FUKATSU - Capítulo 13
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13: RUIDO 13: RUIDO luego de tanto entrenar y con tan poco tiempo Ren decidió subir a la montaña terminaría el evento de una vez por todas.
La subida fue más silenciosa de lo que Ren esperaba.
No hubo emboscadas.No hubo rugidos.Ni siquiera viento.
Solo pasos sobre piedra húmeda y raíces antiguas que parecían aferrarse a la montaña como si temieran caer.
Akane avanzaba delante, atenta, arco en mano, pero su expresión no era de alerta… era de desconcierto.
La montaña no reaccionaba.
No los rechazaba.
No los recibía.
Simplemente estaba ahí.
Cuando alcanzaron la cima, Ren sintió que algo no encajaba.
Esperaba ruinas, un trono, una criatura dormida o al menos una señal de grandeza.
Pero no había nada de eso.
Solo árboles retorcidos por el tiempo, creciendo en círculos irregulares, como si evitaran el centro del lugar.
Y allí, exactamente en el centro, yacía una gema.
No brillaba.
No pulsaba.Era extrañamente opaca… y aun así, imposible de ignorar.
Ren se acercó antes de que Akane pudiera detenerlo.
La tomó.
El mundo se quebró.
Un círculo de patrones antiguos se encendió bajo sus pies, símbolos que no pertenecían a ningún idioma que él conociera, girando y superponiéndose como engranajes de un mecanismo imposible.
Akane gritó su nombre, pero su voz llegó tarde.
Ren cayó.
O eso creyó.
Desde la cima, Akane solo vio cómo Ren desaparecía.
No hubo explosión, ni rastro, ni cuerpo.
Un segundo estaba allí… y al siguiente, la montaña lo había tragado.
Ren despertó de golpe.
El aire era pesado, cargado de un olor dulzón y nauseabundo: sangre vieja, carne podrida, muerte acumulada.
Se incorporó con dificultad y lo primero que vio fueron cuerpos.
Duendes.
Docenas de ellos.
Algunos despedazados, otros aplastados, otros reducidos a formas irreconocibles.
Entonces los vivos aparecieron.
Un grupo de duendes emergió entre las rocas… pero no atacaron.
Al verlo, chillaron.
Retrocedieron.
Huyeron despavoridos, tropezando entre ellos, dejando caer armas, como si Ren fuera la peor pesadilla que podían imaginar.
Ren se irguió, confundido, sintiendo por primera vez una extraña satisfacción.
—¿Ahora sí me temen…?
—murmuró.
Entonces lo sintió.
Un peso.
Una presión tan brutal que el aire pareció espesarse detrás de él.
El suelo vibró.
Un resoplido profundo, antiguo, cargado de desprecio.
Ren giró lentamente.
El oso era enorme.Colosal.
Su pelaje mezclaba tonos rubios y marrones, manchado de sangre seca.
Cada respiración liberaba una aura nauseabunda, como si la muerte misma lo rodeara.
Cadáveres de criaturas —no solo duendes— yacían aplastados a su alrededor.
Sobre su cabeza, flotando como una sentencia, un título ardía con una presencia imposible de ignorar.
Rey de la Montaña.
Ren sintió que las piernas le temblaban.
Y entonces no estuvo solo.
Tres figuras aparecieron no muy lejos, materializándose como si la mazmorra las hubiera vomitado.
Dos de ellas tenían el rostro desencajado por el terror.
La tercera, en el centro, permanecía extrañamente serena.
Ren lo reconoció.
No podía ser.
Su forma había cambiado demasiadas veces a lo largo de la historia.
Ave.
Dinosaurio.
Tigre.
Demonio.
El Sokuryu gigante que había visto muerto… estaba allí, vivo, con forma humana.
Un cambiaformas.Un demonio antiguo.
Ren dio un paso hacia ellos, intentando hablar, intentando entender.
No llegó a decir una palabra.
La presión lo aplastó contra el suelo.
Su cuerpo impactó con violencia, incapaz de moverse.
El hombre del centro lo miró… y su expresión tranquila se quebró.
No de rabia hacia Ren.
Sino hacia su mano izquierda.
—…Eso… —susurró, con miedo puro—.
Ese anillo… Su mirada se transformó en ira contenida.
—¡Suéltalo!
—rugió una voz.
Ren apenas logró girar los ojos.
Uno de los otros dos, el que antes parecía más aterrorizado, ahora estaba de pie, firme, con una presencia que helaba la sangre.
—Suéltalo ahora mismo —repitió, sin gritar—.
O esto se acaba aquí.
El hombre dudó… y cedió.
La presión desapareció.
Ren pudo respirar.
Tras las presentaciones, los nombres se grabaron en su mente: Isamu, Kiri y Ryu.
Habitantes atrapados en la mazmorra.
Sobrevivientes.
Condenados como él.
Le explicaron, a medias, lo que era ese lugar: una prisión, una prueba, una tumba que se repetía una y otra vez.
El Rey de la Montaña no era un jefe final.
Era un guardián despierto.
Decidieron hacer equipo.
No por valentía.
Por necesidad.
Ren apenas tuvo tiempo de asentir.
El suelo tembló.
Los ojos del oso se abrieron.
Rayos descendieron del cielo de la mazmorra, partiendo la roca.
Llamas surgieron de su boca y se expandieron como una marea viva.
El rugido que emitió no fue animal.
Fue un anuncio.
No hay vuelta atrás.
La montaña había despertado.
Y ahora…solo quedaba sobrevivir.
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