Fuego cruzado - Capítulo 62
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Capítulo 62: Epilogo: El Trono de Sangre
El sonido del disparo fue ensordecedor, un estallido que pareció desgarrar la realidad misma en el espacio confinado de la oficina. Aria cerró los ojos, esperando el impacto, el vacío, el final. El olor a pólvora inundó sus fosas nasales y un calor súbito salpicó su mejilla.
Estaba desorientada, aterrada, temblando de un pánico tan primitivo que sus pulmones olvidaron cómo procesar el aire. Pero estaba viva.
Al abrir los ojos, la imagen frente a ella era dantesca. Massimo Valerius, el patriarca que una vez hizo temblar a la ciudad entera, yacía desplomado en su sillón. Un agujero perfecto adornaba su frente, apagando para siempre la mirada del hombre que había iniciado el ciclo de sangre.
Kael, con el rostro salpicado de la sangre de su propio padre, miró a Clara. No había horror en sus ojos, solo una aceptación gélida, una comprensión silenciosa entre depredadores del mismo nido.
—El patriarca ha caído —dijo Clara, bajando el arma con una parsimonia aterradora. Miró a Kael con una sonrisa carente de toda humanidad—. Y tú estás muerto, hermanito. No creo que quieras revelar que vives; eso solo agregaría décadas a tu condena por la muerte de padre y por todos tus pecados anteriores. Así que disfruta tu isla, lapida tu dinero y fornica hasta que te hartes. Puerto Dorado ahora me pertenece.
Kael se limpió una gota de sangre de la mejilla con el pulgar y asintió lentamente. —Por mí está bien —respondió él, con una indiferencia que hizo que el estómago de Aria se revolviera—. El mundo es demasiado pequeño para dos reyes Valerius. Quédate con las cenizas, Clara. Yo prefiero el sol.
Aria estaba pasmada. La violencia y la frialdad de los Valerius no tenían límites. Sabía que no tenían corazón, que la moralidad era para ellos un concepto abstracto, pero ahora entendía la verdad absoluta: tampoco tenían alma. Eran máquinas de supervivencia y poder.
Clara caminó hacia Aria, rodeándola como una serpiente que admira a una presa que ha decidido no devorar de inmediato.
—En cuanto a ti, Aria… bueno, pagarás por todo lo que le hiciste a mi familia —dijo Clara, deteniéndose frente a ella.
—Tú… acabas de matar a tu padre —logró articular Aria, su voz era un hilo de incredulidad y asco—. ¿Cómo puedes…? Asuntos de familia se resuelven en familia. Soy la esposa de Kael, soy parte de esto…
Clara soltó una carcajada seca que resonó como un eco en un mausoleo. —No, querida. Liz es la viuda de Kael Valerius. Liz es la figura pública que llorará al “héroe” y luego se desvanecerá en la oscuridad de un sanatorio o un accidente conveniente. Pero Aria… Aria no es nadie. Y yo me encargaré de que lo recuerdes cada segundo del resto de tu miserable vida.
Clara tomó a Aria por el cabello, obligándola a mirar el cadáver de Massimo. —Me serviste para limpiar la casa, para organizar a los capos y para centralizar el poder. Hiciste un trabajo excelente. Pero la función terminó. Tú me enseñaste que el cuerpo y el miedo son monedas de cambio. Ahora, yo seré tu dueña. Ya no eres la estratega, ni la reina, ni la vengadora. Eres solo un recordatorio de mi victoria.
Kael recogió su maleta, lanzando una última mirada a la mujer que alguna vez creyó amar. No hubo adiós, solo el silencio del hombre que escapa de su propia tumba.
Clara se inclinó hacia el oído de Aria, su voz destilando el veneno final. —Ahora es mi turno de jugar a la reina en Puerto Dorado. Y a diferencia de ti, yo no tengo un pasado que vengar, solo un futuro que devorar.
Aria miró las manos de Clara, las mismas manos que antes la habían servido con fingida devoción, y comprendió que el infierno no era el fuego, sino el hielo en las venas de una Valerius.
—Jaque mate, Aria —susurró Clara.
La verdadera Reina acababa de tomar su trono sobre el cadáver de su padre y la sombra de su hermano, y Aria estaba condenada a ser el testigo mudo de su propio entierro en vida.
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