Fuego cruzado - Capítulo 58
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Capítulo 58: Capítulo 58: El Peso del Cadáver y el Frío del Oro
La noticia golpeó a Puerto Dorado con la fuerza de un tsunami informativo una semana después de la visita a la prisión. Los titulares de los noticieros, las portadas de los diarios digitales y los gritos de los reporteros en televisión solo repetían una frase que parecía imposible: “Kael Valerius se suicida en su celda”.
Según el informe oficial, el “Príncipe Caído” no pudo soportar el peso de la vergüenza y el aislamiento. Había utilizado las sábanas de su cama de máxima seguridad para poner fin a su historia. Un final abrupto, patético y desprovisto de la gloria que siempre lo había rodeado.
Aria sintió un breve pinchazo en el pecho al leer la noticia, un eco lejano de la mujer que alguna vez fue. ¿Era culpa? ¿Era alivio? El sentimiento fue sofocado casi de inmediato por la inercia del hedonismo. Liz, la Reina, estaba demasiado aletargada en el placer y la banalidad para permitir que un cadáver interrumpiera su ritmo. Se miró al espejo, se ajustó un collar de diamantes negros y decidió que la muerte de Kael era simplemente el cierre administrativo de un ciclo. Él ya no le servía; su muerte solo simplificaba la herencia.
La noticia no fue impedimento para su agenda. Esa misma tarde, Liz se dirigió al Infierno Dorado para su habitual junta de negocios con El Gallo.
La reunión en el sótano fue, como siempre, una mezcla de transacciones millonarias y sumisión física. El Gallo no mostró respeto por el luto de la viuda; para él, Liz era un activo que pagar y una mujer que poseer. Entre nubes de tabaco y fajos de billetes sucios, se acordaron las nuevas rutas de distribución que el Faro protegería. El encuentro terminó con la brutalidad acostumbrada. Cuando Liz salió del club, caminaba con una elegancia forzada, el culo adolorido y el peso del dinero sucio en su conciencia, pero con la satisfacción de saberse la mujer más poderosa de la ciudad.
—Lleva esto a la cuenta de reserva en las Islas Caimán —le ordenó a Clara mientras subía al coche, entregándole un maletín.
—Como digas, Liz —respondió la asistente con su habitual devoción mecánica.
Sin embargo, lo extraño comenzó dos horas después.
Liz decidió que necesitaba una distracción tangible. Se detuvo frente a una de las boutiques de ultra-lujo que Kael solía frecuentar. Quería algo nuevo, algo que gritara que ella seguía en la cima. Seleccionó un abrigo de piel de lince y un par de relojes de edición limitada. Una compra de casi medio millón de dólares.
Al entregar su tarjeta negra de Valerius Corp, la vendedora la pasó por la terminal.
—Lo siento, señora Valerius. Ha sido declinada.
Liz arqueó una ceja, divertida. —Intenta de nuevo. Debe ser un error del sistema.
La vendedora lo intentó tres veces más. El resultado fue el mismo: TRANSACCIÓN FALLIDA. Liz, irritada, sacó su tarjeta personal, la que contenía sus ahorros privados de años. Declinada. Sacó la de la cuenta puente de la Fundación. Declinada.
Una paranoia gélida comenzó a subirle por la columna vertebral.
Salió de la tienda a paso rápido, ignorando las miradas curiosas, y entró en su coche. Sacó su teléfono e intentó acceder a su banca privada desde la aplicación encriptada. El mensaje en la pantalla la dejó paralizada: “ACCESO DENEGADO. CUENTA CONGELADA POR ORDEN SUPERIOR”.
—Clara, llama al banco. Ahora —ordenó Liz, su voz perdiendo la calma de reina—. Mis fondos no pasan. Ninguno.
Clara marcó febrilmente, pero su rostro se tornó lívido al escuchar la respuesta.
—Liz… dicen que no pueden dar información por teléfono. Que todas las cuentas asociadas a Liz Torres y Valerius Corp han sido intervenidas por una “entidad externa” que no es la policía local.
Liz sintió que el mundo que había construido con tanto cuidado empezaba a tambalearse. No era la policía; ella tenía a los jueces y al fiscal en su bolsillo. Esto era algo más profundo, algo quirúrgico.
¿Quién la estaba atacando desde las sombras? ¿Quién tenía el poder de asfixiar financieramente a la dueña de Puerto Dorado en cuestión de minutos? Las palabras finales de Kael en la prisión resonaron en su mente como una sentencia: “Aún no juego mi última carta”.
¿Estaba Kael realmente muerto? ¿O era esta la mano del fantasma de Massimo regresando para reclamar lo que ella le había robado?
Liz miró por la ventana del coche y, por primera vez en seis meses, se sintió vulnerable. La Reina tenía la corona, pero alguien acababa de quitarle el suelo bajo sus pies.
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