieras quién te destruyó realmente.

Kael arqueó una ceja, esperando.

—Mi nombre es Aria —soltó ella, y la palabra se sintió como el disparo de gracia que había esperado diez años para ejecutar—. Hace una década, las “formas de hacer negocios” de tu padre y tu indiferencia destruyeron a mi familia. Sus contratos abusivos, sus tomas hostiles de tierras y el incendio que siguió para borrar las pruebas… mataron todo lo que yo amaba. Me entrené, me infiltré y te estudié como a una presa. Cada beso, cada contrato, cada vez que me abriste las piernas de tu imperio, fue un paso hacia este momento. Esta es mi venganza final. Te quité el nombre, el honor y el futuro. Estás muerto en vida.

El silencio que siguió fue denso. Liz esperaba ver el colapso, la furia o la desesperación en el rostro de Kael. En su lugar, escuchó algo que no esperaba: una risa.

Kael comenzó a reír, primero suavemente y luego con una carcajada ronca que llenó la habitación.

—¿Aria? ¿Esa es la gran revelación? —Kael se detuvo, mirándola con una lástima que la quemó más que cualquier insulto—. Entonces, Aria… hiciste exactamente lo mismo que yo. Destruiste familias y vidas con tus brillantes contratos. Me encerraste, sí, pero en el proceso hundiste a decenas de socios que confiaban en ti. Cientos de personas en Puerto Dorado han perdido sus empleos, sus sustentos, porque decidiste quemar la casa para atrapar a una rata.

Kael se inclinó, sus cadenas tintineando con violencia.

—Mírate al espejo. Eres igual o peor que yo. Yo nací en esta mierda, tú elegiste hundirte en ella por placer. Usaste a Clara, usaste tu cuerpo como moneda con los capos, y ahora gobiernas un nido de víboras que tú misma alimentaste. No eres una heroína, eres la nueva villana de la ciudad, y lo peor es que te encanta.

Liz apretó los dientes, sintiendo cómo la verdad de Kael se filtraba por las grietas de su armadura. El orgullo que sentía por su obra se tiñó de un matiz oscuro.

—Al menos yo estoy fuera, Kael. Y tú te pudrirás aquí.

Kael sonrió, una mueca de victoria que Liz no pudo comprender.

—No estés tan segura, Aria, Liz o quien mierda seas ahora —dijo él, su voz bajando a un susurro peligroso—. ¿Crees que soy tan estúpido para dejar todo mi poder en manos de una mujer sin un seguro? Te dejé jugar a la reina porque era divertido verte actuar. Pero aún no juego mi última carta. Recuerda que mi padre no murió, solo se escondió. Y hay secretos en los cimientos de Valerius que ni siquiera tú, con toda tu brillantez, has logrado descifrar.

Kael se levantó, dando por terminada la visita antes de que ella pudiera reaccionar.

—Disfruta la corona mientras puedas. La caída desde lo más alto es la que más duele, y yo te enseñé a caer muy bien.

Liz se quedó sola en la sala, sintiendo por primera vez en meses un frío que no podía explicar. El fantasma de Massimo y la advertencia de Kael pesaban más que el oro de su imperio. Salió de la prisión con paso firme, pero en su mente, la palabra “igual” se repetía como un eco incesante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo