Fuego cruzado - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 El Plan de la Depredadora
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6: Capítulo 6: El Plan de la Depredadora 6: Capítulo 6: El Plan de la Depredadora Aria despertó sola.
La luz de la mañana se filtraba por las paredes de cristal del ático de Kael, bañando la habitación en un resplandor crudo.
La seda de las sábanas se sentía fría contra su piel, pero el recuerdo de la noche anterior, de la intensidad de Kael, la mantenía ardiendo.
Se sentó de golpe, la manta cayendo a su cintura.
La cama era un desastre de pasión y culpa.
Él se había ido.
Las consecuencias de sus acciones le cayeron encima como un peso de plomo.
Había permitido que el deseo arrollara su propósito.
Había cruzado la línea.
La humillación de haberse perdido en el placer, olvidando momentáneamente la venganza, era un sabor amargo en su boca.
Kael la había dominado, no solo físicamente, sino en su juego mental.
Se levantó de la cama, buscando a tientas la ropa que yacía dispersa por el lujoso suelo de mármol.
Kael se levantó temprano para atender negocios.
La ironía era brutal.
Mientras ella se perdía en el eros, él estaba construyendo el mismo imperio que ella había jurado destruir.
Pero Aria era una sobreviviente, no una víctima.
Se obligó a mirar la situación no como una derrota, sino como un cambio radical en la estrategia.
El plan original, el de la infiltración gradual y la exposición pública, era lento y arriesgado.
El nuevo plan, nacido del fuego de la pasión y la rabia, era directo y letal.
Se dirigió al ventanal.
La vista de la ciudad era impresionante, pero ahora solo veía un tablero de ajedrez.
El Plan ha cambiado.
Destruir a Massimo y a su Imperio: Este objetivo era inmutable.
La familia Valerius, la raíz de su dolor…debía caer.
Kael Valerius: El objetivo secundario se había vuelto primario.
Ya no se trataba de simplemente obtener información de él.
Se trataba de un juego de dominación.
Manipularlo: Usar la atracción que sentía por ella.
Convertirse en su necesidad, su adicción.
Enamorarlo: Que sus sentimientos fueran genuinos, profundos.
Que dependiera de ella no solo por placer, sino emocionalmente.
Domarlo, volverlo sumiso y vulnerable a ella: Esto era clave.
Kael era un depredador.
Aria tenía que convertirse en la única persona a la que él se sometería.
Entonces, y solo entonces, dar el golpe final.
La revelación no solo expondría los crímenes de Massimo, sino que destruiría a Kael al mismo tiempo, mostrando que la mujer que amaba era la arquitecta de su caída.
Sería la venganza más dulce y completa.
La única y vital regla era la cautela.
Solo debe ser cuidadosa de no enredarse de más.
Aria caminó hacia el espejo.
Su reflejo era una mujer marcada por el deseo y la ambición.
Los besos de Kael, la forma en que su cuerpo había respondido a él, eran un peligro reconocido.
Esa conexión era una espada de doble filo.
Podría usarla para dominarlo, pero también podría ser la causa de su propia perdición si se permitía sentir algo más que engaño.
“Tú tienes el poder, Aria,” se dijo a sí misma, usando su verdadero nombre como un ancla en la realidad.
“La pasión es tu arma.
Él es el peón.” Justo cuando su conflicto mental alcanzaba su punto álgido, su mirada se dirigió a las sábanas desordenadas.
Había una nota doblada en su almohada.
La recogió.
El papel era pesado, de una textura costosa.
La caligrafía de Kael era rápida y dominante.
Café Diamante Negro.
6 p.m.
Lleva vestido.
Y tu nombre real, “Elena.” Aria sintió una sacudida.
El desdén y el poder en esa pequeña nota eran abrumadores.
Él no la había abandonado, la había citado.
Y al poner “Elena” entre comillas.
Era un recordatorio de que él controlaba las reglas de su juego.
Su mirada se enfocó en la hora y el lugar: Café Diamante Negro.
No era un club, era un lugar sofisticado.
Un sitio para reunirse con personas importantes.
El tipo de lugar donde se cerraban tratos legítimos.
¿Un vestido?
¿Una presentación formal?
Kael no la quería solo en la cama.
La estaba integrando en su vida pública.
La estaba exhibiendo.
La estaba moviendo hacia el centro de su tablero de ajedrez.
Aria sonrió, una sonrisa fría y calculadora.
La vulnerabilidad había terminado.
La tristeza por su caída había pasado.
Solo quedaba la determinación.
Se vistió, recogió su bolso y salió del ático, dejando atrás el nido de placer.
Cuando llegó al Café Diamante Negro a las 6 en punto, Aria no llevaba un vestido cualquiera.
Era un traje negro de corte impecable que gritaba poder y desafío.
Su maquillaje era sobrio, sus ojos afilados.
Ella era la encarnación de “Elena,” pero con una dureza de Aria.
Kael estaba sentado en una mesa de la esquina.
Llevaba un traje hecho a medida.
A su lado, para sorpresa de Aria, no estaba Massimo, sino un hombre de negocios asiático, cuyo rostro Aria reconoció de los documentos portuarios: el Sr.
Saíto, jefe de una importante corporación de transporte marítimo.
El juego acababa de escalar de la seducción al negocio familiar.
Kael la vio entrar y sus ojos grises se iluminaron con una mezcla de satisfacción y un ligero toque de sorpresa ante su atuendo.
Él se puso de pie, su presencia llenando el espacio.
“Llegas justo a tiempo,” dijo Kael, con un tono casual, pero la forma en que sus ojos se encontraron la hizo temblar.
“Sr.
Saíto, le presento a Elena.
Ella me ayudará a cerrar este acuerdo.” Aria estrechó la mano del Sr.
Saíto, notando la mirada de Kael sobre ella.
Él no le había dicho que la acompañaría, simplemente la había arrojado al fuego.
Bien, pensó Aria, con una sonrisa helada que solo Kael podía ver.
Dos pueden jugar a ser el depredador.
“Encantada, Sr.
Saíto,” dijo Aria, su voz firme.
“Espero que hayamos traído un contrato mucho más justo que el que cerraron anoche.” Kael la miró, la sorpresa real esta vez cruzando sus facciones, y Aria supo que acababa de lanzar su primer golpe en esta nueva y peligrosa fase.
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