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Fuego cruzado - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 El Juego en la Mesa
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7: Capítulo 7: El Juego en la Mesa 7: Capítulo 7: El Juego en la Mesa La mesa de caoba en el Café Diamante Negro se sentía como un campo de batalla.

Kael, Aria y el Sr.

Saíto, un hombre de negocios japonés con una reputación impecable, estaban enfrascados en la negociación de un contrato de infraestructura portuaria masivo.

La primera bomba de Aria había caído con éxito.

La mención del “contrato de anoche” había provocado un ligero temblor en la mano de Kael, apenas perceptible, pero suficiente para que ella supiera que había tocado una fibra sensible.

“Encantada, Sr.

Saíto,” repitió Aria, con una calma que desmentía la furia interna.

Su traje negro era su armadura.

“Espero que hayamos traído un contrato mucho más justo que el que cerraron anoche.” Kael se recuperó de inmediato.

Su rostro se cubrió con una máscara de hielo.

“Elena es muy directa,” comentó Kael al Sr.

Saíto, con una risa falsa, intentando recuperar el control.

Luego, se dirigió a Aria con una voz baja que prometía castigo.

“Siéntate, Elena.

Estamos en el cierre de la cláusula de penalización.

No es material para principiantes.” Aria ignoró la orden y tomó asiento con lentitud calculada, sin romper el contacto visual con Kael.

Luego se dirigió al Sr.

Saíto, que miraba la escena con una curiosidad profesional.

“Señor Saíto, entiendo su reticencia con la cláusula de penalización de Valerius Corp.,” comenzó Aria, basándose en la información que había robado y en sus propias investigaciones sobre el comportamiento empresarial de Massimo.

“Kael, esta cláusula es abusiva.

Si la corporación Saíto se retrasa un solo día en la entrega del equipamiento, perdemos el 30% del capital inicial.

Es una trampa, no un acuerdo.” Kael la miró con una intensidad que podría haberla desintegrado.

Había enojo, sí, pero también una chispa de fascinación.

“No es una trampa, es una garantía.

El tiempo es oro en mis negocios, Elena,” espetó Kael.

Aria sonrió con frialdad.

“El tiempo es oro, Kael, pero la avaricia es una debilidad.

Una penalización tan alta solo significa una cosa para el Sr.

Saíto: que Valerius Corp.

no confía en su propia capacidad para cumplir con el cronograma.

Está transfiriendo el riesgo completo al proveedor, lo que habla mal de la estabilidad de su proyecto.” El Sr.

Saíto asintió con una expresión contemplativa.

La lógica de Aria era impecable.

Ella había introducido la duda donde Kael solo había puesto presión.

Kael se inclinó sobre la mesa, su paciencia agotándose.

“Si tienes una objeción, Elena, discútela conmigo, no con nuestro socio.” “La objeción es con el trato, Kael, y yo estoy aquí para asegurarme de que sea ventajoso para ambos,” replicó ella, sin inmutarse.

Se volvió hacia Saíto.

“Sr.

Saíto, la penalización debería ser simétrica.

Si Valerius Corp.

no cumple con los pagos en tiempo, o si hay un retraso en la obtención de los permisos portuarios, la compensación debe ser la misma.

Una penalización del 30% para ambos lados, o ninguna.” Hubo un silencio tenso.

El Sr.

Saíto se reclinó en su silla y aplaudió dos veces, lentamente.

“Interesante propuesta, señorita Elena.

Muy, muy justa.

Demasiado justa, quizás, para los Valerius.” Kael se puso de pie abruptamente, tirando de su silla hacia atrás con un sonido áspero.

Su rostro era una tempestad.

“Esta reunión ha terminado,” anunció, su voz como hielo cortante.

“Sr.

Saíto, le enviaremos la versión revisada a su oficina.

Ahora, si nos disculpa…” Agarró a Aria por el codo con una fuerza que no dejaba lugar a la protesta y la sacó del café.

Una vez en la acera, la soltó.

El sol del atardecer caía sobre la calle, pero la atmósfera entre ellos era oscura.

“¿Qué demonios crees que estabas haciendo?” El rugido de Kael era contenido, casi un gruñido, pero lleno de una rabia palpable.

Aria se alisó el traje, recuperando la compostura.

Estaba exultante.

Había logrado su primer objetivo: demostrar su valor sin ceder al miedo.

“Te estaba haciendo quedar bien,” respondió ella, con la barbilla en alto.

“Estaba salvando el trato.

Un acuerdo tan desigual no dura, Kael.

Termina en litigio, y tú lo sabes.

El Sr.

Saito no es la señora Solari; no puedes extorsionarlo con amenazas de ruina familiar.” Kael dio un paso hacia ella, acortando la distancia de forma amenazante.

Su rostro estaba a centímetros del suyo.

“Me estabas desafiando.

Delante de un socio clave.

Y lo hiciste por…

¿un sentido de la justicia?” Su burla era ácida.

“No te creo.

Dime la verdad.” Aria se encontró con su mirada.

Esta era su oportunidad de lanzar el segundo golpe del plan: la manipulación.

“La verdad es que no quiero estar con un perdedor,” susurró Aria, dejando que un toque de desprecio tiñera su voz.

“Si voy a ser tu distracción, quiero que seas el heredero más fuerte, el más temido.

Y ese Kael, el que intenta extorsionar a sus socios, es débil.

Tienes que ser mejor que tu padre, Kael.

Tienes que ser el verdadero rey.” La mención de Massimo, la alusión a la debilidad fue como echar combustible al fuego de su ego.

Los ojos de Kael ardieron, pero la rabia se mezcló con una consideración peligrosa.

“¿Quieres que derroque a mi padre?” Kael preguntó, su voz recuperando el control, volviéndose sombría.

“Quiero que seas el único con poder aquí.

Si me quieres a mí, debes tener todo.

No toleraré migajas,” sentenció Aria, devolviendo el desafío con una dosis de ambición.

Kael la estudió.

El conflicto era obvio en sus ojos: el deseo de castigarla por la desobediencia y la atracción por el poder crudo de su ambición.

Finalmente, él se echó a reír.

Una risa corta, dura.

“Eres una locura.

Y eres mía.

Ven,” dijo Kael, de repente cambiando la atmósfera.

Agarró su mano, no con posesión, sino para arrastrarla.

“¿Adónde vamos?” “A mi oficina,” respondió Kael, con un tono de absoluto desdén que perforó su fachada, metiéndola en su coche.

“Vamos a reescribir ese contrato.

Necesito ver qué otros fallos quieres arreglar.

Y necesito ver qué más puedes hacer por mí…

Elena.” Aria se acomodó en el asiento.

Una victoria se sentía bien, pero la burla de Kael le recordaba que solo era el inicio.

“Pediste un vestido y un nombre,” dijo Aria, su voz volviéndose firme.

“Llámame Liz.

Ese es mi nombre.

Elena será tu compañera de negocios.” Aria sonrió, una victoria silenciosa que no compartía con sus ojos.

Kael había mordido el anzuelo.

No solo no la había castigado por desobedecer, sino que le había dado acceso a la información que necesitaba.

El juego de la dominación había comenzado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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