Fuego cruzado - Capítulo 59
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Capítulo 59: Capítulo 59: El Laberinto de Espejos
El pánico es una sustancia viscosa que se adhiere a la garganta antes de llegar al estómago. Aria, cuya máscara de “Liz” comenzaba a agrietarse bajo la presión del colapso financiero, ordenó a su chofer que volara hacia la Torre Valerius. Necesitaba acceso a sus servidores, necesitaba entender quién había tenido la fuerza quirúrgica para congelar un imperio en menos de una hora.
Al llegar, la oficina que antes era su santuario de poder se sentía extraña, como si el aire hubiera sido reemplazado por gas venenoso. Ignoró a los empleados que la miraban con una mezcla de curiosidad y miedo —los rumores de las tarjetas rechazadas corrían rápido en el mundo corporativo— y se encerró en su despacho.
Lo que vio sobre su escritorio de caoba la hizo detenerse en seco.
No eran solo papeles. Eran carpetas sobre carpetas, dispuestas con una precisión militar. Aria se acercó, con las manos temblando de una forma que Liz jamás habría permitido. Al abrir la primera, el mundo se desvaneció.
Ahí estaban. Contratos sobre contratos que ella misma había redactado, pero con anotaciones en los márgenes que explicaban, paso a paso, cómo se usaban para manejar el bajo mundo de Puerto Dorado. Los flujos de efectivo del Faro, las rutas de El Gallo, las cuentas puente de los políticos… todo expuesto.
Pero lo peor vino después. Debajo de los documentos, había fotografías de alta resolución. Fotos de ella en el sótano del Infierno Dorado, fotos de sus reuniones con los capos, y capturas de pantalla de videos —ángulos que ella nunca notó— donde se la veía teniendo sexo con El Gallo y Dimitri, su cuerpo usado como moneda de cambio para el poder.
Aria sintió una oleada de náuseas. No era asco por el acto, sino el terror absoluto de la exposición. Al lado de las carpetas, un dispositivo USB contenía archivos digitales con etiquetas claras: AUDIO Y VIDEO – REINA DE PUERTO DORADO. Era material suficiente para que la INTERPOL la cazara hasta el fin del mundo, suficiente para convertir su corona de oro en una soga de cáñamo en cuestión de segundos.
En el centro de todo, una pequeña nota de papel crema, escrita con la caligrafía elegante que ella conocía demasiado bien:
“¿Quién ríe al último?”
El mensaje fue como un latigazo. Kael. Tenía que ser Kael. ¿Acaso el suicidio fue la última gran estafa? ¿O alguien estaba ejecutando sus órdenes desde la tumba?
Aria no podía respirar. El peso de su propia ambición la estaba aplastando. En ese momento, la “Reina” murió y solo quedó Aria: una mujer acorralada, sola y desesperada. Recogió las carpetas con movimientos erráticos, metiéndolas en su maletín como si pudiera ocultar el sol con un dedo.
Necesitaba salir de allí. Necesitaba su apartamento, el refugio de su penthouse, un trago de whisky que quemara el sabor a bilis de su boca y, sobre todo, necesitaba a Clara.
—Clara sabrá qué hacer —se repetía Aria en el ascensor, con los ojos inyectados en sangre—. Clara conoce los servidores. Ella tiene los accesos de emergencia. Planearemos cómo borrar esto, cómo desaparecer.
Salió del edificio ignorando los flashes de los paparazzi que empezaban a congregarse, atraídos por el olor a sangre corporativa. Durante el trayecto a su apartamento, Aria se aferró al maletín como a una tabla de salvación. El ingenio de Clara era su última carta. Ella era la única que entendía la logística de su doble vida, la única que la había visto en sus momentos más vulnerables y más oscuros.
Al llegar al penthouse, Aria entró tropezando, tirando el maletín al suelo. El silencio del lugar era sepulcral, una paz que se sentía como una burla.
—¡Clara! —gritó, su voz quebrada—. ¡Clara, necesito que vengas ahora! ¡Trae el whisky! ¡Nos están cazando!
Caminó hacia la sala, con el corazón martilleando contra sus costillas, esperando ver a su leal esclava aparecer desde las sombras con la solución en las manos. Pero mientras sus ojos recorrían la estancia, Aria se dio cuenta de que algo faltaba. El orden obsesivo de Clara ya no estaba. La suite se sentía… vacía.
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