FUKATSU - Capítulo 11
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11: TIEMPO 11: TIEMPO Tras la batalla, Ren fue llevado casi a rastras por Akane hasta la pequeña choza que ambos habían construido en el bosque.
Sus tablones crujían bajo cada paso; un rastro de sangre marcaba el camino.
Ella lo sostenía por la cintura.
Él no se quejaba en voz alta, pero el dolor llevaba visible su nombre en cada gesto.
Lo peor no era el tormento físico…era la sensación de vacío.
No respiraba.No había pulso.No había latido en su cuello ni en su pecho.
Su cuerpo se sentía inerte, muerto por dentro, pero su mente seguía allí: atrapada, consciente, mirando el mundo desde detrás de un cristal invisible, como si la vida no lo animara… sino lo mantuviera en pausa.
El anillo en su dedo no emitía poder alguno.No le daba fuerza.Solo peso.Solo silencio.Solo presencia.
Akane lo recostó en un lecho improvisado de pieles.
A un costado, Hikari dormía con el ceño fruncido, abrazada a King como si el lobo fuera su peluche de guardia.
La niña abrió un ojo cuando oyó el chirriar de la madera.
—Ren —dijo Akane con voz baja pero firme, obligándolo a mirarla—.
Estás vivo.
Eso basta.
El resto… lo contaré yo.
Hikari protestó en murmullos al sentir que le quitaban la almohada que era el brazo inmóvil de Ren.
Fenrir gruñía afuera, esperando que el bosque también aprendiera a temerlo.
Akane preparó el té, ajustó las vendas y entonces, finalmente, narró lo que había aprendido.
Tiempo atrás, en noches donde el peligro no cesaba, Akane había abierto una pestaña luminosa titulada Historia del Mundo – Isla de los Antiguos, dentro de la interfaz sistema del anillo ancestral.
Lo que leyó no fue solo información histórica: Los humanos nacidos o llegados antes de los 30 años reciben una bendición adaptativa de supervivencia, un talento evolutivo que despierta en combate o amenaza continua.
El ciclo ancestral recibe un nombre ominoso: 1.000.000 de días, una era llamada la Era del Millón, donde los dioses moldearon la isla.También decía que en esta tierra el tiempo no envejece a nadie por encima de los 30, salvo a los que llegaron luego de cumplirlos: esos permanecen congelados en la edad exacta.
Ni envejecen, ni cambian, ni mueren por decrepitud.Finalmente, revelaba una jerarquía de sus enemigos constantes: Los que los acechaban eran duendes exploradores —nivel de peligro mínimo—, apenas ojos y oídos del verdadero ejército.
Pero más allá del bosque existían duendes de resguardo, combatientes y duendes élite, clasificados como Peligro Medio.
Ese dato lo hizo temblar.
Ren se sobresaltó al escucharla hablar de los rangos verdaderos.
El impulso le arrancó un grito ahogado, doloroso, casi inhumano —la runa de Fortaleza se disipaba por uso extremo.
Akane lo sostuvo, lo obligó a beber y lo dejó recostar de nuevo.
—Si esos no eran nada —susurró Ren—… entonces yo tengo que dejar de caer sin luchar.
No era magia hablando.Era instinto recién despertado.
El anillo lo miraba en silencio, negándose a dejarse quitar.
Ren lo jaló otra vez, más consciente, menos errático, con lógica, casi desafío.
No se movió un milímetro.
—Si no me da fuerza —dijo entonces—… la fuerza tendrá que ser mía.
Akane… entréname a pelear.
Y ella aceptó.
Akane no fue blanda.
Tampoco cruel.
Para no perforarlo y aun así enseñarle, fabricó flechas con puntas de piedras redondeadas, lentas pero contundentes.
El objetivo no era atravesarlo, sino forzarlo a despertar reflejos.
Intento 1 → PLAF.
Frente.
Piso.Intento 2 → PLAF.
Cráneo.
Piso.Intento 3 → Tropiezo.
Piso.Intento 42 → PLAF.
Piso.Intento 87 → Esquiva por pura suerte… la segunda, le estalla en la cabeza.
Piso.
Así pasaron 4 días, cientos de golpes aprendiendo a no morir, a esquivar, bloquear, girar, caer y levantarse.
Fenrir aullaba en cada amanecer como si el sonido también entrenara.
King veía el progreso desde los límites del claro, orgulloso como escudero animal.
Y Ren…empezó a anticipar el mundo en lugar de padecerlo.
La pelea final El quinto amanecer llegó con un silencio diferente.
No un silencio de paz.
Un silencio de escenario conteniendo el aliento.
Ren dio un paso al frente.
Espada en mano.
Sin runa.
Sin ayuda del anillo.
Solo él.
Akane tensó el arco.
—Vamos, aprendiz —murmuró con una sonrisa peligrosa.
Disparó.
Cinco flechas al tiempo.
La isla quiso aprender con ellos.
CLANG — CLANG — CLANG — ¡CLANG!
— CLANGG!!
Ren bloqueó cuatro con ángulos exactos, vibrando cada golpe por su antebrazo herido.
La quinta detonó contra la hoja y la explosión lo empujó hacia atrás.
El polvo levantado lo cubrió como niebla de guerra.
No cayó.
Rueda.
Se impulsa desde el suelo.
Se lanza otra vez: Un sprint feroz levantando hojas, corteza, tierra.
Segunda oleada Akane dio un paso hacia atrás sin perderlo de vista.
Disparó dos flechas más, certeras, calculadas como golpes de ajedrez letal pero sin filo.
Ren saltó y trazó un corte cruzado brutal: ¡SWISH–CLANG!
Desvió la primera contra la segunda, haciéndolas chocar y romperse como discos de piedra estrellándose.
Fragmentos vuelan como metralla.
Ren aterrizó, sin detener el paso, casi encima de ella.
Akane levantó el arco para la tercera ronda, pero el aire ya había cambiado de dueño.
No había suficiente distancia.
Ren giró el torso, empujó el filo, cara al mundo, y gritó con voz que parecía aprender incluso del dolor: La espada trazó un arco lumínico horizontal, una onda afilada de presión de aire, feroz, cinematográfica, precisa… Y pasó a milímetros exactos del cuello de Akane.
No la cortó.Porque Ren decidió no cortarla.
El viento del ataque la golpeó como un trueno contenido; las mantas vibran dentro de la choza que fenrir vigilaba, la fogata se inclina lejana, como si el mundo sintiera que alguien estaba por cruzar al rango real de peligro humano.
Ren aterrizó detrás de ella, espada extendida, casi sin equilibrio, casi sin aire, pero con victoria.
El silencio posterior Akane no se movió.
No respiraba del susto…no respiraba porque el respeto recién nacido también había aprendido a contenerse.
Se giró lentamente hacia él.
No vio al chico que arrastró del campo.
Vio al espadachín que sobrevivió para aprender a defender sin matar a su maestra.
—…Supongo que ahora me entiendes —dijo, dejando el arco a un lado.
Ren asintió.
El bosque a su alrededor… parecía un dojo mítico sin paredes.
Akane rió con el brillo feroz de quien reconoce cuando el otro deja de ser protegido para convertirse en compañero de combate.
—Mañana empezamos con flechas reales.
Ren abrió un ojo, nervioso.
Pero también… sonrió.
Porque el verdadero cambio…recién estaba comenzando.
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