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Fuego cruzado - Capítulo 60

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Capítulo 60: Capítulo 60: El Linaje de la Serpiente

El miedo, cuando es absoluto, no te paraliza; te vuelve errática, peligrosa e irracional. Aria no se detuvo a pensar en la lógica de su huida. Ignoró su propio penthouse y se dirigió al apartamento privado de Kael, ese santuario de sombras al que él rara vez le permitía el acceso total. En su mente fragmentada, ese era el único lugar donde podía encontrar una respuesta, o quizás, el arma que necesitaba para terminar con todo.

Entró en la suite usando el código que Kael le había confiado en un momento de debilidad post-coital. El silencio del pasillo era denso, cargado con el olor a sándalo y cuero que definía al hombre que ella creía haber destruido.

Al llegar a la sala de estar, la luz de la luna bañaba los muebles minimalistas, pero la silueta que ocupaba el sillón principal no era la que esperaba.

Sentado allí, con un vaso de cristal tallado en la mano y la misma calma depredadora de hace una década, estaba Massimo Valerius.

—Así que eres tú, viejo —soltó Aria, su voz temblando entre el odio y un alivio histérico—. Creí que sería algo peor.

Aria se obligó a soltar una carcajada seca, intentando recuperar la máscara de la Reina.

—¿Crees que me asustas? Puedo pedirle al Gallo que te mate mañana mismo. Todo tu imperio me pertenece ahora. Pensé que me enfrentaba a una amenaza real, a alguien con mi propio ingenio.

—Algo como yo, ¿quieres decir? —La voz salió de la habitación principal, vibrando con un sarcasmo que le heló la sangre.

Aria se giró bruscamente. De las sombras del dormitorio surgió una figura que debería estar en la morgue. Kael. No tenía marcas de sogas en el cuello, ni la palidez de la muerte. Se posó tras su padre, colocando una mano en el hombro del viejo capo con una sonrisa que era puro veneno.

—Debí suponer que no tenías las pelotas para matarte —escupió Aria, aunque el arma invisible del pánico le apretaba el pecho—. ¿Qué me harán entonces los poderosos Valerius? ¿Piensan matarme? Si es eso, déjenme decirles que tengo una 9mm en el bolso y no dudaré en usarla.

Aria metió la mano en su bolso de diseñador, buscando el frío metal del arma que siempre cargaba desde que empezó su “reinado”.

—No hay necesidad de eso —dijo una voz suave, gélida y terriblemente familiar justo detrás de su nuca.

Aria se quedó petrificada. Sintió el cañón de una pistola presionando firmemente contra su base craneal. El olor del perfume de su asistente la envolvió, pero esta vez no había devoción en él.

—¿Clara? —susurró Aria, sus ojos inyectados en sangre fijos en la imagen de Kael y Massimo sonriendo ante ella.

—Sí, Aria. O Liz, o como sea que te llames hoy —respondió Clara. Su voz ya no era la de la esclava sumisa, sino la de una mujer que finalmente tomaba su lugar en la mesa—. Clara Valerius.

Aria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. La asistente que había humillado, la mujer que se había arrodillado ante ella para devorar su centro, la “leal” esclava que conocía todos sus secretos… era la sangre de sus enemigos.

—¿Sorprendida, querida? —dijo Massimo, tomando un sorbo de su whisky—. Mi hija siempre fue la más brillante de los tres. Kael era el rostro, yo era el pasado, pero Clara… Clara fue la infiltrada perfecta. Te dejamos jugar a la Reina porque necesitábamos a alguien con tu ambición para limpiar la suciedad que yo dejé atrás y expandir el mercado. Nos ahorraste años de trabajo legal y sucio.

Kael caminó hacia ella, quitándole el bolso de la mano con una facilidad insultante. Se acercó a su oído, imitando el gesto de posesión que tantas veces habían compartido.

—Me encantó el papel de la vengadora, Aria. De verdad —susurró Kael—. Pero en Puerto Dorado, nadie engaña a un Valerius. Solo te dimos cuerda para que tú misma te hicieras la soga. Gracias por el acuerdo prenupcial y la consolidación de los capos. Ahora que la corporación está limpia y el dinero fluye mejor que nunca, la Reina ya no es necesaria.

Aria, encañonada por la mujer que creía poseer y rodeada por los hombres que creía haber destruido, comprendió la magnitud de su error. No había sido la arquitecta de una venganza; había sido la herramienta de una dinastía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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