Fuego cruzado - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 Cifras y Caricias
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8: Capítulo 8: Cifras y Caricias 8: Capítulo 8: Cifras y Caricias La oficina de Kael estaba en el piso superior de la torre Valerius, un santuario de mármol negro y pantallas de vidrio.
Era un lugar donde el poder no se negociaba, se ejercía.
Aria sintió el frío de la altura y el peso de las decisiones que se tomaban en ese espacio.
Kael la condujo a un escritorio curvo donde una docena de monitores mostraban gráficos bursátiles y complejas hojas de cálculo.
La ciudad debajo era un tapiz de luces que parpadeaba.
“Aquí es donde se hace el verdadero trabajo,” comentó Kael, con la espalda hacia ella mientras encendía los sistemas.
“Y aquí es donde veremos si tienes algo más que trucos baratos en tu repertorio.” La amenaza era palpable.
Aria se acercó a la mesa, ignorando la tensión sexual para concentrarse en los números.
Había venido por información, y la venganza no le permitía distraerse.
Kael deslizó una tableta hacia ella, mostrando el borrador del contrato de infraestructura portuaria.
“Empieza por la cláusula de compensación por daños.
Muéstrame cómo lo hubieras hecho tú.” Aria tomó la tableta.
Sus dedos se movieron con rapidez sobre la pantalla, reestructurando la sección legal.
Introdujo conceptos de cláusulas de escape y penalizaciones simétricas que no solo protegían a Valerius Corp., sino que forzaban una mayor transparencia.
Su conocimiento de la ley comercial, aprendido durante años de planificación de la venganza, era sólido.
Kael se inclinó sobre ella para observar.
La cercanía era explosiva.
Su aliento cálido rozaba su cuello, y Aria podía sentir la dureza de su pecho contra su espalda.
La profesionalidad era una fachada muy delgada.
“El plazo de la obtención de licencias portuarias es el punto débil,” argumentó Aria, su voz precisa a pesar del temblor que sentía.
“Tienes que garantizar la fecha o la penalización de Saíto debe subir un 5% por cada semana de retraso.
No puedes castigarlo por la burocracia de tu propio padre.” “Inteligente,” gruñó Kael, el sonido vibrando a través de ella.
Su mano, en lugar de señalar la pantalla, se posó en el hombro de Aria.
Era una caricia posesiva y lenta.
“Pero te olvidas de un detalle.
La burocracia de mi padre es lo que nos da el control.
Si retrasamos los permisos, Saíto se verá obligado a aceptar acuerdos secundarios con nosotros para ‘acelerar’ el proceso.” Aria se dio cuenta de la oscuridad del juego.
No se trataba de eficiencia, sino de un laberinto diseñado para exprimir más dinero.
“Un juego peligroso,” respondió Aria.
“Si los extorsionas abiertamente, la junta de Valerius podría investigar, y tu padre podría verte como una amenaza.” Kael apretó su hombro, y giró a Aria bruscamente para que se enfrentaran, atrapándola entre su cuerpo y el escritorio.
“¿Estás preocupada por mí, Liz?” Su tono era irónico.
La mención de su nombre real en ese contexto íntimo era un golpe bajo.
“O ¿solo quieres verme caer?” Aria sostuvo su mirada.
Este era el momento de la verdad.
Tenía que usar su sensualidad para su venganza.
“Quiero verlo todo,” susurró, su mano viajando hasta la corbata de Kael y desajustándola con lentitud.
La seda fría se sentía como una serpiente.
“Quiero ver cómo operas, cómo ganas y cómo me das exactamente lo que quiero.” Kael respiró profundamente.
La atmósfera de trabajo se había roto en mil pedazos.
Solo quedaba el deseo y el poder.
“¿Y qué es lo que quieres, de verdad?” preguntó él, su voz grave, su autocontrol al límite.
Mientras Kael hablaba, Aria sintió su oportunidad.
Su mano, que había subido por su cuello, se deslizó rápidamente hacia su bolsillo.
La llave de acceso.
Kael tenía un pequeño pendrive de seguridad en el bolsillo interior de su chaqueta.
“Quiero que me muestres cómo funciona tu mundo,” dijo Aria, empujándolo suavemente hacia atrás y acercando su propio cuerpo.
La fricción de sus trajes era un tormento.
“Muéstrame los secretos.
La información que guardas.” Aria usó el ligero movimiento para desviar su atención, y su dedo índice, rápido como un rayo, tocó el borde del pendrive en el forro del bolsillo de Kael.
No podía tomarlo, no todavía, pero sabía que estaba allí.
Kael no le dio tiempo para más.
Su mano agarró su mandíbula, y él la besó con una intensidad brutal.
Era un beso que castigaba y reclamaba.
Un recordatorio de que, aunque ella jugara, él era el dueño del tablero.
El beso la acorraló contra el frío escritorio.
Aria sentía la dureza del metal bajo sus manos.
Mientras Kael profundizaba el beso, ella se permitió ceder al placer, sabiendo que cada jadeo era una máscara.
En medio del frenesí, Kael se apartó apenas para respirar, con los ojos llenos de un fuego indomable.
“Me estás volviendo loco,” jadeó Kael.
Aria sonrió, una expresión controlada de triunfo y seducción.
El erotismo era su distracción, y él estaba cayendo por ella.
“¿Entonces me lo mostrarás?” preguntó Aria, acariciando el borde del bolsillo donde el pendrive esperaba.
Kael gruñó, un sonido de bestia acorralada.
Se apartó de ella, con los músculos tensos.
“Vete,” ordenó Kael, con la voz ahogada.
“Ahora.
Antes de que destruya esta oficina y te destruya a ti con ella.” Era una expulsión brutal, una prueba de que ella había llegado al límite de su control.
Aria no necesitó que se lo dijeran dos veces.
Había confirmado la ubicación del dispositivo.
Se recompuso el vestido, su corazón latiendo con la satisfacción de la victoria.
“Buenas noches, Kael, es una lástima que no quieras seguir jugando, no traigo puesta mi ropa interior” dijo Aria, con una voz suave que contrastaba con la tormenta en el aire.
Salió de la oficina, sabiendo que la próxima vez que entrara, sería para robarle algo mucho más valioso que un simple beso.
Sería para robarle los secretos que lo hundirían.
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