Fuego cruzado - Capítulo 61
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Capítulo 61: Capítulo 61: El Jaque Mate de la Sangre
El silencio que siguió a la revelación de Clara fue más pesado que el plomo. Aria sentía el frío del cañón contra su nuca, una presión constante que le recordaba que su vida pendía de un dedo que ella misma había entrenado para ser implacable. La ironía era un sabor amargo en su boca; la esclava que ella creía haber moldeado a su imagen y semejanza era, en realidad, el arquitecto de su jaula.
—Entonces, Liz… ¿qué sigue? —preguntó Clara, y su voz ya no tenía rastro de la sumisión fingida. Era la voz de una Valerius: arrogante, gélida y dominante—. El tablero está limpio. Podría dejarte seguir jugando a la Reina, pero las reglas cambian. Serías mi perra y la puta de mi hermano. Nuestro juguete favorito que sirve para el placer, el lavado de dinero y para limpiar nuestra mierda cuando nosotros no queramos ensuciarnos las manos.
Aria miró a Kael. Él no la miraba con odio, sino con una curiosidad obscena, como quien observa a un animal atrapado en una red.
—O —continuó Clara, deslizando el cañón por el cuello de Aria con una caricia letal—, podría simplemente entregarte a la INTERPOL ahora mismo. Tengo pruebas suficientes para que te den tres cadenas perpetuas. Heredaría todo de una vez; de hecho, mientras tú estabas ocupada con tus “negocios” en el sótano, la mitad de las propiedades de la corporación ya pasaron a mi nombre mediante los poderes que tú misma firmaste.
Kael soltó una carcajada, una nota de libertad pura que Aria nunca le había escuchado.
—Yo me iré a vivir a una isla paradisíaca —dijo Kael, sirviéndose un trago con movimientos relajados—. Liz me dio un fideicomiso de por vida antes de “morir”. Tengo más dinero del que podría gastar en cien vidas. Imagina: lejos del ojo público porque oficialmente estoy muerto. Soy libre de renacer bajo una nueva identidad, quizás funde una compañía en otro país que se alíe en secreto con la de Massimo. Me diste la salida perfecta, Aria. Me diste la libertad que mi padre nunca me permitió.
Aria, con el rostro pálido y los ojos inyectados en sangre, se obligó a hablar. Su voz era un susurro quebrado por la traición.
—¿Así de fácil? —miró a Kael—. ¿Así de fácil olvidas a tu hermano muerto? ¿A Liam? Todo este teatro del Faro fue por él…
Kael se detuvo, el vaso a medio camino de sus labios. Su expresión se endureció por un segundo antes de recuperar su máscara cínica.
—¿Cómo tú olvidaste a toda tu familia para acostarte conmigo y con la mitad de la maldita mafia? —escupió Kael—. No nos hables de moralidad, “Reina”. Eres una de nosotros ahora. La única diferencia es que nosotros ganamos.
—Niños, niños… no discutan —intervino la voz profunda y rasposa de Massimo desde las sombras del sillón. El viejo lobo observaba la escena con un aburrimiento letal—. Aún ni siquiera decido si la dejo vivir. No peleen por los restos antes de que el cuerpo esté frío. Ella sabe demasiado, y un Valerius no deja cabos sueltos, por muy útiles que sean en la cama.
Aria cerró los ojos, esperando el veredicto del patriarca. Había pasado diez años planeando la caída de esta familia, solo para convertirse en el abono que fertilizaría su siguiente era de poder.
—Lo siento, padre —dijo la voz de Clara, firme y gélida justo detrás de la oreja de Aria—. Yo ya decidí. Ella no es un cabo suelto. Es una deuda que voy a cobrarme personalmente.
Aria sintió la presión del arma intensificarse. El último pensamiento que cruzó su mente no fue sobre su familia, ni sobre la justicia, sino sobre el brillo del diamante en su mano, una corona de cristal que resultó ser su sentencia.
BANG.
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